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Junto a los guijarros de la suerte las piedras de la desgracia. Algunas, aun siendo preciosas, tienen mala reputación. Las personas supersticiosas pretenden que la amatista, por ejemplo, es maléfica. ¿Por qué. Tal vez porque los antiguos le atribuían la propiedad de preservar de la ebriedad, y el hombre no puede ser más que desdichado cuando está sobrio? Me resulta chistoso. De mi parte, no pienso que haya que sospechar de todas las piedras que pertenecen a una misma familia, y que fueron clasificadas por los geólogos (o mejor dicho, los gemólogos, como se dice hoy) bajo la misma denominación. El maleficio, según mi opinión, no está relacionado más que a una piedra individualmente, y no a toda una categoría de gema.

En cuanto al origen o a la causa de ese maleficio, es difícil las precisar. Puede se tratar de la naturaleza, de la esencia de la piedra tal como salió de la entraña de la Tierra. Su polaridad es negativa, emite vibraciones cortas y perniciosas. Otras veces se trata de una maldición caída sobre la gema convertida en joya, y que la impregna en forma duradera. En fin, puede ser una falta del primer dueño, sobre todo si la piedra estaba engarzada en un anillo o en un collar. Si la llevó durante mucho tiempo y si su irradiación personal era maléfica, pudo la cargar con sus ondas maléficas de modo indeleble, y son los futuros propietarios sucesivos quienes, después de él, sentirán sus efectos.

En todo caso, si se puede averiguar hasta saber por qué tal esmeralda o tal perla son maléficas, los efectos del maleficio son indiscutibles. Para los rebatir habría que dar prueba de una mala fe desvergonzada.

Los ejemplos son innumerables. No hablo de aquellos que se conocen en nuestro círculo, sino de todos los que, irrefutables, no fueron tomados de la leyenda pero de la historia oficial mejor controlada.

Tavernier trajo de las Indias y vendió a Fouquet, que era entonces el todopoderoso ministro de Luis XIV.

Tenía el tamaño y la forma de una gran ciruela. Era de una extraña belleza. Se diría una bola de fuego fría y azulada. Fuera arrancada, por no se sabe qué ladrón sacrílego, del frente de una estatua de un dios hindú, y Tavernier la trajo a Francia. Desde luego esa piedra maldita era seguida por un reguero de muerte, catástrofe, tragedia que provocaba a lo largo de siglos, donde pasase.

La primera víctima fue, seguramente, su primer dueño, Tavernier, que murió en la miseria, aunque vendió el diamante a un precio fabuloso a Fouquet, que, además, no lo aprovechó largo tiempo, pues cayó en desgracia, fue detenido y enviado a la prisión durante toda su vida. Le confiscaron su riqueza y el maravilloso diamante se convirtió en una joya de la corona de Francia. Encerrada nel tesoro real, su maleficio pareció adormecido. Pero recobró toda virulencia cuando la coquetería de una reina hizo reaparecer en público la piedra de fuego helado.

María Antonieta la encontraba tan hermosa que adoraba la usar en las grandes ocasiones. La prestaba también algunas veces a su más querida amiga, la princesa de Lamballe. Esas dos jóvenes mujeres fueron las víctimas elegidas por el moloque revolucionario. La reina fue guillotinada y la cabeza de la princesa paseada sobre una pica por el populacho en las calles de París.

Luego de esa tragedia, el diamante perdió la ponzoña. Alo menos no se volvió a oír hablar de él durante mucho tiempo. No escapó al pillaje del tesoro real, pero sus huellas se pierden hasta que, vuelto a tallar y convertido en prendedor, reapareció en la casa de un joyero de Amisterdán, donde el duque de Newcastle lo compró para llevar a Londres. Es a partir de entonces que el diamante se llamó Hope, por el nombre patronímico de esa ilustre familia, y bajo ese nombre se hizo famoso. No parece que trajo la desgracia al duque, al menos de manera espectacular. Pero al cambiar de propietario, de nuevo manifestó activamente su maleficio.

En 1894 el heredero del duque de Newcastle, Lord Francis Hope, regaló el diamante a su esposa, la actriz Mary Yohe. Hasta su divorcio en 1902, la joven no perdió ocasión de llevar la piedra, que adoraba y que la fascinaba. Estaba equivocada. Se arruinó totalmente, perdió sus últimos bienes en un trágico incendio y murió en la más negra miseria. El duque vendió Hope a un joyero cuyo negocio bien pronto quebró. Un francés llamado Collet compró el negocio con sus mercancías. Se volvió loco y suicidó inmediatamente después de vender el diamante maldito al príncipe ruso Kanitovsid, que prestó la piedra a una de las actrices del follies-bergére, de la cual se decía el protector. También fue atacado de locura furiosa. En la primera vez que su amiga apareció nel escenario con el diamante, desde su palco la mató a balazo. Algunas horas más tarde se mató a puñalada.

La trágica serie continuó. El propietario siguiente fue un joyero griego. Luego de vender Hope al sultán turco Abdul Hamid, se arrojó a un precipicio y se mató. La historia nos cuenta cómo aquel al cual se llamara Abdul Hamid, el maldito, o el sultán

rojo, mató sin motivo a su mujer, la sultana Salma Zobeida, cuando ella llevaba el

broche maldito nel pecho. Poco después del crimen, Abdul Hamid fue depuesto y su tesoro dispersado en la subasta pública. Un tal Habib, que adquirió Hope, no tardó en morir ahogado. Un millonario yankee, Beale McLean, compró el diamante, en 1911, por la suma, enorme en esa época, de 50 mil libras esterlinas. Con él entró la desgracia en su familia. Lo juzguemos: Señora McLean, que gustaba de la joya y la usaba a menudo, vio morir a su hija en un accidente de automóvil. Se divorció de su marido, que murió miserablemente en un asilo psiquiátrico.

Hope a la ceremonia de casamiento de su hija única, quien, poco tiempo más tarde murió trágicamente a causa de ingerir una dosis demasiado grande de somnífero. La piedra aún era suya cuando murió en 1948, luego de sufrir duros reveses financieros.

El último propietario, Harry Winston, no quería creer que una piedra pudiese traer desgracia. Al menos lo pretendió. Pero comprendió a tiempo que el maleficio de Hope se despertaría. Antes de se dejar abatir por la mala suerte tuvo la inteligencia de se desembarazar del diamante, lo donando al museo Esmitsoniano, donde ahora puede ser admirado sin peligro. Al se convertir en un objeto de museo, perdió la malignidad.

Eso no es, sin embargo, lo más raro del asunto: Se comprobó que el maleficio se extinguía cada vez que la extraña piedra dejaba de estar en contacto directo con la piel de un ser viviente.

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