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Y CONVERSIÓN DE UN CRISTIANO

Se contó del imam Muhammad b. Idrís al-Shafi ’í, Dios, ensalzado sea, esté satisfecho de él, que dijo: Vi en La Meca a un cristiano que imploraba al cielo mientras daba vueltas en torno a la Kaaba, y le pregunté: ¿Qué es lo que te desencantó de la religión de tus padres? Respondió: La cambié por otra mejor. Le pregunté: ¿Y cómo fue eso? Y me contó: Me ocurrió una historia maravillosa y un suceso insólito. Fue ello que me embarqué en un barco y cuando estába- mos en medio del mar se nos rompió el barco, y me salvé sobre una de sus tablas. Las olas no cesaron de empujarme hasta que me arro- jaron sobre una isla de las que había en el mar. Vi en ella muchos árboles, que daban frutos más dulces que la miel y más blandos que la mantequilla. Vi también un río de agua dulce, y dije: Loado sea Dios, comeré de estos frutos y beberé de este agua hasta que lle- gue Dios con la alegría. Y cuando se fue el día y llegó la noche tuve miedo de las bestias y leones, por lo que trepé a un árbol y me senté sobre una de sus ramas. Me dormí sobre esa rama y cuando llegó la medianoche vi una bestia sobre la superfi cie del mar que alababa a Dios, ensalzado sea, con una lengua clarísima, y decía: No hay

más dios que Dios, el Poderoso, el Perdonador; Muhammad es el Enviado de Dios, el Profeta Elegido; Abu Bakr es su compañero en la cueva 32; Omar es la llave de las ciudades; Uthmán, el asesinado en su casa; Alí es la espada de Dios contra los infieles, Alí es su aborrecedor, el Rey Todopoderoso los maldiga, su morada será el infierno, ¡qué pésimo paradero! Y no dejó de proferir esas palabras hasta que alboreó el alba. Y cuando se propuso partir añadió: No hay más dios que Dios, el Todopoderoso, Muhammad es el Enviado de Dios, el Guía Recto; Abu Bakr al-Siddiq, el muy sincero; Omar b. al-Jattab, un muro de hierro; Uthmán b. Affán, el asesinado y mártir; Alí b. Abu Tálib es el de valor enorme, Alí es su aborrece- dor [de los infieles], Dios Glorioso los maldiga. Y cuando llegó ese animal a tierra he aquí que su cabeza era una cabeza de avestruz, su cara un rostro humano, sus patas eran de camello y su cola de pez. Tuve miedo de él, y se volvió hacia mí y dijo: Detente. Y me detuve ante él. Me preguntó: ¿Cuál es tu religión? Le respondí: La religión cristiana. Me dijo: ¡Qué mala religión! ¡Ay de ti, desgra- ciado, vuelve a la religión monoteísta, pues tú has hecho alto en la explanada de un pueblo de creyentes de entre los genios, de los que no se salva más que el musulmán. Relató: Y le pregunté: ¿Y cómo es el islam? Me dijo: Testimonias que no hay más dios que Dios y que Muhammad es el Enviado de Dios. Lo dije y dijo: completa tu islam con la satisfacción de Abu Bakr, Omar, Uthmán y Alí. Dije eso y luego le pregunté: ¿Quién os enseñó eso? Respondió: Un pueblo que habitó junto al Enviado de Dios y le oyeron decir: Cuando sea el día de la resurrección y lleguen los genios, clama con una lengua clara: «Dios mío, tú me prometiste que erigirías mis pilares», y les dirá el Glorioso, ensalzada sea su gloria: Erigí vuestros pilares con Abu Bakr, Omar, Uthmán y Alí, Dios, ensalzado sea, esté satisfe-

cho de todos ellos. Luego me dijo la bestia: ¿Quieres quedarte con nosotros o volver con tu gente? Elegí volver con los míos, y me dijo: Quédate aquí hasta que llegue un barco. Relató: Y permanecí allí y volvió la bestia al mar, y apenas la había perdido de vista durante una hora cuando pasó junto a mí un gran barco con pasajeros. Les hice señas y me llevaron con ellos. Miré y vi que en el barco iban doce hombres, todos cristianos, y les conté mi caso y mi historia. Se hicieron todos musulmanes, y supe que aquellos seres guardaban un gran secreto, pues por su bendición nos había llegado el islam y se nos había dado el más alto rango, Dios sea alabado por el éxito y el logro de lo deseado, y recité estos versos:

Un pueblo que tiene junto al Señor del Trono santidad, hermosuras y honor,

que triunfaron por la compañía del mejor de la creación y fueron descritos con su descripción.

Comprendieron las gentes las señales, pues en Abu Bakr al-Siddiq ya aparecieron

las huellas de sus méritos en el recuerdo de las sentencias, y después Omar al-Faruq, su compañero.

Con al-Faruq se completó el islam, así como por el pío Uthmán el mártir,

en la noche hay un manantial y en el Corán una dere- chura,

y al imam Alí al-Murtadà33 se le concedieron

respeto, estima y honor.

Son los compañeros del Elegido, ya se hizo evidente. Llegó la buena senda y sobre las buenas obras permane-

cieron.

Sobre ell os sea lo mejor de la paz de Dios,

cuando el Día de la Duda la gente rompa el ayuno o ayune.

G

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