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CHAPTER-IX : GENERAL SAFETY PROVISION

La reacción de Leibniz frente a Spinoza es sumamente difícil de

valorar.31 Esto es así porque, por un lado, Leibniz presenta todos los

síntomas del tipo de trato que sus contemporáneos le propiciaron.32

Como se mencionó, Leibniz denuncia en sus cartas a Spinoza como un ateo peligroso y lo condena recurriendo a los términos que sus profesores y colegas de las universidades alemanas empleaban en la literatura polémica. Pero, por otro lado, Leibniz evidencia una gran curiosidad respecto de la doctrina spinoziana y reconoce además la existencia de ciertas analogías entre esta doctrina y su propia filoso- fía. En efecto, ambos comparten un supuesto básico, heredado del racionalismo inaugurado por Descartes: la pretensión de brindar una explicación racional para la totalidad de lo real. Fácilmente se percibe en sus acciones y escritos el temor de ser acusado él mismo de seguir los pasos de Spinoza –acusación que, de hecho, no tardó en llegar. Sin embargo, Leibniz realiza objeciones a la doctrina spi- noziana e incluso podría decirse que construye su propia filosofía en oposición a esta.

Leibniz conocía a Spinoza, hacia 1669, como el autor del co- mentario a Descartes y los Pensamientos Metafísicos y, tal como se desprende de la carta que envió a Thomasius ese mismo año, lo consideraba un cartesiano. En 1670 apareció el Tratado teológico

político y Leibniz mismo lo condenó, en sus cartas a teólogos y fi-

lósofos, como un liber pestilentissimus e hizo referencia a Spinoza como un judío excomulgado de opiniones monstruosas. Esto, sin embargo, no impidió que Leibniz decidiera entrar en contacto con él. El 5 de octubre de 1671 envió a Spinoza una primera carta desde Frankfurt. “Entre los demás elogios que la fama ha divulgado sobre usted, opino que está también su extraordinaria pericia en asuntos

31/DUHODFLyQHQWUHDPERVÀOyVRIRVKDVLGRREMHWRGHQXPHURVtVLPDVLQYHVWLJDFLR- QHV\FRQWLQ~DVLHQGRXQWHPDGHLQWHUpV$OJXQRVGHORVHVWXGLRVPiVVLJQLÀFDWL- vos son el de Ludwig Stein, /HLEQL]XQG6SLQR]D(LQ%HLWUDJ]XU(QWZLFNOXQJVJHVFKLFKWH

GHU/HLEQL]LVFKHQ3KLORVRSKLH, Georg Reimer, Berlin, 1890 y el G. Friedmann, Leibniz et Spinoza, Gallimard, París, 1964. Cabe señalar el texto de Mogens Lærke, Leibniz OHFWHXUGH6SLQR]D/DJHQqVHG·XQHRSSRVLWLRQFRPSOH[H, Honoré Champion, Paris, 2008,

que presenta un análisis detallado y exhaustivo. 32Cf. Pätzold, 6SLQR]D$XINOlUXQJ,GHDOLVPXV, op.cit., p. 33.

de óptica”,33 decía en su carta, cuidándose de no hacer referencia explícita a sus controvertidas doctrinas filosóficas pero asegurándose de que su interlocutor sepa que su nombre ha traspasado las fronte- ras de Holanda y ha llegado a territorio alemán. El motivo que justi- ficaba ponerse en contacto con él era, precisamente, el de solicitarle su opinión acerca de sus Notas sobre óptica avanzada, recientemente publicadas. Spinoza respondió y agradeció el envío del escrito, pi- diéndole aclaraciones sobre algunos puntos y en el Post Scriptum agrega: “Si todavía no ha llegado a sus manos el Tratado teológico

político le enviaré un ejemplar, si no le molesta. Adiós.”34

Pero el libro ya había llegado a las manos de Leibniz y, aún cuan- do frente a Thomasius el filósofo no había dudado en condenarlo, su actitud era ambigua. En su respuesta a una carta en la que Graevius se quejaba acerca del Tratado teológico político y criticaba a su autor, Leibniz comunica que ha leído el tratado, señala sus coincidencias con el Leviathan de Hobbes, le reconoce una gran profundidad y se lamenta de que un hombre cuya erudición es manifiesta, haya

caído tan bajo.35 Asimismo, cuando Albert van Holten le escribe

desde Tubinga que el judío Spinoza, “que lleva un nombre de mal augurio”, recibiría los golpes merecidos por parte de los doctos, Lei- bniz responde que espera una refutación “más sabia y sólida, que

vehemente y dura”.36

No se sabe si Leibniz respondió a la carta de Spinoza o si prefirió evitar los peligros que corría al entablar contacto con un personaje que, ya en 1671 era tan polémico. No hay referencias explícitas a otras cartas entre ellos, y si las hubo, éstas han de haberse extraviado.

Mientras el Tratado teológico político era combatido desde las cá- tedras universitarias de Leipzig, Altdorf y Jena, Leibniz se trasladó a París, en calidad de enviado diplomático. Sumergido en el mundo de las controversias religiosas y las pujas políticas, sin descuidar tam- poco sus meditaciones filosóficas, conoció a muchísimas personas prominentes, entre ellas, a Franz van den Enden, maestro de latín de Spinoza, y al noble alemán Walther von Tschirnhaus, discípulo

33Ep. 45, p. 230. 34Ep 46, p. 234. 35Cf. AkW I i, p. 148. 36,GHP, p. 325.

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de Spinoza y poseedor de un manuscrito de la Ética.37

Tschirnhaus debe haber informado a Leibniz acerca de la doc- trina spinoziana y, probablemente, acerca de una obra aún no pu- blicada en la que Spinoza demostraba a Dios more geometrico. En noviembre de 1675, por medio de Schuller, Tschirnhaus pidió a Spinoza autorización para que se le entreguen sus escritos a Leib- niz. Pero Spinoza respondió que no. Al año siguiente, en su viaje de regreso a Alemania –pues había aceptado un puesto en la corte del Príncipe de Hannover como bibliotecario–, Leibniz pasó por La Haya y allí se entrevistó varias veces con Spinoza. Acerca de sus conversaciones es poco lo que se conoce. Spinoza murió apenas tres meses después de su encuentro con el alemán y no dejó ninguna referencia sobre las conversaciones que mantuvieron. La actitud de Leibniz, por su parte, se revela ambigua. Al enterarse de la noticia de la muerte de Spinoza, en febrero de 1677, escribió a Galloys:

Spinoza ha muerto este invierno. Lo he visto de paso por Ho- landa y he hablado con él en numerosas ocasiones y por largo rato. Tiene una metafísica extraña, llena de paradojas. Entre otras cosas, cree que el mundo y Dios no son en sustancia más que una misma entidad, que Dios es la sustancia de todas las cosas y que las creaturas no son más que modos o accidentes. Pero noté que algunas demostraciones que él me ha expuesto, no son exactas.38

La actitud de Leibniz combina cierta admiración por el filósofo judío con la necesidad de mantener su distancia. Admite que lo conoció personalmente pero no relata las circunstancias exactas ni

37 El conde Walther von Tschirnhaus (1651-1708), nacido en Alemania, se había trasladado en 1669 a Leiden para iniciar sus estudios en leyes. Gracias a la me- diación de otro alemán, el médico Schuller, había conseguido entrevistarse varias veces con Spinoza. Además, se sabe por sus cartas que poseía un manuscrito frag- mentario de la Ética (cf. Ep 59, p. 168) que estudió su sistema con profundidad y que le planteó interesantes objeciones (véanse Ep. 57, 59, 65, 80 y 82). El intercam- bio epistolar entre ellos permite sostener que Tschirnhaus fue, tal como señala el YLDMHUR*RWWIULHG6WROOHHOFRUUHVSRQVDOGH6SLQR]DGHPD\RUMHUDUTXtDÀORVyÀFD DGHPiVGH/HLEQL]\TXHODÀORVRItDVSLQR]LDQDHMHUFLyXQDJUDQLQÁXHQFLDHQVX libro Medicina Mentis (cf. Stolle, 5HLVHEHULFKW en Spinoza, B., 6lPWOLFKH:HUNH, 7 to- mos, Felix Meiner Verlag, Hamburgo, 1998-2005, t. VII, p. 146).

confiesa que su interés por conocerlo lo había llevado a Holanda. Esta actitud ambigua de distanciamiento y, a la vez, reconocimien- to, se acentúa en los años siguientes, pues Leibniz intentará quitarle

importancia a sus entrevistas con Spinoza o incluso negarlas.39 Pero

lejos de condenar su sistema como absurdo o monstruoso, parece más bien reconocer su valor frente a Galloys… pues si algunas de sus demostraciones son inexactas, entonces habrá al menos algunas otras que sí pueden considerarse correctas.

Lo que sí queda claro es que Leibniz continuaba interesado en el manuscrito de la Ética, por lo que, al saber de la desaparición de Spinoza, se apresuró a escribir a Schuller, ofreciendo comprar el texto para la biblioteca de Hannover. Meyer y el editor Rieuwertsz lo impidieron, de modo que Leibniz tuvo que esperar a que estuviera lista la impresión de las Obras póstumas. Al enviar el esperado libro a Hannover, a principios de 1678, Schuller le advierte que no debía alarmarse por la inclusión allí de la carta que él había enviado a Spinoza en 1671 y la respuesta de éste, ya que esa carta sólo trataba

de cuestiones científicas y no le traería daño.40 La preocupación de

Leibniz nuevamente pone en evidencia la actitud generalizada de sus contemporáneos hacia Spinoza. Ser asociado a él era, sin duda, un riesgo.

Al recibir el volumen, Leibniz se volcó a su lectura. Su ejemplar, conservado en la Königliche Bibliothek de Hannover, presenta numerosas notas al margen a lo largo de las tres primeras partes de la Ética. Tal vez por ser producto de su primera lectura, estas anotaciones marginales no aportan demasiado a la comprensión de

la opinión de Leibniz respecto de la obra.41 Reflejan, sin embargo,

su interés por la doctrina spinoziana, al igual que lo hace una carta del 6 de febrero de 1678, en la que escribe a Justel que por fin han

39Cf. Pätzold, 6SLQR]D$XINOlUXQJ,GHDOLVPXV, op.cit., p. 38.

40 La correspondencia entre Schuller y Leibniz está editada en Stein, op.cit., pp. 284-296 (apéndice III). Schuller a Leibniz, 6 de febrero de 1878 en Stein, op.cit., p. 291.

41 Las notas marginales a este ejemplar fueron publicadas por primera vez por Schulze (Gotinga, 1830). Stein las reproduce en el apéndice XIX a su libro (Stein,

op.cit., pp. 355-362) Gerhardt incluye en su edición las notas a E I, II y III (véase

Gerhardt I, pp.139 a 152). Existe una traducción al español de A. Andreu: Leib- niz, 0HWKRGXVYLWDH(VFULWRVGH/HLEQL], 3 tomos, Universidad politécnica de Valencia, 2001, t. 2.

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aparecido las obras póstumas del difunto Spinoza. Lebniz le informa que la parte más considerable es la Ética, compuesta de cinco tratados. Al respecto, confiesa: “He encontrado en ellas un número de buenas ideas análogas a las mías, como lo saben algunos de mis

amigos que eran también amigos de Spinoza.”42 Sin indicar qué

amigos compartió con Spinoza –aunque probablemente se refería a Tschirnhaus–, respecto de las ideas spinozianas “análogas” a las suyas, Leibniz añade: “lo que dice acerca de la certeza de la verdadera

filosofía y de las demostraciones es correcto e irreprochable.”43

No hay duda de que Leibniz encontró en la Ética de Spinoza, tal como lo indica Belaval, al menos en intención, un ejemplo del “encadenamiento de verdades” que, según el primer parágrafo de su

Teodicea, es como ha de definirse la razón.44 Sin embargo, se apresura a señalar, al igual que frente a Galloys pero habiendo ahora leído la

Ética, que las páginas de Spinoza “también contienen paradojas, ni

verdaderas, ni plausibles”,45 como que sólo hay una sustancia, que

las cosas creadas son modos o accidentes de Dios, que el espíritu humano nada puede esperar después de la muerte, que Dios piensa pero no comprende ni quiere, que Dios actúa según una necesidad natural y que todo ocurre necesariamente.

Además de las notas marginales que se encuentran en su ejem- plar de la Ética, Leibniz dejó un manuscrito que consiste en un co- mentario a la primera parte de esta obra y donde expone su opinión

acerca de las doctrinas allí contenidas.46 Este fragmento pone en

42Stein, op.cit., pp. 307. 43,ELGHP

44 Leibniz escribe en su Teodicea: “La Razón, que consiste en el encadenamiento de verdades, tiene el derecho de ligar aun aquellas que la experiencia le ha provis- to, para obtener así conclusiones mixtas” (Gerhardt VI, p. 49). Cf. Yvon Belaval, “Leibniz lecteur de Spinoza”, $UFKLYHVGH3KLORVRSKLH, tomo 46, 1983, p. 535. 45,ELGHP

46 El texto latino está publicado en Gerhardt I, pp. 139 a 152 y la traducción al alemán en Leibniz, +DXSWVFKULIWHQ]XU*UXQGOHJXQJGHU3KLORVRSKLH, ed. por E. Cassirer, Hamburg, 1968, t. I, pp. 355 a 374. Este fragmento representa el documento más H[WHQVRGHWRGDVXREUDHQHOTXH/HLEQL]VHRFXSDHVSHFtÀFDPHQWHGH6SLQR]D Para un análisis pormenorizado del fragmento, véase Pätzold, 6SLQR]D$XINOlUXQJ

,GHDOLVPXV, op.cit., pp. 41-57. No me detendré, sin embargo, en este texto no pu-

blicado, ya que me interesa concentrarme en lo que Leibniz expresó públicamente acerca de Spinoza, es decir, en lo que es relevante para la posterior recepción de Spinoza en el territorio alemán.

evidencia que Leibniz estudió cuidadosamente, al menos, la prime- ra parte de la obra y pudo comprobar en qué medida la doctrina spinoziana era en ciertos aspectos afín a su propio pensamiento. Pero sobre todo queda claro en qué medida Leibniz se distancia de ella. Las definiciones le parecen oscuras. El método geométrico le resulta incómodo e indica fallas en las demostraciones. El determi- nismo y la negación de las causas finales le parecen inaceptables. El monismo de la sustancia y la relación entre ésta y sus atributos le resulta incompresible. La demostración de la existencia de Dios le parece deficiente.47

Durante los años siguientes, Leibniz no se ocupó específicamen- te del spinozismo. Sin embargo, sus menciones a Spinoza dejan tras- lucir una opinión formada acerca de su doctrina y en qué medida ésta es inaceptable. En una carta a Christian Philipp, de enero de 1680, Leibniz acusa a Spinoza de haber caído en una posición fata-

lista por negar la existencia de causas finales y, consiguientemente,

la posibilidad de una creación divina del universo.48 El spinozismo

representa, según él, el sistema de la necesidad ciega. En otra carta, de 1683, Leibniz acusa a Spinoza de haber sido un verdadero ateo y explica qué entiende por ello:

Spinoza, a quien el Sr. Arnauld considera el hombre más im- pío y el más peligroso del siglo, fue verdaderamente un ateo, es decir, no admitía en absoluto la providencia dispensadora de bienes y males según la justicia, y creía que podía demostrarlo;

47 Pätzold concluye del análisis de este texto que las consideraciones críticas allí contenidas contradicen la idea según la cual Leibniz atravesó un período de su for- PDFLyQÀORVyÀFDHQHOFXDOVHKDEUtDHQFRQWUDGRFHUFDQRDOVSLQR]LVPRWDOFRPROR ha sostenido Stein (cf. Pätzold, 6SLQR]D$XINOlUXQJ,GHDOLVPXV, op.cit., p. 57). Ludwig Stein, ha sostenido que se descubre en Leibniz una fase, antes de la aparición de la SULPHUDYHUVLyQGHVXSURSLDWHRUtDGHODVVXVWDQFLDVLQGLYLGXDOHV²HVGHFLUDQWHVGH ²HQODTXHpVWHVHKDEUtDHQFRQWUDGRPX\FHUFDQRDODÀORVRItDVSLQR]LDQD FI Stein, op.cit., pp. 240 y ss.). Con más matices, también Wolfgang Bartuschat encuentra TXH6SLQR]DHMHUFLyLQÁXHQFLDHQ/HLEQL]9pDQVHVXVDUWtFXORV´6SLQR]DLQGHU3KLOR-

VRSKLHYRQ/HLEQL]”, en Cramer, Jacobs y Schmidt-Biggermann (comps.), :ROIHQEWWHOHU )RUVFKXQJHQ, Tomo 16: 6SLQR]DV(WKLNXQGLKUHIUKH:LUNXQJ, 1981, pp. 51-66 y “Leibniz DOV.ULWLNHU6SLQR]DV” en Schürmann, Waszek, Weinreich (comps.), 6SLQR]DLP'HXWVFK- ODQGGHVDFKW]HKQWHQ-DKUKXQGHUWV, Forman-Holzboog, Stuttgart-Bad Cannstatt, 2002.

48 Cf. G. W. Leibniz, 6lPWOLFKH6FKULIWHQXQG%ULHIH, Akademie Verlag, Berlin, 1923 y ss., t. 2.1, pp. 507.

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el Dios, del cual hace alarde, no es como el nuestro, no posee ni entendimiento ni voluntad. Tuvo una opinión curiosa acerca de la inmortalidad del alma, pues concebía que nuestra inmortali- dad residía en una idea platónica de mi ser, que sin duda es tan eterna como la del círculo o la del triángulo; y que hay que es- forzarse por perfeccionarse en toda clase de virtudes, para dejar tras de sí luego de la muerte una esencia eterna o idea platónica tanto más perfecta.49

No quedan dudas acerca de que Spinoza es, para Leibniz, un ateo en el sentido de negar la existencia del Dios teísta –providente, creador, inteligente y libre, garante de la inmortalidad de las almas– y que esta negación se fundamenta en una doctrina, en un conjunto de demostraciones.

Ahora bien, incluso si es claro que Leibniz considera al spinozis- mo –en tanto que ateísta y fatalista– como un sistema irreconcilia- ble con sus propias convicciones, e incluso si parece sensato admitir que es improbable que Leibniz haya atravesado alguna fase spino- zista en su vida intelectual, un pasaje de sus Nuevos ensayos sobre

el entendimiento humano, de 1702, parece sugerir que aún queda

otra alternativa en la conceptualización de la relación entre ambos filósofos. Se trata del usualmente citado pasaje en el que Teófilo, el personaje que representaría la posición leibniziana, expresa a su interlocutor, el lockeano Filaletes, la siguiente confesión:

Bien sabéis que en otras ocasiones me había deslizado un poco excesivamente lejos, y que empezaba a inclinarme algo del lado de los spinozistas, los cuales atribuyen a Dios un infinito po- der, pero no reconocen en él ni perfección ni sabiduría, y que, menospreciando la investigación de las causas finales, todo lo derivan de una necesidad ciega. Pero las nuevas luces me han

curado; y desde entonces he adoptado el nombre de Teófilo.50

49,GHP, p. 535.

50 Gerhardt V, p. 65; trad. cast.: Echeverría Ezponda en Leibniz, 1XHYRVHQVD\RV

VREUHHOHQWHQGLPLHQWRKXPDQR, trad. de J. Echeverría Ezponda, Alianza, Madrid, 1992,

Si bien es cierto que Teófilo no es más que un personaje literario, puede sospecharse que existe cierta verdad en la imagen según la cual Spinoza representa el modelo negativo frente al que se constru- ye el sistema leibniziano. Esto es, además, sumamente relevante, en la medida en que toda la recepción alemana del spinozismo se reali- zará en confrontación con la filosofía leibniziana, en la cual estaban formados la mayoría de los filósofos alemanes del siglo XVIII. Efec- tivamente, el problema de la relación entre los sistemas de Spinoza y Leibniz ocupará gran parte de la discusión acerca del spinozismo en la conversación que en 1780 mantendrán Lessing y Jacobi en Wol- fenbüttel. Y la posibilidad de reducir un sistema al otro será clave para comprender tanto la posición de Lessing como las interpreta- ciones que Mendelssohn y Herder harán del spinozismo.

En este sentido Friedmann indica que desde su primera lectura de las Obras póstumas, Leibniz detecta y aísla todo lo que no podía integrarse en un sistema filosófico coherente con el teísmo cristiano,

como el que él intentaba edificar desde hacía diez años.51 Frente a

una doctrina cuya profundidad reconoce y estima, con la cual com- parte el objetivo de explicar racionalmente todo el universo, Leibniz se esfuerza por diseñar un sistema que sea una alternativa superado- ra del spinozismo. Tal vez no sea, pues, exagerado decir que el siste- ma leibniziano se construye en confrontación con el pensamiento de Spinoza, como si se tratara de una posición en la cual Leibniz de- bía esforzarse por no caer –independientemente de que Teófilo haga referencia a que en el pasado se había acercado demasiado a ella–. Pero si Leibniz identifica a Spinoza con una enfermedad, tal vez sea porque cree que una de las principales ventajas de su propio sistema consiste justamente en ser un remedio contra esta doctrina nociva.

En efecto, Spinoza aparece en el prefacio de su Teodicea como uno de los enemigos privilegiados, frente a los cuales Leibniz debe defender su propia posición. Principalmente, se ocupa allí de mos- trar que el spinozismo conduce a la afirmación de una necesidad

ciega, pues en su sistema toda la naturaleza se encuentra sometida a

la más estricta necesidad metafísica. La consecuencia de este someti- miento de la naturaleza a la necesidad es la anulación de la libertad, de la posibilidad de elegir el bien o el mal. Sin embargo, Leibniz no ofrece una refutación objetiva y filosófica. Le parece superflua. Spi-

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noza representa una hipótesis imposible, una opinión desagradable e inexplicable, que, según él, no vale la pena refutar. La suya propia,

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