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2.3 Web Recommender Systems and Web Usage Mining

2.3.3 Collaborative Filtering

Lo que se capta inmediatamente

Tenemos que estar agradecidos a Mc por el paréntesis (v. 3-4).

También nosotros, como el ambiente pagano a quien se dirige, tenemos necesidad de estar informados acerca de la paradoja de una vida proclive al legalismo.

De una primera lectura, conseguimos sólo captar algunas líneas que afloran en este largo discurso. Podemos expresarlas así:

-Mandamiento de Dios y añadiduras humanas.

-Las añadiduras humanas, las explicaciones, las tradiciones se sobreponen a la palabra de Dios hasta esconderla por completo.

-Una praxis que, bajo la máscara de fidelidad exterior, no respeta la intención del Señor. -Una observancia legalista se convierte en hipocresía y se resuelve, fundamentalmente, en astuta desobediencia.

-Exterioridad e interioridad.

-Jesús supera el absurdo del legalismo llevando todo al verdadero centro: el corazón del hombre.

Estos son los grandes temas de la discusión. Para entenderlos, sin embargo, es necesario precisar el contexto.

Puro e impuro

El lavarse las manos, que ha dado origen a la polémica, se coloca en la categoría de lo puro y de lo impuro.

La pureza es la condición requerida para acercarse al santo que es Dios. Y afecta no sólo a las personas, sino también a los animales y a las cosas.

Tengamos presente que estamos colocados en una dimensión de culto y sólo secundariamente el concepto tendrá también una repercusión espiritual y moral. Impuro es todo lo que no es santo, no propio de Dios.

Esto implica la concepción de una esfera de lo sagrado y de lo profano opuestos

rígidamente entre sí. Por lo que todo lo que entra en contacto con la divinidad, es liberado del uso profano.

Las prescripciones tenían su origen en la convicción de que algunos fenómenos

naturales -especialmente lo que tenía relación con la vida sexual-, ciertas enfermedades (particularmente la lepra) hacían impuras a las personas. Había también animales que eran declarados inmundos y no se podían ni comer ni usar para los sacrificios. La impureza se refería también a ciertos alimentos, por lo que eran numerosos los tabúes alimenticios. El contacto con los cadáveres y las tumbas hacía impuros.

Existían varios grados de contaminación y consiguientemente las prácticas relativas de purificación tenían formas y duración diversas (1).

sino también para lavarse de un contagio sagrado. «El vaso de metal, en el que la carne del sacrificio, cosa santísima había sido cocida, debe ser fregado y lavado con agua

abundante; si el vaso es de arcilla debe romperse; en el día de las expiaciones, el sumo sacerdote que ha entrado en el Santo de los Santos debe cambiarse de vestidos y bañarse; el hombre que ha llevado el macho cabrío al desierto, y quien ha quemado las víctimas ofrecidas en sacrificio por el pecado deben lavar sus vestidos y bañarse... La guerra santa "santifica" a los que han participado en ella y el botín de que se apoderan, y el retorno al estado normal exige una desconsagración...». También las sagradas Escrituras «manchan» las manos y, por tanto, hacen necesaria la ablución después de usarlas.

«En la distinción veterotestamentaria entre puro e impuro no se trata, de ninguna manera, de una ley solamente exterior, sino más bien de una lucha dinámica de la religión de Yahvé contra los frentes siempre nuevos en el interior del mundo cultual que rodea a Israel. Con otras palabras, esta (ley) intenta hacer prevalecer, también en referencia a las cosas, la "voluntad inmanente" de Yahvé, quien en absoluto puede contentarse con un culto solamente interior» .

En el judaísmo tardío la preocupación de la pureza cultual ha tomado formas hasta grotescas. Se decía, por ejemplo, que un fariseo se hacía impuro incluso tocando solamente el vestido de un aldeano, que no supiese leer la thorá.

La forma más común de purificación consistía en lavarse las manos antes de las comidas. Una inmersión completa se hacía necesaria, cuando uno volvía del mercado, porque en aquel ambiente se podía haber estado con paganos.

Antiguamente las prescripciones para la ablución de las manos afectaban sólo a los sacerdotes y a los agregados al culto. Pero poco a poco se extendió también a los laicos, especialmente después que se introdujo para cada comida la oración de bendición, gracias a la cual el tomar alimento se convertía así en un acto religioso de culto.

F. Belo (2) sostiene que el sistema de puro e impuro es tardío respecto a un sistema precedente que él define del don y del débito (ofensa).

Los dos se articulan en torno a tres centros: la mesa del israelita, su casa (en el sentido de la familia y del clan), y el templo.

El sistema del puro y del impuro parte de una concepción mágica de la participación de los hombres en las fuerzas de la naturaleza, de donde manan la vida y la muerte. Por lo que es impuro todo lo que, de alguna manera, esté en relación con la muerte.

El sistema del don y del débito (ofensa), por el contrario, se mueve desde una

concepción que ve la tierra como lugar de los hombres y el cielo como lugar de Dios, del que provienen sus dones, especialmente el sol y la lluvia. «Dios da la lluvia y fecunda los campos y los animales, por consiguiente el hombre israelita debe dar a quien no tiene; como Dios le sacia a él, él debe alimentar a su prójimo. O sea, el sistema don/débito (ofensa) regula la sociedad israelita, y el que recibe como don la abundancia en su mesa y en su "casa", debe dar, compartir con quien está privado de abundancia. Recibe por una parte, y da por otra...».

Amar significa dar. Por lo que matar, robar, engañar, explotar, significa estar en deuda, y consiguientemente perdido, maldito.

Mientras que el dar es fuente de bendición y de justicia social, el acaparar excluyendo a los otros, es más, quitando a los otros aquello de lo que tienen necesidad para vivir, es pecado, débito, ofensa.

El comportamiento inspirado en el sistema puro e impuro está conducido por prohibiciones y preceptos rituales.

El comportamiento inspirado en el sistema don/débito (ofensa) viene conducido por prohibiciones y preceptos que tienen como fin promover el don, la repartición, e impedir la violencia, la agresión, el egoísmo.

explotación del hombre por el hombre.

Es necesario todavía advertir, según F. Belo, que el sistema del don/débito fue elaborado por tribus nómadas de pastores y tenía como fin «una participación permanente» que evitase la existencia de ricos y pobres («...con el fin de que no haya ningún pobre junto a ti, oh Israel», Dt 15, 4).

Sucesivamente, a nivel legislativo, por obra especialmente de los sacerdotes, se crearía el sistema de la impureza, estrechamente ligado al culto, y que terminaría por sofocar al otro que tendía a la igualdad social, hecha de solidaridad. Sería típico en este sentido el libro del Levítico.

Siguiendo aún a F. Belo vemos cómo sostiene que, contra este proceder del sistema de la impureza -funcional para las clases dominantes-, levantaron la voz los profetas y el mismo Jesús.

Se trata, naturalmente, de una hipótesis. Corbán, o sea una ofrenda hecha a sí mismos...

Corbán se podría traducir por don. Era una especie de voto con el que se consagraban a Dios los bienes propios que, así, se hacían "intocables".

Se convertirá en un modo aprobado para retener para sí con las uñas los así llamados dones. Con el tiempo, en efecto la seriedad de la intención inicial de la práctica se convirtió en expediente para defender los propios bienes.

Por ejemplo, en una tumba del s. I a. C., se halló esta inscripción: "Todo lo que uno pueda encontrar para su provecho en esta urna funeraria es corbán para Dios, y de parte de quien está dentro".

Los hebreos habían tomado la costumbre de usar juramentos incluyendo el corbán (o los diversos subtítulos: konam, konah, konas) para vincularse en una especie de compromiso sagrado, impidiéndose el uso de alguna cosa.

Así, uno podía decir: «¡konam! si yo pruebo en el futuro alimento cocido». O también: «¡konam! si mi mujer goza a causa mía, porque me ha robado la cartera...».

Poco a poco el corbán se había desfigurado convirtiéndose en un voto de rechazo de algo a alguien. Más que una cosa "cercana" a Dios (según el significado original del término) era una cosa «alejada» de los otros. Era una privación, ¡pero que debían hacer los otros! Se trataba, en concreto, de un voto contra alguien. Ni Dios ni el templo conseguían alguna ventaja de esto.

El colmo del descaro se alcanzaba cuando, a través del corbán -y es el caso-límite citado por Jesús- se dispensaban del mandamiento de Dios que imponía honrar (o sea mantener, asistir) a los padres.

Explica Schmid: «...Un hijo, que hubiera tenido ojeriza a sus padres o hubiese sido un ávido egoísta, podía declarar que cualquier servicio que sus padres le pedían, debía ser para ellos como una ofrenda (corbán).

«Así la dureza de corazón, o la ingratitud, podían ponerse la máscara del temor de Dios: a los padres se les privaba para siempre de cualquier derecho de asistencia por parte del hijo, porque estaba prohibido a cualquier persona sacar algún provecho de una ofrenda sacrificial o votiva para el templo. En base a esta doctrina rabínica, el hijo podía dejar en la más cruda miseria a sus padres confiados a su cuidado, sin tener que dar al templo ni siquiera algo de su patrimonio o de sus entradas».

La casuística rabínica se encarga después de barrer los expedientes para «liberar» del vínculo del corbán. Así, cuando los viejos, hacia los que había un compromiso de

no-asistencia (!), habían llegado a una situación de hambre, se podía proveer... a través de terceros. Se daba algo a un extraño a la familia, que se encargaba de entregarlo a los padres en la miseria. Una obra maestra de hipocresía y de complicación legalista. No se sabe si estas sutilezas existían en tiempo de Jesús. Queda el hecho fundamental,

de una tradición humana que, además de eludir las exigencias de Dios, sirve de «cobertura» al más crudo egoísmo.

Queda la torsión de una práctica religiosa que se convierte en pretexto para sustraerse a las obligaciones más elementales y se resuelve en una «consagración» de los propios intereses. ¿Fariseos o fariseísmo?

El nombre indica «los separados», o sea los santos, la verdadera comunidad de Israel. Son los «observantes» de la ley por excelencia.

Si son «separados», no olvidemos que su intento es el de «separarse» antes de nada del pecado. Estos individuos, en realidad, se distinguen por el rigor de su práctica religiosa. Debemos estar atentos para no caer en fáciles simplificaciones e injustas

generalizaciones respecto a los fariseos (3).

Existían, sin duda, fariseos que merecían el título de hipócritas. Pero había también otros animados por la rectitud y cuya práctica derivaba de una auténtica interioridad.

No olvidemos que han existido fariseos que invitaron a Jesús a comer. Y algunos intentaron salvarlo de las manos de Herodes (Lc 13. 31).

El evangelio, a veces, presenta una imagen un poco caricaturesca de los fariseos, sobre todo por exigencias pedagógicas. Se trata de poner en guardia contra una «lógica religiosa» (para usar la expresión de B. Maggioni), o contra una enfermedad del espíritu que puede brotar en cualquier parte.

El evangelio más que tomársela con cada uno de los fariseos, se muestra muy duro contra el fariseísmo, o sea -como dice X. L. Dufour- condena «el peligro permanente que amenaza a cada espíritu religioso, cuando condiciona la propia búsqueda de Dios a una práctica de la ley».

Schnackenburg bosqueja este retrato: «El intento farisaico de una observancia exterior de la ley, constituye en cada época un peligro para un cierto tipo de personas "religiosas", que como consecuencia de esto se consideran mejores que los demás, faltando al amor al prójimo y haciéndose duros de corazón y orgullosos. Estos olvidan muy fácilmente que también ellos tienen necesidad de la misericordia divina. Allí donde el legalismo (observancia literal de la ley) se instaura y da el brazo a la humana complacencia de sí mismo, sale esa especie de caricatura que es precisamente el "fariseo"».

O sea, las señales exteriores del fariseo, enfermo de fariseísmo, son: observancia exterior, complacencia, seguridad que se deriva de las propias virtudes y aportaciones onerosas, facilidad para juzgar y despreciar a los demás.

Tengamos, finalmente, presente, para comprender el alcance de la discusión en la que se ha comprometido Jesús, que los escribas y los fariseos -en oposición a los saduceos, defensores acérrimos y «conservadores» de la sola ley escrita- afirmaban la validez incluso de la ley no escrita, o sea de la tradición de los antiguos, que ellos hacían llegar igualmente hasta Moisés y hasta la revelación divina. Por lo cual los preceptos transmitidos por la tradición oral (4) -en una especie de cadena ininterrumpida, de generación en generación- era considerada tan sagrada y obligatoria como la ley escrita.

Una polémica compleja

Examinemos ahora la discusión verdadera y propia. Podemos dividirla en cuatro partes.

1. Introducción. Incidente y digresión acerca de las observancias farisaicas en el tema de la purificación (v. 1-5).

Los fariseos y los escribas (que bajan de Jerusalén con vestido de inquisidores) la toman no con Jesús, si no con sus discípulos.

la ley, cuyos juicios eran transmitidos y considerados como normativos para escribas y fariseos» (V. Taylor).

Las «manos» (v. 3) es un término difícil y muy controvertido. Literalmente serían «puños». Puede ser que fuera un gesto ritual.

En el v. 4 se puede advertir una vena de ironía.

2. Jesús acusa a los acusadores (6-13). Pasando decididamente al contraataque, Jesús no nombra ni siquiera a los discípulos, ni los defiende, sino que acusa duramente a los acusadores, demostrando que precisamente ellos son malos discípulos de la ley de Dios. La argumentación que desarrolla es doble: 6-8 y 9-13. Se basa en una cita de Isaías y en un ejemplo que es un caso límite de su comportamiento absurdo, el del corbán (pero Jesús precisa también: «y hacéis muchas cosas semejantes a éstas»).

La cita de Isaías está sacada no del texto hebreo, sino de la versión griega de los LXX, y

es introducida por un comentario irónico de Jesús y concluida por una formulación de acusación. El texto original sería: «...EI culto que me rinden es obra de usos humanos» (Is 29, 13).

El término «hipócrita» significaba «actor».

Con el ejemplo del corbán, Jesús afirma el principio: «Dios no quiere ser honrado y amado a costa del amor al prójimo» (Schnackenburg).

La denuncia, ya formulada en el v. 8, es retomada en el v. 13.

Los fariseos ponen en el mismo plano la ley de Dios y las tradiciones de los hombres que, en su conglomerado, contradicen en muchos casos la intención divina. Y, al final, la palabra de Dios viene a ser literalmente «vaciada».

Esta parte de la polémica puede considerarse como un apotegma.

3. Dichos acerca de la contaminación (14-16). Algunos consideran el v. 15 como «una de las más grandes palabras de la historia de las religiones» (Montefiore). Entre otras cosas, este versículo es tenido como el núcleo original, el punto de partida de todo el debate que, así como lo leemos, traiciona la sedimentación de diversas reflexiones. La cuestión suscitada, además, representaba sin duda un punto de roce entre las primeras comunidades cristianas y el mundo judío. Al «dicho», por su formulación un tanto enigmática, se le define también como «parábola». Está construido según un típico procedimiento de paralelismo antitético.

«Con esto Jesús llega a desvelar el principio decisivo de la moral, el anclaje de la ética en la decisión de la conciencia humana, al mismo tiempo que interioriza la vida religiosa» (Schnackenburg).

Otro estudioso dice: «No las cosas, sino sólo las personas pueden ser religiosamente puras o impuras. Y las personas no pueden contaminarse por las cosas, sino sólo por si mismas, obrando de un modo irreligioso» (Montefiore).

Y R. Fabris comenta: «No son las cosas externas las que pueden hacer al hombre impuro, esto es, inhábil para el encuentro con Dios sino que es la relación que el hombre establece con las cosas la que decide acerca de su posición ante Dios. Son las cosas que salen del hombre las que le hacen inhábil para la comunión con Dios».

El v. 16 falta en algunos manuscritos.

4. Explicación a los discípulos y catálogo de los vicios (17-24).

La afirmación de Jesús debió ser bastante desconcertante para la mentalidad del tiempo si los discípulos le preguntan acerca de la parábola.

El Maestro, después de haber dejado constancia de su torpeza, explica el principio que acaba de afirmar.

El v. 19 suscita muchas discusiones. Algunos ven una afirmación irónica parecida a «...va a parar al excusado que hace iguales a todos los alimentos».

Pero quizás es más probable que se trate de un comentario de Mc: «Así declaraba puros todos los alimentos».

Jesús invita a reflexionar sobre cómo las acciones del hombre vienen, en cierto sentido, «fabricadas» en el interior. Lo que aparece al exterior recibe su sello -bueno o malo- de la intención del corazón, del que proviene.

«El reino de Dios y su justicia, que se han hecho cercanos en Jesús expresa también la última intención de la voluntad de Dios: la integridad y la voluntad del hombre. Si la perversidad no está en las cosas, el hombre está libre de cualquier falso tabú, es restituido a su integridad; si su destino salvífico es decidido desde dentro, desde el corazón, la libertad y la responsabilidad no son una concesión sino un quehacer fundamental para el hombre» (R. Fabris).

El catálogo de los vicios

En el «catálogo de los vicios» o de los productos malos vertido por Jesús, se hace difícil distinguir entre acciones y pensamientos.

Se trata, sin duda, de un elenco bastante impresionante por su severidad, frente al cual se siente la tentación de decir que es una exageración. Pero tenemos que reconocer que él sabe «lo que hay en el hombre» (/Jn/02/25) y consiguientemente está preparado para hacer el inventarlo de cierta mercancía, para desvelar aquello de lo que es capaz el corazón del hombre.

Detengámonos en alguno de estos productos

«Envidia» se traduciría, literalmente, por «ojo malo» (ophtalmós ponerós). En la parábola de los obreros de la viña, el amo replica así a los de la primera hora: «¿No puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que tu ojo es malo porque yo soy bueno?»

Por tanto envidia, pero también la presunción de criticar los designios de Dios, la

incapacidad de entender sus caminos, el ver las cosas por el lado mezquino y no por el lado de Dios. La soberbia traduce hyperephania. Podría decirse: orgullo, altivez, arrogancia, estar

llenos de sí mismos. Es la postura -opuesta a la humildad, a la «nada» de la Virgen- que, según el Magnificat, Dios dispersó (Lc 1, 51).

Es la postura propia de quien cree que es alguien, «aquel pecado del espíritu que

encierra al hombre en sí mismo y lo hace impenetrable a Dios y a los hermanos» (Schnackenburg). Y después está la tontería y la estupidez (aphrosyne). El campo en que se manifiesta la