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«feu dal» y «asiático», véase M . G odelier, op. cit. en la introducción, pág. 120. (n. d. p .).

sistemáticamente al dominio económico, y es qui donde las conse­ cuencias adquieren la m ayor im portancia para el desarrollo histórico general, o bien ocasionalmente a dominios que no son sino contra­ fuertes del económico, ya se trate del dominio religioso, acerca del cual existe la ilusión común de que en este estadio juega un papel de primer orden.

Se notará por lo demás que la esclavitud generalizada, por sí sola, suministra de algún m odo la clave del m odo de producción asiático. Este m odo de explotación del hombre no se concibe, en efecto, más que en un régimen económico social en el que aún no hay lugar para individuos netam ente diferenciados, un régimen en que la explota­ ción del hom bre se practica por intermedio de las colectividades que constituyen las comunidades aldeanas; por otra parte, tal modo de explotación del hom bre necesita un mando a la vez centralizado y autoritario, un régimen despótico.

Así, vemos que para poner en claro la cuestión del m odo de p ro ­ ducción asiático es indispensable caracterizar con más nitidez y preci­ sión de lo que se hace habitualm ente la naturaleza y posibilidades de la esclavitud generalizada, com parándola por una parte con la escla­ vitud propiam ente dicha, y por otra, con lo que se llama bastante im propiam ente la servidumbre feudal: bastante im propiam ente p o r­ que cuando ya la servidumbre ha sido abolida, subsiste e incluso fun­ ciona con gran eficacia el m odo de producción feudal. No tendremos una idea verdaderam ente clara del modo de producción asiático más que en la m edida en que nos hagamos una idea precisa de lo que representa la esclavitud generalizada (lo cual exige análisis m inu­ ciosos de sus formas históricas concretas).

1) Esclavitud generalizada.— A grandes líneas, se trata de una

mano de obra que se tiene la posibilidad de utilizar, en la medida en que esta disponible, y de una mano de obra, si no gratuita, al menos del m enor costo, en el sentido en que no es m antenida, y eso muy so­ meramente (simplemente alimentada al mínimum), más que durante el tiempo en que se recurre a ella. No es necesario com prar al trab aja­ dor, como en el caso de la esclavitud propiam ente dicha, en la que el propietario de esclavos se ve obligado a subvenir todas las necesida­ des elementales (alimento, alojamiento, vestido), aunque no tenga que distribuir un salario correspondiente al mínimun de subsistencia del trabajador y su familia, y sabemos que el salario está inevitable­ mente destinado a sobrepasar el estricto mínimum, tanto como resul­ tado de las luchas colectivas de los trabajadores activos y cualifica­ dos.

P or otra parte, esta m ano de obra es abundante, puesto que la gran m asa de la población está obligada al trabajo. Estas dos características explican un despilfarro del que las grandes pirámides de Egipto constituyen un caso particularmente típico.

Pero, al mismo tiempo, se trata de una m ano de obra no espe­ cializada, aplicable solamente a la ejecución de grandes trabajos, siendo confiado el acabado o los trabajos más delicados a un pe­

queño número de artesanos especializados que dependen del déspota. En este estado de desarrollo de la sociedad el nivel técnico permanece poco elevado. P ara que haya tiempo disponible es necesario que se trate de una explotación relativamente extensiva de la tierra. P arale­ lamente es, no menos necesario que las condiciones naturales asegu­ ren una buena productividad del suelo.

Tal como se presenta, con sus comodidades y sus insuficiencias, la esclavitud generalizada hizo posibles enormes trabajos que condu­ jeron a una m ejora a veces considerable de las condiciones de la p ro ­ ducción, en primer lugar por el dominio del agua, tanto por deseca­ ción como por irrigación. Entre los trabajos productivos añadire­ mos, entre otros, la m ejora de los medios de comunicación. Pero si la esclavitud generalizada pudo tener como consecuencia directa la m e­ jo ra de las condiciones generales de la producción agrícola, y como consecuencia indirecta un florecimiento cultural y artístico, no se ve que favoreciera el mismo progreso en las técnicas de producción agrícolas; de ahí una especie de impase en el movimiento de conjunto hacia delante de las fuerzas productivas.

2) Corvea fe u d a l.—Las similitudes son innegables, pero sola­ mente superficiales. Mientras que el recurso a la esclavitud generali­ zada dependía únicamente de la decisión del déspota, las corveas feudales eran fijadas por convenciones, reglamentadas y de una pe­ riodicidad regular, al menos en la generalidad de los casos. Además, y este es un punto extremadamente im portante para un funciona­ miento satisfactorio del sistema feudal las corveas debían ser m ante­ nidas en un número o una duración estrictamente limitados. El nivel general de las fuerzas productivas es sensiblemente más elevado que en el régimen de m odo de producción asiático; como consecuencia,el tiempo de terrazguero es más precioso; hay que reservarlo esencial­ mente, y en condiciones determinadas de antem ano, al buen fu n­ cionamiento de su explotación individual, lo que va al mismo tiempo en interés del señor. En estas condiciones, los aldeanos se ven im pul­ sados a unirse y luchar para obtener poco a poco mejores condi­ ciones, al menos para poner tope a las pretensiones del señor.

3) Esclavitud propiam ente dicha. —Aquí el esclavo es propiedad privada de un empresario esclavista que ha tenido que com prarlo y que debe mantenerlo de form a permanente. Fuera de los grupos de esclavos empleados en la casa para confort o prestigio, el esclavista está obligado, o si no la empresa no tendría sentido, a calcular para obtener el más alto rendimiento del esclavo. No pueden haber hábi­ tos de despilfarro ni utilización del esclavo únicamente p ara grandes obras. El nivel de las fuerzas productivas se ha elevado ya y continúa elevándose. En la misma producción, y no simplemente en las obras que nosotros llamamos de arte, se ha impuesto una verdadera especia­ lización del trabajo. El esclavista tiene interés en procurarse esclavos ya formados o en formarlos él mismo. El esclavo, convertido en una mercancía, debe ser en la medida de lo posible productor de mercancías, excepción hecha, naturalm ente, de los esclavos domésti-

cos. El súbdito del déspota, por el contrario, no es utilizado en la esclavitud generalizada más que esencialmente como productor de valores de uso, tanto en interés de la sociedad entera como para satis­ facer los caprichos del déspota y su camarilla. La diferencia entre las dos clases de «esclavitud» salta a la vista. [...]

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La civilización creto-micénica.

Presentamos aquí cada uno de los hechos principales y los recientes progresos en el conocimiento histórico de esta civilización en su libro sobre L os Orígenes del Pensamiento Griego3, publicado en 1962, Jean Pierre Vernant ha expuesto excelentemente la cuestión de la naturale­ za de la civilización micénica. Indudablemente, sería deseable ampliar el análisis a los antecedentes cretenses de esta civilización micénica. Pero esto sería lanzarnos a complicaciones que es preferible dejar de lado provisionalmente, siendo mucho más densa la oscuridad en lo referente a Creta que a Micenas, sobre todo después del descifra­ miento del lineal B. P or otra parte, habiendo servido de modelo la ci­ vilización palaciega de Creta a la civilización de la época micénica, esta últim a bastará para darnos una idea del conjunto.

Ciertamente, no podemos esperar demasiado del desciframiento del lineal B. Uno de los especialistas más autorizados nos advirtió en un artículo muy im portante sobre el que tendremos que volver: «El carácter contable de nuestros documentos hace que nuestra inform a­ ción sea lagunosa y a menudo incierta en lo que concierne a las institu­ ciones, más allá de las realidades m ateriales»4. Sin embargo, tenien­ do en cuenta la parte reservada a la hipótesis, los textos ya descrifra- dos esclarecen suficientemente al menos las estructuras esenciales de una sociedad que se construyó en la linea del m odo de producción asiático.

P or un lado, nos encontramos un sistema de economía palaciega: «El rey concentra y unifica en su persona todos los elemen­ tos del poder, todos los aspectos de la soberanía. P o r interme­ dio de sus escribas, que form an una clase profesional, fijada en la tradición, gracias a una jerarquía compleja de dignatarios de palacio y de inspectores reales, controla y reglam enta minu­ ciosamente todos los sectores de la vida económica, todos los campos de la actividad social».

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