Como hemos visto, la aspiración de universalismo que envuelve tanto la logística formal como la logística dialéctica en las
Ciencias Sociales ocurre por la búsqueda de interrelaciones coherentes entre los hechos sociales que permitan cierto grado de
predictibilidad. El tipo de interrelación entre hechos, que es de carácter esencialmente
explicativo, es la causalidad. Su importancia radica en que “es una suposición sintética ‘a priori’ que no puede justificarse simplemente por generalizaciones empíricas inductivas, pero que se necesita como condición para la
posibilidad de un conocimiento racional. Por tanto, es el postulado de los postulados de la ciencia, puesto que subyace a la posibilidad misma de que exista cualquier ciencia.
continuidad y uniformidad de la naturaleza;
epistemológicamente, es la aseveración de que nada puede llegar a ser conocido si no es bajo la forma de leyes; ahora bien, nada de esto
procede de nuestro conocimiento de las leyes, sino que es, más bien, el supuesto previo de que este conocimiento es posible y no ilusorio”[15]. El valor epistemológico de la idea de causalidad es incuestionable, al punto que, como afirma
Grunbaum, “si el comportamiento humano, tanto individual como social, no mostrara sucesiones de causa a efecto, entonces el método científico sería esencialmente
irrelevante para la elucidación de la naturaleza del hombre y tanto la psicología científica como las ciencias sociales se verían impedidas en
forma permanente de alcanzar el estado de ciencias”[16].
Lo que no aparece claro, sin embargo, es si se trata de que el comportamiento humano “muestre” leyes causales, o se trata de que la
teoría social “encuentre” o “identifique” leyes causales dentro del comportamiento humano. En otras palabras, las leyes causales, ¿existen en una realidad objetiva o en el proceso racional del pensamiento humano? Según Grunbaum,
“el aprendizaje científico o racional a partir de la experiencia pasada consiste en descubrir
regularidades causales de las cuales anticipar el futuro”[17] y parecería, entonces, que la
causalidad se resuelve solamente dentro de las formas del pensamiento y no en una manera de ser inherente a la realidad objetiva.
Por otra parte, hay un aspecto moral ligado al postulado de la causalidad: la
necesidad de control humano sobre el mundo (“sólo si el comportamiento humano muestra algún tipo de leyes causales es significativo subrayar la necesidad de salvar el abismo
peligroso existente entre el control humano de la naturaleza física y su conocimiento científico de sí mismo por el riesgo de destruirse”[18]).
La posibilidad de que no sea factible predecir el futuro del desarrollo histórico de manera causal –o de cualquier otra forma– hace que exista
inseguridad y terror frente al riesgo de
autodestrucción que el pensamiento humano eventualmente afrontaría, en el caso de que las acciones del hombre fueran absolutamente
arbitrarias. La sociedad, consecuentemente, carecería de control social y no podría
establecer sanciones frente a un accionar impredictible. El pensamiento racional,
siguiendo fielmente la tradición que arranca con Descartes, se erige en garantía moral, es un
símbolo que el hombre ha reificado para
defenderse de sí mismo. Pero, asimismo, ilustra su paradoja más terrible: el ser humano es
ambivalente, dual, oscilante y el racionalismo, durante estos últimos siglos, ha demostrado ser protección escasa contra los dogmatismos y las acciones arbitrarias.
han venido siendo largamente discutidos en la vieja polémica entre determinismo e
indeterminismo. Mientras que los deterministas buscan una causalidad que sea comprensible
dentro de los hechos observables y dentro de las leyes de racionalidad, los indeterministas
afirman que tal causalidad no existe, o bien, que su complejidad impide llegar a caracterizarla
porque siempre quedaría un margen de variables ocultas.
Van R. Wilson, determinista, se
manifiesta así: “El hecho de que las dificultades epistemológicas en muchas situaciones
sociológicas, psicológicas y también biológicas, excluyan nuestro conocimiento de cuáles son
todos los factores causales específicos
relevantes en un caso particular, no autoriza la conclusión de que no hay ninguno. La
incapacidad presente para especificar los valores de una variable no puede ser
tales valores”[19]. En tanto que Bridgman, indeterminista, afirma que “no podemos
establecer una conexión causal única entre el acontecimiento y otros acontecimientos y
situaciones, lo que equivale a su vez a afirmar que hasta el presente no somos capaces de
formular ninguna ley de la naturaleza según la cual el acontecimiento dado se desprende de otras cosas”[20]. La polémica se enriquece, cuando Van R. Wilson vuelve a responder:
“Afirmar que existe la necesidad causal global, como una función no meramente de algunos o muchos sino colectivamente de todos los
factores causales relevantes involucrados
(independientemente de su complejidad y de nuestra actual incapacidad para especificarlos exhaustivamente) tiene más sentido que
suponer, como lo hacen los indeterministas, que no existe semejante necesidad causal ni siquiera como función de todos los factores causantes
que la ausencia de necesidad causal
especificable, en términos de una consideración fragmentaria de los factores que actualmente
son conocidos, debe ser equiparada con la ausencia de la necesidad causal en
absoluto”[21].
La dilucidación de estas álgidas
cuestiones involucradas en el postulado de la causalidad científica atañe fundamentalmente a dos aspectos: a) El conocimiento, control y
predictibilidad de una realidad objetiva; b) Las leyes del pensamiento y la lógica de la
interpretación científica. Sobre estos aspectos, el nexo pensamiento-realidad objetiva, versarán los desarrollos siguientes.