“Cuando asomaron las primeras claridades del amanecer, nos convencimos de que las rondas chilenas se habían alejado. Entonces salimos con precaución a las cuatro de la madrugada, dirigiéndonos a Cocachacra. La garitera me había prevenido que, en ese pueblo, el gobernador y el teniente gobernador, iqueños, paisanos míos, obedecían a la tropas invasoras. Al llegar a ese lugar, les increpé su conducta, haciéndoles ver lo vergonzoso de que peruanos —e iqueños— se inclinasen resignados ante el enemigo de la patria. «El deber de ustedes —les dije— es seguirme al campamento de Cáceres, donde se lucha por el honor del Perú».
Ellos se disculparon y ofrecieron continuar conmigo e incorporarse al Ejército del Centro. Salarrayán, que era el gobernador, me sirvió de guía y ambos «convertidos», se condujeron muy bien y prestaron buenos servicios a las tropas del centro”
Antonia Moreno de Cáceres, Recuerdos de la Campaña de La Breña.51
Cuando hablemos de colaboracionismo,
52
51
Antonia Moreno de Cáceres, Recuerdos de la Campaña de La Breña. Lima, 1976, p. 14.
52
Según el Diccionario de Uso del Español de María Moliner, “colaboracionismo” es un neologismo que significa “acción de colaborar los naturales de un país con los ocupantes o invasores de él” (Moliner 1992 A- G: 664).
hay que partir destacando hasta qué punto una situación de guerra o de ocupación militar extranjera pueden alterar radicalmente la vida cotidiana de una colectividad casi en todos sus niveles. Aparte de la destrucción material y de la constante presencia de la muerte, pocas cosas pueden llegar a ser más enervantes para el hombre que la brusca modificación de sus rutinas y de sus hábitos de trabajo y de socialización. El hombre común y corriente es un ser que tiene una clara tendencia (perfectamente normal y explicable) a buscar ajustes con las circunstancias de su medio. En una guerra, al cambiar las circunstancias en dirección al desorden y, sobre todo, hacia lo imprevisto, este sano sentido se ve dramáticamente afectado. En rigor, un segmento relativamente reducido de la población reacciona buscando resistir y neutralizar la nueva situación desde sus raíces. No obstante, siguiendo su tendencia natural, la inmensa mayoría opta por el ajuste a las nuevas circunstancias, aun frente a situaciones chocantes, como pueden ser la ocupación militar o los abusos cometidos por soldados vencedores contra la población civil. Esto ha sido observable prácticamente en todo tiempo y lugar. El tener capacidad y disposición a resistir y rebelarse es un don, que existe en forma tan aleatoria como puede ser el carisma, o la habilidad para llegar a un público amplio. Este don se encuentra en forma soterrada en algunas personas en
tiempos normales y tiende a manifestarse casi siempre en el contexto de situaciones extraordinarias. En la Francia ocupada de la Segunda Guerra Mundial, el gran héroe Jean Moulin representó sin duda a la minoría que se resistió a aceptar la dominación alemana. En los tiempos anteriores a la guerra, Moulin había sido un honrado y diligente administrador al servicio del estado francés. Esta minoría incluyó también, en un ámbito distinto, al historiador Marc Bloch, fusilado en 1944. En el otro extremo de las actitudes sobre esta ocupación, a la que debemos acercarnos haciendo un extraño uso de la conocida expresión
comprender y no juzgar, se sabe que el segundo gran historiador de esa generación,
Lucien Febvre, optó por resignarse a la ocupación permanente de su país. En el plano de la gran política nacional francesa, es evidente que el caso más emblemático de esta resignación, aunque caracterizada en este caso concreto por un claro sentido patriótico y de abnegación, es el del Mariscal Pétain, antiguo héroe de la Primera Guerra Mundial, cuyo legado político recuerda al de Miguel Iglesias en el Perú.53
Estas reflexiones pueden ayudarnos a comprender muchas de las situaciones vividas por los peruanos durante la ocupación extranjera en tiempos de la Guerra del Pacífico. Zoila Aurora Cáceres habló alguna vez de la preocupación que se apoderó de las autoridades locales de Huancayo, en junio 1881, cuando Cáceres adoptó la actitud de presionarlas para que no pagaran el cupo exigido por los invasores, y de resistir, eventualmente, con sus escasísimas tropas, un posible ataque de las fuerzas que obedecían al comandante Ambrosio Letelier: “Los altos funcionarios de la Municipalidad y algunos extranjeros clamaban porque no se cometiese semejante locura” (Cáceres 1921: 181). Era perfectamente natural que temiesen por la destrucción de su ciudad, sobre todo
53
El autor de esta tesis radicó en la República Democrática Alemana (RDA) durante los últimos meses de la existencia de ese estado, entre julio y octubre de 1990. Se sabe que la RDA había vivido desde finales de la Segunda Guerra Mundial en un estado de virtual ocupación militar por las fuerzas soviéticas. No era una situación perfectamente equivalente a la que vivió Francia entre 1940 y 1944, porque el poder y la administración eran ejercidos cotidianamente por una minoría de alemanes pro soviéticos. No obstante, era bien sabido que la autoridad de éstos emanaba, en última instancia, de los cañones y de los tanques del Pacto de Varsovia acantonados en la vieja Alemania del este. Para todo efecto práctico, era también una ocupación militar. De septiembre a octubre de 1990 se vivió la consumación de la liberación de los alemanes orientales, iniciada en noviembre del año anterior con la caída del Muro de Berlín, que condujo a la reunificación de Alemania. Por esta razón, el autor tuvo ocasión de moverse en un ambiente de ausencia de restricciones informativas que hubiesen estado fundadas en el temor. Cabe destacar que ni en Francia después de la Segunda Guerra Mundial, ni en la antigua RDA luego del debilitamiento soviético y de la reunificación de Alemania, fueron impuestos castigos por colaboracionismo pasivo. No habría sido racional ni justo hacerlo, debido a la natural tendencia que tiene el ser humano de buscar su equilibro y su ajuste, aun en circunstancias de crisis. En todo caso, era una tarea imposible de hacer: las penas hubiesen tenido que afectar a casi toda la población. En cambio, los juicios y los castigos sí tuvieron lugar en los casos de colaboracionismo activo que involucraron ayuda al invasor, sobre todo en casos de hostigamiento, deportación o muerte de compatriotas. Ello fue evidente en el caso del criminal de guerra Papon en Francia y en el de Honecker en Alemania.
en esas fases iniciales de la Campaña de la Sierra. También tuvieron lugar acciones más bien explicables, pero que eran tomadas, en ciertos contextos, como casos graves de colaboracionismo. La misma Zoila Aurora Cáceres, quien acompañó a su padre durante la campaña siendo una niña, incluyó este interesante comentario sobre la percepción de los indios, que sin duda explica muchos casos de violencia étnica y de venganza:
“Cuando en [...] el transcurso de la guerra, los chilenos llegaron a ocupar algunas ciudades que el Ejército del General Cáceres se había visto en la forzada precisión de evacuar, los indios observaban cuál era la actitud que asumían las personas que pertenecían a las altas clases sociales, y si por casualidad veían a algún señor, que hablaba o recibía a algún chileno, ignorantes de que el proceder así obedecía a una necesidad y no a un entendimiento con el enemigo, le censuraban creyendo que había dado motivo para señalarse como a un mal peruano y esperaban a que el «Taita» volviese para decírselo.
«Los mistis (significa blanco o mestizo) te engañan «Taita»; son achilenados: no te confíes de ellos»; así, inconscientemente, dejaban comprender que conservaban siempre el odio tradicional a la raza blanca, que les inspiraba el español y del que hacían hereditarios a los descendientes de éstos” (Cáceres 1921: 158).
Otra característica de un estado de guerra es el desorden en el que medran los delincuentes, los marginales, los desesperados y, en general, toda la gama de antisociales. Recordemos, por ejemplo, los saqueos e incendios, realizados por turbas, que tuvieron lugar en Lima entre la derrota en la batalla de Miraflores y el ingreso de las fuerzas chilenas a la capital, entre la noche del 15 y el amanecer del 17 de enero de 1881, cuando el Estado peruano se había reducido a su mínima expresión. Sin exagerar, éste debió ser el peor momento de vacío en toda la historia republicana (Basadre 1983 t. VI: 249 y s.). Ya hablando propiamente de colaboracionismo, cabría citar el caso del chino Quintín Quintana quien sirvió a los chilenos durante la campaña de Lima y terminó viviendo en Santiago después del conflicto, trabajando nada menos que como elegante agente de investigaciones de la policía de esa capital, una suerte de Hercule Poirot asiático al pie del Santa Lucía (Basadre 1983 t. VI: 222). Éste es ciertamente un caso muy especial porque Quintín Quintana no era, al parecer, natural del Perú y muy probablemente guardaba resentimientos profundos por la explotación que sufrían los chinos y por las difíciles condiciones de vida que entonces tenían en el país. En su Exposición, Luis Milón Duarte cita el caso mucho más claro de un malvado “Fray Diablo” de apellido Olivera, que había sido, antes de la guerra, un lego expulsado del convento de Ocopa por mala conducta. En marzo de 1882
operaba como guía de los invasores chilenos en las labores de saqueo de las haciendas de Junín, que sin duda conocía muy bien. Siempre de acuerdo con la versión de Duarte, “Fray Diablo” parece haber sido quien desencadenó, en forma involuntaria, el sangriento ataque con galgas protagonizado por la comunidad de Comas contra un destacamento chileno en el paso de Sierralumi, por haber tenido la iniciativa de incluir en la lista de exigencias a ser satisfechas por los comasinos, en un acto de adulación, una “partida” de “15 muchachas doncellas” (Duarte 1983 [1884]: 30 y s.).
Al margen de estos casos protagonizados por delincuentes, marginales o resentidos, y refiriéndonos específicamente a los casos de adhesión al Grito de Montán difundido desde Cajamarca en agosto de 1882, cabe hablar de un espectro de situaciones. Éstas van desde los casos de crímenes contra compatriotas y traición a la Patria, hasta situaciones en las que, si bien hubo colaboración con los chilenos, se actuaba con una sana intención de atenuar los perjuicios originados en la derrota y también con una clara actitud de rechazo a oficiar de brazos ejecutores en acciones violentas contra peruanos del bando contrario. El primer caso fue encarnado en forma muy clara por el terrateniente canteño Manuel de la Encarnación Vento. El segundo, por uno de los peruanos más ilustres de su tiempo: el diplomático José Antonio de Lavalle. Dentro de la gama de casos que existió entre estos dos extremos podemos ubicar, por su complejidad, los de Luis Milón Duarte, José Faustino Zegers y Lorenzo Iglesias.
Cabe hacer una importante precisión de contexto. Aunque es un tema que será debatido sin fin (como también lo será la ocupación alemana de Francia y gran cantidad de situaciones históricas análogas), el autor de esta tesis es un firme convencido de que la formación de un bando favorable a entenderse con los invasores, levantado por Miguel Iglesias desde agosto de 1882, tuvo sin duda el pernicioso efecto de dividir al país y de debilitarlo aún más de lo que ya estaba. En verdad, cuesta mucho ponerse en el contexto de la época e imaginar la sensación de destrucción, de desesperanza y de falta de rumbo que debió acosar a los peruanos en 1882 y 1883. Pero también es cierto, según nuestro punto de vista, que faltaba ensayar algunas vías vinculadas a la reaproximación a Bolivia y al fortalecimiento de la Alianza a fines de 1882 y comienzos del año siguiente, que habrían, quizá, permitido suavizar las condiciones de paz (Parodi Revoredo 2001). En todo caso, cabe admitir que la posición asumida por personalidades como Miguel Iglesias, Julio S. Hernández y José Antonio de Lavalle tenía un lado racional y explicable a la luz de las pavorosas circunstancias del momento. Ella distaba mucho de ser un salto al vacío. De otro lado, aquietadas las pasiones luego de tantos años, hoy se sabe con claridad que la acusación de los civilistas contra Iglesias de haber estado “vendido al oro de Chile”, simplemente carece de
sustento (Bulnes 1955 [1911-1919] v. III: 269). Es muy claro que Iglesias actuó con motivaciones patrióticas y de buena fe aunque, a nuestro entender, dio este paso de forma apresurada. Desde el comienzo, Iglesias fue muy consciente del halo de “miseria moral” que iba a rodear a su régimen. Fue un raro gesto de valentía y de coraje cívico. En efecto, su régimen llegó a ser despreciado incluso por chilenos como Patricio Lynch quienes, paradójicamente, se habían beneficiado con su establecimiento (Bulnes 1955 [1911-1919] v. III: 319).
Dos de los “seres degradados” a los que Cáceres se refirió en su oficio circular fechado en Tarma, el 30 de abril de 1883, fueron Manuel de la Encarnación Vento y su cuñado Mariano Vargas.54 El primero era conocido desde las fases iniciales de la guerra, y presumiblemente desde mucho antes, como un fanático pierolista de gran influencia política en toda la provincia de Canta.55 Vento era el típico gamonal de patria chica. Uno de sus hijos murió en la defensa de Lima, donde Manuel de la Encarnación también participó en calidad de jefe del batallón Canta Nro. 63. Era hijo de Norberto Vento, protagonista central, en nombre de todo su clan, de la pequeña victoria de Sangrar contra un destacamento de las fuerzas de Letelier, el 26 de junio de 1881 (Cáceres 1921: 203; Mendoza Meléndez, 1993 t. I: 142 y s.; Duarte 1983 [1884]: 20-22). Aunque valerosa, la acción de Sangrar tuvo la intención de proteger las propiedades de la familia Vento en el área de Canta y no se inscribió dentro de una política más amplia. Los justificados recelos de Cáceres contra Vento y su cuñado Vargas aparecieron con toda claridad (y lucidez) en una carta personal que dirigió el presidente Montero en Arequipa, fechada el 20 de septiembre de 1882 en Huancayo: “...tú sabes lo adictos que estos sujetos son a Piérola; y no hay cómo deshacerse de ellos a buenas porque cuentan con el pueblo...”56
54
Oficio circular del general Andrés A. Cáceres, Jefe Superior Político y Militar de los Departamentos del Centro (Tarma, 30 de abril de 1883). Véase el apéndice documental.
55
El 4 de febrero de 1883, Vento presidió en Canta una junta de jefes de la División Vanguardia que lo nombró como su “comandante general”, desconoció la autoridad de Cáceres sobre los departamentos del Centro, nombró en su lugar al “coronel” Luis Milón Duarte, y reconoció a Iglesias como “Presidente provisorio regenerador”. En esta ocasión, Vento parece haber expresado su rencor, guardado desde la caída de la dictadura, en noviembre de 1881, sobre la supuesta deslealtad de Cáceres con relación a Piérola: “Que los usurpadores Montero y Cáceres, llamado el uno vice-presidente, encargado del poder ejecutivo, nombrado por Chile [sic], y el otro titulado general, nombrado por Piérola, quien fue derrocado por él mismo...” (Diario Oficial, Lima, viernes 9 de febrero de 1883, p. 2.). De otro lado, en ese mismo 4 de febrero de 1883, su lugarteniente, Tadeo Simón Antay, elegido pomposamente por la Vanguardia canteña como Jefe de Estado Mayor del Ejército Regenerador del Centro, realizó una proclama en la que hizo una nítida alusión al episodio de Acuchimay (Ayacucho), del 22 de febrero de 1882 (Ahumada Moreno 1890: 475). En ese trágico enfrentamiento entre peruanos, Cáceres controló la insubordinación del coronel Arnaldo Panizo y de otros oficiales de filiación pierolista.
56
Carta personal de Andrés A. Cáceres a Lizardo Montero (Huancayo, 20 de septiembre de 1882). Véase el apéndice documental.
En diciembre del mismo año, informado por la Delegación de Lima, Cáceres tuvo evidencias del paso de Vento al bando encabezado por Miguel Iglesias y, lo que era más
espectacular, de sus contactos con Luis Milón Duarte y con el propio jefe militar de la ocupación, Patricio Lynch, con quienes combinó un plan para sustraer toda la estratégica zona de Canta del control de Cáceres (Bulnes 1955 [1911-1919] v. III: 209).57 Cabe destacar que el bando de Montán se nutrió, sobre todo en su etapa de formación, de muchos antiguos cuadros pierolistas, como había ocurrido en el mismo caso del caudillo cajamarquino. Entre el 4 y el 5 de febrero de 1883, Cáceres se decidió a intervenir en Canta, donde la División Varguardia de Vento, ya declarada a favor del bando “regenerador”, lo recibió a balazos, pero terminó a los pocos minutos completamente dispersada.58 Vento se retiró a Lima junto con el coronel Tadeo Simón Antay a buscar la protección de los chilenos y ofrecer sus servicios.59 Cáceres comentó en un oficio fechado en marzo de 1883 que Vento había sido visto actuando de guía de la fracasada expedición chilena a Zapán del mes anterior, en las proximidades de Canta, “puesto al servicio activo de los enemigos de su patria”.60
No hay que omitir mencionar que en su proclama del 4 de febrero de 1883, en Canta, Vento había acusado frontalmente a Cáceres de haber “pagado asesinos” para matarlo a él y a su colaborador y Jefe de Estado Mayor, coronel Antay (Ahumada Moreno 1890: 474).
61
“han sostenido, negociaciones notorias con el tráfico de contribuciones onerosas, llevando su temerario y cínico descaro al extremo de asociarse con negociantes que especulan con nombre y representación de sus deudos más íntimos. Últimamente han lanzado a circulación forzosa un nuevo papel moneda, denominado bonos de la guerra, con lo cual han acabado de desprestigiar el crédito nacional, poniendo el papel peruano bajo una depreciación que no tiene igual en el mundo financiero”.
De otro lado, en el seno de la junta de jefes que Vento presidió en ese día y lugar se señaló que Montero y Cáceres
62
57
“Precisamente en este momento recibo una comunicación de la Delegación de Lima en que me participa que de una manera positiva ha descubierto que el célebre Duarte (que en los diarios chilenos viene hace días escribiendo iniquidades contra nosotros y que está en las más íntimas connivencias con Lynch) había obtenido de este Jefe chileno un salvo-conducto que mandó a Vento a Canta para que éste se retirara con sus tropas a las alturas y dejara franco el paso a las tropas chilenas. Duarte debería asumir el carácter de Jefe Superior del Centro, y es natural que a Vento se le haya ofrecido quién sabe qué. Esto, repito, se me comunica como un hecho positivo” Carta personal de Andrés A. Cáceres a Lizardo Montero (Tarma, 12 de diciembre de 1882). Véase el apéndice documental. Véase también la carta de Cáceres a Montero del 10 de enero de 1883.
58
Carta personal de Andrés A. Cáceres a José Arístides Arriz (¿Canta?, primeros días de febrero de 1883). Véase el apéndice documental.
59
Carta personal de Andrés A. Cáceres a Lizardo Montero (Canta, 15 de febrero de 1883). Véase el apéndice documental.
60
Oficio del general Andrés A. Cáceres al coronel jefe de Estado Mayor del ejército (Canta, 2 de marzo de 1883). Véase el apéndice documental.
61
Diario Oficial. Lima, viernes 9 de febrero de 1883, p. 2.
62
A juzgar por los antecedentes que se conservan, se trataba a todas luces de maniobras propagandísticas coordinadas con los invasores chilenos. Debe recordarse que a fines de agosto de 1882, como parte de la ofensiva mediática en respuesta a la exitosa campaña de Cáceres, y con el objetivo específico de dañar su prestigio ante los peruanos, el Diario Oficial había publicado declaraciones de “un caballero peruano [...] que disfruta de buena reputación y que merece crédito”, en la que se acusaba a Cáceres —con un sentido absurdo, parecido a las imputaciones de Vento del año siguiente— de apoderarse de propiedades particulares y de “llenarse de oro” en sus marchas por la Sierra: “En Tarma compró una hacienda y en Ica otra; ambas las puso en cabeza de su suegro, que