En todo caso, el populismo accióndemocratista ha producido un es- tilo, un modo de vida, una manera de ser perfectamente identificables, que van más allá del mensaje explícito, y que se traduce ante todo en prácticas.
Los ribetes de esta totalidad fueron captadas, ante todo, por los humoristas. Aquiles y Aníbal Nazoa confeccionaron listas de cosas “adecas” como redactores de La Pava Macha. Por tal motivo, figuras connotadas de la izquierda han querido hacer creer que la equipara- ción entre adeco y pueblo es obra de los humoristas radicales.
Manuel Caballero apunta que el rechazo al “recuerdo del apasio- nado demagogo” no provenía
solamente de la derecha, de la oligarquía, durante mu- chos años, la izquierda intelectual ejercitó lo mejor de su ironía en componer el retrato hablado del militante “adeco”. Tardo, recién vestido e ignorante, no era muy difícil reconocer en él al campesino frescamente insta- lado en la ciudad, al obrero que acababa de cobrar su primer aumento.73
72. Acosta, Nelson, et al. Op. Cit, p. 142.
73. Caballero, Manuel. Op. Cit, p. 48. tonio Páez escribirá de esa fecha que con ella comienza “la era de los
desórdenes, del derecho del populacho armado a derrocar las leyes e ingerirse en las deliberaciones del poder judicial”.71
Poco después, por vía de la lectura de la prensa en las pul- perías y de la prédica de viva voz, se sentirán interpelados como “populacho” no sólo las clases dominadas urbanas sino también las rurales. El resultado serán las sublevaciones campesinas en 1846. El pueblo se alza en armas, mientras Antonio Leocadio Guzmán, aterrorizado, marcha a Valencia a entrevistarse con Páez, buscando una conciliación.
Zamora subleva medio país presentándose como “General del pueblo soberano”. Esta convocatoria atrae de manera irresistible a las clases dominadas, que saben distinguir en ella una precisa apelación clasista, y no un llamamiento abstracto a una ciudadanía definida sólo en términos jurídicos o constitucionales.
Pero no es sólo que el pueblo preexiste a toda “constitución como sujeto”, sino que además sobrevive a ella y quiere llevarla a sus últimas consecuencias. Así intentará hacer en la Guerra de Independencia, en la Federal y en la Lucha Armada de los sesenta. Para detenerle el exceso de identidad espontánea —y no para dársela—, se producen todo tipo de componendas y masacres y se consolidan sucesivas oli- garquías: la conservadora, la liberal y la del dinero.
En resumen, para sustentar la tesis de que Acción Democrá- tica constituye “por primera vez” al pueblo como sujeto político, habría que borrar casi siglo y medio de historia republicana. Es, justamente lo que los cultores de la “Leyenda Blanca” como hemos visto, intentan hacer.
Más aceptable es el criterio de Acosta y Gorodeckas conforme al cual, a partir de 1959, “Acción Democrática diseñó una política cuyo objetivo fue satisfacer las demandas de la constelación de po- der existentes en la Venezuela postperezjimenista”, al mismo tiempo que “los elementos de corte populista que significaban resistencia a la
• Cargar el juego de pluma fuente y lapicero en el bolsillo del paltó. • Ponerse el reloj pulsera al revés, es decir, hacia la palma de la
mano.
• Tener un hermano que es doctor y contestar “¿ah, el doctor?” cuando alguien pregunta por él.
• Tener una gaveta de la mesita de noche llena de balas y dejarla siempre abierta para que todo el mundo la vea.
• Hacer trampa para que su hijo gane un concurso de disfraces infantiles.
• Salir todos los días a lavar el carro en pijamas y bata de casa. • Pegarse a preguntarle a un muchachito que viene a pedirle una
locha por qué pide limosna, qué dónde está su papá y que si él no sabe lavá carro pá que se gane una peseta.
• Hablar inglés en su casa.
• Obsequiar a los invitados a un grado casabe con caviar. • Cazar con revólver.
• Coger las rascas por decir “yo soy marxista”.
• Meterse en cuanto pleito hay y mandar a buscar a la policía. • Amenazar con la sanidad a los vendedores de parrilla. • Tener una muchachita llamada Ingrid Coromoto.
• Instruir a sus hijos para que no se dejen vacunar porque ellos son del gobierno.
• Preguntarle a uno si leyó la última Memoria del Banco Central. • Creer que el traje deportivo es un flux amarillo crema con paltó
cruzado.
• Decir “cuando se nos fue Andrés Eloy” y llamar a Rómulo Ga- llegos “el viejo Gallegos”.
• Fumar en pipa llenándola con cigarrillos desbaratados.
• Comprarse una quinta y mandarle a poner tres o cuatro excusa- dos más.
• Saber lo que simbolizan los tres colores de la bandera.
Aníbal Nazoa
César Miguel Rondón, por su parte, condena a El Sádico Ilus- trado por el humor que “gira en tomo a la condición ‘adeca’ de cierta mayoría de la población nacional”, ya que “una de las víctimas favori- tas de El Sádico, a la hora de fabricar un chiste fácil y convencional, es esa manera de ser y actuar que muy torpemente se le ha adjudicado a los ‘adecos’”. Con ello “lo que se cuestiona y se hace víctima de chistes poco afortunados es el quehacer de una inmensa mayoría venezolana al margen de cualquier consideración política propiamente dicha”. En fin, “extraña, sin embargo, este manejo tan insistente del humor an- tiadeco en El Sádico”.74 Luego, burlarse de los adecos, es burlarse del pueblo. Ver Artículo de Fe N° VI.
En realidad, estas “listas de cosas adecas” que tan profunda im- presión dejaron en ambos escritores como una tarea en que se em- peñó la intelectualidad “durante años”, no pasaron de dos pequeños artículos en el semanario humorístico La Pava Macha: “Cosas que no se les ocurren sino a los adecos”, en el N° 10 del 29 de septiembre de 1962, p. 7. Y “algunas de las costumbres más características que distinguen al adeco típico”, en el N° 61 del 5 de mayo de 1964, p. 8. Escritos por Aníbal y Aquiles Nazoa, respectivamente. Los transcribi- mos para su análisis:
Cosas que no se le ocurren sino a los adecos
• Mandar a un muchachito todos los días al kinder en Cadillac negro con chofer uniformado, mosca y sirena.
• Ponerse frac con zapatos balatá y sombrero diplomático. • Usar elásticas y correas al mismo tiempo.
• Llamar ‘Juan Bimba’ al pueblo venezolano y usar palabras ob- soletas como “hipanola”, “churupo” y “chipilín”.
• Beber con pitillo en su casa.
• Mandar a poner preso al papá de un muchachito que peleó con su hijo en la escuela.
Evidentemente, las caracterizaciones no son ni un retrato del “pueblo” ni del “campesino tardo”, mucho menos del “obrero”, ni de una “inmensa mayoría venezolana”. Diecinueve se pueden calificar como “fingimiento de un estatus elevado”, bien por uso de artículos ostentosos (“ponerse frac con zapatos de balatá y sombrero diplomá- tico”), o de prácticas que afilian a él (“hablar inglés en su casa”). El uso de artículos ostentosos recurre trece veces; las prácticas recurren seis.
En tres instancias hay ostentación abusiva de autoridad (“Mandar a un muchachito todos los días al kinder en Cadillac negro con chofer uniformado, mosca y sirena”, “ser compadre de un oficial de policía).
Siete rasgos delatan amaneramiento (“Decir que fulano murió tísico”, “retratarse agachado”, decir que le “duele el cerebro”), en cuan- to se refieren a expresiones o poses rebuscadas.
Siete rasgos apenas delatan arcaísmos o costumbres pasadas de moda (“tener una pimpina de agua dentro del cuarto”, “recortarse las uñas de los pies con hojilla”), pero los mismos son más asociables con amaneramientos que con costumbres populares (“estar siempre quejándose de enfermedades caseras que ya no se usan”, “llamar Juan Bimba al pueblo venezolano”).
En fin, un número insignificante de rasgos vincula con un patrio- tismo ingenuo (“saber lo que simbolizan los tres colores de la bande- ra”). Todos los niños están obligados a aprenderlo. O con el intento de volver objetos de culto patriótico a personalidades del partido: “Decir ‘cuando se nos fue Andrés Eloy’ y llamar a Rómulo Gallegos ‘el viejo Gallegos’ ”.
Cada uno de ellos define en una cápsula al populismo. En ellos hay un intento de franquear la barrera clasista, pero no para destruirla, sino para colocarse en un escalón superior. Son, en otro nivel, la tra- ducción en costumbres del discurso populista: símbolos de status mal aplicados y refinamientos cursis cumplen la misma función de fingi- miento del dominio de un código elevado que en el discurso juegan los arcaísmos rebuscados, los neologismos absurdos, los anglicismos y las redundancias enfáticas (V. 2.5).
Algunas de las costumbres más características que distinguen al adeco típico
• Andar dentro de la casa en piyama con el sombrero puesto. • Tener una pimpina de agua dentro del cuarto.
• Sentarse a jugar dominó, también con el sombrero puesto, en mangas de camisa y con un cigarro detrás de la oreja.
• Ser compadre de un oficial de policía. • Recortarse las uñas de los pies con hojilla.
• Purgarse y andar con unos tapones de algodón en los oídos mien- tras estén purgados.
• Tomarse un café tinto con huevo batido. (Y también decirle al café negro, café tinto).
• Decir que fulano murió tísico.
• Llevarles los sombreros en los entierros a los que van cargando el muerto.
• Limpiar las prendas con ceniza.
• Ponerse una mano en el cogote, tirar la cabeza hacia atrás y decir que nos duele el cerebro.
• Andar de camisa blanca y corbata manejando un camión de volteo. Más típico si el tercio se ha puesto un pañuelo por encima del cue-
llo de la camisa para que no se le ensucie con el roce del cogote. • Retratarse agachado.
• Estar de visita en una casa y al enterarse de que no hay aguardien- te mandar a uno de los muchachitos de la casa a comprarlo. • Llegar a un matrimonio con una guitarra grande y pedir después
que le guarden la guitarra.
• Creer que los doctores y los curas se han quemado las pestañas. • Tomar la palabra en una conversación para decir que la milicia es
una carrera muy bonita.
• Estar siempre quejándose de enfermedades caseras que ya no se usan, como uñeros, orzuelos, empeines, corrimientos, golondri- nos, burbujitas y secas.