A partir de lo que hemos expuesto, nos parece conveniente precisar uno de los conceptos clave que hemos utilizado en el desarrollo de nuestro estudio, el de representación. Entendemos a las representaciones como el conjunto de mediaciones, basadas en los valores, ideas y creencias de una sociedad, que permiten a los sujetos interpretar sus vivencias, es decir, sus experiencias individuales (la relación con el propio cuerpo y la subjetividad) y colectivas (la relación con un “otro”, con los grupos y actores sociales).28 De esta manera, las representaciones guían la forma de pensar, de sentir y de actuar, así como la relación con otros miembros de una misma comunidad humana. Es decir, lejos de tener una función pasiva, o ser un reflejo de la realidad percibida, las representaciones influyen en la forma de actuar de los sujetos en el mundo.
A su vez, las representaciones son creadas en la vida social, dicho de otro modo, son construcciones sociales. En sus interacciones, los seres humanos generan representaciones variadas sobre diferentes contenidos, como el sexo, el cuerpo, el poder, el tiempo, el espacio, la muerte, entre otros. Este conjunto de significados está vinculado entre sí y forma un sistema de representaciones, o cultura.29 El conjunto de
28 El concepto de representación que definimos en este apartado fue elaborado a partir de las ideas
expuestas por Henri Lefebvre, La presencia y la ausencia. Contribución a la teoría de las
representaciones (2006). Según este autor, la representación está en el intervalo entre la presencia
(vivencia) y la ausencia (que moviliza la re-presentación de lo ausente), resultado del movimiento dialéctico de lo vivido y lo concebido. En palabras del autor: “Las representaciones nacen perpetuamente. En cada momento, a partir de un fondo (ni sustancia ni instancia) sin fundamento asegurado –mi cuerpo, mi cerebro, mis nervios, mi memoria, las palabras de que dispongo– se genera el proceso que va de la energía elemental y burda de las ‘pulsiones’ a las proposiciones sutiles, de los afectos a las representaciones sofisticadas” (LEFEBVRE, 2006: 104-106). Sobre el concepto de representaciones, véase, también, entre otros, MOSCOVICI (1979); CHARTIER (1992); ABRIC (2001) y PIÑERO (2008).
29 Dentro de las representaciones, Lefebvre (2006) distingue tres categorías. En primer lugar, el concepto,
materia prima de la ideología y del discurso filosófico e intelectual, es decir producto de un proceso de razonamiento y análisis crítico que permite discernir entre representaciones que ocultan y disimulan de
significados que la integran es el resultado de la experiencia de los individuos en el medio social (de su relación con los otros y la realidad fenoménica), así como de la interpretación de su vida interior (pensamientos, emociones, sensaciones), es decir, de su experiencia humana. En este sentido, creemos conveniente remarcar, siguiendo a Peter Burke (2004), que estas construcciones simbólicas, creadas por los miembros de una sociedad, incluyen no sólo la “alta cultura”, sino también la cultura de la vida cotidiana, las costumbres, los valores y los modos de vida. Es decir, entendiendo a la cultura en el sentido etnográfico y antropológico amplio.30
La percepción de los seres humanos está condicionada por el uso del lenguaje, que es aprendido en el medio social; por esta razón, a través de los discursos, conceptos y palabras utilizadas por los actores en determinada época, podemos acceder al complejo entramado simbólico que compone su cultura.31 Así también, la identidad que cada individuo construía en la sociedad que estudiamos era el resultado de una compleja microfísica de vínculos y acciones desarrollada en el espacio público y en el ámbito familiar. Cada persona, al participar de los diferentes grupos sociales y cumplir los distintos roles que le tocaba desempeñar (los “yo” que integraban un mismo sujeto: hombre, ciudadano, hijo, esposo, hermano, trabajador, etc.), interiorizaba, a lo largo de la vida, un conjunto de creencias y principios (o axiomas).32 Dicho de otro modo: “Lo cotidiano se programa por la convergencia de las representaciones” (LEFEBVRE, 2006: 223). A su vez, eran estos esquemas culturales los que sostenían el orden social.
En este sentido, entendemos que la cultura de una sociedad configura el sentido
las que tienden a ir más allá de lo posible. El concepto se diferencia de las representaciones cotidianas. Estas últimas están más cerca de la experiencia de los sujetos, de la vivencia. Por último, el autor hace hincapié en el potencial de la creación artística, que, al rescatar la vivencia, construye con representaciones obras que superan el acto de representar el mundo.
30 Como señala Clifford Geertz (1991), ésta puede ser definida como “un esquema históricamente
transmitido de significaciones representadas en símbolos, un sistema de concepciones heredadas y expresadas en formas simbólicas por medio de los cuales los hombres se comunican, perpetúan y desarrollan su conocimiento, y sus actitudes frente a la vida” (GEERTZ, 1991: 88). Sobre el concepto de cultura véase, también, entre otros, WILLIAMS (2000).
31 Más allá de las operaciones que construyen la vinculación entre el significado y el significante (como la
metáfora o la metonimia), son las normas y valores sociales las que dan un sentido a las palabras y su significado dentro de un discurso. Dicho de otro modo, la construcción de las representaciones no es sólo un fenómeno lingüístico, en éste intervienen el marco de creencias y principios que dan sentido y cohesión al discurso en una sociedad (LEFEBVRE, 2006: 51-52).
32 Coincidimos con Lefebvre (2006: 59) en que “toda representación implica un valor, sea que el sujeto
valore lo que se representa, el objeto ausente; sea que lo desvalore”. A su vez, para que algo sea valorado necesita ser representado. Aquellas representaciones que están asociadas con ideas o creencias valoradas se consolidan: “Se vuelven éticas o estéticas; guían la acción, suscitan conflictos durante los cuales aumentan de intensidad y aun de evidencia –o desaparecen” (LEFEBVRE, 2006: 100).
común de sus miembros. Por esta razón, en cada discurso enunciado por alguno de sus integrantes, podemos identificar un conjunto de significados construidos socialmente. Vale aclarar que estos no son compartidos de igual forma o grado por todos los actores o grupos sociales. Cómo señala Burke (2004), el pensar en una circulación cultural, entre dos culturas parcialmente diferenciadas, una popular y otra erudita, en interacción, transformación y diálogo, puede sernos de utilidad para no caer en una visión demasiado homogénea de la misma. Así, creemos más adecuado para nuestra investigación sobre las representaciones del suicidio, pensar de esta forma la relación entre la cultura popular y la de la elite, buscando, además de las diferencias, el marco general compartido, sin establecer una separación tajante o una oposición binaria entre ambas.33
Es decir, nuestro objetivo es identificar las representaciones que constituían el sentido común sobre el suicidio en los habitantes de la ciudad de Buenos Aires durante la segunda mitad del siglo XIX; en otras palabras, reconocer aquello que era verosímil para quienes vivían en una urbe en proceso de transformación, así como los principios y valores que aparecían expresados a la hora de reflexionar sobre el tema. En esta construcción del deber ser, del marco axiológico,34 había una esfera privilegiada, la de la elite cultural, que manifestaba su interés de moralizar a la población y civilizar el comportamiento de los hombres y mujeres del organismo social, transmitiendo un código social de matriz higienista y positivista. Éste aparecía, por ejemplo, en los discursos de la época sobre el aumento de la tasa de suicidios como fenómeno. Al mismo tiempo, los principios morales y creencias de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires, y lo que consideraban verosímil acerca de las muertes por mano propia, puede ser indagado a partir de los testimonios registrados en los sumarios judiciales. En estos, hemos encontrado ideas sobre una serie de valores, como el amor, el valor o el honor, o representaciones de lo femenino y lo masculino que eran compartidas por una parte más amplia de la población, más allá de los círculos sociales y académicos de las élites.
33 Según LEFEBVRE (2006: 66), las representaciones, dentro de una estructura social, constituyen la
imagen que un grupo o clase construye de sí, para sí, y que, por otro lado, también transmite a los demás miembros de la sociedad en su conjunto. Los dominados interiorizan estos valores e imágenes, modificando su contenido de acuerdo a sus posibilidades de cuestionar lo establecido.
34 Esta categoría fue elaborada en base a las ideas presentadas en la investigación llevada adelante por
Para interpretar estos significados, hemos estudiado las representaciones del suicidio presentes en los discursos a partir de cinco ejes o dimensiones: el suicidio (fenómeno colectivo), el suicida, la causa / motivo determinante, la red de contención y la comunicación con el otro significativo. En la primera dimensión, hemos agrupado los enunciados producidos por distintos actores de la elite cultural sobre el suicidio y su aumento como fenómeno general del mundo civilizado, que circularon en la opinión pública y contribuyeron a formar el sentido común. Entre las variables que componen esta dimensión, creemos relevante destacar el discurso presente en textos científicos y académicos de la época. Asimismo, hemos recolectado los enunciados referidos al sujeto que se quitaba la vida. En este sentido, las diferentes situaciones individuales generaban una polémica que nos permite entrever aquellos valores que estaban firmemente interiorizados y los hechos que despertaban cuestionamientos. Los datos sobre estos casos han sido organizados en base a la distinta apreciación ética sobre los mismos. En la dimensión “causa / motivo determinante”, reunimos los enunciados sobre las distintas explicaciones verosímiles elaboradas tanto en el mundo académico y los medios gráficos, como en los testimonios de las personas vinculadas con el suicida, para dar cuenta de las acciones que lo llevaron a tomar el camino de la muerte por mano propia (pobreza / miseria, enfermedad, cansancio / hastío de la vida, alienación mental, remordimiento, desengaño amoroso, mal estado de los negocios, etc.). También consideramos relevante registrar los discursos referidos a las acciones de los miembros de la red de contención (familiares, amigos, “conocidos” y desconocidos) y su interacción con el suicida. Así, en los expedientes, encontramos información de cómo se identificaban los sujetos que habían entablado algún vínculo con el suicida. Al mismo tiempo, en algunos casos, también encontramos datos e indicios de cómo representaba, el que se quitaba la vida, a los que interpelaba con su acción, a los otros significativos de su entramado vincular. Estos enunciados fueron agrupados en la dimensión “otro significativo”.
En síntesis, a partir de la combinación de los datos organizados en estas cinco dimensiones del concepto general “representaciones del suicidio”, nos proponemos reconstruir lo que los actores de este período consideraban verosímil sobre los suicidas y las formas de quitarse la vida, así como el discurso ético sobre la muerte voluntaria.