SANTO DE LA PATRIA (21)
I
Los comportamientos humanos normalmente han de- terminado que a ciertos hombres, se les haya adjudicado un
nuevo nombre, algún epíteto signiicativo de su personali-
dad, o algún indicante caliicativo, o designación, en suma,
que denote esa particularidad de tales procederes, o en oca- siones, del especial protagonismo que pudo o pudieron haber tenido en sucesos de trascendencia.
Ya el Padre de la Patria o el Santo de la Espada, así como el Albacea del Pensamiento de Mayo, o ya el Profeta de la Pampa, o ya el Restaurador de las Leyes, así como el Mejor
21- Discurso pronunciado por el autor, en su condición de vicepresidente I del Instituto Belgraniano de la Pcia. de Bs. As. el 20 de junio de 1996, en el Salón Blanco de la Municipalidad de 9 de Julio (Pcia. de Bs. As.), invitado especialmente por las autoridades municipales, históricas, religiosas y policiales de dicha locali- dad bonaerense. Publicado en el Diario “El 9 de Julio”, de 9 de Julio, ediciones de los días 24 de junio, y 11, 17, 18, 22 y 23 de julio de 1996. Y el Diario “Tiempo” de 9 de Julio, publicó la Oda Invocación al Santo de la Patria de Atilio Milanta en su edición del 21 de junio de 1996.
Sable de América, y también, el Prócer Nacional de las Letras
Argentinas, con que suelen ser individualizados o identii- cados San Martín, Echeverría, Sarmiento, Rosas, Lavalle o Lugones, para no alargar demasiado la lista con el Gran Entrerriano o el Tigre de los Llanos, para Urquiza y Quiroga; y sin salir de estas latitudes argentinas, son todos ellos ejem-
plos más que sintomáticos y suicientes como para que, un
día, me permitiese escoger el de Santo de la Patria en oca- sión de un discurso que pronuncié la víspera del Día de la Bandera de 1987 en la ENET Nº 1 Albert Thomas de La Plata.
Desde luego que tales designaciones, sobre las que me permití detenerme por un instante, son aquellas sensibles
positivamente referidas al valor (materia de la ilosóica dis- ciplina denominada axiología), o positivamente valiosas, pues otros personajes exhiben “otros” títulos que no tienen y merecen hoy motivo para la mención; pues que se trata de axiológicas negaciones e indiscutidos ejemplos…a no seguir.
II
Y así se tienen dos voces, si se quiere, curiosamente ex- trañas, ya que todo lo de “santo”, con ser aparentemente vul- gar y conocido, sin embargo, muy pocos son aquellos que se detienen para analizar todo cuanto es cercano a la mentada “santidad”. Y así también puede decirse de lo que es referido al concepto de “patria”, una voz rodeada de cierta extraña curiosidad, pues permanentemente se la encuentra (mal) sustituida, en los diferentes foros de los estudios y otras academias, y hasta en las tribunas de disertantes y políticos varios, por otros vocablos, tales como “nación”, “república”, “territorio”, “suelo”, “estado”, “país”, etc. cuando no, por la indeterminable e incomprensible voz “nosotros”.
Pues bien, no es mi propósito venir con entendimien- to alguno de cátedra ni otra lumbre de rango análogo. Sólo
me propongo exponer algunas relexiones sobre el porqué
de aquella elección, para que se advierta, por implicancia, el acierto de haberla adoptado por el Instituto Belgraniano
de la Pcia. de Bs. As., presidido por el Prof. Juan José Terry, nativo de 9 de Julio, institución patriótica que hoy tengo el honor de representar en estas latitudes, y que naciera fun- dada por prohombres belgranianos de pura cepa el Día de la Bandera de 1948.
Por lo demás, la verdadera cátedra no es el discurso sino el propio Santo de la Patria, su vida y su obra…
III
Desde luego que, todo aquello que tiene que ver con la “santidad”, aquí y ahora, nunca habrá de tener referencia o correspondencia con cuanto gira en torno de los procesos (o
juicios) apostólicos, ya los de la beatiicación de los Siervos
de Dios y de la canonización de los Beatos (cánones 1999 ss. del Cód. de Derecho Canónico), pues la tal “santidad”, la aquí aludida, al menos, está ceñida restrictivamente a otros as- pectos comprendidos por estrictas normas de “otros” códi- gos que rigen para los procesos de la justicia histórica que siempre reclama la patria.
Tiene que ver con la canonización de la civilidad, el pa- triotismo, el desinterés, la honradez, la integridad humanís- tica, la prudencia en la conducción política y militar… En suma, la ética en el más alto grado de consideración y estima. El amor a la patria. El amor a Dios y a sus semejantes.
Fuera del amor a Dios y al prójimo no existe verdad li- beradora alguna. Bernhar Harina dice que la persona pue- de acumular gran abundancia de conocimientos de esencias
(de ideas abstractas y deiniciones), puede alcanzar “conoci- miento de dominio”… Pero, todo ello en nada contribuirá a aumentar su crecimiento en la libertad y en la responsabili- dad genuina.
Yo me permito agregar que, todo almacén, con indica- dores y acopios positivos, abastecidos hasta lo indecible por todo cuanto pueda acumular el hombre como sapiente (ya no como omnisapiente, que no lo es), si se ignora el por qué
y el para qué, de nada podrá serle positivo ni servirle para promoción alguna.
Son técnicas, instrumentos y demás herramientas de la artesanía (por elemental y prometedora que fuere)… Pero, si
el hombre no sabe para qué, si carece de ines y desconoce las
causas y los propósitos, entonces todo ese “almacén” carece
de quilates y suiciencias humanísticas para las trascenden- cias y las perdurabilidades.
Don Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano y Peri y González Casero, tuvo esa sabiduría, ese don, ese
profundo sentido de las causas y de los ines, del por qué y
del para qué.
El amor, por sobre todas las cosas, la caridad, en suma, fue el orientador del noble general y político, en el cuadrante de su vida, en este mundo, y todo cuanto le inspiró en los mejores logros y proezas.
Desde luego que las tres virtudes teologales se daban explícita y claramente en el patricio con fe, esperanza y ca- ridad. Pero, de estas tres, la “caridad” es la más excelente
de todas”, dice San Pablo en su primera carta a los ieles de
Corinto (13,13). En la Primera carta de Juan (3,14) se ponti-
ica que, quien no ama, está muerto, y quien aborrece, es un
homicida.
San Agustín enseñaba atinadamente que “el que no ama, en vano cree, aunque sea verdad lo que cree; en vano espera, aunque sea cierto que lo que espera pertenece a la verdadera felicidad, a no ser que crea y espere también que el amor le pueda ser concedido por la plegaria”.
Belgrano poseía algo y mucho más que el conocimiento proveniente de los estudios. Obtuvo la sabiduría de elaborar esos conocimientos y poseía el consejo de saberlos aplicar para ser todo lo belgraniano que correspondía a un Belgrano como el que fue, el de la mejor estirpe de los buenos y bellos granos o simientes, venidos de la madre latina italiana en mixtura de españoles.
Poseía el suiciente “entendimiento” para escoger la com-
prensión de lo mejor e instituirse en un compendio de ei- ciencia y excelencia, como corresponde a un varón de seme- jante estirpe patricia donde todo lo axiológico nunca le fue ajeno, es decir, esos materiales de los valores que no tanto son, cuanto que valen, como la bondad, la belleza, la justi- cia… Tenía esa profunda capacidad de consejo. Extraño esto que él nunca se propuso aconsejar, sino con la dignidad, la grandeza, el ejemplo y la humildad de los valores que ador- naban su límpida y encarecida personalidad. Con obras, em- prendimientos, proezas, realizaciones, logros…
Poseía la ciencia… y poseía la conciencia de cuanto son los dones del Espíritu Santo luego de transitar las cuatro vir- tudes cardinales.
Ni más ni menos: el Santo de la Patria.
IV
Y por último, la patria, tan olvidada, tan innombrable o innombrada en los últimos decenios.
Duele reconocer que los niños, en general, y otros que no
lo son, desconocen todo cuanto se reieren a ella, a la Patria,
al ser patriota, y todo cuanto tiene correspondencia con tan venerable aspecto del ciudadano.
Sin embargo, quien tuvo más sentido de patria y enno- blecimiento de cuanto se relaciona con ella, fue precisamente este ejemplar patricio junto a otros muy contados ciudadanos.
Y si uno se pregunta, o inquiere, sobre lo que la tal patria es, más de un argentino habrá de sentirse extrañado, pues no se imagina que alguien pueda abrigar tal preocupación al formular tamaña e inesperada requisitoria.
Al formularla yo constantemente en los claustros uni- versitarios y otros recintos de la educación, acostumbro a recibir como respuestas, solo simples vaguedades tales, que desconciertan…
Sin duda que la patria fue siempre un supremo valor de la existencia toda en la vida y obra del Santo de la Patria. Ese concepto de la patria se advierte en las páginas de la historia y la obra del patricio. Ese hombre hizo patria…
La patria queda indisolublemente legada e identiicada
con los llamados símbolos patrios: la Bandera de Belgrano o el Himno Nacional de López y Planes y Parera. Queda asi- mismo sugerida ineludiblemente en los monumentos históri- cos que se deterioran o destruyen, o en los buques de guerra que se hunden, como el Belgrano, con casi toda la tripulación a bordo y que yace en el fondo del Atlántico Sur, cubierto por una grande capa como una inmensa bandera de la patria, como en un santo sepulcro de los que derraman su sangre, como héroes que verdaderamente son.
Los vándalos que estropean la estatuaria o los enemigos que hunden naves (en espacios indebidos) inmolando solda- dos de la patria, sin embargo, nunca podrán destruir el alma de la patria misma.
La patria queda identiicada con la tierra natal (o adop- tiva), ordenada como nación, a la que se siente ligado el ser humano con vínculos jurídicos, históricos y afectivos, como así lo dice la Real Academia Española en su reputado diccionario.
Pero, la madre lengua latina, quizá, fuera la que mejor se acerca a la noción cuando se alude a la “terra patrum”, es decir, la tierra de nuestros padres (siguiendo a Mons. Derisi).
¿Y quiénes son nuestros padres si no nuestros próceres? ¿Y quiénes son ellos sino nuestros sacerdotes, políticos, mili-
tares, periodistas, cientíicos, maestros y artistas? ¿Quiénes
si no Fray Justo Santa María de Oro, Fray Mamerto Esquiú, Manuel y Mariano Moreno, Chorroarín, Saavedra, Pellegrini, Dorrego, Estrada, Sarmiento, Almafuerte, Lugones, Mallea, Leloir y tantos otros en los recuerdos y en los olvidos? ¿Y quiénes si no Brown, San Martín y Belgrano?
V
No he querido mencionar un solo hecho histórico en el que le cupo intervenir al Santo de la Patria, porque no ha- bría querido prescindir de ninguno de ellos, y porque tenía el
justiicado temor de olvidar algún episodio de los tantos que coniguraron la vida y obra del general de la Bandera.
Comprensivo de todas las proezas, hazañas y las demás obras del patricio, preferí hablar del Santo de la Patria que es este hombre que nació el 3 de junio de 1770 en la Avda. Belgrano 430 de la Capital Federal, entre las calles Defensa y Bolívar. En aquellos tiempos eran la calle de Santo Domingo, entre las de Residencia y Catedral, de la “muy noble” y muy leal Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de Buenos Aires. Hijo de don Domingo Belgrano y Peri, oriun- do de Oneglia, xeneize ciudad de la Liguria, cerca de Génova, Italia, quien trasladado a Cádiz en 1750, y nueve años más tarde a Buenos Aires, casó con Ma. Josefa González, perte- neciente a familia de origen santiagueño, descendiente de españoles, quien radicada en la capital, fundó el Colegio de Niños Huérfanos de San Miguel, antecedente de la Sociedad
de Beneicencia. Manuel nació y vivió en la casona paternal
al bondadoso cuidado de su madre. Y al día siguiente de su nacimiento, fue bautizado en la Catedral por el prestigioso sacerdote y maestro Dr. Juan Baltasar Maciel con el nombre de Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús.
Murió cincuenta años más tarde en la misma casa donde nació, el día 20 de junio de 1820,justo el aciago día en que, quizá, la patria más lo necesitaba, a la que tanto amó y sir- vió desinteresadamente, pues ese nefasto día, además, que- dó signado como el de la culminación de la anarquía por la existencia -o más bien inexistencia- de tres gobernadores, a saber: Don Idelfonso Ramos Mexía, el Cabildo y don Miguel Estanislao Soler.
Entre ambos hitos vivió un grande de la patria que el 25 de mayo de 1820 escribió en su testamento:”Encomendando
su alma a Dios, que la formó de la nada, y su cuerpo a la tie- rra, de la que fue formado”.
Y el día antes de su muerte, pidió a su hermana Juana, que lo acompañó y asistió como una verdadera madre, que le alcanzase el reloj de oro que tenía colgado a la cabecera de la cama, diciendo: “Es todo cuanto tengo que dar a este hom-
bre bueno y generoso”, reiriéndose a su médico el Dr. José
J. Tomás Redhead, quien lo recibió con inocultable emoción, la misma que uno experimenta cuando se encuentra frente a dicho objeto en el Museo Histórico Nacional.
Fue sepultado en el atrio del convento de Santo Domingo, amortajado con el hábito del patriarca de la orden. Hoy se alza el mausoleo en el atrio de dicho templo donde vive la magnitud de su estirpe.
Entre los hitos de los cincuenta años y diecisiete días que vivió en esta patria uno de sus mejores hombres, no en vano puede instituirse como el Santo de la Patria, un hombre digno, un superior. Su grandeza, dijo Mitre alguna vez, fue principalmente cívica y moral y no estuvo vinculado exclu- sivamente a los grandes hechos políticos y militares de los que fue modesto protagonista. Esa grandeza consiste en el conjunto armónico de sus altas cualidades morales, de las que otros carecen; en el impecable equilibrio espiritual que nunca se dejó arrebatar por el orgullo ni avasallar por el egoísmo; en que fue humilde y perseverante, apóstol, comba- tiente y artesano. Fue grande sin pretenderlo; casi sin saberlo muchos de sus contemporáneos.