Antropología en la modernidad
Hacia la mitad de la década del noventa, ciertos desplazamientos teóricos y políticos permitieron la emergencia de lo que se ha denominado ‘antropología en la modernidad’. Este proyecto encuentra uno de sus más destacados escenarios en el Instituto Colombiano de Antropología (ICAN),22 aunque
22 Como ya mencionamos, para el año 2000 el Instituto Colombiano de Antropología se fusiona con el Instituto de Cultura Hispánica, creándose el Instituto Colombiano de
un puñado de colegas en los programas de antropología en la Universidad del Cauca, la Universidad Nacional y la Universidad de los Andes también participaron activamente.23 La coyuntura tuvo que ver con varios asuntos; en 1994 María Victoria Uribe asumió la dirección del ICAN y Claudia Steiner, la coordinación del área de Antropología Social. Bajo la iniciativa de Steiner, luego profundizada por Mauricio Pardo (quien la reemplazaría en 1996), se dio una serie de dinámicas que contribuyeron a producir un giro en la manera de hacer antropología en el país.
A las transformaciones en el ICAN se sumaron antropólogos que regresaban al país luego de haber realizado estudios de posgrado en Estados Unidos y Europa; otros, aunque permanecían en el extranjero (colombianos y colombianistas), empezaron a tener mayor presencia a través de sus trabajos y publicaciones en Colombia. Arturo Escobar, antropólogo colombiano que ha laborado en Estados Unidos, tuvo un lugar destacado en el posicionamiento del análisis posestructural y fue una de las figuras más inspiradoras en ese momento. Los colombianistas Joanne Rappaport y Peter Wade, la primera desde Estados Unidos y el segundo desde el Reino Unido, también contribuyeron a cuestionar los enfoques y problemáticas dominantes sobre la identidad en gran parte de la práctica antropológica de la época. Finalmente, Christian Gros y Anne Marie Losonczy, dos colombianistas de la tradición francesa, contribuyeron al cuestionamiento de las narrativas dominantes sobre el multiculturalismo.
Antes que un desplazamiento hacia las prácticas escriturales y las problemáticas de las políticas de la representación etnográfica que marcaron fuertemente los debates en el establecimiento antropológico estadounidense de los años ochenta, en Colombia la antropología en la modernidad se orientó a abrir horizontes teóricos y metodológicos más cercanos al giro discursivo posestructuralista que permitieran preguntas que no habían sido contempladas en esta tradición disciplinaria, a menudo definida por las cuestiones indígenas y enfoques reduccionistas (como el culturalismo o el marxismo de manual). 24
Antropología e Historia (ICANH). Para evitar el anacronismo, haremos referencia al ICAN para el periodo en que existía como tal.
23 El profesor Cristóbal Gnecco de la Universidad del Cauca fue uno de los que más influyeron en la gestación y consolidación de este giro.
24 Aunque en Colombia existe la tendencia, desde ciertas nostalgias e inercias teóricas y políticas, a adjetivar de posmoderna cualquier crítica o elaboración antropológica que se alimente de las teorías sociales posteriores al estructuralismo (esto es, las diferentes vertientes teóricas posteriores a los años sesenta), debe tenerse presente que existen múltiples y contradictorias corrientes teóricas a las que solo una monumental “violencia epistémica” puede llevar a encasillar como “antropología posmoderna”. Para una argumentación de esta distinción, ver Restrepo (2012).
Como resultado de las dinámicas mencionadas anteriormente, para mediados de los noventa en el sentido común disciplinario permanecía vigente la equivalencia entre antropología y trabajo (académico o militante) con poblaciones indígenas. Obviamente ello no quiere decir que no se hubiera adelantado investigaciones con otros sectores y grupos poblacionales, pero eran marginales y en general seguían orientándose por principios metodológicos y teóricos que operaban para el caso de las poblaciones indígenas. Fue en este sentido el proyecto de antropología en la modernidad sostuvo el argumento sobre la indianización de la mirada antropológica (Restrepo 2012 [2000]). No era un cuestionamiento a las temáticas, lugares o grupos estudiados, sino a los supuestos que configuraban el análisis, fuera o no realizado con poblaciones indígenas.
La problemática articuladora de la antropología en la modernidad se encuentra en el desplazamiento del centro de gravedad de unos sujetos otrerizados (pensados en su aislamiento o en vínculos con la “sociedad mayor”, “Occidente” o las “formaciones capitalistas”) en relación con la modernidad (entendida como un hecho histórico concreto que constituye la condición de posibilidad y los marcos de inteligibilidad desde los cuales se han establecido las distinciones esenciales entre unos marcados como otros esenciales y una no marcada mismidad). Ello implica un doble movimiento, de desorientalización del convencional “objeto” de la antropología (que metodológica y teóricamente produce un efecto de indianización, no solo de los pueblos indígenas, sino también de las poblaciones negras, de los campesinos, de sectores o cuestiones urbanas, etc.) para examinar críticamente las prácticas que constituyen la modernidad donde tal orientalización ha sido posible.25 No se trataba de proponer un abandono de lo indígena para pasar a pensar la modernidad, sino de cuestionar una perspectiva particular que la antropología a menudo había dado por sentada y que había proyectado sin mayores cuestionamientos a otros ámbitos y sujetos culturales.
La crítica de la antropología de la modernidad se dirige a cuestionar, por un lado, la vertiente más cientificista que buscaba contribuir al conocimiento de la diferencia cultural y cuyas orientaciones teóricas provenían del funcionalismo, el particularismo histórico, el estructuralismo y el interpretativismo, entre los que se encuentran quienes acogieron el proyecto de la etnografía de salvamento unas décadas antes (cf. Dussán 1965). Del otro, aquellos alineados alrededor del marxismo y el pensamiento crítico latinoamericano, cuyo propósito era explícitamente político, y cuestionaban abiertamente la labor académica y cientificista, a menudo en nombre de la revolución y del lugar que tenían en ella los pueblos o nacionalidades indígenas (cf. Arocha 1984; Caviedes 2002).
25 Para detalles de este argumento, ver la introducción a Antropologías transeúntes (Restrepo 2012 [2000]).
Es a estas corrientes de la antropología que operan como “indianización” a las que responde el desplazamiento de la antropología en la modernidad, cuestionando sus nociones de cultura y de diferencia por considerarlas insuficientes, idealizadas y esencialistas. Se entiende que, aunque las concepciones de poder y resistencia con que operaba la vertiente crítica ofrecían insumos valiosos para aproximarse a la explotación y la subordinación de los pueblos indígenas, no podían dar cuenta de filigranas en las relaciones de poder más extensas y densas en las que se producían discursos y subjetividades o que operaban a través de la gubernamentalización de la vida social. La idea de que el mundo está discursivamente constituido pero no es solo discurso se mostraba particularmente ininteligible para muchos autores de ambas vertientes, al igual que la concepción de hegemonía como práctica articulatoria y no como simple coerción, reivindicando creativamente al marxismo. Estas inconmensurabilidades con respecto a la antropología generaron una controversia de fondo en la comprensión de la relación entre antropología y política, de manera general, y de la relación del antropólogo con las agendas y situaciones de las personas concretas con las que trabajaba, de manera particular. La antropología en la modernidad no se pregunta por modernidades alternativas, menos aún por alternativas a la modernidad.26 Mucho de su estrategia argumentativa opera en un marco de imaginarios y supuestos configurados por la modernidad. No apela a la antimodernidad o al ‘afuera’ de la modernidad, al contrario, busca evidenciar cuán profundo han calado las experiencias y tecnologías modernas en la imaginación antropológica. El proyecto mantiene una intencionalidad política orientada a elaborar insumos analíticos y empíricos para entender y posicionar ciertas agendas críticas.
Con el comienzo del nuevo milenio, enfoques como el de los estudios culturales, la teoría poscolonial y los estudios de la subalternidad adquirieron mayor fuerza en las herramientas teóricas y metodológicas con las que se opera en el campo antropológico del país.27 Aunque originados en tradiciones epistémicas y políticas diferenciales, han contribuido a redefinir sustancialmente los términos de la discusión en la teoría social contemporánea en general y del análisis cultural en particular. Es así que muchas de las discusiones que se esbozaron con la ‘antropología de la modernidad’ han sido incorporadas por diferentes vías, enfoques y autores en la práctica antropológica de las nuevas generaciones. Esto no quiere decir que visiones más clásicas hayan desaparecido del escenario antropológico colombiano, pero sí es posible afirmar que ya no son dominantes en lo que respecta al establecimiento académico.
26 Ésta es una importante diferencia con el trabajo de Arturo Escobar que sí ha estado asociado a la exploración de las modernidades alternativas y de las alternativas a la modernidad (cf. Escobar 2010).
27 Para ampliar, por ejemplo, el análisis de las influencias y tensiones entre la antropología y los estudios culturales, ver Rojas (2011).