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CHAPTER FIVE CONCLUSIONS AND RECOMMENDATIONS

CHAPTER IV. RESULTS Introduction

CHAPTER FIVE CONCLUSIONS AND RECOMMENDATIONS

Las revisiones bibliográficas de los principales autores que han trabajado sobre el deseo sexual constatan la dificultad de definir el deseo erótico con claridad. El deseo sexual tiene un origen claramente biofisiológico, con una estructura anatómico-neuro-endocrina muy perfilada. Su función, desde el punto de vista etológico, se centra en la superviviencia de la especie a tra- vés de la reproducción. Sin embargo, el ser humano trasciende esta depen- dencia elemental y, desde un punto de vista psicológico, el deseo sexual se convierte en una de las motivaciones más importantes de la existencia.

una de las aportaciones más interesantes desde el campo de biofisiolo- gía es la ofrecida por Bancroft (1988). Este indica que el deseo sexual debe ser visto desde una triple perspectiva: la afectiva, la cognitiva y la biofisio- lógica.

Bancroft es uno de los autores más relevantes en el estudio de las bases biológicas del deseo sexual y, a pesar del peso de su especialidad, llega a la siguiente conclusión:

[...] deberíamos ver el deseo sexual como un concepto experiencial y no neurofisiológi- co; para una propuesta operacional hay que identificar y medir tres dimensiones obvias de esta experiencia: la cognitiva, en términos de pensamientos e imágenes, la afectiva en términos de humor o de estados emocionales y la neurofisiológica en términos de activación central.

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Psicología de la sexualidad

Lief (1977) fue uno de los primeros, en la época moderna del desarrollo de la sexología clínica, en plantear el deseo sexual como una dimensión di- ferente de la excitación y el orgasmo. Refiriéndose a su definición dice:

El deseo sexual es un aspecto de la vida humana extraordinariamente complicado y re- quiere de una aproximación multifactorial para su comprensión. No se puede tener en cuenta solamente las respuestas sexuales observables, como dice Kinsey. Alguien po- dría masturbarse 20 o más veces a la semana, pero faltarle el deseo para relacionarse sexualmente con una pareja, o una persona podría relacionarse sexualmente con otra, 20 o más veces al mes sin desearla realmente.

Lief, 1988.

Helen Singer Kaplan (1974, 1979, 1983, 1987) propuso el modelo trifá- sico de respuesta sexual en el que incluye el deseo sexual como una fase de la misma. ofreció así una alternativa al modelo propuesto por Master y Jo- hnson. Considera que el deseo constituye una entidad neurofisiológica dife- rente justificando así su categoría de «fase» de la respuesta sexual1. Su

aportación ha contribuido a mejorar la comprensión y las propuestas tera- péuticas de las dificultades sexuales. Kaplan se refiere al deseo sexual en los siguientes términos:

El deseo sexual es (1) básicamente similar a otros impulsos como el hambre o la sed en cuanto que depende de la actividad de una estructura anatómica específica del cerebro. (2) Abarca centros que acrecientan el impulso, equilibrados por otros que lo inhiben. (3) Está servido también por dos neurotransmisores específicos, uno inhibitorio y otro excitatorio. (4) Tiene vastas conexiones con otras partes del cerebro lo que permite que el impulso sexual se halle integrado en la totalidad de la experiencia vital del individuo y resulte afectado por ella. (5) El deseo sexual es vivenciado como sensaciones especí- ficas que mueven al individuo a buscar experiencias sexuales o a mostrarse receptivo a ellas. Tales sensaciones son producidas por la activación de un sistema neuronal espe- cífico del cerebro.

Kaplan, 1979.

Rosen y Leiblum (1988), en su aproximación conceptual, subrayan la idea de que el deseo sexual es ante todo un sentimiento subjetivo, conside- ran que:

[...] el deseo sexual es un sentimiento subjetivo que puede ser activado por estímulos ex- ternos o internos, y que puede desencadenar o no, un comportamiento sexual abierto.

4. El deseo sexual y su configuración Para que este estado ocurra es necesario un adecuado funcionamiento neuroendocrino, así como la exposición a estímulos sexuales de suficiente intensidad, que pueden tener su origen en el individuo o en su entorno... En la presencia de un funcionamiento neu- roendocrino intacto y unas posibilidades adecuadas de expresión, vemos el deseo sexual determinado primariamente por procesos sexuales intrapsíquicos e interpersonales.

otra propuesta de particular interés es la efectuada por Levine (1984, 1987, 1988), autor que se ha preocupado por los aspectos conceptuales y definitorios del deseo sexual. Lo define a través de los tres puntos siguien- tes: 1) el deseo sexual es lo que precede y acompaña a la excitación; 2) es la tendencia psicobiológica a buscar satisfacción sexual; 3) es la energía que conduce al comportamiento sexual. Por tanto: «El deseo sexual es la energía psicobiológica que precede, acompaña y tiende a producir compor- tamiento sexual» (Levine, 1987).

Levine considera que el deseo erótico se estructura en tres factores mo- deradamente separados. Según este autor, el deseo sexual es el producto de la capacidad mental de integrar tres elementos razonablemente separados: el impulso, el anhelo y la motivación. Su descripción es la siguiente:

•   Impulso (drive). Es el efecto que surge de la acción de las bases biofi-

siológicas que rigen el comportamiento sexual, la base energética que lo sustenta. Se evidencia a través de manifestaciones endógenas y es- pecíficas de activación sexual. Provoca un cambio perceptual por el cual los atributos físicos alcanzan un lugar predominante en la jerar- quía de estímulos de valor erótico, fantasías, sueños y tendencia a la búsqueda de actividad sexual compartida o autoerótica. Estas manifes- taciones pueden ser resumidas como una activación endógena espon- tánea y un aumento de excitabilidad erótica. Hay quien piensa que el deseo erótico no es sino el efecto de la testosterona, tanto en hombres como en mujeres. Sin embargo, desde esta perspectiva, la testosterona juega un papel meramente activador. Es un elemento necesario pero no suficiente. La testosterona y el resto de los elementos neurofisioló- gicos son los responsables de la activación que debe ser considerada como una forma de ansiedad, cuyo origen es erótico y proviene de la programación genética responsable de la reproducción. No obstante, este efecto es insuficiente para comprender el deseo erótico humano. Tal activación debe ser «etiquetada», es decir, reconocida como tal ac- tivación erótica.

El «impulso», tal y como lo plantea Levine, se refiere exclusiva- mente a la activación neurofisiológica. Podemos utilizar como símil un automóvil. Para podernos desplazar con este vehículo, necesitare- mos varios sistemas. En primer lugar un motor de explosión que ge- nere el movimiento. Este requiere de combustible, de gasolina. A con-

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Psicología de la sexualidad

tinuación necesitaremos otros elementos complejos como el chasis, la dirección, la amortiguación, etc. Como vemos en este paralelismo, el impulso se corresponde con la gasolina. Esta es absolutamente nece- saria para podernos desplazar con el automóvil. Sin embargo, la gaso- lina por sí misma es insuficiente, requiere de una serie de sistemas complejos. Por tanto, el impulso (bases neurofisiológicas del deseo erótico) es absolutamente necesario para la experiencia del deseo, pero en sí mismo es insuficiente. Requiere de otros sistemas comple- jos para su articulación en el conjunto de la psicología personal.

•   Anhelo (wish). Hace referencia a las ganas, al anhelo de tener relacio-

nes sexuales, independientemente del impulso. Como el propio autor indica, se trata del «deseo de desear». Es pues la representación socio- cultural del deseo erótico expresada en contenidos concretos. Se pue- de desear relaciones eróticas sin tener impulso en un momento dado. El anhelo viene a ser la representación cognitiva de las ganas de vivir situaciones eróticas. En este sentido puede haber mujeres y hombres de cierta edad que, teniendo un impulso infrecuente o débil, anhelan tener relaciones sexuales. Las razones para tal anhelo normalmente se establecen en edades tempranas. Estas pueden ser las siguientes: el he- cho de mantener relaciones sexuales hace sentirse bien físicamente, amado/a, valorado/a, importante, vital y enérgico/a. Hace sentirse bien con la dimensión erótica de la identidad de género, vinculado/a a otra persona, menos solo/a, a gusto con la pareja2.

Normalmente, estos contenidos tienden a ser coherentes con el dis- curso social dominante. Por ejemplo, en una sociedad sexista y hete- rosexista lo que se espera es que el deseo erótico sea heterosexual; el contenido específico a lo largo de la socialización sería: «A los hom- bres les tiene que atraer las mujeres, a las mujeres les tienen que atraer los hombres».

Entre personas adolescentes o jóvenes, en ocasiones el impulso po- dría no concordar con el anhelo. Teniendo altos niveles de excitabili- dad, de activación, pueden existir causas que lleven a no anhelar la ac- tividad sexual. Entre estas se pueden citar: no sentirse emocionalmente preparado/a, no saber exactamente cómo hacerlo, no tener a una perso- na todavía apropiada, estar todavía asustado/a de las sensaciones del alto grado de activación erótica, miedo al embarazo o a las E.T.S., te- ner la convicción de que la actividad sexual, en ese momento, es mo-

2 Confrontar estas ideas con el capítulo 5 dedicado a los afectos y la sexualidad. En el

punto dedicado al apego se consideran algunos motivos para desear relaciones sexuales relacionadas con el apego. Estos motivos, sin duda, pueden formar parte del «anhelo» en la propuesta de Levine.

4. El deseo sexual y su configuración

ralmente incorrecta, no desear el disgusto de los padres, sentir miedo a la intimidad, miedo al rechazo. En la medida en que se va madurando, los impulsos y los anhelos van coincidiendo cuando se contempla la actividad sexual como algo normal y valioso.

•   Motivo (motive). Representa la disposición hacia la actividad sexual.

Es el más complejo de los componentes del deseo sexual. Está deter- minado por la interacción de factores intrapsíquicos y procesos inter- personales en relación con la propia historia afectivo-sexual. Muchos de estos determinantes no son evidentes y se descubren retrospectiva- mente. La disposición hacia la actividad sexual está generalmente in- ducida por uno o más de los siguientes antecedentes: el impulso, la decisión de tener relaciones sexuales, la relación interpersonal, la ob- servación de los demás, la atracción, etcétera.

El motivo se refiere al consentimiento. Podemos expresarlo de la siguiente manera:

Teniendo representaciones mentales del sentido de la experiencia erótica en las personas y el deseo de integrarlas en uno mismo (anhelo), sintiendo la activación erótica como respuesta a estímulos endógenos o exógenos (impulso), consiento y acepto integrar la experiencia erótica en mi biografía (motivo).

Se trata fundamentalmente del «soporte psicológico» del deseo erótico. En el ejemplo del automóvil, hemos visto que la gasolina es necesaria para que el motor funcione. Ahora bien, el motor debe estar firmemente sujeto al chasis, al resto del vehículo, a través de la banca- da. El «motivo» equivale a la bancada del motor. Se trata del consenti- miento que cada persona hace respecto a la experiencia erótica. En definitiva, siendo consciente de la activación del impulso sexual, inte- grado el anhelo, la aspiración de estar involucrado en una actividad erótica, el motivo, como tercer factor del deseo sexual, se refiere a la disposición, es decir, a la voluntad de implicarse en una experiencia erótica. El motivo sexual, como elemento disposicional, está condi- cionado por cuatro importantes contextos:

a) La identidad de género.

b) La calidad de las relaciones sexuales y no sexuales. c) Las pautas de regulación propia y del compañero/a. d) La transferencia con los vínculos del pasado.

En el capítulo dedicado a las actitudes analizamos el constructo erotofo- bia-erotofilia y los sentimientos de culpa sexual. La actitud positiva o nega- tiva hacia la sexualidad podría mediar en la relación entre el impulso y el anhelo.

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Psicología de la sexualidad

Según Levine, estos tres elementos están separados tan solo conceptual- mente, puesto que en la experiencia, el deseo se experimenta como un todo. Lo lógico —y lo saludable— sería que actuasen en armonía, aunque en la experiencia clínica se observa que las dificultades respecto al deseo erótico suelen mostrar disonancias evidentes entre ellos.

1. Activación fisiológica 2. Cambio perceptual 3. Fantasías y sueños eróticos

4. Tendencia de acción (búsqueda de placer)

Se refiere a las ganas, al anhelo de tener relaciones sexuales, independientemente del impulso. Representación cognitiva de las ganas de vivir situaciones eróticas.

Es el anclaje psicológico del deseo. Se trata de la decisión de tener relaciones eróticas. Es el consentimiento personal a un/a mismo/a de implicarse en una experiencia erótica. DESEO SEXUAL (Sexual desire) MOTIVO (Motive) ANHELO (Wish) IMPULSO (Drive)

figura 4.1. Componentes del deseo sexual.

En síntesis, el deseo sexual implica un sentimiento de interés, de ne- cesidad, de apetencia, de búsqueda de estimulación y placer erótico, pero no implica necesariamente la puesta en marcha de conductas instrumenta- les dirigidas a ello. Cuando el deseo sexual está presente, dichas conduc- tas, si llegan a producirse, son vividas con particular intensidad, con pasión (Schnarch , 1991).

En el espacio clínico se puede apreciar la relativa independencia de es- tos factores puesto que en las personas que presentan dificultades con el de- seo sexual es posible observar determinadas incongruencias entre ellas. Por ejemplo, personas con un nivel óptimo de impulso, podrían tener razones para evitar la experiencia emocional subjetiva del deseo sexual por diversos motivos. El discurso social sobre lo «sexualmente correcto» podría lograr que una persona anhelase desear sexualmente aquello que dista de su pro- pia realidad. una persona mayor podría anhelar estar involucrado/a en ex- periencias sexuales, porque estas podrían hacerle sentirse activo/a, vital, querido/a, aunque por determinadas circunstancias careciese de impulso. una persona adolescente, como veremos posteriormente, podría sentir un fuerte impulso sexual, careciendo de recursos para integrarlo en el conjunto de su personalidad en relación con otras instancias psíquicas. Podría tener motivos para no desear o aplazar la experiencia sexual, a pesar de su impul-

4. El deseo sexual y su configuración

so, debido a algunas contradicciones o dificultades propias del comienzo de la adolescencia.

Desde este punto de vista y coincidiendo con otros autores (Kaplan, 1979; Rosen y Leiblum, 1995; Schnarch, 1991), el deseo sexual es una rea- lidad compleja que, a partir de disposiciones programadas genéticamente, se articula en función de la experiencia personal, derivada de un contexto sociocultural portador de su propio discurso sobre la sexualidad en general, y el erotismo en particular. En este sentido, el deseo sexual no puede redu- cirse a una mera reacción instintiva a estímulos eróticos, sino que, en con- junción con otros procesos psicológicos, se configura a lo largo de la histo- ria personal (Gómez Zapiain, 1995, 2009).

La aproximación conceptual del deseo sexual que acabamos de desarro- llar, permite considerar las siguientes cuestiones: el deseo sexual se instala en un sustrato biológico (impulso, activación) heredado genéticamente que produce una predisposición comportamental a la búsqueda del placer se- xual. Esta activación es interpretada e integrada psicológicamente a través de procesos cognitivos y emocionales (fuertes, 1995). La posibilidad de in- terpretación e integración, aunque puede ser mediada por variables indivi- duales, está fuertemente influida por el discurso social. A continuación abordaremos el desarrollo, la dinámica y la configuración del deseo, dando contenido a la aproximación conceptual que acabamos de hacer.

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