• No results found

Appendix I What is a Cloud?

I.5 Clouds Usage

1

Antiguamente, en cada generación había unos cuantos hombres a quienes yo, el Maligno, no podía corromper con mis procedimientos habituales. Resultaba imposible inducirlos al crimen, la lascivia o el robo. Ni siquiera lograba impedir que continuaran estudiando la Ley de Moisés. Sólo había un modo de acceder al interior de aquellas almas justas: halagando su vanidad.

Zeidel Cohen era una de ellas. Contaba en primer lugar con el respaldo de un linaje noble: era descendiente de Rashi, cuya genealogía se remontaba al rey David. Y en segundo lugar, era el erudito más grande de toda la provincia de Lublin. A los cinco años había estudiado la Gemará y los Comentarios; a los siete se sabía de memoria las Leyes sobre el Matrimonio y el Divorcio, y a los nueve predicó un sermón citando tal cantidad de libros que hasta los sabios más ancianos se sintieron confundidos.

Conocía la Biblia como la palma de su mano, y en gramática hebrea no había quien lo igualara. Además, era constante en sus estudios: tanto en invierno como en verano se levantaba con la estrella matutina y se ponía a leer. Como no acostumbraba salir de sus habitaciones a tomar el aire, ni hacía el menor esfuerzo físico, tenía poco apetito y el sueño muy ligero. Carecía del deseo y la paciencia necesarios para tratar con amigos. Zeidel amaba una sola cosa: los libros.

En cuanto entraba en la casa de estudios, que en buena cuenta era su casa, iba directamente a las estanterías y comenzaba a hojear los volúmenes, llenándose los pulmones con polvo de infolios viejos. Tenía tal capacidad retentiva que le bastaba con echar una mirada a cualquier nueva interpretación de un Comentario o a algún pasaje del Talmud, para no olvidarlo nunca más. Tampoco me era posible poseerlo a través de su cuerpo. El tipo no tenía un solo vello, y a los diecisiete años su cráneo anguloso se había quedado calvo. En la barbilla le asomaba uno que otro pelo, y su cara era larga y tiesa. Tres o cuatro gotas de sudor perlaban continuamente su ancha frente, y su nariz aguileña daba esa impresión de desnudez propia de un hombre que, acostumbrado a llevar gafas, acababa de quitárselas. Sus párpados enrojecidos ocultaban un par de ojos

melancólicos y amarillentos. Sus pies, al igual que sus manos, eran blancos y pequeños como los de una mujer, pero como jamás iba a los baños públicos, no se sabía a ciencia cierta si era eunuco o andrógino.

Al ser su padre, Reb Sander Cohen, un hombre extremadamente rico, importante y culto al mismo tiempo, se las arregló para que su hijo encontrara una esposa digna de su alcurnia. La novia pertenecía a una familia rica de Varsovia y era una belleza. No pudo ver a su novio hasta el día del casamiento, y cuando lo hizo, momentos antes de que él le cubriera el rostro con el velo, ya era demasiado tarde. Se casó con él y nunca quedó encinta. Su vida transcurría en las habitaciones que su suegro le había destinado; en ellas tejía medias, leía novelas y oía las campanadas que cada media hora daba el gran reloj de pared con sus cadens y pesas doradas, contando pacientemente los minutos, los días y los años que le quedaban para descansar en el viejo cementerio de Janov.

Zeidel tenía una personalidad tan fuerte que todo cuanto le rodeaba iba adquiriendo su carácter. A pesar de que un sirviente se ocupaba de sus aposentos, los muebles siempre estaban cubiertos de

polvo; las ventanas, ocultas tras un pesado cortinaje, no parecían haber sido abiertas nunca. Gruesas alfombras cubrían el suelo, amortiguando sus pisadas como si un espíritu y no un hombre caminara sobre ellas. Zeidel recibía regularmente una asignación de su padre, pero no gastaba un céntimo en su persona. Apenas podía reconocer una moneda. Sin embargo, era un avaro y jamás invitaba a un pobre a comer el sábado. No se preocupaba de hacer amigos, y como ni él ni su esposa recibían visitas, nadie conocía su casa por dentro.

Libre de pasiones y de la necesidad de ganarse el sustento, Zeidel estudiaba con ahínco. Se dedicó en primer lugar al Talmud y a los Comentarios. Luego profundizó en la Cábala y se volvió un experto en ocultismo, llegando incluso a escribir opúsculos sobre El Ángel Raziel y El Libro de la Creación. Por cierto que manejaba muy bien La Guía para los Perplejos, el Kuzari y otras obras filosóficas.

Un día cayó en sus manos una copia de la Vulgata. En poco tiempo aprendió el latín y empezó a leer con profusión literatura prohibida, en libros que le facilitaba un erudito sacerdote afincado en Janov. Y así como su padre había acumulado monedas de oro a lo largo de su vida, Zeidel se dedicó a acumular conocimientos. Cuando llegó a los treinta y cinco años, nadie, en toda Polonia, lo igualaba en erudición. Fue entonces cuando me ordenaron inducirlo a pecar.

“¿Inducir a Zeidel a que peque -pregunté-. ¿Qué clase de pecado? No le gusta la comida, las mujeres no lo inquietan y los negocios lo dejan indiferente.” Había probado antes con la herejía, pero sin éxito. Aún recuerdo nuestra última conversación:

-Supongamos, con perdón de Dios, que Dios no exista -me respondió-. ¿Qué importa? En este caso Su mismo no ser ya es divino. Sólo Dios, la Causa de todas las Causas, tiene poder para no existir.

-Y si no hay un Creador, ¿para qué rezas y estudias? -proseguí.

-¿Qué otra cosa debo hacer? -me preguntó a su vez-. ¿Beber vodka y bailar con muchachas no judías?

Sinceramente no supe qué contestarle y lo dejé en paz. Pero esta vez, habiendo muerto su padre, me ordenaron que volviera a concentrar mis esfuerzos en su persona. Sin saber ni por dónde empezar, descendí a Janov con el ánimo conturbado.

2

Al cabo de un tiempo descubrí que Zeidel tenía un punto débil: la arrogancia. Su vanidad superaba con creces aquella pizca que la Ley concede al sabio.

Tracé mis planes. Una noche lo desperté en medio de su letargo y le dije:

-¿Sabes, Zeidel, que eres más versado que cualquier rabino de Polonia en los nobles caracteres de los Comentarios?

-Estoy seguro de ello -respondió-. Pero ¿quién más lo sabe? Nadie.

-¿Sabes, Zeidel, que eclipsas a cualquier gramático con tus conocimientos del hebrero?

-proseguí-. ¿Te das cuenta de que conoces más secretos cabalísticos que el mismo Reb Chaim Vital? ¿Ignoras acaso que eres un filósofo más grande que Maimónides?

-Te hablo así porque no es justo que un hombre tan importante como tú, un maestro de la Torá, una enciclopedia del saber, se esté desperdiciando en una aldea tan insignificante como ésta, donde nadie te hace el menor caso y la mayoría de la gente es vulgar y el rabino un ignorante; ni tu mujer te aprecia en lo que vales. Eres una perla enterrada en la arena, Reb Zeidel.

-¿Qué debo hacer entonces? -preguntó-. ¿Ir por ahí haciendo alarde de mis talentos? -No, Reb Zeidel. Eso sólo serviría para que el pueblo te creyera loco.

-¿Qué me aconsejas que haga?

-Si prometes no interrumpirme, te lo diré. Tú sabes que los judíos nunca han honrado a sus jefes: se quejaban de Moisés; se rebelaron contra Samuel; arrojaron a Jeremías a una zanja y asesinaron a Zacarías. El Pueblo Elegido detesta la gloria. En todo gran hombre ven a un rival de Jehovah y por eso prefieren a los mediocres e insignificantes. Sus treinta y seis santos son todos zapateros y aguadores. Las leyes judías se ocupan principalmente de la gota de leche que pueda caer en un plato de carne, o de los huevos puestos en días de fiesta. Han corrompido el hebreo degradando

deliberadamente los textos antiguos. Su Talmud convierte al rey David en un rabino de provincia que aconseja a las mujeres sobre la menstruación. Para ellos, el más pequeño es el más grande, y el más feo, el más hermoso. Su regla es: cuanto más te acerques al polvo, más cerca estarás de Dios. Comprenderás ahora, Reb Zeidel, por qué en el fondo no les haces mucha gracia con tu erudición, riquezas, alcurnia, instrucciones brillantes y extraordinaria memoria.

-¿Por qué me dices estas cosas? -preguntó Zeidel.

-Escúchame, Reb Zeidel: tienes que hacerte cristiano. Los cristianos son la antítesis de los judíos. Al ser su Dios un hombre, todo hombre puede convertirse en su Dios. Los no judíos admiran

cualquier tipo de grandeza y aman a quien la posea: a los hombres de gran piedad y a los de gran vileza, a los grandes arquitectos y a los grandes destructores, a las grandes vírgenes y a las grandes rameras, a los grandes sabios y a los grandes necios, a los grandes gobernantes y a los grandes rebeldes, a los grandes creyentes y a los grandes infieles. No les importa los restantes atributos que pueda tener un hombre: si es grande, lo adorarán. Por lo tanto, Reb Zeindel, si lo que buscas son honores, debes abrazar su fe. Y de Dios no te preocupes. Para alguien tan sublime y poderoso, la Tierra y sus habitantes no son más que un enjambre de mosquitos. No le importa si los hombres le rezan en una sinagoga o en una iglesia, si ayunan cada sábado o se hartan de comer cerdo. Es demasiado excelso para ocuparse de esas criaturas miserables que se imaginan ser la corona de la creación.

-¿Quieres decir que Dios no le entregó la Torá a Moisés en el Sinaí? -preguntó Zeidel. -¿Qué dices? ¿Abrirle Dios su corazón a un hombre nacido de mujer?

-No era Jesús Hijo suyo?

-Jesús fue un bastardo de Nazaret. -¿No hay acaso recompensa ni castigo? -No.

-Entonces, ¿qué hay? -me preguntó Zeidel, temeroso y confundido. -Algo que existe sin tener existencia -respondí, imitando a los filósofos.

-¿No puede haber una manera de conocer la verdad? -preguntó Zeidel desesperado. -El mundo no es cognoscible y no hay verdad alguna -le respondí, dándole la vuelta a su pregunta-. Así como no puedes descubrir el sabor de la sal con tu nariz, ni el olor del bálsamo con tus orejas, ni el sonido del violín con tu lengua, tampoco puedes comprender el mundo con tu razón. -¿Con qué lo puedo comprender?

-Con tus pasiones captarás algo. Pero tú, Reb Zeidel, tienes una sola pasión: el orgullo. Si la destruyes, te quedarás vacío, sin nada.

-¿Qué debo hacer? -preguntó Zeidel titubeando.

-Ve mañana a ver al cura y dile que quieres convertirte. Vende luego tus propiedades y tus bienes. Trata de convencer a tu esposa de que cambie de religión; si está dispuesta, bien, si no, tampoco perderás mucho. Los cristianos te ordenarán sacerdote y los sacerdotes no pueden tener mujer. Continuarás estudiando y no te faltarán tu túnica ni tu casquete. La única diferencia está en que en vez de permanecer en una aldea lejana, entre judíos que te odian a ti y a tus obras, vivirás en una

gran ciudad, predicarás en una iglesia lujosa, con un órgano de fondo, y no rezarás más en aquel sórdido rincón de la casa de estudios, donde los mendigos se rascan tras la estufa, pues tu círculo de amistades estará compuesto por hombres ilustres cuyas esposas besarán tu mano. Si destacas y lanzas algún baturrillo sobre Jesús y su madre la Virgen, te nombrarán obispo, más tarde cardenal y -Dios mediante-, si todo sale bien, un buen día te harán Papa. Entonces los cristianos te alzarán en una silla de oro como a un ídolo, quemarán incienso a tu alrededor y se postrarán ante tu imagen en Roma, Madrid y Cracovia.

-¿Cómo me llamarán? -Zeidlus Primero.

Tanto impresionaron a Zeidel mis palabras que se sentó bruscamente en la cama. Su esposa se despertó y le preguntó por qué no dormía. Su sexto sentido le hizo suponer que Zeidel se hallaba poseído por un gran deseo y pensó: “Quién sabe, puede que se trate de algún milagro.” Pero Zeidel ya había decidido divorciarse, así que la obligó a callar y a estarse quieta. Se puso sus chinelas, su bata y se dirigió al cuarto de estudios, donde encendió una vela, y se dedicó a releer la Vulgata hasta el amanecer.

3

Zeidel siguió mis consejos. Fue a buscar al cura y le comunicó que quería hablar con él sobre cuestiones de fe. ¡No hablemos del entusiasmo del cristiano! ¿Qué mejor mercancía para un sacerdote que el alma de un judío? Sea como fuere, resumiré diciendo que los sacerdotes y nobles de toda la provincia prometieron a Zeidel una gran carrera en la Iglesia. Él vendió sus propiedades en seguida, se divorció de su mujer, fue bautizado con agua bendita y se hizo cristiano.

Por primera vez en su vida, Zeidel era homenajeado: los eclesiásticos lo acogían con gran pompa, los nobles le brindaban grandes elogios y sus esposas le sonreían bondadosamente, invitándolo a sus fincas. El obispo de Zamosc fue su padrino. De Zeidel, hijo de Sander, pasó a llamarse

Benedictus Janovsky, en honor a la ciudad que lo vio nacer. Pese a no ser aún sacerdote ni diácono, Zeidel encargó al sastre una sotana negra y se colgó un rosario y una cruz alrededor del cuello. Durante un tiempo vivió en casa del cura casi sin salir por temor a que los colegiales judíos lo persiguieran por las calles gritando: “¡Converso! ¡Apóstata!”

Sus amigos cristianos tenían muchos proyectos para él. Algunos le aconsejaban que fuese a estudiar a un seminario; otros le sugerían que ingresara en el convento de los dominicos en Lublin. Y unos cuanto opinaban que debía casarse con una mujer rica y convertirse en terrateniente. Pero Zeidel no tenía intenciones de recorrer el camino habitual, anhelaba la gloria ya.

Sabía que, en el pasado, muchos judíos conversos habían llegado a la fama escribiendo polémicas contra el Talmud: Petrus Alfonzo, Pablo Christiani de Montepellier, Paul de Santa María, Johann Baptista y Johann Pfefferkorn, para mencionar sólo unos cuantos. Zeidel decidió seguir sus pasos. Ahora que había cambiado de religión y que los niños judíos lo insultaban en la calle, descubrió de pronto que nunca le había gustado el Talmud; su hebreo estaba contaminado por el arameo, las discusiones que planteaba eran flojas, sus leyendas, inverosímiles, y sus comentarios bíblicos, inoportunos y sofísticos.

Zeidel fue recorriendo las bibliotecas de los seminarios de Lublin y Cracovia para estudiar los tratados escritos por judíos conversos. Pronto descubrió que todos se parecían entre sí. Los autores

eran unos ignorantes, se plagiaban tranquilamente unos a otros y citaban los mismos y escasos pasajes del Talmud contra los gentiles. Algunos incluso se habían copiado al pie de la letra,

estampando sus firmas en un trabajo ajeno. La verdadera Apología Contra Talmudum aún no había sido escrita, y él, con sus conocimientos de filosofía y de los misterios cabalísticos, era el más indicado para redactarla. Al mismo tiempo, Zeidel decidió buscar en la Biblia nuevos testimonios de que los profetas habían previsto el nacimiento de Jesús, su martirio y su resurrección, así como descubrir evidencias favorables a la fe cristiana en la lógica, la astronomía y las ciencias naturales. El tratado de Zeidel sería para el cristianismo lo que La Mano Recia de Maimónides había sido para el judaísmo, y conduciría a su autor desde Janov directamente al Vaticano.

Zeidel estudiaba, pensaba y escribía, pasándose el día entero y parte de la noche en las

bibliotecas. De vez en cuando se reunía con eruditos cristianos y conversaba con ellos en polaco y en latín. Estudiaba los textos cristianos con el mismo fervor con que en su día estudiara los libros judíos, y pronto pudo recitar pasajes enteros del Nuevo Testamento. Llegó a ser un experto latinista y tan buen conocedor de la teología cristiana que los sacerdotes y los monjes temían hablar con él, pues con su gran erudición los corregía de continuo. Varias veces le ofrecieron cargos en el

seminario, pero nunca se concretó la oferta. Un puesto de bibliotecario en Cracovia, supuestamente destinado a él, recayó en la persona de un pariente del gobernador.

Zeidel empezó a percatarse de que incluso entre los cristianos las cosas distaban mucho de ser perfectas. El clero estaba más interesado en el dinero que en Dios, y sus sermones eran muy defectuosos. La mayoría de los sacerdotes ignoraban el latín, pero incluso en polaco sus citas eran incorrectas.

Durante años trabajó Zeidel en su tratado sin lograr terminarlo. Su nivel de exigencia era tan alto que siempre le encontraba errores; y cuanto más corregía, más necesitaba corregir. Escribía,

tachaba, escribía y rompía. Sus cajones estaban repletos de manuscritos, notas y referencias, pero no lograba poner punto final a su obra. Al cabo de tantos años de trabajo se hallaba tan fatigado que era incapaz de discernir lo bueno de lo malo, lo razonable de lo absurdo, o lo agradable de lo ingrato ante los ojos de la Iglesia, y empezó a descreer de los conceptos de verdad y falsedad. Sin embargo, no dejó de meditar y de vez en cuando daba a luz nuevas ideas.

Consultaba con tanta frecuencia el Talmud que, una vez más, acabó por sumergirse en él, haciendo anotaciones en los márgenes y comparando los distintos textos entre sí, sin saber si lo hacía por descubrir nuevas acusaciones o simplemente por costumbre. Algunas veces le daba por leer libros sobre procesos de hechicería, testimonios de jóvenes poseídas por el demonio,

documentos de la Inquisición y todo tipo de manuscritos que lo pudieran informar sobre la práctica de tales hechos en distintos países y épocas.

Gradualmente, la bolsa con monedas de oro que le colgaba del cuello fue perdiendo peso. El rostro de Zeidel adquirió un tono apergaminado, los ojos se le nublaron y las manos le empezaron a temblar como a un anciano. Llevaba la sotana sucia y raída. Perdió toda esperanza de hacerse famoso internacionalmente e incluso llegó a lamentar su conversión. Pero ya no podía echarse atrás: primero porque había perdido la fe en todas las religiones, y, segundo, porque las leyes del país condenaban a la hoguera a todo cristiano que retornase al judaísmo.

Un día que Zeidel se hallaba en la biblioteca de Cracovia estudiando un manuscrito descolorido, todo se volvió oscuro a su alrededor. Al principio creyó que estaba anocheciendo y pidió que encendieran las velas. Pero cuando un monje le dijo que aún era pleno día, se dio cuenta de que estaba ciego. Incapaz de volver a casa solo, tuvo que ser acompañado por el monje. A partir de ese momento vivió en las tinieblas. Temiendo que el dinero se le acabase pronto y tuviera que quedarse sin un céntimo y sin ojos, Zeidel decidió, tras largas cavilaciones, ponerse a mendigar a la entrada

de la iglesia de Cracovia. “He perdido este mundo y el otro -concluyó-, ¿de qué me sirve ahora el orgullo? Si no se puede subir, hay que bajar.” De este modo, Zeidel, el hijo de Sander, o Benedictus Janovsky, ocupó su puesto entre los mendigos instalados en la escalera de la gran catedral de Cracovia.

Al principio, los sacerdotes y canónigos trataron de ayudarle aconsejándole que ingresara en un

Related documents