CHAPTER THREE: FINDINGS
CHAPTER FOUR: DISCUSSION
Resiliencia y espiritualidad son términos muy relacionados entre sí. De hecho, la práctica de la espiritualidad favorece los procesos de resiliencia en todos sus aspectos. Numerosas investigaciones avalan esta idea, habiendo sido realizados estudios en todos los colectivos de la población:
-Investigaciones en niños/as y jóvenes. Janine Jones (2007) encontró una
correlación positiva entre resiliencia y espiritualidad para la adaptación de niños/as afroamericanos/as en extrema pobreza, con la consiguiente disminución del riesgo de padecer estrés postraumático. En la línea de la recuperación tras un abuso, se movieron Walker, Reid, O’Neill y Brown (2009), demostrando cómo la espiritualidad y la religiosidad reducen la evolución de tales síntomas aversivos. Wahl, Cotton y Monroe (2008) estudiaron la disminución del riesgo de conductas suicidas en dos adolescentes que crecieron en un entorno hostil y de abandono durante su infancia, apoyándose además en la práctica religiosa como complemento.
En el plano educativo, la espiritualidad también puede contribuir al éxito académico. Así, Sundararajan-Reddy (2005) probó la relación entre espiritualidad y la mejora de la conducta y del nivel de competencia académico y personal, mientras que Rehm y Allison (2009) demostraron sus beneficios junto con los de la práctica religiosa en la preparación de 25 universitarios/as que consiguieron mejorar su autoeficacia.
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-Investigaciones en adultos/as y ancianos/as. Gracias a la práctica de la
espiritualidad y de la religiosidad, ancianos/as aquejados de Diabetes Mellitus tipo 2 redujeron sus niveles de ansiedad y se consiguieron adaptar a un nuevo estilo de vida más saludable en el que desarrollaron el amor por ellos/as mismos/as (Zabala, Vázquez y Whetsell, 2006). Lawson y Thomas (2007), estudiaron las estrategias de resiliencia de 20 ancianos/as supervivientes del huracán Katrina, encontrando que la práctica espiritual y religiosa les había ayudado a adaptarse y a valorar la belleza del mundo que les rodeaba, que veían como un “milagro". June, Sega, Klebey y Coolidge (2008) relacionaron la espiritualidad con las razones que los/as pacientes de un geriátrico encontraban para vivir, reduciéndose sus pensamientos suicidas y cogniciones negativas. Harris (2010), se centró en estudiar el proceso resiliente de enfermos/as crónicos/as con rechazo al injerto, encontrando un mayor nivel de adaptación y bienestar en los/as pacientes que habían desarrollado sus fortalezas humanas gracias a la espiritualidad. Kruger (2010) estudió por qué los capellanes de los hospitales y hospicios americanos gozaban de paz interior a pesar de las amenazas por burnout o agotamiento físico y emocional debido a la exposición prolongada a situaciones de estrés. Los resultados mostraron que, gracias a la práctica religiosa y espiritual, se habían conseguido desarrollar estrategias de afrontamiento que les permitían continuar con sus vidas fuera del trabajo de un modo normalizado. Pierini y Stuifberger (2010) estudiaron a ancianos/as con post-polio, demostrando la mejora provocada por las prácticas espirituales en su nivel de autoeficacia, autoconcepto y autorrealización, calificándose los/as propios/as enfermos/as con un nivel de salud “bueno o excelente”.
-Investigaciones en mujeres y familias. Las investigaciones en este ámbito se
relacionan con la enfermedad y con el sufrimiento de agresiones o abusos.
Dentro de la primera categoría, Simoni, Martone y Kerwin (2002) estudiaron cómo 230 mujeres en situación de bajos ingresos y portadoras del VIH/SIDA favorecieron el afrontamiento de su situación gracias a la práctica regular de la espiritualidad. Del mismo carácter es el estudio de Simoni y Ortiz (2003) en el que se combatieron de igual modo los síntomas depresivos del VIH/SIDA. Susan Tinley
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(2006) se centró en mujeres de familias con cáncer hereditario de mama y de ovario, demostrando los beneficios en las pacientes de la práctica espiritual para afrontar su situación de amenaza constante al poder padecer la enfermedad en cualquier momento.
En cuanto a la mujer como víctima de violencia física o sexual, Singleton (2004), analizó las conductas resilientes en la superación del trauma en mujeres víctimas de abusos. Aquí la práctica espiritual se complementaba con otras actividades como el yoga, la meditación o la escucha de música góspel. Jaramillo, Ospina, Cabarcas y Humphreys (2005) estudió los niveles de resiliencia de 199 mujeres maltratadas, encontrando que en muchos casos la práctica espiritual era complementada con la religiosa, favoreciéndose así el desarrollo de conductas adaptativas de superación del trauma. En la misma línea se sitúa el estudio de Canaval, González y Sánchez (2007), centrado en cómo la ansiedad y depresión ocasionadas por el trauma vivido pueden tratarse desde el plano trascendente. Madsen y Abell (2010) se centraron en la violencia de género, tanto física como sexual, por parte de las parejas de las víctimas, encontrándose en las prácticas espirituales un importante factor de protección ante la situación de desamparo.
Otras investigaciones con mujeres atienden al desarrollo de fortalezas ligadas a la resiliencia en situaciones de pérdida de algún hijo (Greff y Loubster, 2008) o de desestructuración o adversidad familiar (Bell-La Verne, Burguess y Brock, 2009).
-Investigaciones con otros colectivos sociales. Pentz (2002), probó la mejora en
la recuperación de enfermos/as de cáncer gracias a la práctica espiritual y a la fe, unidas al apoyo familiar y a los sentimientos de gratitud hacia la enfermedad. Actualmente, también se ha demostrado cómo la espiritualidad y religiosidad mejora el proceso de adaptación cultural de refugiados/as bosnios/as en tierras estadounidenses, afrontando el desplazamiento forzoso por la situación en su país de forma más positiva (Adedoyin et al. 2016).
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