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Un hecho que se repite incesantemente en todo el territorio de los anti- guos reinos de Castilla, León, Navarra y Aragón es la falta de información que, a todos los niveles, encuentra el investigador cuando trata de profun- dizar en la presencia templaria, y sobre todo en los monumentos que cons- truyeron y que utilizaron. Ya al principio de esta exposición contaba cómo incluso los más minuciosos y prolijos historiadores pasan sobre la presencia templaria peninsular sin apenas rozarla. En el mejor de los casos -concreta- mente, en la aventura aragonesa de la orden- (1) se conocen parcialmente los hechos, pero nunca las causas que los provocaron, y mucho menos aún las consecuencias, casi nunca documentadas, que acarrearon.

La muralla de silencio se multiplica cuando se trata de catalogar con un cierto grado de exactitud la obra constructora del Temple. Algunos aconteci- mientos sonados de la historia han conseguido evitar que esa ignorancia fuera absoluta. Por eso, nadie suele desconocer la vinculación a la orden de ciertos castillos como Monzón, Miravet, Ponferrada o Aracena. Sin embargo, con ser importantes estas edificaciones, no constituyeron la obra única de los caballeros del Templo de Jerusalén. En sus territorios levantaron templos y conventos no fortificados. Y en esos lugares dejaron su impronta y los deta- lles de su ideología, marcaron los caminos de su búsqueda y señalaron

los símbolos de reconocimiento que sólo debían conocer ellos y los que, como ellos, seguían la senda del conocimiento hacia una meta que aún hoy noso- tros desconocemos oficialmente.

Pues bien: de toda esa obra templaria, nada se conoce con absoluta segu- ridad. Hay sospechas, tradiciones, indicios inequívocos, pero faltan las prue- bas documentales que atestigüen, sin lugar a posibles negativas, que un determinado número de monumentos de los siglos XII y XIII fueron, efecti- vamente, obra de los templarios.

Una de las causas de esta carencia de información documental estriba en el hecho de que, al ser extinguida la orden, todos sus bienes y posesiones pasaron a ser patrimonio real o fueron adjudicados a otras órdenes militares que procuraron, por su parte, borrar toda huella que recordase a sus ante- riores propietarios (2) e incluso -en buena parte- los antiguos documentos que acreditaban su paternidad y su consiguiente influencia en el devenir cultural y religioso del occidente europeo.

Pero, al margen de estas causas, que serían más o menos justificables, hay también un deseo tácito de negar, pura y simplemente, la gran influencia espiritual y política que tuvieron en su momento los freires templarios: nada fue suyo, nada se hizo por su mediación, en nada contribuyeron al éxito de las campañas guerreras, ni al progreso de la cultura medieval, parecen con- firmar crónicas e historiadores con una fuerza disuasoria digna de mejor causa (3).

2. La excepción a esta regla es la de Portugal. En aquel reino, los bienes de los caballeros templarios fueron totalmente transferidos a la orden de Cristo, fundada en 1319 -apenas siete años después de la disolución del Temple-, que acogió a todos los templarios portugueses y a muchos caballeros de la orden procedentes de Francia. La orden de Cristo fue una fiel prolongación del Temple y en buena medida, completó en Portugal la obra que no pudo realizar en Francia ni en el resto de los reinos donde estuvo establecida la Caballería del Templo de Salomón. Como podremos ver más adelante la orden portuguesa de Cristo continuó incansablemente la obra templaria, y su búsqueda, tanto exotérica como esotérica, se vio coronada por el éxito que habrían obtenido los templarios si se les hubiera dado ocasión de sobrevivir.

3. Por el contrario, la historia recuerda con especial deleite aquellos acontecimientos que, de un modo u otro, tienen a los templarios como protagonistas negativos. Uno de estos hechos, que encontramos en todas las historias como una consigna dictada, es la aventura templaria de Calatrava, cuyo castillo les fue confiado por el rey Alfonso VII en 1129 -al año siguiente de que la orden fuera confirmada por el concilio de Troyes- y que abandonaron en 1158, alegando que no podían hacerse cargo de su defensa. En palabras de Campomanes, «acudieron a hacer dexación de esta Villa en manos de Don Sancho el Deseado, que se vio, por ser frontera, en la precisión de crear nueva Milicia para su defensa: principio ilustre de la Cavallería de Calatrava, por Raymundo, Abad de Fitero...» (op. cit. p. 13). Las razones profundas del aireamiento de este suceso son claras: había una necesidad de exaltar la importancia de las órdenes peninsulares, y el asunto de Calatrava -que provocó nada menos que la fundación de una orden específicamente hispana- era una ocasión clave, sobre todo a la hora de minimizar la importancia de otra orden que, como sucedía con el Temple, tenía un ámbito que hoy podríamos denominar multinacional.

Sin embargo, aunque oficialmente ignorada y culturalmente negada, la o- bra de los templarios está ahí mismo. Y si es cierto que fueron, seguramente desde el anonimato, los principales iniciadores de la expansión mediterránea aragonesa en tiempos de Jaime I (4), no es menos cierto que contribuyeron, en el campo de la arquitectura religiosa, en el mundo de las ideas, y sobre todo en el de las creencias, al mantenimiento de unos principios ancestrales perfectamente válidos que, en muchos casos, todavía están vigentes a nivel popular en zonas que, por encima del tiempo, siguen acusando -aun sin saberlo- la influencia espiritual de los templarios (5).

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