A mediados de los años sesenta surgen nuevos debates sobre el desarrollo y cuestionamientos frente a los efectos producidos por el mismo. Si bien, era evidente que entre los años 50 y 60 hubo un crecimiento económico generalizado en los países, como por ejemplo el crecimiento del ingreso per cápita en el 3 por ciento anual de los países en desarrollo (Streeten, 1986), asuntos como el desempleo y la redistribución de los beneficios a los grupos de ingresos más bajo, se constituían en situaciones que generaban preocupación frente a la concepción del desarrollo ligado al crecimiento económico.
Durante los años sesenta y setenta, diferentes publicaciones y espacios de reflexión liderados desde el Instituto de Naciones Unidas sobre Investigaciones del Desarrollo Social (UNRISD), el Banco Mundial, 1974 y la 11ª Conferencia Mundial de la Sociedad Internacional para el Desarrollo –SID- en 1969, sirvieron de antesala para el lanzamiento del programa de lucha contra la pobreza, y las misiones hacia países del tercer mundo (Colombia, Ceilán y Kenya). Estas iniciativas, lideradas por la Organización Internacional
45 del Trabajo –OIT-, reafirmaban en los debates acerca del desarrollo, la importancia de abordar temas como la distribución, el empleo y la pobreza (Escobar, 1991; Bustelo, 1999; Unceta & Yoldi, 2000). En este periodo, otras manifestaciones de las relaciones internacionales entre los países en desarrollo a través de diferentes acuerdos de cooperación técnica y política, sumado a esto el surgimiento de reflexiones con la finalidad de reducir las asimetrías del sistema económico mundial, centraron en la cooperación internacional otros énfasis asociados a la pobreza. No obstante, la visión hegemónica del desarrollo hacia el crecimiento económico seguía en el centro de las preocupaciones de los países. Entre tanto, según Bustelo (1999, p. 148), autores como Kravis, Oshima, Kuzmest, Adelman y Morris, entre otros, habían presentado en sus estudios, reflexiones alrededor de la distribución desigual de la renta en los países del tercer mundo respecto a las naciones ricas, la tendencia de crecimiento de la desigualdad teniendo en cuenta la línea de modelo de la U invertida de Kuznets y la no uniformidad de los diferentes puntos de partida hacia el “desarrollo” de los países, teniendo en cuenta sus condiciones socioeconómicas y sus diversas políticas gubernamentales.
Esta serie de estudios y reflexiones proporcionaron, en su momento, conocimientos particulares alrededor de los problemas asociados a la pobreza, ponen en evidencia la necesidad de vincular a éste con asuntos tales como, el acceso a servicios públicos, de educación, de salud, de agua potable y alcantarillado, vivienda, consumo alimentario, entre otras. Es así, como el concepto de desarrollo mirado desde el crecimiento económico, toma un giro social que pone su atención en un nuevo enfoque orientado hacia las necesidades básicas. Para la OIT (1975) fueron definidas como aquellas “que aseguraban un nivel de vida mínimo que toda la sociedad debería tener para los grupos más pobres de sus habitantes” (Bustelo, 1999, p. 152). Dicha definición propende hacia una distribución más equitativa de los recursos, a fin de atender aspectos que permitan reducir los niveles asociados a la desigualdad y a la pobreza. Para Streeten (1982, p. 31) “el concepto de las necesidades básicas es un recordatorio de que el objetivo de los esfuerzos a favor del desarrollo es proporcionar a todos los seres humanos la oportunidad de vivir una vida plena”. Para esto, dicho enfoque abarca no solo las necesidades materiales (educación,
46 salud, vivienda, agua y saneamiento), sino que incluye las necesidades no materiales asociadas al ser, tales como necesidades de autodeterminación, confianza en sí mismo y seguridad, entre otras. Otros autores, como Unceta & Yoldi (2000), argumentan que en el fondo el concepto de las necesidades básicas pretende el desarrollo del capital humano para potenciar, como último fin, el crecimiento económico y desarrollo de los países.
Bajo ese contexto, durante los años cincuenta y sesenta, la cooperación para el desarrollo había sido un instrumento para la materialización de los intereses geoestratégicos de los países desarrollados, lo que contribuyó a un limitado impacto en términos de desarrollo, dado que “parte de esa ayuda se concedía para obtener ventajas políticas, o bien para fomentar las exportaciones del país donante mediante las ayudas ligadas o condicionadas” (Unceta & Yoldi, 2000, p. 49). Para la década de los años 70, tras casi 20 años de cooperación al desarrollo, se cuestionó la eficacia de la ayuda internacional, a través del conocido Informe Pearson, 1969. Dicho informe, según Pearson (1970) presentó algunas propuestas para reorientar la estrategia de cooperación al desarrollo, siendo la más representativa aquella que invitaba a los países desarrollados a alcanzar la meta de ayuda fijada por las Naciones Unidas del 1% de su Producto Nacional Bruto –PNB- para 1975 y luego la ayuda debería ser del 0,7% del PNB para 1980 (Pearson, 1970, p. 13). De esta manera, se pretendía medir el compromiso de los países desarrollados con relación al apoyo brindado a los países subdesarrollados. No obstante, se acentuaron las críticas al modelo de cooperación visionado desde los países del Norte determinado en mayor medida, por los condicionantes estratégicos que los donantes incorporaban en la ayuda ofertada.
Sin embargo, predomina en este periodo, el giro social que tomó el desarrollo hacia el enfoque de las necesidades básicas, dándole un sentido diferente al ejercicio de cooperación. Dicho enfoque, orienta hacia un consenso en el escenario internacional, bajo una mirada integral del desarrollo más allá del crecimiento económico, y con intervenciones sectoriales que tomen en cuenta otros aspectos fundamentales para el bienestar del ser humano y las sociedades. Es así como “el enfoque de la satisfacción de las necesidades básicas tiene el poder de movilizar apoyo a favor de políticas del cual carecen
47 nociones más abstractas” (Streeten, 1986, p. 32), reflejado esto en los esfuerzos que, en ese momento, se reorientaron desde la comunidad internacional hacia acciones que contribuyeran en mejorar condiciones como el acceso a bienes básicos como la salud y la educación, el incremento de rentas de los más pobres, la promoción de políticas que incidan en el empleo, entre otros. Lo anterior, impacta en los nuevos lineamientos desde los organismos especializados de las Naciones Unidas y el Banco Mundial9 (Unceta & Yoldi, 2000), así como las agencias nacionales de cooperación, centrando, en ese momento, sus intereses por la pobreza como eje fundamental de la agenda de desarrollo, asimilando el enfoque de las necesidades básicas como parte de sus discursos y orientando la cooperación con enfoques sectoriales para la promoción del bienestar humano.
En este periodo, surgen además otros debates dirigidos a generar estrategias a fin de erradicar la pobreza y la distribución del ingreso como parte del enfoque de necesidades básicas. Un primer debate, centra su interés específico en la mujer como grupo meta del desarrollo, “lo que cambió en la revolución social no fue sólo el carácter de las actividades femeninas en la sociedad, sino también el papel desempeñado por la mujer o las expectativas convencionales acerca de cuál debía ser ese papel” (Hobsbawm, 1995, p. 232), en tanto la oportunidad de aumentar los recursos en hogares de escasos recursos a través del nuevo papel productivo de las mujeres. Frente a este tema, en particular, muchas organizaciones internacionales asumieron este asunto como relevante en sus agendas, promoviendo además el enfoque MED -Mujeres en el Desarrollo- como un punto de partida de integrar el enfoque de género en los proyectos de desarrollo financiados a través de cooperación internacional.
Un segundo debate se orienta a las preocupaciones sobre los problemas ambientales que afectan al planeta evidenciados éstos en el informe de “los límites del crecimiento” (Meadows et al., 1972), así como las reflexiones que se llevaron a cabo en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano realizada en Estocolmo en 1972.
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“Durante la presidencia de Robert Mac Namara (1968-81), el Banco Mundial admitió la pobreza como un problema no sólo teórico sino también moral, y asimiló el enfoque de las necesidades básicas como parte de su discurso y de su esquema teórico” (Unceta & Yoldi, 2000, p. 55).
48 Esta Declaración señala temas que comienzan a ser relevantes en el escenario internacional, tales como la participación del ser humano en la transformación y daños del medio que lo rodea, el agotamiento de los recursos naturales, la contaminación, la responsabilidad de los países desarrollados y subdesarrollados sobre el deterioro del planeta. Además, invita a que los recursos de la cooperación internacional al desarrollo sean dirigidos a estos temas. Sin embargo, se suscitaron durante la década de los setenta, nuevas condiciones de crisis como “el hundimiento del sistema financiero internacional de Bretton Woods en 1971, el boom de las materias primas de 1972-1973 y la crisis del petróleo de la OPEP de 1973” (Hobsbawm, 1995, p. 288). Estas condiciones, dieron comienzo a la marginación de los debates sobre el desarrollo y la cooperación desde el enfoque de las necesidades básicas, para centrar el debate internacional de los países desarrollados en nuevas propuestas para combatir la crisis y los problemas asociados a la inflación y el desempleo. Una vez más, la subordinación de la cooperación a los intereses y preocupaciones de los países industrializados se hacía efectiva en una nueva agenda que respondiera al contexto internacional de la época.