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4. METHODOLOGY AND RESEARCH DESIGN

4.3 Units of analysis

4.3.3 Coding scheme

I

El concepto que designa el tema de este capítulo establece la transición a la teoría de los sistemas sociales y ocupa un lugar destacado en la General Statement del tomo colectivo Toward a General Theory of Action,i que debía introducir

programáticamente una evolución de la teoría general en las ciencias sociales. Hasta la fecha, sin embargo, este término y la constelación del problema en que se basa no han encontrado la atención que merecen.2 Lo mismo es válido también para otros

trabajos del propio Parsons,3 situación que nos obliga a estudiar cuidadosamente la

amplitud del término para poder reconocer su relación con las constelaciones teóricas hasta ahora

1. Editado por Talcott Parsons y Edward Shils, Cambridge, MA, 1951, pp. 3-29 (16). La formulación dice: «Existe una doble contingencia inherente a la interneción. Por un lado, las gratificaciones del ego son contingentes en su selección de alternativas. Pero por otro lado, la reacción del alter será contingente en la selección del ego y resultará de una selección complementaria por parte del alter. A causa de esta doble contingencia, la comunicación que conforma la preocupación de modelos culturales no podría existir sin la generalización de lo particular de situaciones especificas (que nunca son idénticas para el ego y para el

alter) y la estabilidad del significado que únicamente puede ser asegurada por "convenciones" respetadas por ambas partes». En esta formulación, que parte de una dimensión social, generalización significa la solución del problema en la dimensión objetiva, y estabilidad la solución del problema en la dimensión temporal. Una formulación posterior se refiere también a la temática de la reflexividad social: «Son dos los puntos cruciales de referencia para analizar la interacción: 1) que cada actor es un actor que actúa y a la vez es un objeto de orientación, tanto para él mismo como para otros; y 2) que como actor que actúa se orienta hacia sí mismo tanto como hacia otros, y como objeto tiene significado para sí mismo y para otros en todos los modos o aspectos primarios... De estas premisas proviene la propuesta fundamental de la

doble contingencia de la interacción. La meta no es solamente —como para las unidades aisladas de comportamiento animal o humano— el resultado de una contingencia, de una cognición exitosa, y la manipulación de los objetos del entorno por parte de los actores; además, puesto que los objetos más importantes de la interacción también activan, es también contingente sobre su interacción para la intervención en el transcurso de los eventos». (Talcott Parsons, «Interaction: Social Interaction», en

International Encyclopedia of the Social Sciences, t. 7, Nueva York, 1968, pp. 429-441 [436].) Para un tratamiento más extenso, véase, sobre todo James Olds, The Growth and Structure of Motives: Psychological Studies in the Theory of Action, Glencoe, IL, 1956.

2. Véase, por lo menos, Solomon E. Asch, «A Perspective on Social Psychology», en Sigmund Koch (comp.), Psychology, t. 3, Nueva York, 1959, pp. 363-383; además, Alfred Kuhn, The Logic of Social System, San Francisco, 1974, p. 140 (contingencia mutua únicameníe como caso específico de la interacción social que, según Kuhn, merece el título de «social» incluso en el caso de la contingencia unilateral).

3. Véase, Niklas Luhmann, «Generalized Media and the Problem of Contingency», en Jan J. Loubser et

a!. (comps.), Explorations in General Theory in Social Science. Essays in Honor of Talcott Parsons, Nueva York, t. 2, 1976, pp. 507-532.

tratadas. Veremos que todo volverá a aparecer: el sistema, la complejidad, la autorre-ferencia, el sentido.

Parsons parte del hecho de que ninguna acción es posible si alter hace depender sus actos de la actuación de ego, y si ego pretende conectar su comportamiento con el de alter. El círculo puro, elaborado no más allá de la determinación autorreferencial, deja la acción indeterminada, la hace indeterminable. Se trata, pues, no sólo de sintonizar los comportamientos y de coordinar los intereses y las intenciones de los diferentes actores, sino mas bien de una condición básica de la posibilidad de la acción social a secas. Sin solución a este problema de la doble contingencia no ocurre ninguna acción, puesto que falta la posibilidad de la determinación. Por ello, Parsons incluye la solución del problema de la doble contingencia en el concepto de la acción, de manera tal que toma una orientación normativa con un consenso implícito como característica indispensable de la acción. A esto, el autor enlaza el esquema de las cuatro funciones.

El beneficio teórico obtenido no se debe juzgar a la ligera. Por ello, es importante subrayar que Parsons va más allá de las simples teorías de conformidad o de coordinación. Afirmamos que el problema de la doble contingencia pertenece a las condiciones de la posibilidad de las acciones y que, por lo mismo, los elementos de los sistemas de acción, es decir las acciones, sólo pueden constituirse dentro de esos sistemas y únicamente por medio de la solución del problema de la doble contingencia.4 Por eso es tan importante que el paso del problema de la doble

contingencia hacia las ideas acerca de la solución de este problema se lleve a cabo cuidadosamente, y es aquí donde se separa nuestro camino del de Parsons.

Ya hemos mencionado que Parsons había visto la solución en un consenso de valores implícitos (aunque de cobertura suficientemente real), dentro de la orienta- ción normativa de un «sistema simbólico compartido» de carácter normativo, como un «código». Con base en la historia de las teorías, se formuló esta propuesta en una época de transición. Presupone, con la sociología de la primera mitad de este siglo, que todas las sociedades trasmiten cultura y que, por lo tanto, en toda situación social está presente la cultura. Las estructuras de larga duración que hacen posible la renovación constante del orden social, se encuentran en esta herencia cultural, es decir, en el pasado. De esta manera, el problema del orden social no atañe tanto al poder político, sino a la socialización. El concepto de interpenetración, como lo utiliza Parsons, concentra estos aspectos en tina sola fórmula, lo cual, sin embargo, sólo traslada el problema hacia el pasado. Se seguirá concibiendo la evolución sociocultural como socialización desviante aunque, en principio, la constitución de los sistemas sociales está relacionada con un código cultural existente desde siempre.

Al mismo tiempo, la fórmula de la doble contingencia, por su circularidad inma- nente, también se extiende más allá de esta base teórica tradicional y promete algo nuevo. Nada obliga a buscar la solución del problema de la doble contingencia sólo en un consenso preexistente, es decir, en la dimensión social. También existen equivalencias funcionales, por ejemplo, las pertenecientes a la dimensión temporal. Primero, alter determina su comportamiento en una situación aún poco clara y a manera de prueba: empieza con una mirada amable, un gesto, un obsequio, y espera ver cómo ego acepta la definición propuesta de la situación. Todo paso siguiente constituye luego, bajo la luz de este inicio, una acción cuyo efecto reduce la contingencia y que es determinante, positiva o negativamente. Retomaremos este punto más adelante.

4, Lo cual marca, al mismo tiempo, el lugar que hace posible el análisis por medio del concepto de los sistemas autopoiéticos. Retomaremos la idea más adelante.

Gracias a esta extensión del marco de solución del enfoque parsoniano, la teoría se abre más, al mismo tiempo, a las casualidades. Podemos relacionar lo anterior con el «principio del comando por ruido», de la teoría general de sistemas.5 El

problema de la doble contingencia no necesita ser un consenso de valores preestablecido (es decir, la autorreferencia vacía, cerrada, indefinible), pues en realidad absorbe el azar, se sensibiliza para las casualidades; es más, si no existiera el consenso de valores, lo inventaría. El sistema se genera, y si no fuese así, Dios lo crearía (etsi non daretur Deus).

Esta reorientación exige corregir otras formulaciones básicas de la teoría de Par- sons (en un sentido no definido con precisión). Este había pensado en sujetos de acción que se confrontan con necesidades autodeterminadas (no sólo dadas por la naturaleza) y que dependen unos de otros para la satisfacción de sus necesidades. Habría que preguntar qué son, en realidad, estos sujetos de acción designados ego y alter (agents, actors / agentes, actores), puesto que aquello que es «organismo» (posteriormente «sistema de comportamiento») y «personalidad» sólo será sometido a un proceso de diferenciación en el sistema de acción, es decir, no pertenece previamente al sistema. Asimismo habría que preguntar cómo pensar la contingencia, si todo orden determinado sólo se genera con base en la situación del problema de la doble contingencia.

Para poder obtener posibles respuestas, traslademos el planteamiento del problema de la doble contingencia al nivel de la teoría general, en el que se tratan la constitución y el procesamiento continuo del sentido. Como ya hemos señalado en el capítulo anterior, hay que hablar del ego y del alter desde la perspectiva de un potencial abierto de determinación del sentido que le es dado en forma de horizonte a quien lo vive en él mismo o en los demás. Virtualmente, el problema de la doble contingencia siempre se presenta en cuanto un sistema psíquico experimenta un sentido. La doble contingencia acompaña toda vivencia, sin foco preciso, hasta encontrarse con otra persona o con un sistema social al que se le adscribe libre elección. Entonces se actualiza como problema de sintonización de comportamientos. La razón para tal actualización la ofrecen los sistemas psíquicos o sociales concretos, reales, o las huellas (por ejemplo, la escritura) que hayan dejado tales sistemas. Para que la doble contingencia se actualice no se requiere sólo de la simple facticidad del encuentro; el problema motivador de la doble contingencia (y con ello, la constitución de los sistemas sociales), surge sólo cuando estos sistemas se experimentan y se tratan en forma específica: a saber, como posibilidades indefinidamente abiertas y en el fondo a salvo de la indeterminación del sentido. De ahí la terminología social ego y alter, o alter ego. Los términos ego y alter deben dejar abierta la alternativa entre sistemas psíquicos o sistemas sociales, así como la alternativa de si estos sistemas están de acuerdo o no con un procesamiento determinado del sentido.

Así debemos extender el concepto de contingencia, es decir, regresarlo a su ver- sión original de la teoría modal. El concepto se obtiene al excluir la necesidad y la imposibilidad. Contingente es aquello que no es ni necesario ni imposible; es decir, aquello que puede ser como es (fue, será), pero que también puede ser de otro modo.6 El concepto designa, por lo tanto, lo dado (experimentado, esperado,

pensado, imagi-

5. Según Heinz von Foerster, «On Selt-Organizing Systems and Their Environment», en Marshall C. Yovits Scott Cameron (comp.), Self-Organizing Systems, Oxford, 1960, pp. 31-48.

6. Históricamente, esta comprensión del concepto se origina en Aristóteles. Véase de entre la gran cantidad de estudios lógico-históricos a Storrs McCall, Aristotles' Modal Syllogisms, Amsterdam, 1963, sobre todo pp. 66 y ss.; A.P. Brogan, «Aristotles' Logic of Statements about Contingency», Mind, 76 (1967), pp. 49-61; Albrecht Becker-Freyseng, Die Vorgesckickte des philosophischen Terminus «comingens»: Eine Untersuchung iiber die Bedeutung von «contingere» bei Boethius and ihr VerPidltnis zu den Aristotelischen Móglichkeüsbegríffen, Heidelberg, 1938; Hans Barth, Philosophic

nado) a la luz de un posible estado diferente; designa objetos en un horizonte de cambios posibles. Presupone el mundo dado, es decir, no designa lo posible en sí, sino aquello que, visto desde la realidad, puede ser de otra manera. En este sentido, se habla actualmente también de los «mundos posibles», del único mundo de vida real.7 La realidad de este mundo, entonces, se presupone en el concepto de

contingencia como primera e insustituible condición de lo que es posible.

La doble contingencia tiene, en esta acepción modificada frente a la de Parsons, una consecuencia doble: hace posibles el proceso de diferenciación de una dimensión universal especial para las perspectivas del sentido diferenciadas socialmente (dimensión social) y el proceso de diferenciación de sistemas de acción especiales, es decir, los sistemas sociales. Lo social es, así, accesible a todos los sentidos como problema del parasentido (Gleichsinnigkeit) o de la discrepancia de las perspectivas de comprensión. Es, al mismo tiempo, una ocasión especial para sintonizar, en forma selectiva, las acciones con los sistemas que pueden distinguirse de su entorno. Por medio de las modificaciones del principio teórico de Parsons, es posible conducir a la fenomenología y la teoría de sistemas, al análisis del sentido y al análisis del sistema y del entorno, hacia un punto común. Sin embargo, se requiere de una elaboración que deberá superar el nivel de abstracción tratado por Parsons.

II

La formulación del problema de la doble contingencia induce a imaginar de am- bos lados, como ego y como alter, a los hombres, sujetos, individuos, personas como existencias plenamente concretizadas, lo cual no es del todo falso ni correcto. El teorema de la doble contingencia de hecho sirve para disolver tal premisa demasiado compacta. Sin embargo, esto sólo puede suceder si existe una oferta alternativa. Tra- taremos una parte esencial de esta problemática en el capítulo «Interpenetración». Por el momento sólo necesitamos de algunas observaciones esclarecedoras con res- pecto a las ventajas teóricas que se pretenden lograr con este proceso de disolución. Ante todo, debemos alejarnos del tratamiento tradicional que intentaba resolver el problema de la doble contingencia (aún sin llamarla así) mediante términos como interacción, reflejo, reciprocidad de las perspectivas o incluso reciprocidad de los rendimientos. La pretendida unidad era vista, así, en una especie de interrelación (verklam-merung) simétrica de lo diverso. Lo social se pensaba, en consecuencia, como relación entre individuos, y había que pensar también que los individuos no pueden faltar sin que se rompa la relación. Lenta y casi inadvertidamente, esta idea se ha vuelto inadecuada, puesto que ahora se insiste cada vez más en la autoselectividad de las perspectivas y en la incomprensibilidad del otro. En última instancia, se rompe cualquier modelo de simetría de este tipo debido al problema de la complejidad y de la reducción necesariamente selectiva de la complejidad, que es conducida en cada caso de manera interna al sistema y en forma autorreferencial.

der Erscheinung, t. 1, Basel, 1947, pp. 326 y ss.; Guy Jalbert, Nécessité et Contitigence chez saint Thomas d'Aquin et chez ses prédécesseurs, Ottawa, 1961; Celestino Solaguren, «Contingencia y creación en la filosofía de Duns Escoto», Verdad y Vida, 24 (1966), pp. 55-100; Heinrich Schepers, Mdglichkeit und Kontingenz: Zur Geschichte der philosophi-schen Terminologie vor Leibniz, Turin, 1963; ídem, «Zum Problem der Kontingenz bei Leibniz: Die bes te der mógli-chen Welten», en Collegium Philosophicum: Studien J. Ritter zum 60. Geburtstag, Basel-Stuttgart, 1965, pp. 326-350.

7. Así Nicholas Rescher, Topics in Philosophical Logic, Dordrecht, 1968, sobre todo pp. 229 y ss.; Jon Elster, Logic and Society: Contradictions and Posible Worlds, Chichester, 1978.

Cuando se habla de reflejo se puede calcular todavía, hasta cierto punto, que los espejos que se reflejan mutuamente se amplían, reducen o deforman de una u otra manera; aportan un componente «subjetivo». La metáfora se vuelve, sin embargo, inadecuada en la medida en que aumenta la selección autorreferencial y, sobre todo, cuando se piensa que el espejo deformante no capta la deformación del otro espejo. Es decir, esta metáfora se disuelve cuando se traslada al nivel de la relación entre sistemas que operan en forma autorreferencial. Los espejos se rompen. Con esta metáfora sólo se puede pensar en la reciprocidad de las perspectivas, con lo cual se pierde la idea de una interacción que se anticipa alternadamente («pertinentemente»). Dicho en pocas palabras, es dudoso que se pueda pensar aún en la unidad de una relación que reúne una mayoría de sistemas autorreferenciales. La relación se convierte ella misma en reducción de complejidad. Pero eso significa que debe entendérsele como sistema emergente.

Tampoco, aunque por razones completamente distintas, es satisfactorio el «inter-accionismo simbólico». Esta tendencia de la teoría integra un alter ego como actor contingente en el ego y ve, con mucha razón, el proceso de mediación en el uso de los símbolos. Sin embargo, trata el problema sólo desde un lado de la interacción, suponiendo que del otro lado sea el mismo. Por decirlo así, únicamente trata la mitad de la doble contingencia y permanece como teoría de la acción. Sin embargo, los sistemas sociales se generan porque (y sólo porque) ambos interlocutores experimentan la doble contingencia y porque la indefinibilidad de tal situación ofrece un significado estructurante para ambos participantes en cualquier actividad que ocurra. Esto no se puede captar por medio del término básico de la acción.

En el contexto de una teoría de sistemas sociales basado en el concepto del pro- blema de la doble contingencia, se puede tomar en cuenta más claramente la diferenciación entre sistemas sociales y psíquicos. Ciertamente, las situaciones con doble contingencia requieren, para echar a andar la comunicación, un mínimo de observación mutua y un mínimo de expectativas basadas en conocimientos. Al mismo tiempo, se excluye, debido a la complejidad de tales situaciones, que los participantes se comprendan entre sí totalmente entendiendo que comprender se refiere a cada variante de la realización del sistema que cada quien observa para sí. En el lenguaje sociológico común, esto se puede expresar diciendo que el grado de conocimiento mutuo, necesario para la reproducción del sistema social, es una variable que se actualiza de sistema a sistema en medida diversa, que varía según el tipo de sistema social y que, por lo tanto, depende también de la diversidad de los tipos que se generan en el transcurso de la evolución sociocultural. Es necesario tomar en cuenta, entonces, las diferentes formas y grados de la «personificación» de los sistemas sociales (sobre todo la variable análoga cuando ego y alter no pertenecen a los sistemas psíquicos, sino a los sociales), lo cual significa renunciar a toda comprensión sustan-cializada de individuos o actores, los que como portadores de determinadas características hacen posible la formación de sistemas sociales. En lugar de ello, desde el nivel de los sistemas sociales, se formula la pregunta: ¿hasta dónde los interlocutores deben ser capaces de entenderse para poder comunicarse?

Llamaremos personas a aquellos sistemas psíquicos que son observados por otros sistemas psíquicos o sociales. El concepto de sistema personal es, entonces, un concepto que implica una perspectiva de observador, lo cual debe incluir la autobserva-ción (por decirlo así: autopersonificación). Como se puede suponer, la teoría de los sistemas psíquicos actualiza la perspectiva del observador; así pues, se podrá hablar, casi en el mismo sentido, de sistemas psíquicos y personales. Sin embargo, es impor-

tante insistir en la diferencia conceptual, dado que con el concepto de persona se expresa mejor la relevancia para un observador. Cuando se trata de expresar la de- pendencia de la reproducción del sistema social comunicativo de los atributos perso- nales de los participantes, no hablamos de «psiquización» sino de «personificación» de los sistemas sociales.

Otro problema, igualmente de terminología, es difícil de resolver mediante térmi- nos cotidianos de fácil comprensión. Para un análisis fructífero, también aquí es in- dispensable más claridad y más diferenciación terminológica de la que los sociólogos suelen exigirse. Parte de la subestructura que se da por supuesta en el teorema de la doble contingencia, es la de los sistemas altamente complejos que utilizan el sentido y que entre ellos mismos no son transparentes ni calculables. Estos sistemas pueden

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