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128 Breve historia de Centroamérica

4.4.

las bases sociales de una constante democracia representativa y de un reformismo temprano y exitoso? El cultivo del café combinó la pequeña y mediana propiedad, con algunas haciendas grandes en manos de caficultores que controlaban el beneficio y la comercialización. La baja densidad demográfica al lado de un cultivo que exigía elevados insumos de mano de obra por unidad de superficie fue un factor estructural que impidió la concentración completa de la propiedad fundiaria y, en consecuencia, un rápido proceso de proletarización. Como se explicó antes, el reformismo temprano fue una posibilidad abierta por ese perfil social menos polarizado y por una clase dominante relativamente más débil, económicamente, que sus congéneres de Guatemala o El Salvador. Los sectores medios, articulados en el propio cultivo de exportación, proporcionaron, sin duda, la base social que permitió el funcionamiento democrático representativo y la ampliación progresiva de los mecanismos de participación política.

El Gran Vecino y el Buen Garrote

Los intereses estratégicos, y en particular la defensa del Canal de Panamá, han constituido un leitmotiv permanente de la política norteamericana hacia Centroamérica y el Caribe. Más aún, el incremento constante en las responsabilidades mundiales de los Estados Unidos, a lo largo de todo el siglo xx, ha sido paralelo a una también creciente obsesión por la seguridad de la zona. En torno a ese núcleo de intereses fundamentales se han tejido diversas tramas ideológicas, para justificar políticas y acciones. También en ellas se perciben elementos de una continuidad sorprendente, que se extienden incluso hasta los días de Kennedy, Cárter y Reagan. Theodore Roosevelt, en lo que se llamó después el «Corolario Roosevelt» (1904) de la Doctrina Monroe, no dudó en apelar a una supuesta «misión civilizadora» de los Estados Unidos en el Hemisferio Occidental, toda vez que se presentaran «incidentes crónicos», o la manifiesta incapacidad de algunos gobiernos para comportarse con la buena educación requerida en el concierto internacional. En esos casos, la Doctrina Monroe (1823), bien resumida por la célebre frase: «América para los americanos», autorizaba el ejercicio, por parte de los Estados Unidos, de un papel de «policía internacional». Woodrow Wilson varió el acento, años después (1913- 1921), hacia un encendido moralismo, que hizo más difusa, pero no menos presente, la ya citada «misión civilizadora»; y la política del «Buen Vecino» de Franklin D. Roosevelt (1933-1945) tampoco fue ajena a esas raíces. Se trataba, al fin de cuentas, de conseguir por las buenas que los demás países pudieran compartir las maravillas del «logro americano», de extender generosamente a los demás las virtudes del propio progreso.

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Se entiende así que en la política norteamericana hacia América Latina, y en particular hacia Centroamérica y el Caribe, se perciban muy pocas rupturas. La definición de políticas «nuevas» obedeció a la aparición de nuevos intereses, económicos y políticos, complementarios del núcleo principal señalado antes, o a cambios de percepción por parte del Departamento de Estado. Pero esas nuevas políticas nunca significaron un abandono definitivo de los recursos y procedimientos practicados con anterioridad. Conviene así hablar de «nuevos estilos», que buscaban enriquecer el trato, no muy variado, de los Estados Unidos con sus vecinos más cercanos, al sur del Río Grande. La omnipresente mezcla de desprecio, conmiseración y conciencia de superioridad, constituyó siempre un elemento ideológico demasiado poderoso, como para que pudiera manifestarse con fuerza cualquier otra intención.

Intervenciones militares directas, concesiones territoriales estratégicas y protectorados, se combinaron en la política del Big Stick (gran garrote), inaugurada por Theodore Roosevelt (1901 -1909). La Enmienda Platt (1901), impuesta a la recién nacida República de Cuba, otorgaba a los Estados Unidos, entre otras ventajas, el derecho de intervención. La Independencia de Panamá en 1903 contó con un indispensable apoyo de la flota norteamericana, y fue seguida, dos semanas más tarde, por la firma de un tratado canalera (18 de noviembre de 1903) que otorgaba a Estados Unidos derechos territoriales en la zona de la futura vía interoceánica. Un año antes Inglaterra y Alemania habían bloqueado la costa de Venezuela en un gesto que parecía el preludio de una intervención mayor. Los motivos: el pago de una deuda externa cuantiosa por parte de un Estado corroído por las guerras civiles y la corrupción. Teddy Roosevelt medió, y en febrero de 1903 se logró un compromiso que puso fin al bloqueo. La lección sirvió para prevenir una situación parecida en la República Dominicana; en 1905 las aduanas de ese país pasaron a ser administradas por funcionarios norteamericanos, con la cercana protección de varios cruceros de guerra. Se perfilaba así una reorientación de las vinculaciones económicas y fi- nancieras de toda el área. El peso de los intereses norteamericanos crecía con rapidez, frente a un progresivo estancamiento de la participación británica, mientras que Washington y Londres se ponían de acuerdo para provocar un bloqueo pertinaz de la injerencia alemana. La inauguración del Canal de Panamá, en 1914, constituyó la piedra de toque de esa nueva situación, consagrando la presencia norteamericana en todos los ámbitos de la vida política y económica del área.

Los Tratados de 1907 pretendieron poner fin, bajo la garantía conjunta de México y Estados Unidos a las frecuentes luchas entre los estados centroamericanos. Se creó una Corte de Justicia Centroamericana para arbitrar en los conflictos, y se adoptó el principio de no reconocimiento de los gobiernos

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que llegaran al poder por medios inconstitucionales (Doctrina Tovar). Se estipuló también la neutralidad de Honduras, el Estado más débil y por ende sometido a la continua injerencia de los vecinos, y se prohibió la acción de grupos revolucionarios en todos los países del área. Pero esta pieza diplomática, producto conjunto de los intereses de Teddy Roosevelt y Porfirio Díaz, fracasó con prontitud. Nada podía ser más utópico que la pretensión de consagrar el

status-quo en un mundo turbulento y volátil como el centroamericano. Pronto se

reveló que ni el principal garante (Estados Unidos), ni los países signatarios estaban dispuestos a cumplir seriamente con los principios de los Tratados. La primera manifestación de ello ocurrió con la caída de Zelaya de 1909.

El presidente Taft (1909-1913) introdujo una nueva y significativa variante. La acción diplomática y la intervención militar respaldarían el curso de las inversiones y la acción de los empresarios norteamericanos. Se configuró así la

diplomacia del dólar, un complemento eficaz del Big Stick dada la rápida

expansión de los capitales norteamericanos en las plantaciones bananeras, las minas y los ferrocarriles. El índice más significativo de la nueva situación fueron los arreglos de la deuda externa. En pocos años los banqueros de Nueva York reemplazaron a los tenedores de bonos europeos, y se convirtieron en los principales acreedores de los gobiernos centroamericanos. El control de las aduanas, una fuente segura de recursos fiscales, y la intervención militar en defensa de las propiedades y los ciudadanos norteamericanos amenazados, fue- ron desde entonces un recurso político de uso más que frecuente.

Nada de esto evitó las tormentas políticas, y el istmo experimentó una inestabilidad casi endémica. Pero el éxito fue indudable desde el punto de vista de los intereses norteamericanos: las bases arrendadas y el tratado Bryan-Chamorro garantizaron suficientemente la seguridad del Canal, mientras que las compañías norteamericanas lograron ventajas y concesiones de magnánima generosidad.

Los Pactos de Washington, suscritos en 1923 por las cinco repúblicas centroamericanas y los Estados Unidos reiteraban, en lo esencial, las disposiciones de 1907. Su alcance práctico fue, empero, muy limitado. Si en los años 20 se observa una disminución en los conflictos interregionales, ello debe atribuirse a una mayor consolidación de los estados nacionales, y sobre todo a la continua presencia militar norteamericana en Nicaragua.

El cambio fue aparentemente muy drástico con la política del Buen %

Vecino, de Franklin D. Roosevelt. Se puso fin a los Protectorados, y la

abrogación de los derechos de intervención en Cuba y Panamá pareció inaugurar un verdadero «Nuevo Trato». Pero la estabilidad política del área y el cese de las intervenciones fueron el resultado de una inequívoca ecuación de dictadores. Somoza, Ubico, Hernández Martínez y , Carias, fueron, al igual

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que Trujillo y Batista, mejores garantes para la Pax Americana que los propios infantes de marina.

La crisis de los años treinta y la Segunda Guerra Mundial impusieron una mayor cooperación en el campo económico. Tratados bilaterales de comercio, acuerdos sobre productos estratégicos, acceso privilegiado al mercado norteamericano, y una cooperación creciente entre el gobierno de Washington y sus congéneres centroamericanos se hicieron presentes. El acuerdo cafetalero firmado en 1940 y en el cual participaron todos los productores latinoamericanos, constituyó quizás el mejor ejemplo de la nueva situación. El sistema de cuotas garantizaba a los países centroamericanos la venta de su principal producto de exportación en el difícil momento del cierre de los mercados europeos.

Nadie puede dudar de la sinceridad en los planteamientos de Franklin D. Roosevelt frente a América Latina. No intervención, no interferencia y reciprocidad estuvieron por cierto presentes en las relaciones entre Estados Unidos y los países latinoamericanos durante la década de 1930 y el período de la Segunda Guerra Mundial. Y cuando algunos países afectaron con medidas nacionalistas los intereses económicos norteamericanos la reacción fue moderada y se mantuvo en los canales

diplomáticos. Pero el Buen Vecino reposaba también sobre la expectativa de una cooperación sin muchas reticencias por parte de los gobiernos y los ejércitos latinoamericanos. La Segunda Guerra Mundial ofreció un primer momento de prueba, y la respuesta fue por cierto exitosa. La Guerra Fría fue el segundo, y allí recomenzaron los problemas. Guatemala en 1954 y la República Dominicana en 1965, para citar apenas dos ejemplos, vieron resucitar el Big Stick de los tiempos de Teddy Roosevelt. Ello probaba no sólo las continuidades de una política, sino también la sinceridad de más de una palabra.

Capítulo 5

5.1.

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