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Chosen Methods – Semi-structured interviews

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3.7 Chosen Methods – Semi-structured interviews

Quedaría incompleto el capítulo sin este apartado, ya que se trata del fundador de la primera gran escuela sacerdotal moderna de la Península y patrono oficial del clero español desde hace medio siglo.

1. En lo sustancia] queda bien concretada en la espiritualidad universal cristiana o experiencia de unión con Dios por amor. Une dos extremos imposibles de juntar sin la mediación de Cristo Dios y hombre. No es por tanto teocéntrica, ni antropocéntrica, sino cristocéntrica o, si se prefiere, antropo-teo-céntrica en el Dios-hombre, Cristo Jesús. Juan describe las tres etapas clásicas de incipientes, proficientes y perfectos, las vías purgativa, purificativa y unitiva y sobre todo señala el itinerario: oración de propio conocimiento, ce seguimiento de Cristo y de transformación en el Amado. 2. Algunos cristianos se obligan a la santidad por títulos especiales, como promesas, votos, recepción de algún sacramento como el matrimonio o el orden. Dios llama al hombre al modo del hombre y le ayuda a responder libremente. La vocación es don en el que llama y fidelidad en el que responde. Dios obra, en el hombre el desear y ayuda a realizar los deseos ce unión.

3. Cada vocación encuentra motivos peculiares en la persona y en la teología que la sustenta. En el siglo XVI no existía una teología plenamente elaborada del sacerdocio ministerial. En nuestros días se ha enriquecido no poco en el concilio Vaticano II, que desarrolló las estrechas relaciones entre el obispo y el presbítero y los situó a ambos, con responsabilidad propia, en lo más hondo del sacerdocio de Cristo.

En el siglo XVI existían a disposición de teólogos y autores espirituales los elementos esenciales del sacerdocio en los santos Padres y en los teólogos monásticos y escolásticos. La tormenta luterana barrió la distinción entre sacerdocio de los fieles y sacerdocio ministerial. Fue una de las conclusiones de las famosas afirmaciones exclusivistas luteranas: Dios solo, Biblia solo, Cristo solo, fe sola, gracia sola... Frente a estos

planteamientos, en España se desarrolló un poderoso movimiento misional que determinó la cristianización de América v Filipinas, obra de religiosos, sacerdotes v seglares, especialmente de los primeros.

El sacerdocio ministerial fue una parte especialmente zarandeada por el protestantismo. Por ello el concilio de Trento definió su realidad sacramental, su carácter indeleble y su relación esencial con la eucaristía y con los fieles.

4. ¿Cómo vive y presenta esta realidad San Juan de Avila? Conocemos su acción positiva a través de su escuela sacerdotal y de su intervención en el concilio de Trento por medio de sus famosos Memoriales sobre la reforma, llevados por algunos obispos españoles y centrados en la formación de los futuros sacerdotes en centros especializados o seminarios. ¿Qué parte tuvo Avila en el campo doctrinal y sobre todo en el de la espiritualidad sacerdotal?

Abundan referencias doctrinales en sus cartas a sacerdotes y religiosos, en sus pláticas, en los sermones sobre la encamación y la eucaristía, y en su Tratado sobre el sacerdocio. Avila figura al lado de los grandes tratadistas de su tiempo sobre el sacerdocio. Recuerdo entre ellos el Tractatus de institutione sacerdotum del dominico fray Pedro de Soto (Dilinga 1558), el Stimulus Pastorum de fray Bartolomé de los Mártires (Roma 1564) y las obras posteriores de Antonio Molina. Avila no se contenta con plantear el tema doctrinal, sino trata de superar las tragedias provenientes del sistema beneficial, que anteponía la preocupación por la situación económica y la seguridad personal del beneficiado a las obligaciones del oficio eclesial. El Señor ha ayudado a la Iglesia a superar aquella lacra a través de desamortizaciones y otros contrapuntos providenciales a lo largo de los siglos XIX y XX.

El Apóstol de Andalucía insiste en la participación de todos los bautizados, especialmente de los presbíteros, en el sacerdocio y sacrificio de Cristo: «Cristo fue sacerdote y sacrificio. El fue el que ofreció y lo que ofreció fue, como dice San Pablo, que ansí como Abel ofreció a Dios corderos de su manada, y pareció bien a Dios aquel sacrificio, ansí Cristo se ofreció a sí, cordero sin mancilla, y agradó a su Padre. Y ansí dijo Dios a San Pedro: apacienta mis corderos, por nosotros... El Hijo agrada al Padre en sí, y nosotros agradamos al Padre en El... Quiso Jesucristo dar parte a los sacerdotes para que exteriormente pudiesen ofrecer sacrificio y a los cristianos hízolos sacerdotes en el espíritu. ¿Qué queréis decir? Que como un sacerdote ordenado por la Iglesia puede ofrecer sacrificio a Dios

en este altar, ansí todo cristiano tiene poder para en el altar de su corazón sacrificar a Dios»148.

Juan es el doctor de la santidad sacerdotal: injerta al sacerdote en Cristo sacerdote y le hace ministro de su cuerpo encarnado y místico. Ello exige santidad de vida. Su concepción abarca toda la vida del ordenado. No aborda las relaciones del presbítero con el obispo, pero a ambos los sitúa con su responsabilidad propia y conjuntada en el sacerdocio de Cristo: «Si cabeza y miembros nos juntamos a una en Dios, seremos tan poderosos que venceremos al demonio en nosotros y libraremos al pueblo de los pecados; porque así como la maldad de la clerecía es causa muy eficaz de la maldad de los seculares, así Dios hizo tan poderoso al estado eclesiástico, que, si es el que debe, influye en el pueblo toda virtud»149.

Lo que Avila recomienda a los sacerdotes desde el punto de vista práctico consta en su epistolario, en el Tratado del sacerdocio y en las dos primeras Pláticas, dirigidas a sacerdotes. La primera trata de la alteza del oficio sacerdotal y la segunda de la oración como oficio del presbítero. Fueron famosas en Granada sus pláticas a estudiantes, a las que asistían muchos clérigos. A una de ellas pertenece esta frase: «Más querría ver a los estudiantes con callos en las rodillas de orar que con los ojos malos de estudiar»150. Ninguna de las dos pláticas ha perdido actualidad.

El sacerdote, para Avila, tiene que ser un hombre de oración dado su poder sobre los hombres en orden a su vida sobrenatural. Eso significa alteza de oficio, más bien que situación sociológica.

Como sacerdote «le es encomendado todo el mundo universo y es padre de todos: así se allega rogando a Dios que se apacigüen las guerras, dondequiera que las haya; que se deshagan los alborotos; que se pacifiquen todas las cosas; que se ponga fin y remedio a todos los males que hay, privados y públicos; de manera que tanto ha de anteceder a todos en eminencia de virtud este tal rogador, cuanto excede y se diferencia en el oficio»151. Porque «así como en el oficio sacerdotal representamos la

persona de Jesucristo nuestro Señor, así le hemos de representar e imitar en los gemidos y oración que el oficio sacerdotal pide»152.

En la plática primera destaca el poder del sacerdote, que en cierto modo alcanza al mismo Dios. Porque Cristo obedece a sus sacerdotes en la

148 Lecciones sobre la I de San Juan, II, 1.ª Jo., 2,22, O.C., IV, 446-447. 149 Plática 1.287-294, O.C, vol. 103, p.1294.

150 O.C. (BAC, vol. 103), p. 1281. 151 Plática 2ª, 1.140-146.

consagración, poder que no tienen los ángeles ni la Virgen María. Al sacerdote viene «Dios glorioso, inmortal, inefable, como no vino a otros lugares... Le trae con las palabras de la consagración, y no le trajeron otros lugares, sacando a la Virgen. Relicarios somos de Dios, casa de Dios y, a modo, criadores de Dios, a los cuales nombres conviene gran santidad»153.

El sacerdote del Nuevo Testamento supera en dignidad al del Antiguo y, por consiguiente, en exigencia de santidad. Es representante de Cristo sacerdote, de tal modo que se transforme en Cristo, siendo tan conformes, que no sean dos, mas se cumpla lo que San Pablo dice: Qui adhaeret Deo, unus spiritus est. Como participantes en el sacerdocio de Cristo los sacerdotes están principalmente diputados para la honra y contentamiento de Dios y guarda de sus leyes en nos y en los otros 154.

En relación con los hombres, Juan se fija en la oración y el sacrificio: orar y sacrificar. «Yo diría que no sé con qué conciencia puede tomar este oficio quien no tiene don de oración, pues que de la doctrina de los santos y de la Escritura parece que el sacerdote tiene por oficio, según hemos dicho, orar por el pueblo; y este orar, para ser bien hecho, pide ejercicio, costumbre y santidad de vida, apartamiento de cuidados y, sobre todo, es obra del Espíritu Santo y don suyo particular...»155.

Sacrificar dice relación con la Eucaristía y la inmolación personal. La misa, centro de su vida sacerdotal. «¡Y qué siente un ánima cuando ve que tiene en sus manos al que tuvo nuestra Señora, elegida, enriquecida en celestiales gracias para tratar a Dios humanado, y coteja los brazos de ella y sus manos y sus ojos con los propios!»156. Recomiendo especialmente la

lectura de las seis primeras cartas del epistolario, sin olvidar los sermones y tratados sobre el Santísimo Sacramento.

Sacrificar comporta también el propio sacrificio: «Somos, padres míos, no sólo sacrificio de Dios, cuya parte se quemaba en honra de Dios, y otra parte se comían los hombres; todos enteros hemos de ser encendidos en el fuego del amor de Dios..., sin que llevasen nada los hombres»157.

Juan se fija en el celibato sacerdotal, que defendió con decisión en los Tratados de reforma. El cuerpo del sacerdote debe ser limpio en todo para que así trate con suficiente aparejo el semejable a su semejable, el santo al

15334 Plática 1.a, 1.125-130.

154 Plática 1.ª, 1.247-249. 155 Plática 2.ª, 1.258-265. 156156 Carta 6, 1.93-96. 157 Plática 2.ª, 1.105-110.

santo158. El motivo supremo de la santidad sacerdotal es la eucaristía, el

cuerpo físico y místico de Cristo.

La vida sacerdotal exige también estudio constante de la Sagrada Escritura, teología, moral y espiritualidad, que ha de vivir y predicar. De otro modo no podrá ser buen médico, maestro y juez y podría tomarse en lobo el que debe ser pastor159.

C

APÍTULO

X

Frente a otras espiritualidades contemporáneas

Intento situar la espiritualidad avilista frente a otras contemporáneas, como las de los alumbrados, erasmistas, protestantes, místicos del recogimiento y partidarios tradicionales de la práctica de las virtudes y desarraigo de los vicios.