A.3 Three views of FSD CAD-model
2.4 Software design
2.4.2 Color based object detection
En el verano de ese mismo año almorcé muchas veces con Hitler. Residía el Führer en el segundo piso de la nueva Cancillería. Su vida era la de un burgués, si se quiere de un pequeño burgués. El departamento no era muy amplio; el moblaje era muy sencillo y sin valor artístico.
Cuando residía en Berlín, Hitler invitaba siempre a algunas personas a su mesa, invitaciones que se consideraban como prueba de gran favor. Nunca invitaba a más de veinte personas a la vez. El servicio era frugal: en su mesa, como fuera de ella, el Führer daba ejemplo de sencillez. Declaró muchas veces que no cambiaría por nada sus viejas costumbres, ni su indumento, ni su tren de vida. Esa voluntaria simplicidad contrastaba favorablemente con la ostentación fastuosa de los advenedizos del partido. Hitler, en el auto, se sentaba al lado de su chófer, salía a la calle con su impermeable legendario, casi siempre sin sombrero; se vestía con su chaqueta de paisano, y sólo el pantalón correspondiente al uniforme del partido.
En el almuerzo, el menú era invariable: un cocido, un plato de carne, legumbres y entremeses. Hitler no probaba la carne; en cambio, absorbía una cantidad inverosímil de platos azucarados, y su cocinero personal, viejo militante del partido, le preparaba platos especiales de legumbres. Hitler no imponía su régimen vegetariano a sus huéspedes. Hasta admitía que se sirviese alcohol en su mesa, casi siempre cerveza. Se podía elegir entre la cerveza y la limonada, y era un espectáculo divertido ver a ciertos invitados, activos militantes del partido, mirar de reojo al Führer y escoger ostensiblemente la limonada a fin de bienquistarse con el ascético canciller.
Por lo general, el grupo de los elegidos era bastante heterogéneo. Había siempre alguna personalidad saliente, una estrella de cine, un artista, e incluso algún bonzo del partido. Se admitían las mujeres, pero casi siempre en minoría. Recuerdo a una o dos bellezas rubias de brillo excepcional. Algunas damas de la sociedad aristocrática se codeaban con mujeres de teatro y artistas. En uno se esos almuerzos me presentaron a la hermana de Rudolf Hess, una artista de mucho talento, que encuadernaba los libros de Hitler.
El príncipe Augusto Guillermo de Prusia era uno de los huéspedes más asiduos. Nazi convencido y ameno causeur, brillaba menos en la tribuna o como hombre político. Lo conocía de hacía mucho tiempo, lo mismo que a su joven hermano Oscar. En la época en que servían en el cuerpo de cadetes, en Potsdam, los dos príncipes venían frecuentemente a casa para jugar al tenis o al fútbol. A la sazón Hitler trataba al príncipe con deferencia. Y en los medios conservadores cobijaban la esperanza de que Hitler hiciera de “Auwi” un nuevo káiser.
Se sentaba también a la mesa del Führer un personaje que formaba, por así decirlo, parte del mobiliario: Puzzi Hanfstängel, cuya competencia universal y talentos lingüísticos eran muy apreciados, y cuyo cráneo, extrañamente abultado, llamaba la atención aún más que sus palabras. Goebbels era uno de los más habituales invitados. Tenía interés en mostrarse constantemente a los ojos de Hitler, porque sabía de sobra que los ausentes nunca tienen razón. Entre los otros comensales figuraban el inmenso Brückner, ayudante de Hitler, y Sepp Dietrich. Desde luego, todos los jefes del partido que se encontraban de paso en Berlín eran admitidos a la mesa también.
En esos almuerzos cambiábamos libremente toda clase de ideas. Hitler permanecía las más de las veces silencioso, o solamente intervenía en la conversación con breves frases; luego, bruscamente, con una voz de trueno que cubría a todas las demás, pontificaba y vaticinaba. En tales momentos era cuando uno se daba cuenta que, para producir un efecto de elocuencia, le era menester subir considerablemente la voz y precipitar su emisión. Resultaba casi imposible una conversación normal con él. O bien observaba un mutismo completo, o no dejaba colocar a su interlocutor palabra alguna. Salta a los ojos que la elocuencia de Hitler no era un don natural, y que, por el contrario, había tenido que vencer ciertos obstáculos interiores que aún perduran en la conversación privada. La violencia sobre sus disposiciones ingénitas, el carácter artificial que se ha forjado, se manifiestan, sobre todo, en las recepciones íntimas. En ellas se encuentra molesto por la ausencia total en él de humor o de alegría. La risa de
Hitler se diferencia poco de una forma del insulto o del desprecio. No sabe lo que es el descanso espiritual ni la paz interior. El azar me hizo conocer, en uno de esos almuerzos, su opinión sobre el humor. Yo estaba sentado frente a él. Goebbels, a su izquierda, le hablaba de la hoja humorística del partido. A los ojos de Hitler, el espíritu y el humor eran meros instrumentos de propaganda. Fué entonces cuando profirió este juicio lapidario, que se difundió en todo el partido, sobre el Stürmer y sus caricaturas sobre los judíos: “Ese diario es la única manifestación de pornografía autorizada en el III Reich.” Hitler experimentaba un placer evidente en contemplar esas basuras.
Después del almuerzo solíamos pasar al pequeño escritorio de Hitler para tomar café y los licores. Se fumaba también, pero muy poco. A veces servían el café en una amplia terraza con arbustos, desde donde se divisaba la cima de los árboles del jardín de la antigua Cancillería. Los allegados de Hitler, y en particular su hermana Frau Rabaul, cuya solicitud daba a su aposento una nota de intimidad, temblaban por su seguridad. En esa época se temían atentados. El jardín de la Cancillería era considerado como terreno peligroso. Se recomendó al Führer que no fuera por allí. Sólo en la terraza de la nueva Cancillería tenía libertad para hacer un poco de ejercicio.
IX