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4.2 Modes of Simulation

4.2.2 Clock-Based Simulation

mujer, debido a la inseguridad, la baja autoestima en sí misma, el sentimiento de culpa y la dependencia económica, está en lo que en psiquiatría se denomina estado emocional plano, no es capaz de reaccionar ni de tomar una iniciativa; el agresor, se siente cada vez más fuerte, es el amo absoluto de su hogar, en este reducido ámbito social, el control lo tiene él.

La relación de dependencia –y muchas veces de defensa- de la víctima con respecto a su agresor, también ha sido denominada desde la psiquiatría Síndrome de Estocolmo. Es esta una reacción psicológica que provoca que la víctima, debido a la dependencia real que siente hacia su agresor, ya sea por escasez de recursos o asilamiento total, se sienta fuertemente ligada a su agresor, al que probablemente defenderá ante terceras personas.

4) El estrés postraumático: se denomina así a un conjunto de síntomas que aparecen en la persona que ha sido víctima o testigo de una situación límite o traumática, y que se manifiesta en forma de miedo o terror descontrolado ante cada suceso que le rememora el episodio traumático vivido.

Este tipo de trastorno se caracteriza por tres síntomas principales: a) la reexperimentación del suceso; b) el intento de olvidarlo; y c) la intranquilidad. El primer síntoma en manifestarse es la reexperimentación del suceso a través de mecanismos como los sueños, los recuerdos o incluso rememoraciones momentáneas, que conducen a la víctima hacia un malestar físico. El siguiente paso dado por la víctima, es tratar de evitar cualquier estímulo que le evoque el episodio traumático. Esto le conduce a evadirse de cualquier pensamiento, actividad o persona que pueda relacionar con su trauma, lo que le conduce a un progresivo aislamiento en sí misma. Finalmente llega un constante estado de intranquilidad, que se exterioriza a través de síntomas como el insomnio, la incapacidad para concentrarse, la

108 Andrews, B. Y Berwin, C. R. (1990). “Attributions of blame for marital violence: A study of antecedents and consequences”, Journal of Marriage

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irritabilidad o la hipervigilancia. Como consecuencia final, el estrés postraumático, impide a la víctima desarrollar una vida profesional, social o familiar, dentro de los parámetros de la normalidad.

5) El síndrome de mujer maltratada: establecido por Leonore Walker en sus obras The battered woman síndrome109 y Abused women and survivor therapy: A practical guide for

the psychotherapist110, identifica una serie de rasgos que se manifiestan con regularidad en las

mujeres que han sufrido episodios de malos tratos de forma continuada e intermitente.

Walker divide los síntomas experimentados por las mujeres maltratadas en dos complejos diferentes. El primero, denominado como código primario se caracteriza por la experimentación de síntomas traumáticos como la hipervigilancia, el embotamiento mental, la reexperimentación del trauma o la ansiedad. El segundo complejo, denominado como complejo secundario, está constituido por pensamientos que idealizan al maltratador, y la firme creencia de que él cambiará, y dejará de agredirla. También es frecuente que las mujeres muestren una actitud de minimización hacia violencia que contra ellas se ejerce, haciéndolas más vulnerables al peligro.

Walker también concluirá que las mujeres que padecen este síndrome, son propensas a desarrollar patologías como la agorafobia o ataques de pánico. Esta ansiedad en la que viven, puede conducir a las víctimas hacia un consumo masivo de sustancias tóxicas que difuminen sus síntomas de estrés postraumático, y que finalmente las haga hundirse en una importante adicción.

6) La depresión: el sometimiento de la mujer a una continuada situación de mal trato, reduce sus defensas psicológicas, anulando su personalidad, la confianza en sí mismas y su autoestima. Este cuadro psicológico, se ve reforzado por el aislamiento al que el agresor somete a su víctima. Ante la imposibilidad de comunicarse y recibir un apoyo positivo, es muy frecuente que la mujer caiga en una depresión.

La aparición de un trastorno depresivo, afianza la situación de sometimiento de la víctima, pues ésta comienza a identificarse con la imagen que de ella misma le transmite su agresor, autoinculpándose de la violencia sufrida y compartiendo con el mismo, el menosprecio que hacia ella profesa. Es éste un sistema de retroalimentación, que impide a la víctima tomar decisiones sobre su propia situación, y la hunde más en la situación de violencia en la que está inmersa. Asimismo, situaciones de depresión profunda, facilitan la aparición de tendencias suicidas.

109 Walker, L. (1984). The battered woman syndrome. Springer, Nueva York. 110

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Según Alberdi y Matas111 “la erosión de la autoestima de la mujer se suele presentar

unida a un debilitamiento de la capacidad cognitiva mediante mecanismos defensivos que intentan dar un sentido a la violencia o distanciarse de manera ficticia: la negación y la minimización es un mecanismo de adaptación que tiende a negar la realidad del maltrato, a autoengañarse. Sobre la base de una victimización continua, muchas mujeres tienden a disociarse de la experiencia física que sufren, a «no estar presente» durante las agresiones. A la larga esto produce una desconexión entre el sentir y el pensar. La autoinculpación que realizan muchas mujeres es otra estrategia protectora que les da la sensación de seguir controlando la situación, lo que es una forma de autoengaño defensivo que les impide salir de ella. Con estos mecanismos de autoprotección las mujeres pueden reducir su nivel de ansiedad y colapso emocional, pero aumenta su riesgo vital a medio y largo plazo, puesto que contribuyen a que permanezcan en esta situación”.

7) los más pequeños: los daños que la violencia doméstica puede causar en los hijos tienen una gran importancia, ya que pueden originar en los mismos, perjuicios psicológicos de por vida. El Instituto de la Mujer112 señala cuatro respuestas frecuentes por parte de los niños

que conviven en un clima de malos tratos continuados:

a) Identificarse con la madre: se ven a sí mismos como víctimas. Acobardados y asustados, esta identificación acaba por destruir la autoestima del niño.

b) Proteger a la madre: tratan de evitar la violencia sobre la madre, atrayendo sobre sí

mismos la ira del padre. Esa actitud, aunque valiente, también conduce al niño a considerarse una víctima de padre. En ocasiones, estas situaciones pueden finalizar en parricidio.

c) Identificarse con el padre-agresor: absolutamente opuesto a los casos anteriores, el niño adopta la misma postura violenta del padre, para evitar que la ira recaiga sobre él. Esta postura, es la que directamente conduce a la formación de una futura personalidad maltratadora.

d) Desarraigo familiar: el niño se desentiende de su familia, lo que deriva en una personalidad egoísta e insolidaria, que posiblemente tendrá dificultades para sentir amor en una relación.

En definitiva, la presencia de malos tratos en el ambiente familiar, origina un ambiente socializador, en el que el niño realiza un continuo aprendizaje de la violencia como modo de interrelación personal. Esta situación, permite que la violencia sea percibida por los niños como una forma “natural” de relacionarse, posibilitando que en su vida adulta, acaben reproduciendo estos patrones de conducta.

111

Alberdi, I; Matas, N. (2002). La violencia doméstica. Informe sobre los malos tratos en España. Col. Estudios sociales. Fundación La Caixa. Barcelona.

112

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2.3.-Reflejo y proyección de la violencia doméstica: la perspectiva de Merton.

“Lo masculino y lo femenino no constituyen una realidad separada del sujeto; son una construcción cultural cuyo fundamento no es biológico –a pesar de tener como base las diferencias biológicas- sino construido, diseñado, acordado y sostenido por un sistema de creencias, adscripciones y expectativas”. Rafael Ramírez113

Ser mujer o ser hombre, representa la construcción de un imaginario colectivo que parece exigir a los géneros ciertas formas de comportamiento social, público o privado. De este modo, la cultura exige que los individuos se ajusten a un orden establecido, constituyendo así un compendio de valores y prejuicios que se convierten en tipo ideal de vida y comportamiento, esto es, en unos objetivos deseables de obtener, pues el alcance de los mismos, proporcionará al individuo el reconocimiento del grupo, que es quien en última instancia, ha decido cuáles son los objetivos a alcanzar, o en otras palabras, los objetivos que reflejan sus propios intereses de grupo.

Así, el concepto de “lo masculino”, es un constructo social, al igual que el concepto de “lo femenino”. Del mismo modo que el código patriarcal ha establecido a lo largo de la historia la construcción del género femenino, en base a un código de valores, actitudes y comportamientos, también ha edificado, en oposición lo anterior, los valores, actitudes y comportamientos que definen al género masculino.

Desde la perspectiva de la Teoría de la anomia de Merton, el “debe ser” marcado por el patriarcado al género masculino, constituye un objetivo deseado, en el sentido de que el cumplimiento de ese “debe ser”, convertirá al hombre en un “hombre auténtico”. El alcance de este objetivo de los valores patriarcales del “hombre ideal”, permitirá al individuo su propia realización personal, pero también, le concederá el reconocimiento del grupo, el cual lo aceptará y adoptará como uno de los suyos. Cuando éstos objetivos o metas culturales deseables, no pueden ser alcanzados por el varón, surge la tensión o strain, que le provocará una situación de anomia, que le obligará a emplear los recursos o medios necesarios para poder alcanzar la meta anhelada, y sentirse un “hombre verdadero”. Así, la virilidad es algo que siempre es necesario mostrar a los demás, pues sólo a través del grupo se recoge el reconocimiento.

2.3.1.-Los ideales de la masculinidad

113

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Los hombres también están constreñidos por las pautas culturales de la representación masculina dominante. Al igual que en el caso de las mujeres, los comportamientos y actitudes no están inscritas en la propia naturaleza masculina, sino que son aprendidas a lo largo de un largo proceso de socialización. Así, los hombres se ven obligados a afirmar su propia superioridad, su fuerza, su capacidad de dominación, su agresividad, su violencia, sus dotes de dirección, su racionalidad.., y por supuesto, su capacidad sexual.

Rafael Montesinos114, en su obra Las rutas de la masculinidad, establece una serie de

parámetros, que desde la psicología, la sociología y la antropología, nos permiten vislumbrar cuales son los ejes que estructuran el concepto de la identidad masculina.

1) estereotipos y mitos de la masculinidad: Montesinos cita la construcción que Jorge Corsi115 hace de la identidad masculina tradicional en base a dos procesos psicológicos

simultáneos y complementarios: a) el hiperdesarrollo del “yo exterior” (hacer, lograr, actuar); y b) la represión de la esfera emocional.

Para Corsi, la socilaización masculina se apoya en el mito del “ganador”, el cual debe demostrar seguridad a través de un fuerte mecanismo de autocontrol que le impida manifestar ningún tipo de actitud o comportamiento que puedan ser identificados como “debilidad” femenina. Es por esto que la inmensa mayoría de los hombres intentan no mostrar cualquier emoción sentimental como el dolor, el temor, la tristeza....en definitiva, los hombres han construido su identidad de género en oposición a la identidad femenina, convirtiéndose así el hombre en aquello que es contrario a los estereotipos asignados a la mujer. En base a esta premisa, Corsi plantea una serie de mitos y creencias que se presentan en la socialización de los niños, y que sientan las bases de su futura identidad masculina:

1. la masculinidad es la forma más valorada de identidad genérica.

2. el poder, la dominación, la competencia y el control, son esenciales como pruebas de masculinidad.

3. la vulnerabilidad, los sentimientos y emociones en el hombre son signos de feminidad y deben ser evitados.

4. el autocontrol, el control sobre los otros y sobre su entorno, son esenciales para que el hombre se sienta seguro.

5. el pensamiento racional y lógico del hombre es la forma superior de inteligencia para enfocar cualquier problema

6. el éxito masculino en las relaciones con las mujeres está asociado con la subordinación de la mujer a través del uso del poder y el control de la relación.

7. la sexualidad es el principal medio para probar la masculinidad; la sensualidad y la ternura son consideradas femeninas y deben ser evitadas.

114 Montesinos, R. (2002), Las rutas de la masculinidad. Gedisa. Barcelona. 115

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8. el éxito en el trabajo y la profesión son indicadores de la masculinidad.

9. la autoestima se apoya primariamente en los logros y éxitos obtenidos en la vida laboral y económica.

2) la sexualidad: uno de los mayores símbolos de la virilidad y del poder masculino, es sin lugar a dudas la sexualidad. Es éste un enfoque analítico cuyos orígenes se encuadran en el estudio de la sexualidad femenina. Esta última, es entendida por los estudios feministas como una condición de opresión por parte de los hombres. Mientras que para las mujeres, la sexualidad ha sido un aspecto a reprimir y sólo tolerado en el marco de una relación conyugal, la sexualidad masculina ha sido y sigue siendo, un barómetro en función del cual medir la virilidad.

Históricamente, la mujer se ha evaluado desde un radical prisma patriarcal, entre la pureza y el pecado. Éste último, sólo es superable a través de la vinculación matrimonial con un hombre y la posterior maternidad. No obstante, para el hombre nunca ha existido esta clasificación extrema de su comportamiento sexual, muy al contrario, las actividades masculinas extramatrimoniales, lejos de implicar una deshonra para la familia, han sido entendidas como una forma de reforzar la virilidad y el poder masculino.

En definitiva, frente a una sexualidad femenina que ha sido, y en gran medida sigue siendo socialmente reprimida, nos encontramos con una sexualidad masculina que es motivada, y exigida como símbolo de masculinidad.

3) el machismo: el machismo es entendido como un concepto más amplio que la virilidad. Para exponer una explicación de lo que es el machismo, Montesinos emplea una cita de Rafael Ramírez116, el cual considera que “machismo es una categoría que nos presenta (a los

hombres), en gran medida como seres agresivos, opresores, narcisistas, inseguros, fanfarrones, mujeriegos, grandes bebedores, poseedores de una sexualidad incontrolada”.

El machismo se entiende así como un concepto popular, en el que la virilidad es el mayor sentido de cualquier conducta, y que viene expresada por la indiferencia al peligro, el menosprecio de las virtudes femeninas y la afirmación de la autoridad en cualquier nivel. El macho, para ser macho, necesita desvalorizar a la mujer.

4) la familia y el rol de proveedor económico: tradicionalmente, al hombre le ha sido asignado el rol de proveedor y responsable del bienestar económico de la familia. Con la incorporación de la mujer al mundo laboral, el rol tradicional del varón empieza a verse cuestionado, puesto que las mujeres cada vez avanzan más posiciones en el terreno de lo público. Asimismo, la creciente educación o el control de la fecundidad, también hace tambalearse la división del trabajo en el ámbito doméstico, así como las responsabilidades de los padres con respecto a la educación de sus hijos. Esta reciente situación, que cuestiona la

116

111 La Mediación en la Desviación Social

distribución del poder intrafamiliar, es también una de las causas de la reciente crisis de identidad masculina.

2.3.2.-Femenino vs masculino

Existen una serie de mitos que podrían definir perfectamente el modelo de masculinidad y de feminidad, y lo que los mismos suponen de restricciones, limitaciones y prohibiciones para el desarrollo completo de cada una de las identidades de género. Así nos encontramos con:

1. competitividad: por cada mujer calificada como poco femenina, hay un hombre obligado a competir para que no se dude de su masculinidad.

2. fortaleza: por cada mujer fuerte, cansada de aparentar debilidad hay un hombre débil cansado de tener que parecer fuerte.

3. emotividad: por cada mujer definida como “hembra emocional” hay un hombre al que se niega el derecho a llorar.

4. inteligencia: por cada mujer harta de tener que actuar como si no se enterara de nada, hay un hombre agobiado por tener que aparentar el saberlo todo.

5. maternidad: por cada mujer que se siente muy atada por sus hijos hay un hombre a quien se le ha negado el placer de la paternidad.

6. habilidades: por cada mujer que desconoce los mecanismos del automóvil, hay un hombre que no ha aprendido el arte culinario.

7. sexo: por cada mujer cansada de ser tomada como objeto sexual hay un hombre preocupado por su potencia sexual.

2.3.3.-La violencia como manifestación de la desviación.

La exaltación de los valores masculinos, no ha dejado de provocar problemas a los hombres, puesto que muchos de ellos viven atemorizados por el miedo a no ser lo suficientemente “hombres”, y por tanto, por el miedo de no poder demostrárselo al resto de la comunidad masculina y no conseguir alcanzar su reconocimiento. En este contexto, la violencia es uno de los medios que permiten al hombre afirmar su masculinidad ante los demás y ante sí mismo.

Esta relación existente entre virilidad y violencia, es ciertamente evidente en nuestra cultura, y lo encontramos en aspectos tan cotidianos como el cine o la literatura. La violencia masculina, se plantea así como un instrumento para controlar las situaciones e imponer la voluntad del hombre. Si a esto unimos la dicotomía de inferioridad-superioridad entre los sexos marcada por el código patriarcal, la violencia contra las mujeres es un cheque en blanco.

112 La Mediación en la Desviación Social

Alberdi y Matas117 afirman que “la creencia de «tener derecho» a utilizar la violencia contra las

mujeres es un rasgo patriarcal con una larga historia en la que de hecho y de derecho, la violencia se ha considerado legítima por parte de los varones, especialmente para los que tuvieran el papel de maridos o padres. También es característico del código patriarcal la creencia de «tener derecho» al acceso carnal a las mujeres sin consideración a los deseos y preferencias de ellas. Ya sea como realidad o como fantasía, la idea de acceder sexualmente a todas las mujeres forma parte del imaginario masculino patriarcal. Este derecho se siente como totalmente legítimo con respecto a la propia mujer”.

En este punto, la violencia contra la mujer, es entendida como un comportamiento aprendido, y por tanto, un producto de la socialización, pero fundamentalmente, como una disfunción estructural del sistema: el código patriarcal, como fuente de la construcción social de los conceptos de género, ha establecido tanto para hombres como para mujeres, unas normas, valores, actitudes y comportamientos, que deben ser cumplidos, si el individuo desea ser reconocido como hombre o como mujer. Ciñéndonos al caso de los hombres, estas normas, valores, actitudes y comportamientos, son los objetivos que el código patriarcal establece como metas necesarias a alcanzar. Cuando el individuo no consigue alcanzar los objetivos a través de los medios convencionales que el patriarcado ha puesto a su disposición –principalmente la ideología tradicional y la institución del matrimonio- se crea un contexto de tensión –strain en

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