CHAPTER 4: CONCLUSIONS, LIMITATIONS ND RECOMMENDATIONS
4.4 CHAPTER SUMMARY
inseparables, es efectivamente que ya no se tenga un objetivo en el Otro, que ya no proyecto un designio sobre él; es decir que ya no se quiera ni se espere nada de él; que se desprenda esa relación de toda finalidad y de todo interés. Si la finalidad se retira, puede sobrevenir la compartición de lo íntimo. Rousseau decididamente liberó la existencia de esa finalidad con que los griegos habían invadido todo, en su alegría de vincular todo con todo, y de la cual luego el pensamiento europeo tardó tanto tiempo en desembarazar a la Naturaleza, en su física, pero que se remitió entonces a la Historia. Por tal motivo no se contenta con celebrar la oportunidad del momento que pasa (“aprovecha el día”), sino que también hace acceder a lo simple, al elemental sentimiento de existir (en el lago, Paseo Vº). En este caso, precedido por Montaigne (según el famoso: “¿No ha vivido usted?”). También por ese motivo puede liberar de la finalidad la relación humana y pensar el acceso a lo íntimo. Pues en lo íntimo la
condición de posibilidad se debe simplemente a que se esté uno junto al otro, sin intención sobre el otro, porque esa intención, en tanto que es mi intención, inevitablemente separa; y que el Otro simplemente esté allí, cerca – no delante (conduciendo) sino simplemente “allí”, al lado.
Se entiende entonces que lo íntimo se descubra originalmente, y tal vez incluso preferentemente, fuera de la relación amorosa, que es apasionada, captadora, desde el inicio y en su principio, siempre interesada. Su tiempo propio es anterior, pertenece al comienzo. Pertenece a la infancia, cuando la separación con respecto al Otro aún no está consumada: la intimidad del seno. Sería incluso muy fácil entonces considerar que Rousseau no dejó de intentar reparar y colmar esa falta primera, irreparable, de la madre muerta en el momento de su nacimiento, con la búsqueda de lo íntimo que duró toda su vida – y a menudo tan inconveniente, con frecuencia hasta la locura, lo que lo torna “insociable. Ya no deja de querer (deber) trasponer eso íntimo que quedó vacante: “estaba siempre con mi tía, viéndola bordar, oyéndola cantar, sentado o parado a su lado, y estaba contento”. Simplemente “a su lado”; y “contento”, es decir, ya sin buscar nada lejos y sin tener otra meta. Además, de la tía Suzon le viene nostálgicamente por fragmentos, en su vejez, la canción que ella cantaba.
“Intimidad” también en Bossey, donde el término es y se vuelve clave, bajo el techo del pastor Lambercier. Pero el placer sentido con la paliza ya provoca una ruptura y provoca la separación (concretamente, le hace tener un cuarto aparte). Ese paraíso perdido, que como todo paraíso está destinado a ser perdido (en este caso, la catástrofe que causa la perdición es un peine roto), no tiene en efecto otra esencia que la pérdida de lo íntimo, es decir, precisamente el hecho de que un Exterior trascendente a él mismo ya no se descubre en lo más interior de sí mismo, sino que se retira. Al pastor y a su hermana, después de la Caída y antes de que comience el Exilio, “ya no los miramos más” en adelante “como Dioses que leían en nuestros corazones”.
Por otra parte, si es que nuestra imaginación todavía se aferra a ese “paraíso”, ¿podríamos concebirlo de manera general y rigurosa en otros términos que no sean los de lo íntimo? Porque los teólogos, mucho antes de Madame de La Fayette (que ella no hizo más que continuar), con Agustín a la cabeza, se vieron enfrentados a este dilema para pensar su beatitud - ¿y acaso pudieron resolverlo? O bien en el paraíso todavía hay deseo, y por lo tanto carencia, y se sigue sin estar satisfecho; o bien el deseo encuentra satisfacción, pero enseguida llega por eso el hastío. Si no hay satisfacción, hay
salir de la alternativa del deseo y el tedio. Si es que no se concibe ya solamente el paraíso como la transparencia de Plotino, que era la del alma intelectiva, sino más bien como una presencia “cerca”, sencillamente al lado. El cerca: lo que no falta ni cansa, y por ende no se abisma en la duración. Y este “cerca” se analiza: porque en lo íntimo el Afuera se descubre también como lo más adentro o, digamos, que su inmanencia se encuentra siempre habitada de trascendencia, y lo íntimo por su parte no se agota. No tiene fondo ni fin.
Lo íntimo no tiene un punto previo ni un origen. Cuando imagina la escena originaria para comenzar el relato de su vida, Rousseau no proyecta la conquista, sino ya la intimidad de sus padres: “Sus amores habían comenzado casi con sus vidas…”. “Nacidos tiernos y sensibles, los dos sólo esperaban el momento de encontrar en otro la misma disposición, o más bien ese momento los esperaba a ellos, y cada uno lanzó su corazón hacia el primero que se abrió para recibirlo.” Pero que no fueran ellos quienes esperasen el momento, sino que el momento los esperaba, ¿no desplazaría ya la
iniciativa? Reside menos en la elección previa de la persona, elección siempre cargada de incertidumbre y de interés, que en la “disposición” según la cual se realiza el
encuentro y que lo vuelve dichoso. Porque en lo íntimo la cuestión es la siguiente: no la cuestión del “quién” (“¿Quién será?”: la pregunta, digamos, de las chicas soñadoras), sino de lo que se hace con la relación, de lo que se arriesga en ella y de lo que se genera en ella. Basta entonces con Otro, que haya Otro, el “primero que se abra”. Que puede ser el primero que llegue. Por lo tanto, lo que importa no es tanto “lo que es” el otro, lo que nunca es conjeturado sino a partir de mis fines, sino hasta dónde estoy listo, “dispuesto”, a comprometerme y arriesgarme con él. Hasta dónde soy capaz de llegar, de entregarme y de precipitarme desde mi afuera en ese adentro compartido, para promover entre nosotros un “más adentro” nuestro donde poder “existir”.
Lo íntimo es innegablemente un sentimiento de infancia: ¿con qué nostalgia nos afecta? Pero, sobre todo, ¿en qué se convierte como adulto? ¿O sigue siendo infantil? ¿Nos hace regresar? O bien, de lo contrario, ¿en qué elección y en qué responsabilidad nos vemos situados por ello? Aunque ya no esté delante del otro, en un enfrentamiento guerrero, interesado, sino “al lado”, “presente”; aunque ya no quiera conquistarlo, y por consiguiente hacerlo objeto de mi deseo, sino que esté “contento” sólo con estar
“cerca”, y que el mundo esté entonces “en orden”, no se trata sin embargo de pasividad, como nos dice en efecto Rousseau, sino en verdad de una promoción del sentimiento de “existir”. Si es que entendemos entonces “existir” en su viejo sentido teológico, aunque
ahora trasladado a lo humano. Dado que existir, es decir, “estar a partir de” (“ex- sistere”), significó en un principio el modo de ser de quien recibe su ser de Otro, se consignaba justamente así el modo propio de la criatura de Dios, que depende de Él. Pero invertir su sentido, como lo hizo el existencialismo, no conduce necesariamente a pensar el “ex-istir” como proyectarse “afuera”, “delante” de sí, sich vorweg, es decir, afrontando la condición de un “ser lanzado”, la del desamparo y la preocupación, y precipitándose “hacia” (el “hacia”, zu, del futuro, Zu-kunft), en un perpetuo avance. Porque “existir” podría significar por el contrario, en lo íntimo que le deja su lugar al Afuera de donde procede efectivamente lo más adentro de sí mismo, activar el recurso a una trascendencia semejante del Otro en la inmanencia de su vida – y allí, en la decisión de vivir así y de comprometerse a ello, hay una elección.
6. En Rousseau, lo íntimo a la vez no tiene nombre y lleva un nombre propio que