En la zona del pantano de Itoiz se encuentran actualmente cinco pueblos okupa- dos. En 1980 se okupó Lakabe, y entre 1995 y 2000 se okuparon Arizkuren, Artanga, Rala y Aizkurgi. Se trata de pueblos que llevaban abandonados entre 40 y 60 años y que están ubicados en fincas forestales propiedad del gobierno de Navarra. Aunque cada pueblo presenta características y una personalidad propia, la voluntad de autogestionar nuestras condiciones de vida es lo que orienta nues- tra práctica colectiva. Esto nos lleva a abordar varios aspectos en el día a día: vida en comunidad, alimentación, autoconstrucción, economía común, energías renova- bles, salud, modelos de educación alternativa,...
Nos hemos dotado de varias formas de comunicación y apoyo mutuo entre los pueblos del valle: jornadas de trabajo y la «asamblea de los pueblos» que vivió su etapa más activa hacia el año 2000, momento en que el acoso policial y judicial se intensificó (sentencias de desalojo para Rala y Artanga).
Los nuestros son pueblos abiertos que se han enriquecido con el apoyo de mucha gente y que no desean aislarse del resto de la sociedad, por lo que mante- nemos el contacto, sobre todo, con los colectivos y movimientos sociales más cerca- nos, y ofrecemos nuestro espacio para el desarrollo de talleres, jornadas, debates,... La vertiente política forma parte de nuestros proyectos comunitarios y, de hecho, muchas personas que vivimos en los pueblos okupados ya estábamos vinculadas a luchas y colectivos sociales antes de llegar aquí.
Sentimos que lo que vivimos en estos pueblos es nuestra forma de lucha coti- diana; y aunque recuperar un pueblo de montaña con medios escasos requiere esfuerzo y presencia, no podemos ni queremos dejar de lado nuestra implicación en otros colectivos y luchas sociales. Desde el movimiento antimilitarista y ecolo- gista a la educación alternativa, pasando por colectivos feministas, cooperativas de alimentos ecológicos, euskera y promoción de la cultura euskaldún, gaztetxes, eco- aldeas, fanzines, etc.
Los que gobiernan han destruido e inundado nuestro valle: han borrado del mapa siete pueblos vecinos, han modificado completamente los caminos y carrete- ras del valle, y ahora se muestran dispuestos a poner en peligro la vida de miles de personas con el llenado de un pantano que no ofrece ningún tipo de estabilidad. Como pueblos afectados hemos interactuado con los colectivos que han dinamiza- do la lucha contra el pantano, especialmente con Solidari@s con Itoiz. Desde el año 1995 hemos participado en numerosas acciones, charlas informativas, foros y con- gresos, acampadas, mendimartxas, teatro de calle,... Son de reseñar la acción del corte de los cables que transportaban el hormigón a la presa, que supuso la pena ejemplar de 4 años y 10 meses de cárcel para 8 compañeros; y la acción de la carre- tera Agoitz-Nagore en la que dos compañeras inutilizaron las 50 máquinas que trabajaban en ella, lo que les supuso una pena de dos años de cárcel.
En verano de 2003 participamos en la resistencia a los desalojos y posterior derribo de los pueblos de Itoiz y Artozki, episodio en el cual no sólo hicimos fren- te a los intereses del gobierno de Navarra, sino que también fue un gran ejemplo de organización asamblearia y convivencia activa durante los días que duró tal resistencia.
Nuestra implicación en la lucha contra este pantano ha ido en la línea de la des- obediencia civil, con acciones públicas y no violentas. Para evitar posibles intrusio- nes en nuestros pueblos, amenazas de desalojo o búsquedas por parte de las dife- rentes policías, tras las acciones no eludimos la detención o la identificación.
El pantano de Itoiz-Canal de Navarra sigue siendo símbolo del desarrollismo, del caciquismo, la desigualdad social, la marginación y además es punta de lanza del Plan Hidrológico Nacional, en la actualidad falsamente anulado por el PSOE, ya que proyectos como el recrecimiento de Yesa, Castrovido o Itoiz siguen adelan- te pese a la fuerte oposición.
Así pues, hemos de decir que estamos frente al principal proyecto socioeconómi- co del gobierno de Navarra, al frente del cual UPN (Unión del Pueblo Navarro) y CDN (Centro Democrático Navarro), junto con el PSN (Partido Socialista Navarro), siguen apostando por continuar con las pruebas de llenado a pesar de la amenaza de siete posibles riesgos de catástrofe (www.sositoiz.com). Nuestra implicación en esta lucha ha supuesto un largo rosario de juicios y sentencias que penden sobre nosotras, pero también ha supuesto un nexo de unión con los paisanos que han visto cómo les echaban de sus casas e inundaban sus valles.
Compaginando la vida del pueblo con la participación en otros movimiento sociales
La participación desde los pueblos okupados en otras luchas y proyectos ha sido una constante a lo largo de estos años. Aunque esto puede suponer un freno para
el desarrollo del pueblo y una fuente de desgaste y perturbación para el grupo, siempre se ha animado y apoyado esta implicación.
Son diversas las maneras en las que nos hemos implicado en otras luchas, generándose en tales circunstancias una serie de cambios en el funcionamiento del pueblo.
Cuando alguien del grupo se integra de forma permanente en otro colectivo, por lo que debe desplazarse regularmente, puede verse afectada su capacidad parar tomar compromisos y participar en los proyectos inmediatos en el pueblo. En tales casos estas personas desempeñan la función de nexo entre el pueblo y el otro colectivo: por un lado, traen información al grupo y animan al resto del pueblo a vincularse puntualmente en aquella otra lucha y, por otro lado, hacen de representante del pueblo en el otro espacio. Cuando esto ocurre es fácil caer en la sensación de querer que cuenten contigo en ambos espacios y no dar abas- to, lo que nos puede agotar y desanimar. Incluso en alguna ocasión ha sucedido que alguien deseara o necesitara permanecer una temporada fuera del pueblo debido a sus compromisos con otros grupos, lo que supone un paréntesis en la relación de esta persona con el resto de la comunidad. Aunque hay personas que no se implican de este modo en otras experiencias de transformación social, han sido muchas las que en un momento u otro se han visto inmersas en esta doble o triple implicación.
Las características del pueblo y el momento que esté viviendo condicionan la intensidad y el modo en que el ritmo de vida se ve alterado ante este tipo de situa- ciones. En un grupo grande se notará menos la ausencia de una o varias personas; así, si las tareas están organizadas por grupos de trabajo y con el tiempo se van rotando, podemos evitar situaciones en que la ausencia de una sola persona supo- ne un contratiempo importante a la hora de abordar ciertas actividades necesa- rias. Algunas tareas, como el cuidado de los animales, no permiten dejar el pueblo vacío, y en ciertos momentos puede resultar un inconveniente que varias personas del pueblo tengan que ausentarse (épocas de mucho trabajo, momentos delicados para la convivencia,....). La crianza y la educación de las hijas sin duda afecta a la disponibilidad sobre todo de las madres y los padres para participar en otros colec- tivos, pero no impide dicha participación.
Alguna vez ha sucedido que la situación de lucha que se estaba viviendo en otro lugar era tan extrema que el pueblo en conjunto se ha volcado en ella, paralizán- dose el ritmo cotidiano durante varios días o semanas y manteniendo una mínima permanencia en el pueblo para cubrir las tareas imprescindibles (animales, rie- gos,...). Estas situaciones provocan, lógicamente, un importante trastorno en nues- tra cotidianeidad: las pocas personas que permanecen en el pueblo prácticamente sólo dan abasto para cubrir el mantenimiento mínimo, la convivencia entre éstas se estrecha al ser un número mucho más reducido y, fácilmente, tendrán que afrontar tareas que habitualmente realizan otras personas de la comunidad.
Estos episodios pueden agravar situaciones conflictivas como ocurrió el verano de 2004. En uno de estos pueblos, la implicación de todo el grupo en la campaña contra el desalojo del Gaztetxe de Iruña impidió, durante un mes y medio, reali- zar unas jornadas internas para debatir la grave crisis de convivencia que estaban viviendo y que amenazaba seriamente la continuidad del grupo.
Por otro lado, también hemos aprendido que compartir situaciones de extrema tensión en otro lugar con la gente de tu pueblo estrecha nuestras relaciones, al mismo tiempo que refuerza el contacto y la complicidad que mantenemos con la gente de la ciudad y de otros lugares.
Nuestra participación en los movimientos sociales se ve condicionada por una serie de factores que no aparecen en el medio urbano. A los pueblos se accede por pistas forestales y senderos que en invierno y épocas de lluvia se hacen más intransitables. Tareas urgentes o imprevistos en el pueblo pueden complicar y retrasar una salida; así pues, bajar a una reunión puede suponer dos o tres días, que también deberán ser aprovechados para otro tipo de gestiones para el pueblo: compras, recicles, curros, papeleo,... Por añadidura, que una o varias personas estén en la ciudad unos días supone para nuestras pequeñas economías un incre- mento de gastos que no podemos despreciar; y, además, nuestra presencia inter- mitente en la ciudad nos impide asumir tareas y responsabilidades que requieran cierta continuidad (contacto con otros colectivos, contrainformación, tareas de ofi- cina), por lo que acabamos pareciendo especialistas en trabajos concretos que pue- den terminarse en pocos días.
Durante diez años, gran parte de nuestra relación con las gentes y colectivos de Iruña se desarrolló en el CSO Euskal Jai, el Gaztetxe de Iruña, punto de encuentro con la gente de la ciudad pero también con la gente de otros pueblos del valle. No sólo era nuestro hogar en Iruña sino que era el proyecto colectivo en el que más nos hemos implicado: asambleas, campañas, actividades, jornadas de tra- bajo, talleres, espectáculos, etc. Varios pueblos han mantenido turno de trabajo en la cooperativa de autoempleo Lapiku que gestionaba el comedor popular y la taberna del gaztetxe. Era en el Euskal Jai donde llegaba la gente que venía a visi- tarnos y donde se organizaban fiestas y actividades destinadas a la difusión y autofinanciación de algunos pueblos del valle.
En verano de 2004, a pesar de una intensa campaña de información y acerca- miento al barrio, el ayuntamiento consiguió desalojar y derribar el Euskal Jai. La resistencia fue dura y la respuesta en la calle contundente1, contando con el apoyo de gran parte del barrio (www.euskaljaigaztetxea.net). Aquel verano de lucha unió más los lazos entre la gente de los pueblos y la del gaztetxe, dejando un poco atrás
1. Las represalias tras las movilizaciones también están siendo contundentes: se piden 44 años de cárcel para 32 de las 120 personas detenidas durante la defensa del Euskal Jai.
las tensiones y conflictos vividos a lo largo de diez años de convivencia entre la gente de los pueblos y la de Iruña, que a menudo fueron motivados por la incomu- nicación y el desconocimiento de la realidad que vivían las otras.
Durante este último año estamos sintiendo con más intensidad lo que antes ya sabíamos pero tal vez no valorábamos lo suficiente: la importancia de contar con un espacio en la ciudad. Cuando ahora bajamos a Iruña, no dejamos de sen- tirnos desubicados y algo invasores en aquellos espacios privados que nos abren las puertas.
Las personas que formamos parte de los Herri Okupatuak seguimos creciendo y decidiendo nuestro futuro, creando estructuras de convivencia basadas en las relaciones horizontales, pero sin olvidar que somos parte activa de esta sociedad y que está en nuestras manos ir dando pasos para trasformar lo que no nos gusta y crear espacios liberados. En esta línea seguimos buscando soluciones a nuestros conflictos y respetándonos, pero liándola —en el buen sentido de la palabra—, siempre liándola.
Por eso os animamos a participar activamente en los procesos de cambio que necesita esta sociedad y no dejar que sean los poderes establecidos los que guíen nuestras vidas, sueños, proyectos e ilusiones.
Nafarroako Herri Okupatuak (Pueblos Okupados de Navarra)
A
C C I Ó N COLECTIVA EN LOS NÚCLEOS REHABITADOS EN LAA
LTAG
ARROTXALa comarca de la Alta Garrotxa, en el extremo oriental del Pirineo catalán, muy cerca del Mediterráneo, es una zona de montaña que como tantas otras quedó prácticamente abandonada entre la década de los sesenta y los setenta. Lo que parecía un territorio condenado al olvido, sin embargo, ha sufrido un continuo flujo de repoblamiento iniciado en la década de los setenta que actualmente continúa vivo. Un heterogéneo grupo de personas que, mediante distintas estrategias de acceso a la tierra y la vivienda (compra, ocupación, masoveria, cesión,...), hemos ido arraigando nuestras vidas en este territorio y, a la vez, forjando lazos sociales y afectivos entre nosotros y nosotras, con el fin de superar las dificultades relacio- nadas con la adaptación a un territorio que de entrada nos era extraño, pues la mayoría proveníamos del ámbito urbano.
Los y las habitantes de estos pueblos a menudo hablamos de red para referir- nos al conjunto de relaciones que sobre la base de unos valores compartidos se han ido forjando entre nosotras, a lo largo de las dos últimas décadas. Estos valores compartidos, junto a las condiciones de vida en las montañas, han forjado un intenso sentimiento de grupo que se extiende a todas las habitantes de las monta- ñas, participen en mayor o menor medida en experiencias colectivas.
A lo largo de los últimos 20 años, son muchas y diversas las propuestas que surgen de esta red humana, ya sean de tipo productivo, educativo, reivindicativo, etc. Aunque el objetivo de transformación personal a menudo prima sobre el de transformación social y, aunque el impacto de la mayoría de nuestras propuestas es reducido, en su conjunto estas experiencias nos hablan de nuevos caminos para regenerar y recrear el tejido social en el mundo rural.
En los primeros años de repoblación, el sentimiento comunitario tuvo mayor peso que actualmente, aunque son muy pocos los núcleos que han funcionado en comunidad. Ello significa que vamos a encontrar acciones más o menos comunita- rias y espacios de participación más o menos organizados, pero no un planteamien- to colectivo de gestión integral de la comunidad. La existencia de unos valores generales compartidos y de un sentimiento de grupo ha permitido crear distintas iniciativas, algunas muy participativas y otras menos, pero lo que realmente exis- te es una forma de ser y estar característica de la gente de estas montañas: el inter- cambio de bienes y servicios como práctica cotidiana, la ayuda mutua basada en el «hoy por ti, mañana por mí», el valor de la autosuficiencia, el valor de la autoges- tión de las necesidades....
Los principales ámbitos que han movilizado a la red y de los que han surgido la mayoría de experiencias colectivas han sido la mejora de las condiciones de vida en los núcleos habitados, la crianza y la educación de las más pequeñas, la organiza- ción en torno a proyectos de autogestión económica, así como la defensa ante las agresiones al territorio y la recuperación de las fiestas tradicionales de los pueblos.
En cuanto a la mejora de las condiciones de vida, surgen muchas experiencias de trabajo colectivo para la rehabilitación de casas o infraestructuras comunes (canales, caminos, locales, huertas...), que se concretan en jornadas de trabajo abiertas que pueden durar varios días y que reúnen a gentes de lugares muy dis- tantes, contribuyendo así al mantenimiento de la red. Otro aspecto aglutinador ha sido la educación y crianza de las más pequeñas, como dan muestra de ello las escuelas alternativas en dos núcleos, la organización de campamentos infantiles y las experiencias de autoformación de adolescentes en Lliurona. En lo productivo encontramos múltiples experiencias de microeconomía que suelen integrar de 2 a 5 personas: panaderías, queserías, grupos de gestión forestal, rebaños colectivos, así como las cuadrillas de jornaleros agrícolas para distintas campañas que reu- nían a más gente. También se llegaron a gestionar colectivamente campos de fru- tales y olivos en el llano del Empordà. A pesar de estos ejemplos, actualmente son muchas las personas que deciden salir a trabajar fuera de los pueblos para ganar- se un jornal (principalmente para afrontar los gastos derivados de la reconstruc- ción de las casas).
Por último, las fiestas de los núcleos o los espacios políticos como las distintas campañas contra agresiones al territorio (cotos de caza, vertederos, autovía, línea de alta tensión), a menudo dinamizadas desde la Agrupació Naturalista de la
Garrotxa, desde la Associació d’Habitants de l’Alta Garrotxa o desde los propios pueblos constituyen otro ámbito destacado de la acción colectiva en estas tierras.
A finales de los años noventa se vive un momento de convergencia en el cual son creadas tres experiencias que han resultado de gran importancia para la red y que presentan un carácter más formal y una mayor continuidad que el resto de experiencias descritas.
En el ámbito del consumo, se crea en 1998 la Cooperativa de Consumo, que llega a abastecer a cincuenta casas con unos veinte productos básicos. La dificul- tad para gestionar tal volumen de compras, el bajo compromiso y participación de muchas casas y la falta de métodos de funcionamiento más ágiles acabaron gene- rando, en 2002, un proceso de reflexión que desembocó en un nuevo modelo com- puesto de pequeñas cooperativas surgidas de la primera, que funcionarían de forma autónoma y que podrían coordinarse para algunas compras comunes. En este proceso algunos grupos han desaparecido, pero los que han continuado como cooperativas parece que van mejorando su funcionamiento.
En 1998, se funda la Associació d’Habitants de l’Alta Garrotxa, un espacio crea- do para debatir y aunar fuerzas en relación a la gestión del territorio que en un primer momento integraban unas treinta casas, lo que convertía este foro en un nexo de las distintas luchas que se daban frente a las múltiples agresiones que sufre este territorio. El gran impulso inicial se desvaneció al cabo de tres años, y hoy día se está trabajando para superar una importante crisis de participación.
El granero de semillas Ecollavors sería el tercer ejemplo y el que ha consegui- do, aunque a trancas y barrancas, un mayor grado de organización, tanto en la conservación de variedades agrícolas (unas 150, entre ellas 25 variedades locales), como en el funcionamiento interno del colectivo (asambleas, talleres de autoforma- ción, campañas de autorreflexión colectiva).
A modo de conclusión, podemos decir que las limitaciones que encontramos para dar continuidad a nuestros proyectos podrían clasificarse en tres categorías: las relacionadas con las condiciones de vida de los núcleos (grandes distancias, pis- tas y vehículos en mal estado, problemas con el teléfono, núcleos en reconstruc- ción, falta de servicios...), las relacionadas con las formas de organización colecti- vas (convocatorias que no llegan, reuniones largas y caóticas, dinámicas poco par- ticipativas...) y las de índole personal (compromiso con los acuerdos, actitud ante la participación, protagonismos, pasotismo, «estrés rural»,...). El futuro de estas tres experiencias es incierto, pero en este último año se han iniciado interesantes debates y propuestas de reflexión que esperamos sirvan para tomar conciencia de nuestros límites y para —a partir de ellos— caminar hacia lo que nos proponga- mos. También empiezan a aflorar nuevas formas de trabajar colectivamente con la llegada de una generación más joven y más vinculada a movimientos sociales urbanos, que está aportando nuevos enfoques tanto en los núcleos como en estas asociaciones.
Ecollavors: la gestión colectiva de un granero de variedades hortícolas