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Diana se despertó con un agudo dolor de cabeza. Lo sentía allí, en la sien, y también ahí, bajo los párpados, y al comienzo de la raíz del pelo. Le costó abrir los ojos, pero lo consiguió tras un severo pinchazo que le produjo un incómodo dolor. Por un momento no supo dónde se encontraba. Aquella estancia parecía su habitación, su cama, sus sábanas, el edredón, la misma superficie de madera de las puertas del armario, pero se encontraba tan aturdida que no podía estar segura de ello. Miró a su alrededor en busca de una explicación y se encontró con una estancia bien iluminada, la persiana abierta, la ventana entornada y un agradable olor a limpieza.

Estaba, después de todo, en su apartamento, pero no sabía qué hora era, en qué día de la semana se encontraba, si estaba sola o acompañada. Hizo ademán de hablar en voz alta cuando una figura familiar asomó la cabeza: —No estaba segura de que estuvieras despierta. Ada le sonreía desde el quicio de la puerta. Llevaba puesta cómoda ropa de estar en casa y en el aire flotaba el rico aroma de café recién hecho. —¿Qué… —¿Qué hora es? Casi las doce de la mañana. Has dormido como un bebé toda la noche. —No, en realidad quería decir: ¿Qué haces aquí? Yo… Tú… Anoche… Aquella luz blanca…

—Diana, cariño, no sé de qué luz blanca me hablas, pero si no te das prisa se te va a enfriar la tostada. ¿O prefieres que te traiga el desayuno a la cama?

Diana abrió ligeramente la boca con sorpresa, todavía confundida por la escena. Estaba casi segura de que la noche anterior habían estado en la azotea discutiendo sobre su marcha. Un chorro de luz blanca las iluminaba, y Diana sabía que no era la Luna, porque la Luna no brillaba así, imposible, ni siquiera en sueños. Y aquella melodía que casi le hizo enloquecer…

Pero entonces recordó también haber estado nadando en una piscina enorme, sus gritos desesperados al ver la figura de Ada perdiéndose entre los árboles, los pulmones, demasiado pequeños, tan escasos, cuando intentaba apresurar sus brazadas. ¿Qué era realidad y qué mentira? Quería preguntárselo a Ada, pero se fijó entonces en que ella se estaba acercando. Se sentó a su lado, al borde de la cama, le acarició la mejilla y le colocó con ternura un mechón de pelo detrás de la oreja:

—Anoche fue increíble —le dijo—. Solo quería que lo supieras. Eso y que te quiero. Creo que no te lo había dicho.

Diana se ruborizó un poco, recordando lo que había sucedido después de la cena. Las caricias de Ada, los besos tiernos pero apresurados, sus cuerpos enredados bajo las sábanas y la sensación de que en cierta manera había nacido para eso. Para estar con Ada, cerca de ella, a su lado, o donde Ada quisiera. Ella era ahora su hogar.

Al menos podía estar segura de que esa parte no se la había imaginado, ¿pero y todo lo demás? —No. Eso no me lo habías dicho. Y yo también te quiero.

Ada se inclinó lo suficiente para darle un tierno beso en los labios. Después se fue a la cocina, apremiándola para que se diera prisa si quería disfrutar de su tostada caliente.

Diana se quedó unos segundos con la mirada fija en las puertas del armario. Miró su teléfono móvil y comprobó que tenía un mensaje de Victoria de una brevedad escalofriante: «¿Y bien? ¿Se ha ido?».

acontecimientos se hubieran precipitado de aquella manera, pero le confundían las imágenes que desfilaban por su mente. Le resultaba complicado distinguir dónde terminaban los sueños y dónde empezaba la realidad. Qué tenían en común la piscina con la melodía siniestra. La luz. El agua. Una mujer que se despedía. Sus razonamientos. Las advertencias de Ada.

Sintió deseos de someterla a un interrogatorio. ¿Qué hicimos anoche? ¿Estuvimos en la azotea? ¿Hubo siquiera una nave sobrevolando el edificio? Pero al llegar a la cocina y verla canturreando mientras vertía el café en una taza, comprendió que nada de aquello importaba de veras.

Nada, absolutamente nada. Porque el amor era eso: algo loco y cuerdo. Humano y extraterrestre. Diferente en todas sus formas, pero siempre libre, respetuoso, mágico y equilibrado. Aunque en ocasiones parezca de otro planeta. Quien lo sintió alguna vez, lo sabe.

Carta de la autora

Como muchos otros niños y adolescentes de los 90, yo crecí viendo películas como Gattaca, K- Pax, Contacto, Alien, 2001: Una odisea del espacio, Mi Novia es una Extraterrestre, Inteligencia Artificial y muchas otras que casi seguro me dejo en el tintero. Después vinieron los libros, muchos libros: Sin noticias de Gurb, ¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas?, Guía del Autoestopista Galáctico, Ubik y El Juego de Ender son algunos de los que recuerdo. Todas ellas obras maravillosas que, por cierto, me concedo la licencia de recomendarte si todavía no has tenido la oportunidad de verlas/leerlas/disfrutarlas. Si bien es cierto que esta novela no aspira a hacerle sombra a ninguna de estas obras maestras, se trata de mi pequeño homenaje al género de la ciencia ficción, por el que además siento un inmenso respeto. Se podría decir que Lo nuestro es de otro planeta nació del mismo modo que muchos de los niños que llegan al mundo: casi por accidente. Un día paseando por la calle vi que una mujer se cayó. Varias personas acudimos a asistirla y, al contemplar la escena, una idea germinó en mi interior. Intenté quitármela de la cabeza porque mis planes eran otros, tenía previsto escribir una novela completamente diferente, pero la idea volvía a mí una y otra vez. En la ducha, mientras cocinaba, durmiendo, trabajando… yo era su rehén y no aceptaba ningún pago como rescate. Además, ¡qué ganas sentía de reírme! Cuánta falta me hacía en ese momento. Creo que Diana y Ada llegaron con ese propósito a mi vida, para recordarme lo importante que es reírse, también (y por supuesto) de una misma.

El resultado de este proceso es la novela que tú, lector, has tenido entre tus manos. Si has llegado hasta aquí y me has acompañado durante todas sus páginas, ya puedo considerarme una autora afortunada. Nunca me cansaré de agradeceros todo el cariño que me brindáis a diario.

Por último, aprovecho que sigues leyendo para invitarte a que apoyes la cultura y marca LGBT comprando los libros de otras autoras maravillosas que podrás encontrar en esta misma plataforma. Y, ya que estamos, también te invito a que me des tu opinión sobre esta novela en forma de reseña, e- mail, tuit o comentario en Facebook. Todos ellos serán muy bienvenidos. Gracias. Emma

Sobre la autora

Emma Mars es miembro de una nueva generación de escritoras LGBT. Tras participar en la fundación de HULEMS (una de las web de información de entretenimiento lésbico y bisexual más leídas en español) decidió centrar sus inquietudes creativas en escribir novelas de corte chick-lit en las que sus protagonistas son siempre mujeres fuertes y decididas. El resultado no habría podido ser más satisfactorio: varias de sus obras han alcanzado el número 1 de ventas en Amazon, permaneciendo en este puesto durante semanas.

Hasta el momento Emma ha publicado Políticamente Incorrectas 1 y 2, así como Será nuestro secreto (Egales) y 101 razones para odiarla. Puedes contactar con la autora a través del email: [email protected]