Si Foucault se inscribe en la tradición filosófica, es en la tradición crítica de Kant.
Foucault (Dits et écrits IV, 631)
En 1959, año en que muere su padre, Foucault se hace cargo de la dirección del Instituto francés de Hamburgo, en Alemania, donde prepara su tesis secundaria de doc- torado en dos volúmenes. El segundo, que incluye la tra- ducción al francés del texto de Kant, Antropología desde el punto de vista pragmático, fue editado en 1964, mientras que el primero apareció mucho más tarde, recién en el año 2008. En este, Foucault realiza una extensa introducción al texto de Kant, en la que se ocupa del lugar y el significa- do de la antropología en el pensamiento kantiano y con- temporáneo. El texto concluye con una reflexión acerca del “contrasentido” y de las “ilusiones” de la herencia kan- tiana (Foucault, 2008a: 76; 128), y con una referencia final a Nietzsche, a quien había comenzado a leer algunos años antes, en 1953 (Foucault, 1994: t. IV, 436; 1999a: 312).
Este trabajo no tiene ni la inmediatez de los temas de Enfermedad mental y personalidad ni la prosa de la Historia de la locura. Su lectura requiere, además, de cierto cono- cimiento de Kant y de la filosofía contemporánea, pero, más allá de estas posibles dificultades, resulta difícil exa- gerar la importancia de este escrito para la comprensión de Foucault. Su lectura es insoslayable, pues contiene una interpretación del horizonte intelectual que constituye el punto de partida de su pensamiento y, al mismo tiempo, como consecuencia de esta interpretación, nos permite encontrar la formulación de uno de los puntos neurálgi- cos de la filosofía foucaultiana, la idea de una analítica de la finitud.
Como hemos señalado al inicio del presente capítulo, una de las particularidades de la interpretación foucaultia-
na de las ciencias humanas radica en no remitir la proble- mática que ellas plantean a la herencia cartesiana, sino a la kantiana. El hombre, el sujeto de las ciencias humanas, fue inventado –según la expresión de Foucault– hacia fi- nales del siglo XVIII, no a inicios del XVII, es decir, en la época de Kant, no en la de Descartes.
Con la expresión “analítica de la finitud”, Foucault se refiere a una manera de pensar según la cual la finitud del hombre (sus formas negativas, como la enfermedad y la muerte, pero también positivas, como lo que conoce y hace) es concebida a partir de la propia finitud, sin recurrir a Dios ni a ninguna otra forma de absoluto. En la analítica de la finitud, el hombre no es considerado ni una criatura divina ni una mera realidad natural. En efecto, el de safío y la tarea en los que, a partir de Kant, el pensamiento oc- cidental se ha embarcado –esa nueva relación del hom- bre consigo mismo que se instaura hacia finales del siglo XVIII y a la que Foucault alude en los últimos capítulos de la Historia de la locura– consiste, precisamente, en intentar encontrar en el propio hombre el fundamento del hom- bre. Así tomó forma ese movimiento oscilante –anfiboló- gico, según la expresión de Foucault– del pensamiento, la analítica de la finitud, en el que se va del hombre al hom- bre. Pero, a diferencia de cuanto sucede en las ciencias de la naturaleza, en la analítica de la finitud no nos encon- tramos finalmente con esa regularidad que define la idea misma de naturaleza, sino con la negatividad y los límites que caracterizan al hombre y que, según la expresión de Foucault, no dejan de “señalar con el dedo la ausencia de Dios” y “el vacío dejado por este infinito” (Foucault, 2008a: 75-76; 127).
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A partir de la lectura de la Antropología de Kant, Foucault convierte las conclusiones de sus investigaciones anterio-
res en un diagnóstico general del pensamiento contem- poráneo. El malestar ya no es el de la psicología, sino el de la antropología, entendida en un sentido muy amplio como la disposición o el sueño de la cultura moderna de querer encontrar en el hombre el fundamento del propio hombre. Desde esta perspectiva, las dificultades para abor- dar el conocimiento del hombre según el modelo de las ciencias de la naturaleza y las oscilaciones que caracteri- zan a las ciencias humanas, relevadas en Enfermedad mental y personalidad y en los otros escritos de esta época, dejan de ser un problema fundamentalmente metodológico o epis- temológico. Ya no se trata de las resistencias con las que se encuentra el intento de aplicar los métodos y los con- ceptos de las ciencias naturales al hombre como objeto de estudio. Ahora, el interés de Foucault se desplaza hacia las condiciones que hicieron posible dibujar esa figura, ni di- vina ni simplemente natural, que llamamos hombre, esto es, hacia la analítica de la finitud.
Por ello mismo, a diferencia de cuanto había sostenido en sus primeros trabajos –sobre todo en su “Introducción” a la obra de Binswanger–, ahora plantea que la filosofía moderna, y en particular la fenomenología, ya no puede presentarse como una forma de compensar y remediar las dificultades de las ciencias humanas. Al contrario, si la disposición antropológica del pensamiento moderno ha sido la condición de posibilidad para los saberes del hom- bre desde finales del siglo XVIII, ella ha marcado también su fracaso. Como había mostrado Nietzsche, la muerte de Dios, con la que el hombre se libera del límite de lo Ilimitado, lo conduce finalmente al reino ilimitado del Límite (Foucault, 1994: t. I, 235), donde la figura del hom- bre hace la experiencia de su propia errancia. La muerte de Dios y la muerte del hombre son, por ello, contempo- ráneas. La extensa introducción a la Antropología de Kant concluye remitiendo precisamente a Nietzsche: la pregun- ta “¿qué es el hombre?, en el campo de la filosofía, termina
en una respuesta que la recusa y la de sarma: el superhombre” (Foucault, 2008a: 79; 131). El superhombre nietzscheano anuncia, como dirá más tarde Foucault, el “estallido del rostro del hombre en la risa y el retorno de las máscaras” (Foucault, 1986c: 396-397; 396).
Con su lectura de la Antropología de Kant, Foucault pasa definitivamente de la crítica del cientificismo moderno a la del humanismo. En muchos aspectos, llevando a cabo un giro de ciento ochenta grados respecto de sus prime- ros trabajos, pero, sobre todo, sentando las bases de sus próximos trabajos. En El nacimiento de la clínica y Las pa- labras y las cosas explorará las formas de la negatividad y la finitud humanas. Y en los escritos sobre literatura, se detendrá en las figuras que ocupan el lugar que la au- sencia de los dioses y de los absolutos ha dejado vacío. Ambas líneas de trabajo parten del tema de la muerte del hombre, esbozado en su tesis secundaria de doctorado, y conducen también hacia él en las páginas finales de Las palabras y las cosas.
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En el pensamiento de Foucault, la de silusión antropológi- ca y kantiana no es, sin embargo, una de silusión respecto de Kant. Repetidas veces, en efecto, Foucault inscribirá su propio trabajo en la línea del filósofo de Königsberg. Para citar sólo un ejemplo, su anteúltimo curso en el Collège de France comienza, precisamente, con una larga lección sobre la respuesta de Kant a la pregunta por el Iluminis- mo. Desde esta perspectiva, puede decirse que la lectu- ra de Kant abre y cierra el pensamiento de Foucault. Lo abre, como acabamos de ver, al convertir la problemática de las ciencias humanas en un diagnóstico de la cultura contemporánea (de la filosofía, de la literatura y de los saberes de nuestra época) y lo cierra, como veremos, al
permitirle elaborar a partir de Kant una interpretación de la Modernidad despojada de todo humanismo, es decir, sin presuponer ninguna definición de lo que el hombre es o debería ser.