3.2 Spectroscopic setup
3.2.1 Charge sensitive preamplifier
Luego de escuchar estas palabras Vangel sonrío en una mezcla de alegría y melancolía. Se despidió de su Xer y se retiró junto con el resto de los Hiladrín. Caminaron hasta la salida del Templo y al atravesar el umbral los compañeros de batalla se saludaron por última vez antes de retornar a sus respectivas estrellas natales.
Una vez que todos habían partido, el Saltador de Estrellas perma- neció unos instantes solo mirando el cielo que se dibujaba ante él, sin terminar de advertir que el Guardián lo observaba desde atrás. Entonces éste le preguntó:
–¿Qué te sucede Hiladrín? ¿Acaso no sabes cómo regresar?
Vangel se sobresaltó al advertir repentinamente la presencia que estaba cerca de él. Una vez que su sorpresa había pasado respondió.
–Temo no saber hacerlo… Pero más temo no poder hacerlo… Temo no pertenecer más a ese lugar…
–Guerrero, escucha mis palabras y atesóralas en tu corazón. Has surgido de las estrellas y has viajado más allá de aquellas donde la Luz no reinaba. Has combatido por tus hermanos con la intención de res- catarlos junto el Ieshar y los Hiladrín, y todos regresaron de ese lugar, incluso los que habían caído. No sólo esto sucedió, sino que los que habían perecido fueron vueltos a la vida por el poder y la bondad del IM- XER para no ser dejados a merced de la Muerte. ¿Y tú temes no poder regresar a tu hogar? –le cuestionó Ezzelin–. Óyeme bien, pues no sólo no debes temer esto, sino que debes saber que tu hogar no está en tu estrella natal, aunque quieras y sea bueno que regreses allá. Tu hogar finalmen- te está donde tu corazón esté en paz, sin importar realmente dónde te encuentres, aunque esto implique permanecer errante. En tu caso esto
es muy posible, al fin de cuentas eres un Saltador de Estrellas y dudo mucho que puedas permanecer por largo tiempo en un solo lugar…
Vangel le sonrió agradecido.
–Y ahora vete que las estrellas te aguardan –le dijo Ezzelin para despedirlo.
–Adiós, Guardián. Gracias por tus palabras –le respondió Vangel. Entonces sus ojos se elevaron al cielo y se clavaron en una estrella del firmamento. Su corazón se abrió casi instantáneamente y la música lo invadió. El salto fue inmediato y solo dejó detrás de sí un destello y el eco de las palabras de Ezzelin diciendo:
REENCUENTRO
Vangel abrió los ojos, miró a su alrededor y reconoció el lugar donde se encontraba. Era la cubierta de la nave del Concejo de los Doce en la estrella ¥ldar. Entonces el Cali se le acercó y le dijo:
–Sea bienvenido, Saltador de Estrellas. Los Doce lo esperan. Pase por aquí.
–Muchas gracias, Tavip –contestó Vangel mientras se dejaba guiar a la cámara del Concejo.
Una vez allí encontró a los Doce sentados alrededor de la mesa mientras le sonreían al verlo llegar. Entonces Taiman le dijo:
–Mi querido Vangel, has regresado sano y salvo. Cuánto me alegro muchacho. Pero debo advertirte que hay alguien que te ha estado espe- rando. ¡Nereida, ven a ver quién ha llegado!
Entonces ella apareció desde un cuarto que se encontraba a las es- paldas del Líder de los Doce.
–¡Volviste! –gritó ella sorprendida mientras corría para abrazarlo. –Sí, volví –le respondió.
–Ven siéntate y cuéntanos lo sucedido desde que te fuiste –le dijo Taiman, mientras señalaba la silla que acababa de aparecer para él.
Vangel se sentó y contó lo sucedido con el mayor lujo de detalles que pudo. Los Doce junto a Nereida lo escuchaban horrorizados, como si les estuviese contando una pesadilla que no fuera real.
–Muchacho, es difícil pensar por lo que tuvieron que pasar todos ustedes junto al Ieshar. Nadie en nuestro universo hubiese concebido que cosa semejante pudiese suceder. No sólo nos salvaron a nosotros, sino a nuestros hermanos perdidos. Por sus sacrificios les estaremos eterna- mente agradecidos –le dijo el líder del Concejo.
–Es algo que cualquiera de ustedes también hubiese hecho por no- sotros –respondió Vangel.
–Sí, Saltador de Estrellas. Eso es cierto en parte. Nuestros corazones hubiesen estado dispuestos a hacer semejante sacrificio, pero lamenta- blemente nosotros no podíamos realizarlo. No hemos sido creados para desarrollar semejante tarea, no hemos sido hechos Guerreros –le repli- có un tercer miembro llamado Zaitan–. Los Hiladrín, para poder serlo tienen que conjugar las habilidades del combate junto con el arrojo del corazón, un arrojo que sólo es propio de los Guerreros, ese que puede mantener el corazón vibrante y erguido en medio del dolor y el horror de la batalla, ese que mantiene la mente clara y despejada en el objetivo a pesar de que al lado de uno caigan los seres queridos. Esa clase de co- razón es sólo de aquellos que nacieron para ser Hiladrín, pero que sólo ellos mismos pueden descubrir y que en realidad sólo lo hacen cuando se mantienen firmes en la batalla.
–Ahora es tiempo de que tú regreses a tu querida Nestar para que finalmente puedas descansar –le dijo otro de los miembros del Concejo llamado Laisan.
–¿Los volveré a ver? –preguntó él.
–Siempre estaremos aquí muchacho y puedes visitarnos cuando quieras que nos sentiremos encantados de recibirte en nuestro hogar. Además, nuestro mundo está libre de peligro ahora que el orden primi- genio ha sido restablecido –le contestó Raipan.
Entonces sonrío levemente y despidiéndose de todos salió del lugar. El Concejo y Nereida lo siguieron en silencio. Una vez en cubierta volvió a saltar como lo hizo el día que había partido de ¥ldar, mientras toda la tripulación lo observaba. Cuando finalmente Vangel se fue, Nereida se atrevió a preguntar:
–¿Qué le sucede? Es como si estuviese abatido. No lo vi así ni si- quiera el día en que casi lo devora la Oscuridad.
–Hija mía, ten en cuenta que no sólo combatió contra ella reiteradas veces, sino que viajó hasta sus propios reinos junto con el Ieshar para vencerla definitivamente. Seguramente allí vio y presenció horrores que no nos quiso contar. Nadie atraviesa por semejantes experiencias y sale
73EL SALTADOR DE ESTRELLAS
ileso. Si lo observaste bien ya no es un niño, sino que parece más ancia- no que nosotros. Sus batallas le han robado algo que casi es la sustancia de nuestras propias almas, la inocencia y la frescura de los niños. Es por eso que debe regresar a su estrella natal, allí podrá recuperar finalmente lo que ha perdido –le explicó Taiman.
Entonces Nereida alzó nuevamente la mirada hacia Nestar con la esperanza de ver a Vangel en el cielo…
Vangel abrió los ojos, miró a su alrededor y no vio a nadie. El paisa- je circundante era el de Nestar. El océano de fuego estaba allí y el mis- mo lugar, de donde había salido expelido desde el núcleo de la estrella al momento de nacer, se encontraba a pocos metros de sus pies.
Entonces levantó la vista hacia el cielo para mirar las estrellas y ahí contempló lo que esperaba. El firmamento que lo vio llegar a la vida es- taba ante sus ojos. Observaba las estrellas y las galaxias. Fue ahí, al ver- lo por segunda vez, donde cayendo al suelo lloró desconsoladamente.
Su alma dejaba salir casi por primera vez el dolor que había acumu- lado en su corazón desde que se había ido de Nestar y ahora no lo podía parar. Sus ojos derramaban lágrimas de lava, su alma se desahogaba. Estaba solo y en el silencio se permitía llorar.
Y entonces la escuchó:
–¿Qué te pasa muchacho? –era la voz de Merxem.
En ese instante, Vangel restregó sus ojos y alzó la vista para encon- trarse con la mirada cálida del Guardián de su estrella.
–Es que no puedo parar. Todo el dolor vivido se me hace presente. Los recuerdos me dejan el alma en llagas y por eso no puedo evitar llorar –respondió Vangel afligido.
–No lo debes hacer, muchacho, no lo evites. Al contrario, permítete el llanto. Es la forma en la que tu alma busca curar el dolor experimen- tado, cicatrizar las heridas que va cargando –le explicó Merxem–. Si te prohíbes llorar, el veneno de las lastimaduras que te produjeron las batallas se quedará en tu corazón y a la larga lo matará. Por eso…, per- mítete llorar, déjale a tu alma que se procure curar, y tú recuéstate aquí a descansar… y no te preocupes por nada, yo te guardaré.
75EL SALTADOR DE ESTRELLAS
Así lo hizo, se recostó en el mismo lugar en el que se encontraba y Merxem lo rodeó con su gigantesco cuerpo de dragón para resguardarlo. Mientras esto sucedía, las lágrimas de fuego aún se escapaban de sus ojos cerrados y cuántas más de ellas caían a la superficie de Nestar, más podía ver el Guardián cómo Vangel rejuvenecía. Entonces Merxem pudo observar cómo el Vangel avejentado y lleno de heridas que había llegado a su presencia ya no estaba. En su lugar se encontraba aquel pequeño niño que él había visto nacer.
Vangel abrió los ojos, miró a su alrededor y no vio nada. Una in- tensa luz blanca lo cegaba. Escuchaba una música tan dulce y hermosa que le desbordaba de alegría el corazón, y había risas en vez de llantos. No tenía idea dónde se encontraba, cuando de repente escuchó una voz que le decía:
–Bienvenido, hijo mío…
Entonces al Saltador de Estrellas le pareció que conocía esta voz por algún motivo y le pregunto:
ÍNDICE
Prólogo ...9
Nacimiento ... 17
El primer salto ...20
El Concejo de los Doce ...23
La Oscuridad ...28
Renacer ...30
La Estrella Blanca ... 33
La Senda del Destino ... 35
Lo que cuesta decir adiós ... 37
Las fauces de la Oscuridad ... 39
Ieshar ... 41 El exilio de la Oscuridad ...44 Los Hiladrín ... 47 Invadiendo el Abismo ... 51 Águilas de Fuego ... 53 La Batalla Final ... 55
La explosión del Corazón ...62
Las Perlas del Alma ...64
El Ave Fénix ...66
¿Volver a Nestar? ...69
Reencuentro ... 71
Desahogar el alma ... 74
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www.dunken.com.ar Marzo de 2011