De los tres ámbitos el que mayor recordación ha tenido es el de “danza”, no solo por lo que comporta físicamente para los participantes, sino por las reflexiones que se han suscitado alrededor de ella. Reflexiones que, en todo caso, se conec- tan con los ámbitos de la filosofía y el saber ancestral.
Una de tales reflexiones, quizá la más frecuente entre los jóvenes participan- tes, está relacionada con la exigencia y la dificultad que representa para algunos de ellos la danza, en particular el género Bharatanatyam que se ha implemen- tado como parte del proyecto desde 2016. Este género de la danza es conocido en nuestro país hace poco tiempo y de hecho es desconocido en general por los jóvenes, de ahí que ellos afirmen, por ejemplo, que “es una danza muy distinta a la cotidiana que se oye popularmente” (Rosales, 2018).
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Bharatanantyam, es una danza clásica del sur de la India en una zona cono- cida como Tamil-Nadu. Su origen se remonta al milenio I a.C. y se tiene registro de sus características y pautas de movimiento en el tratado de artes escénicas
Natia-Shastra. Allí, su autor, Bharata Muni —vivió aproximadamente entre el
200 y el 400 d. C.— indica la etimología de la palabra reseñada como: Bha, que significa sentimiento y está relacionado con el abhinaya, que significa expresión; ra (raga) que significa melodía y ta relacionado con tala que significa ritmo.
Del Bharatanatyam se distinguen tres posiciones básicas: i) Samapadam, de pie con los pies juntos y las manos atrás de la cintura formando un triángulo; ii) Arimendi, con las rodillas dobladas abiertas en forma de rombo, asegurando que la punta del pie esté alineada con la rodilla, manteniendo la espalda recta y iii) Muzhumandi, en una especie de cuclillas y formando un rombo con las rodillas, manteniendo también la espalda recta.
Al ser una danza clásica, el saber se comparte respetando la tradición, siendo considerado por algunos estudiantes como “un buen ejercicio que nos ayuda a expresar y a estudiar lo que por años se ha transmitido” (Buitrago, 2018).
Pues bien, en esta danza la posición que más se emplea es Arimendi y por su estructura es, además de no-cotidiana, una forma exigente que debe adoptar el cuerpo. Es allí, donde radica la primera manifestación de incomodidad por parte de quienes participan en los talleres, expresando “cierta dificultad por el cansan- cio y la concentración” (Corredor, 2018); que “es un poco agotador” (Buitrago, 2018); o que “es exigente para el cuerpo” (Díaz, 2018).
Pero además del agotamiento que implica físicamente la postura, también se observa cómo llega a impactar en las emociones y sentimientos de los participantes:
con el tema las emociones y los sentimientos me aproximo a lo que dice Fernanda respecto de que lo primero es un choque al cuerpo, que llega a comprenderse tam- bién como un choque cultural. Las posturas de la danza representan un choque para la mente y el cuerpo, tan fuerte que siento que sí o sí mueven y remueven en los alumnos emociones, que a veces ellos tienen maneras de expresarlas verbal- mente, y otras veces las expresan claramente con el cuerpo (Tenorio, 2018. Tomado de Registro de conversación).
Estableciendo un vínculo entre la práctica de la danza y la educación, este tipo de experiencias revela en parte el planteamiento de Paulo Freire en “No per- mita que el miedo a la dificultad lo paralice” de Cartas a quien pretende enseñar
al plantear lo que comporta una situación difícil y cómo esta resulta siendo vista como una dificultad por parte del sujeto que la enfrenta.
Se dice que alguna cosa es difícil cuando el hecho de enfrentarla u ocuparse de ella se convierte en algo penoso, es decir, cuando presenta algún obstáculo. “Miedo”, según la definición del Diccionario Aurélio, es un “sentimiento de inquietud frente a la idea de un peligro real o imaginario”. Miedo de enfrentar la tempestad. Miedo de la soledad. Miedo de no poder franquear las dificultades para finalmente enten- der un texto (Freire, 2010).
Así, vemos cómo los jóvenes al aproximarse al Bharatanatyam reconocen que los movimientos constituyen una estructura difícil que implica una dificul- tad por enfrentar demandando para ellos exigencia física y concentración para su ejecución.
No obstante, la dificultad que el Bharatanatyam supone para los participantes, ellos también encuentran a través de la danza una posibilidad para superar esa dificultad e incluso la oportunidad de disfrutar de la danza, llegando a manifestar, por ejemplo, que “me ha gustado, he disfrutado hasta los fracasos como posi- bilidades de aprendizaje” (Díaz, 2018) y que a pesar de su exigencia “he tenido la satisfacción de controlar y superarlo” (Corredor, 2018). Por eso, es valioso que en el reconocimiento de los aspectos por mejorar “aunque sabes que para la danza he tenido dificultades”, algunos participantes han encontrado también algo valioso para sus vidas: “es algo magnífico, algo que no se ve muy a menudo” (Pinzón, 2018).
Aquí ciertamente, surge la pregunta: ¿y si la danza representa una dificultad cómo les es posible superarla? Un asunto que suele proscribirse o se intenta pros- cribir del discurso educativo tiene que ver con el dolor. La educación y la formación debiera ser —proponen algunos— algo agradable, encaminada a la alegría y que suponga satisfacción. Esta es una idea que permea no solo el ámbito educativo, sino que se haya presente como un deseo generalizado en nuestra sociedad y que es repetido incluso a través de dinámicas comerciales y de mercadeo: comprar tal o cual producto se ofrece a veces como garantía de satisfacer una necesidad, la felicidad en una botella se podría pensar. Sin embargo, es en el progreso que implica ir paso a paso en aquello que queremos lograr, identificando las fallas y esforzándonos por superarlas que también se puede encontrar una oportunidad, incluso, más permanente de aprendizaje.
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Las primeras pautas de aprendizaje del Bharatanatyam implican enlazar movi- mientos de pies y brazos que, vistos individualmente, son muy sencillos, pero que cuando se ensamblan unos con otros exigen una alta concentración. Dificulta- des de coordinación, ritmo y lateralidad salen a relucir. Al inicio aprehender el movimiento toma tiempo, “no sale” y puede suceder que, de intentarlo algunas veces, si no se logra, llegue a generar un sentimiento cercano a la frustración. A eso se suma que, ya lo decíamos, la postura es inusual para el cuerpo y, por ello, comporta algún grado de dolor en las extremidades o en la cintura. Entonces uno siente en sí mismo y ve en el gesto de los participantes la incomodidad o la fatiga que implican tales movimientos, así como las expresiones verbales de “no puedo” o “es que no me sale”. Pero es justamente en esos momentos en los que más se precisa mantenerse, volverlo a intentar las veces que sea necesario hasta lograrlo. “Reconozca, salude y abrace ese dolor” nos indica la maestra Nicole. En lugar de escapar, en lugar de evitarlo, experimente, asuma ese dolor. Cuando uno menos pone el freno mental de qué tan intenso es el dolor o de que uno no puede hacer un determinado movimiento, más rápidamente puede asumir, ampliar el umbral de dolor y en cambio, resolver y realizar el movimiento. La danza, como señala una estudiante,
transmite una linda energía de resistencia, fortaleza. Obviamente, no estaba acos- tumbrada a este tipo de danzas y mi cuerpo tampoco. Por eso, al principio quería parar, no resistía o eso creía. Pero, no. Fui fuerte y lo logré. Una satisfacción y gra- titud se apropió de mí (Rosales, 2018).
Esta es, creo, una de las razones de que quienes continúan con el proceso de aprendizaje de esta danza, deciden mantenerse, asumir el dolor, pero animarse y animarnos a continuar superando los retos propios de la danza. Esto es lo que genera la satisfacción que leíamos en párrafos anteriores.
La cuestión que se presenta es la de no permitir que nos paralice o nos per- suada de desistir fácilmente, de enfrentar la situación desafiante sin lucha y sin esfuerzo. (…) Es preciso que primeramente nos aseguremos con objetividad de la existencia de las razones que nos lo provocan. En una segunda instancia, si estas existen realmente, que las comparemos con las posibilidades de las que dispone- mos para enfrentarlas con probabilidades de éxito. Y, por último, que pensemos qué podemos hacer para, si este es el caso, aplazar el enfrentamiento del obstá- culo y volvernos más capaces de hacerlo mañana (Freire, 2010).
Este aspecto del dolor que se asume y se supera a través de la danza es un factor que haya un claro correlato con el planteamiento de Freire respecto de la dificultad y el deseo y la voluntad de enfrentarlo.