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4.7 DSM Registration

5.1.7 Classification Cues from LiDAR

Sin embargo, a pesar de lo que venimos diciendo, constatamos todos los días que, mientras la inteligencia de las víctimas (James Alison, 1998) se va extendiendo, el mundo sigue bajo los auspicios de la gran mentira de la que todos participamos: la culpabilidad externa de todos nuestros males. La demonología es un auténtico saber sobre el hombre. Satanás consigue acreditar la mentira de que las víctimas son culpables. Satanás, el Acusador, fiscaliza a las víctimas poniéndolas en el brete colectivo que las señala como la personificación del mal absoluto. Los mitos funcionan así: logran convencer a las víctimas que sacrifican de que son culpables, han alterado el orden social, se han aprovechado violando los tabúes de la tolerancia social a sus desmanes y, por tanto, deben ser castigadas: la acusación de crímenes que no han cometido acaba en su sacrificio. Su muerte homicida trae de nuevo el orden a las comunidades humanas; la purga, la extirpación, es beneficiosa para el bien colectivo. Es fácil leer entre líneas, en este argumento, la justificación de todos los crímenes cometidos por la humanidad a lo largo de toda su historia: persecuciones, fusilamientos, linchamientos, lapidaciones, pogromos, fosas comunes, holocaustos, limpiezas étnicas, eugenésicas. Las víctimas de

todos los tiempos eran divinizadas tras su sacrificio en el ara de las razones religiosas, filosóficas o históricas, porque su muerte traía milagrosamente la ansiada paz que sus delitos habían perturbado.

Pero irrumpe el cristianismo desvelando que esta sangrienta génesis de los ídolos del mundo pagano no es más que un crimen nefando. Primero aportando matices inéditos al lenguaje. Persequi, sólo era un término jurídico en el derecho romano al que los

cristianos Lactancio y Tertuliano dieron su connotación actual de inocentes perseguidos. ‘Mártir’ significa testigo, es el cristianismo el que lo hace evolucionar hacia inocente maltratado, héroe víctima de una violencia injusta. Es la Pasión la que revela que existe una ruta antigua muy transitada por la humanidad que sacrifica inocentes para conseguir órdenes sociales temporales. Frazer, Dumèzil, Durkheim, Nietzsche, creyeron que la Pasión era un mito más como el de Dionisos o el Rey Swazi, pero no se dieron cuenta de que Cristo escribía, con su narración personal de los acontecimientos que se iban

sucediendo, el guión de la historia de la mitología haciéndola historia de la humanidad, deshaciendo sus coartadas: frente a la culpa de la víctima, afirma su inocencia, frente a la multitud presenta la pregunta y la mirada que personaliza, frente a la falsa acusación satánica, la defensa del Paráclito, abogado de las víctimas.

La especificidad del cristianismo es radical: no diviniza a las víctimas, a los mártires. La canonización es el reconocimiento de su santidad, y su santidad es un reconocimiento ético, no una vuelta a la mitología, es la conversión en modelos morales de los

testimonios que sólo calcan la Pasión de Cristo, el modelo por excelencia. El cristianismo actúa en sentido contrario al sacrificio. Ese mecanismo que sólo buscaba culpables que justificaran la necesidad de nuestra propia violencia para hacerla legítima, aceptable, es desenmascarado definitivamente. Y aunque el cristianismo haya caído él mismo, en algún momento de su historia, en la tentación de creer en la culpabilidad de las víctimas, lo ha hecho en la medida en la que la intelección del Evangelio, Dios, siempre la ha dejado sometida a la libertad humana, predispuesta a la pereza, al error y a las malas

intenciones. El paganismo siempre subyació a la evangelización. Ahí está la historia para atestiguar que los primeros perseguidos por la propia estructura socio-política barnizada por la cultura cristiana fueron los santos. Es decir, los verdugos inquisidores que se llamaban a sí mismos cristianos y que actuaban supuestamente en el nombre de Cristo, no reconocían ese espíritu en los que de verdad lo ostentaban, ni a un ser humano digno de compasión en los que no participaban de él. Así, la víctima es un chivo expiatorio. Este término bíblico (Levítico 16), del que venimos hablando, es la prefiguración del que se definirá después como el Cordero de Dios, oveja inocente de Isaías y que fue

antecedido por una línea histórica continua de personajes singulares pero idénticos a los que podríamos denominar: siervos de Yahvé. La conciencia de la inocencia de estas víctimas es una constatación de la presencia del Espíritu Paráclito. Sólo que los hombres pervertimos todo y hacemos de ese conocimiento, que trae la revelación, una ocasión para convertirnos en verdugos de los verdugos. Todos los hombres se sienten

legitimados como víctimas, por tanto, justificados como verdugos. Izquierdas y derechas, lobbies de todo tipo y condición de los que son o fueron víctimas, feministas,

homosexuales, sindicalistas, terroristas, fascistas o comunistas, cristianos culturales, son las múltiples máscaras de esta justificación de la violencia desde el victimismo vengativo. No falla la revelación, sino que siempre vuelve la mitología, sólo que la defensa de las víctimas en la actualidad ha borrado las huellas judeocristianas y se lo atribuye a la propia inteligencia.

Los ritos que se inventaron para calcar la historia sacrificial de la humanidad, que tan buenos resultados daban para traer la paz a la comunidad, son ahora calcados por la historia y repetidos buscando la misma eficacia, los mismos efectos, pero la historia no es tan selectiva como los ritos: por eso multiplica los cadáveres y los crímenes. No obstante, el Paráclito está actuando en la historia. El concepto ‘Abogado defensor de las víctimas’ tiene tal poder epistemológico que el gran traductor –San Jerónimo– no se atreve a

traducirlo y hace simplemente una transliteración: Paráclito. Cristo es el primer paráclito en lucha contra las representaciones persecutorias, el segundo ha de venir, y ‘hará brillar su luz’, la que los hombres se empeñan en no ver. En su primera venida, los hombres –como en la parábola de los viñadores homicidas– prefirieron las tinieblas y rechazaron su luz.

Los Evangelios no son un panfleto ingenuo de gente religiosa, no sueñan con que podrán acabar con las persecuciones: sabe que serán cada vez más fuertes, que las víctimas que sigan al Cordero serán martirizadas, es el destino de aquellos que decidan seguirle, frente a la ciega incomprensión del mundo. Los mártires no son los testigos de una creencia determinada, como los relativistas pretenden, sino de la terrible propensión de la

comunidad humana a derramar sangre inocente, para rehacer su unidad. Cristo, Cordero del Yom Kippur y Cordero Pascual que carga con los pecados del mundo, revela en su Pasión la falsedad de todos los dioses de las religiones y demás héroes divinizados de las mitologías e ideologías políticas.

Todas las religiones han evolucionado en alguna medida en las formas y en los

contenidos, pero en lo esencial no han variado nada. Todas ellas son la herencia de los mitos y es cierto que comparten eso mismo con la tradición judeocristiana. Pero mientras las otras siguen ciegas a la génesis de los conflictos humanos y repiten una y otra vez los sacrificios, humanos o animales, para lograr los efectos que producían los actos

sagrados-religiosos en la antigüedad, el judeocristianismo los deslegitima, los pone en

evidencia y desvela la estupidez de derramar sangre inocente para sostener órdenes sociales cada vez más pobres y menos duraderos. Al Islam, a pesar de ser de aparición más tardía, su cronología no le ha servido de mucho: sigue creyendo sagradas a las víctimas y a sus verdugos. Por eso su preparación para la auto-inmolación terrorista es un rito sagrado y se da en un contexto sacrificial religioso. El Islam, o cierto tipo de interpretación del Islam, no es una ciencia de la violencia, se limita a ejercerla ciegamente como solución, método, y fin en sí misma para la salvación. Es una religión tardía, pero

su doctrina es primitivísima, se presenta como anti-pagana, pero su esencia es mitológica: el valor sagrado de la violencia. Su origen histórico data del 711, pero la Hégira del 622 no es sino una expresión magnífica del mecanismo fundacional de lo sagrado primitivo latente en todas las religiones. Girard la incluye en el entorno de lo satánico, pero no en el sentido de Salman Rushdie, crítico, lírico y esteticista. Es más profundo: porque el Islam cree firmemente en el poder reparador de las víctimas, en la acusación estereotipada (Satán, el Acusador), y en el valor del sacrificio. Son los místicos y algunos políticos más aperturistas los que, dentro del Islam, son amantes de la paz y del diálogo intercultural y religioso. Estos se guían por esa sabiduría universal en la que sólo unos pocos quieren participar, que trae la buena noticia de que la violencia es inútil y estúpida.

Lo mismo que todas las religiones primitivas y lo mismo que las filosofías hijas de la Ilustración, Marx, Heidegger y Nietzsche, con sus retornos a la órbita cultural pre- cristiana, el Islam, comparte el valor redentor del sacrificio, de la violencia reparadora y estructuradora del orden social. Están bajo la órbita del intentar expulsar a Beelzebul mediante los métodos de Beelzebul. Los ritos del valle de Mina180 son la expresión de esa representación teatral que cree en la eficacia de la lapidación de Satán para extirparlo, porque se le atribuye la culpabilidad, ser la causa de que los hombres se odien y se vean abocados a la violencia. Si se extirpa el mal que nos aqueja nos veremos liberados de él, parece ser la creencia compartida.

«Satán es el mimetismo que convence a la comunidad entera, de forma unánime, de que esa culpabilidad es real. Y a ese arte de convencer debe uno de sus nombres más

antiguos, más tradicionales, el de Acusador del héroe en el libro de Job. Acusador ante Dios y, más aún, ante el pueblo. Con la transformación de una comunidad diferenciada en una masa histérica. Satán crea los mitos. Representa el principio de acusaciones sistemáticas que surgen del mimetismo exasperado por los escándalos. Una vez que la infortunada víctima ha quedado aislada, privada de defensores, nada puede ya protegerla de la masa desenfrenada. Todo el mundo puede encarnizarse con ella sin temor a

represalia alguna.

Aunque la víctima única parezca quizá poca cosa para los apetitos de violencia que

convergen sobre ella, en ese instante la comunidad solo aspira a su destrucción. Así pues, esa víctima sustituye efectivamente a quienes poco antes se oponían entre sí en mil escándalos diseminados aquí y allá, y ahora se unen contra ese blanco único.

Como en la comunidad nadie tiene ya más enemigo que esa víctima, tras su rechazo, expulsión y aniquilación la multitud, privada de enemigo, se siente liberada. Sólo quedaba uno y se han librado de él. Al menos provisionalmente, esa comunidad no experimenta ya odio ni resentimiento alguno respecto a nadie, se siente purificada de todas sus tensiones, escisiones y fragmentaciones»181.

180 Millones de fieles musulmanes realizan los últimos ritos del hadj, el peregrinaje, repitiendo ‘Alá Akbar’ (Dios es el más grande), con el ritual de la lapidación de Satán iniciado en el valle de Mina, cerca de La Meca, el viernes durante el primer día del Aid al Adha o la fiesta del Sacrificio.

Acusador, multitud, lapidación, expulsión víctima, son los artificios sobre los que Satán monta su principado, su dominio. La última estratagema es hacerles creer a los hombres que se expulsa a sí mismo, sin que estos se aperciban que se está perpetuando. Esto es lo que significa el comentario de Jesús cuando advierte que su expulsión deja la casa limpia para que sea repoblada por siete demonios peores182.

El libro vuelve también su mirada hacia la teología cristiana: no entra en polémica con ninguna de las escuelas teológicas cristianas,

–aunque toca interpretaciones erróneas que se han derivado de ellas– entre otras cosas porque piensa que han caído en los mismos errores que los críticos, los antropólogos y los intelectuales ateos: desmenuzar los Evangelios con métodos exegéticos o de las

ciencias sociales… y fragmentarlos en pedazos, en lugar de comprenderlos como un todo unitario. Además critica a los teólogos que fueron seducidos

–debido a sus complejos– por el abuso soberbio de los pseudocientíficos que se acercaban al cristianismo descalificándolo sin probar nada, usando tópicos, y

malentendidos, desde análisis superficiales o contaminados por la ideología. Así toda la antropología del XIX imputaba a los Evangelios el ser grandes relatos mitológicos y algunos teólogos se lo creyeron, no yendo más allá en la búsqueda de la verdad. Pero esa estrategia de confundir al cristianismo con un mito o una religión más entre otras, ha sido cambiada por otra más sutil. Si todas las religiones son diferentes, ninguna diferencia es relevante.

«Si no hay más que diferencias entre las religiones, estas no son otra cosa que una sola vasta masa indiferenciada. No cabe ya calificarlas de verdaderas o falsas, de la misma manera que no se puede calificar de verdadero o falso una relato de Flaubert o de Maupassant. Son dos obras de ficción, y considerar a una más verídica que la otra sería absurdo […] cada cual es libre de comprar la que quiera en el mercado de lo

religioso»183.

182 Lc 11, 24 «Cuando el espíritu inmundo ha salido de un hombre, anda por lugares áridos buscando reposo, y al no hallarlo, dice: ‘Volveré a mi casa de donde salí’. 25Y cuando regresa, la halla barrida y adornada. 26 Entonces va y trae otros siete espíritus peores que él. Y después de entrar, habitan allí; y el estado final de aquel hombre llega a ser peor que el primero».

Los historiadores se escandalizan de la versión religiosa primitiva con la que algunos cristianos confundieron al cristianismo, haciendo que la revelación puesta en marcha se viera cubierta de nubes y oscuridades inaceptables. Pero este escándalo no es inocente; a veces parece intencional, para no ver la llamada a la conversión que supone reconocer en Cristo la Verdad sobre las mentiras humanas, racionales o religiosas, sobre las que

basamos nuestros órdenes sociales.

5.3.4. Satán y la cruz de Cristo para el devenir de la historia

En este libro acomete temas escabrosos sin temor a la crítica cientificista. Abiertamente habla de ideas fundamentales de la fe cristiana como Satán, el infierno, o la Segunda Venida y las actualiza al lenguaje de hoy, en fórmulas comprensibles para nuestra

mentalidad. No tiene reparos en manifestarse como apologeta de nuevos tiempos para la fe, de manifestar su simpatía por lo judío veterotestamentario como fundamento de lo cristiano y de criticar a Nietzsche como nadie lo ha hecho hasta ahora.

Según Girard debemos a Nietzsche el que la cruz se haya tomado como un

acontecimiento absurdo y sádico, como un fenómeno de compensación, como lo llaman los psiquiatras. Y a los mitos como cuentos amables, simpáticos, alegres, desenfadados. Como disimulan la violencia parecen superiores incluso a los textos judeocristianos. Estos, como la exhiben y la deslegitiman, aparecen siempre bajo una mórbida sospecha.

«Una vez aceptada esta visión –y en el mundo actual más o menos la aceptan todos– se da por hecho sin la menor duda la aparente ausencia de violencia en los mitos, o la transfiguración estética de esa violencia. Y, al contrario, se piensa que lo judaico y lo cristiano están demasiado preocupados por las persecuciones para no mantener con ellas una turbia relación que sugiere su culpabilidad»184.

Girard esboza en este libro un sentido para la historia en relación con el hilo conductor que él ha descubierto: la mímesis, el mecanismo del chivo expiatorio, el sacrificio, pero abre de nuevo la puerta a repensar con seriedad temas teológicos apartados del debate científico por prejuicios anticristianos. La cruz, a pesar de las apariencias ha triunfado, revela la impostura de Satán, desvelando las falsas acusaciones, y desbaratando los

artificios de la organización pagana del mundo. Satán ha sido engañado por la cruz. Creía acorralar a Cristo contra las cuerdas de manera definitiva, sin percibir que lo encumbraba para siempre.

«La idea de Satán engañado por la cruz no tiene, pues, nada de mágico ni ofende en absoluto a la dignidad de Dios. La trampa de que Satán es víctima no supone por parte de Dios ni la menor violencia ni el menor disimulo. No es realmente una trampa, sólo pone de manifiesto la impotencia del Príncipe de este mundo para comprender el amor divino. Si Satán no ve a Dios es porque todo él es mimetismo conflictivo»185.

En este libro extrae las consecuencias de considerar al Evangelio como una ciencia

predictiva de los últimos estertores de la historia, inaugurando el tono apocalíptico –como revelación, no como fin de la historia– que retomará en Achever Clausewitz. El sugestivo título del libro no engaña a nadie: estamos en el ‘reinado de Satán’ sobre la Tierra, tal y como está anunciado en el Apocalipsis, pero Girard afirma y justifica que el ‘triunfo de

Cristo’ es un hecho racional, que Satán ha sido ‘engañado’ por la cruz. No solo porque, como dice su discípulo James Alison, vivimos en la era de la inteligencia de las víctimas puesta en marcha por la inocencia de Cristo, sino porque Satán ha dejado al aire sus vergüenzas: cuando intente culminar la expulsión definitiva del Siervo de Yahvé caerá como un relámpago.

6. LAS ENTREVISTAS

Los libros de Girard obligan a repensar todos los tópicos de la cultura occidental. Sus lectores sienten curiosidad. Los ecos de los libros en los que había ido exponiendo el resultado de sus investigaciones suscitaban preguntas, críticas, necesidad de aclaración, y un creciente interés por su fuente de inspiración. Nuestro autor estaba atreviéndose a superar el prejuicio que impedía a los intelectuales repensar el cristianismo sobre el que ya habían firmado el acta de defunción. Eso exigía, para todo intelectual serio que se precie, aclarar si su conversión al catolicismo era la causa de sus ideas o eran sus ideas la causa de su conversión. ¿Sus intuiciones estaban motivadas o eran un hallazgo realmente intelectual? ¿Rehabilitaba Girard un espacio para volver a poner en la palestra del debate intelectual al cristianismo?

Girard empieza a utilizar el estilo de entrevista entre académicos, periodistas, lectores interesados de lo más variado del mundo de la cultura, para poder responder a estas preguntas. Este estilo le permite una libertad que no concede un libro del corpus doctrinal de la teoría, le capacita para decir cosas sobre lo que piensa personalmente, responder a las críticas, y descubrir nuevos ámbitos de investigación. Gracias a ello empiezan a aparecer estudios multidisciplinares que aplican la teoría mimética y la dinámica expiatoria en psicología, antropología cultural y filosófica, sociología, etnología, politología, psicopolítica, teología.

Uno de los primeros libros que van a inaugurar este estilo se titula Des choses cachées

depuis la fondation du monde.