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(Andócides).
O
O fue hasta que se hubo consolidado rme-
mente la supremacía naval de Atenas cuando se pudo emprender algún intento de paliar las condiciones resultantes de la confusión crea- da por las guerras persas. Un escritor tardío atribuye a Temístocles el mérito de haberse anticipado a la posterior política ateniense y de haber intentado acabar con la piratería en aguas griegas1. Pero
no fue hasta la creación de la liga de Delos cuando los atenienses fueron verdaderamente capaces de emprender la tarea de restau- rar el orden en el Egeo. Conservamos testimonios de expediciones dirigidas contra dos de los principales centros de la piratería, Es- ciros
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y el Quersoneso Tracio
3
, dos provincias en las que era ne- cesaria la continuidad de una efectiva vigilancia. En un período en el que los testimonios de los autores son notoriamente escasos, tenemos muy pocas noticias directas de las medidas adoptadas por Atenas. En ambas regiones se habían asentado colonos ate- nienses, y es probable que una de las obligaciones de los clerucos en todo el imperio fuera la de ofrecer su protección frente a la piratería y al bandidaje. Atenas también buscó la cooperación del
resto del mundo griego. Sabemos que Pericles invitó a delegados de otros estados griegos a discutir, entre otras cuestiones, acerca de la seguridad de las aguas; sin embargo, su propósito no se materializó por la oposición mostrada por Esparta 4. Pero, a pesar
de todo, el éxito de la labor ateniense resulta indiscutible. Sólo hay que comparar la situación del Egeo anterior a la hegemo- nía de Atenas y posterior a su caída con el absoluto silencio que hallamos en los autores al respecto de la práctica de la piratería a gran escala durante los años que precedieron a la guerra del Peloponeso. Resulta evidente el gran servicio prestado por Atenas a la totalidad del mundo griego. Existen, asimismo, ciertos testi- monios indirectos que es necesario tener en cuenta. Cuando el comandante espartano Alcidas emprendió su expedición dirigida contra Asia Menor en el427 a. C., halló que las ciudades jonias no estaban forticadas5. Es posible que los atenienses consideraran
dicha condición necesaria para el mantenimiento de su dominio sobre las ciudades asiáticas, pero dicha costumbre, no obstante, implica que no sólo eran capaces de protegerlas de los sátrapas persas, sino también de los ladrones del mar. Más evidencias de la ecacia de la vigilancia ateniense en el Egeo nos aporta la ar- mación de Tucídides de que las únicas zonas de Grecia donde aún existía la costumbre de llevar armas eran las provincias al norte del golfo de Corinto6. Era precisamente ésta la zona donde el do-
minio griego era más débil. Incluso si los atenienses abusaban de su poder en ocasiones, tal como denuncia el autor del tratado so- bre la oligarquía que ha llegado hasta nosotros junto con la obra
de Jenofonte7, la protección que Atenas ofrecía a los comerciantes
griegos y a los habitantes más débiles de las costas del Egeo no había vuelto a conocerse desde los míticos tiempos del rey Minos. Y aun así, los autores guardan casi absoluto silencio acerca de
Entre los males que conllevó para Grecia la guerra del Pelopo- neso, no fue el menos importante el nuevo impulso que su larga duración y la consecuente destrucción de la armada ateniense dio a la piratería. Incluso antes de la caída de Atenas, es evidente que ya la vigilancia de los mares se había relajado considerable- mente. Gran parte del conicto, tal como aparece descrito por Tucídides, consistió en una serie de asaltos organizados llevados a cabo por ambos bandos tanto en tierra rme como en el mar y en los que se empleó a comisionados en el escaso número que las circunstancias permitían. Los procedimientos de los comi- sionados se diferenciaron en muy poco de las estrategias de la auténtica piratería. En el bando ateniense encontramos a los mesenios de Naupacto actuando a bordo de pequeñas embarca- ciones en los alrededores del Peloponeso y convirtiendo en base de sus operaciones el desierto promontorio de Coryphasium, que tras la llegada de la ota ateniense pasó a conocerse como Pylos8. Pero los atenienses, que eran quienes tenían mayor inte-
rés en el mar, fueron, por supuesto, los más afectados. En una etapa anterior de la guerra se vieron en la necesidad de enviar un escuadrón para frenar a los comisionados que amenazaban a los mercaderes atenienses que provenían de Faselis y Fenicia 9.
En fechas más tardías encontramos un escuadrón enemigo apo- yado por los milesios que ocupa el promontorio de Triopia para
atacar a los mercaderes que vuelven de Egipto
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. Esto último se producía en un momento más avanzado de la guerra, cuando ya los barcos de guerra del Peloponeso podían actuar con libertad en el Egeo. La labor previa en Licia y Caria fue, indudablemente, llevada a cabo en pequeñas embarcaciones tripuladas por los «corta-gargantas» de las colinas, que caían sobre los mercaderes cuando estos se detenían durante la noche11. La mayor parte de
de la misma índole. Los traidores megarianos se las ingeniaban para que se les abrieran las puertas de las ciudades durante la noche haciéndose pasar por comisionados; acostumbraban para ello a colocar en un carro un bote de remos que llevaban hasta el mar durante la noche y volvían a traer al amanecer. De esta forma, lograban no levantar las sospechas de los vigías atenien- ses situados en Minoa con la presencia de un barco en el puerto durante el día 12. En el transcurso de tales operaciones, ninguna
distinción se hacía entre neutrales y enemigos. En los inicios de la guerra, los peloponesios trataban a todos los mercaderes del mar como a enemigos y, cuando alguno era capturado, lo ejecu- taban13. Alcidas comenzó su asalto a Jonia masacrando indis-
criminadamente a todos los prisioneros14.
Con el propósito de hacer frente a estas tácticas seguidas en la costa, los atenienses se vieron obligados a ocupar zonas del litoral enemigo. Normalmente se trataba de pequeñas is- las como Atalante15, una isla desierta que fue forticada en el
año 431 a. C. para interceptar las naves enemigas que salían de Opus y del resto de Locris para atacar Eubea; Minoa 16, en
la Megáride, fue igualmente ocupada en el año 427 a. C. para evita r que se reprodujeran los as altos protagonizados por Bru- sidas en el año 42917 e interceptar las pequeñas naves de los
comisionados de Megara. La posición ocupada con anterioridad en Budorum, en Salamis, había resultado insuciente para ta - les propósitos. Se ha sugerido que la creciente atención pres- tada por los atenienses a la isla de Melos, que culminó con la masacre de sus habitantes en el año 416 a. C., se debió al uso que los enemigos hicieron de la isla Dor ia como base de sus co- misionados18. A la inversa, los atenienses también se sirvieron
de estas posiciones ocupadas para dirigir sus ataques contra las costas enemigas19.
Técnicamente, las conductas de ambos bandos podían con- siderarse acciones de guerra. Pero una duradera confrontación de esta índole sólo podía conducir a un resultado. La vigilancia marítima ateniense fue duramente puesta a prueba ya desde los primeros momentos de la guerra del Peloponeso20. Si los prin- cipales combatientes no mostraron consideración alguna a los derechos de los neutrales, es de suponer que nadie mostrara ma- yores escrúpulos. Las sediciones que se produjeron en las ciuda- des griegas, y que no fueron sino otra consecuencia de la guerra, incrementaron el número de los hombres sin ley en activo, que trataron de debilitar a sus enemigos saqueando sus propieda- des21 y sirviéndose en ocasiones de la ayuda de los bárbaros22.
Tras el desastre de Sicilia, cuando la fuerza naval de Atenas ya apenas era suciente para defender los lugares de mayor impor- tancia estratégica y asegurar las rutas comerciales, la piratería regular de nuevo levantó la cabeza. Apenas sorprende encontrar piratas sirviendo en el bando lacedemonio. Las noticias de Ae- gospotami fueron llevadas a Esparta por Teopompo, un pirata milesio enviado por Lisandro23.
Atenas era un estado comerciante, al contrario que Esparta, y durante los años que siguieron a la batalla de Aegospotami el go- bierno espartano en absoluto alentó el control de las aguas para la seguridad del comercio, que aún se concentraba sobre todo en el Pireo. Si Esparta siguió sirviéndose de forma efectiva de la piratería nos es desconocido. Los exiliados de Quío del Atarneo fueron eliminados por Dercyllidas24; y, por otra parte, se dice que
Agesilao vendió a los persas que los piratas habían capturado25.
En cualquier caso, nuestros autores son bastante tajantes con respecto a la negligencia espartana. Isócrates arma en el año
380 a. C. que las aguas estaban infestadas de piratas26. Algunos
de valor al Helesponto mientras los espartanos controlaran el mar27. Esparta, cierto es, estaba realizando una vigorosa guerra
pirática contra Atenas en estos años, y en el 389 a. C. ocupa- ba Egina para convertirla en la base de sus objetivos28; pero lo
que mejor pone de maniesto la generalizada inseguridad de las aguas es el destino de Lycón de Heraclea. Inmediatamente des- pués de partir de Atenas fue capturado por piratas en el golfo Argólico, y estos lo despojaron y asesinaron29.
Esta circunstancia se produjo con posterioridad a los años
377 o 378 a. C., cuando ya habían aparecido indicios de mejoría en el Egeo. En comparación, encontramos mayor silencio al res- pecto de la existencia de la piratería durante los primeros años de la segunda confederación ateniense30. El simple hecho de que
no tengamos noticia alguna de la piratería no prueba nada en sí mismo, pero parece que aún en el siglo cuarto los atenienses se arrogaban el papel de guardianes del mar. Es difícil explicar, si no, la actitud adoptada con respecto a los planes de Filipo de una acción conjunta en relación a este problema, pues claramente el autor del discurso De Halonnesos arma que cualquier preten- sión de esa índole por parte de Filipo constituiría un atentado contra la prerrogativa ateniense, y que el hecho de que Atenas la aceptara equivaldría a confesar que ya no sería capaz de prose- guir tal labor por sí misma y ofrecería a Filipo la oportunidad de captar el apoyo de los aliados de Atenas
31
. Con toda seguridad, los atenienses tratarían, aún por esta época, de hacer frente al problema. A través de otro discurso que nos ha llegado con la obra de Demóstenes, sabemos que se rmó un acuerdo con los aliados para proteger de los piratas a los mercaderes, y que se multó a los melianos con diez talentos por haber permitido a los piratas la entrada a su puerto32. El acuerdo en cuestión, que
casi con total seguridad en la época en que las islas más impor- tantes abandonaron la confederación, habiendo ya causado su retirada la decadencia del poder marítimo ateniense, que ahora necesitaba nuevos apoyos de esta índole. Incluso ya por los años
335 y 334, encontramos un escuadrón de Atenas al que se le
conrió la misión de controlar a los piratas34, y conservamos el
testimonio de hacia el 315 o 314 de cierta hazaña de Thymocha- res, que había logrado vencer al corsario Glaucetas de Kythnos y procurar a los navegantes la seguridad de las aguas35. Este fue
el último logro de Atenas como guardiana de los mares. Su ota ya había desaparecido en la batalla de Amorgós (322 a. C.) algu- nos años antes, y el comercio con el Mediterráneo oriental ya no tenía su centro en el Pireo.
Pero, el hecho es que, tras la guerra social de los años357-355
a. C., resultaba evidente la incapacidad de Atenas para prose- guir su labor. Ya por los años362 y 361 a. C., ella misma había sufrido los graves estragos causados por los comisionados de Alejandro de Pherae, que habían saqueado las Cícladas, ocupa- do la Peparethos de las Espóradas e incluso penetrado con éxito en el Pireo, donde sus tripulaciones expoliaron de buen grado las mesas de los cambistas de dinero36. Estas hazañas dieron
nuevo impulso a la piratería, que pronto volvió a resurgir en los años que siguieron a la guerra social. Las islas menores, una vez más, se convirtieron en nidos de piratas. Halonnesos, que había sido territorio ateniense, fue ocupada por un pirata llamado Sos- trato, y, cuando Filipo limpió la isla, surgió la famosa controver- sia «sobre las sílabas», acerca de si los atenienses tenían derecho o no a que Filipo se la devolviera 37. Mioneso, a la entrada del golfo
de Malia, por su parte, también llegó a tener una reputación que se haría proverbial38. En el Quersoneso Tracio, el promontorio
Cuando Atenas intentó expulsarlos, ellos recibieron a tiempo la ayuda de el condottiere Caridemo. Podemos sospechar que los
lVsta… de los que Filipo se quejaba en Thasos no eran simples
comisionados40. Los piratas se valieron en gran medida de la
confusión srcinada por la guerra social y el prolongado con- icto entre Atenas y Macedonia. Los custodios ociales del mar habían concedido patentes de corso generalizadas durante la guerra social con el n de acabar con el comercio enemigo, y es evidente que, en la práctica, poca distinción se hacía entre neu- trales y enemigos41. La conducta de los «trierarcas», por aquella
época, contribuyó también a la extensión del mal. Los barcos atenienses estaban a disposición del mayor postor para la eje- cución de represalias y capturas privadas42. Durante la guerra
macedonia, ambos bandos recurrieron a violentas formas de pi- ratería. Los barcos de Filipo atacaron las islas y actuaron en las costas de Ática, haciéndose, en cierta ocasión, con la ota del estado en la bahía de Maratón43. Los atenienses no actuaron con
menos energía 44, y acrecentaron sus ofensas, desde el punto de
vista de Macedonia, por el hecho de que los comisionados siguie- ron actuando mientras que, ocialmente, estaban en paz ambos estados. Podríamos enumerar una larga lista de acciones de pi- ratería cometidas por los atenienses tras la paz de Filócrates. Un mensajero macedonio fue raptado; se permitió a los piratas el uso de la isla de Thasos a pesar de que el tratado contemplara expresamente su prohibición; Diopites, el comandante ateniense en el Quersoneso, esclavizó a los habitantes de la provincia, que eran súbditos de Filipo, y culminó su ofensa con el rapto del em- bajador macedonio, que había sido enviado para negociar la li- beración de los cautivos, y la exigencia de su rescate. Otro de los generales atenienses atacó las posesiones macedonias en el golfo Pegasiano y trató como a enemigos a cuantos mercaderes nave-
gaban con rumbo a Macedonia, vendiéndolos como esclavos45.
Filipo respondió a estos actos con la captura de los barcos del trigo que esperaban a la entrada del Bósporo46. Tal era la situa-
ción del Egeo durante los años que precedieron a la batalla de Queronea. Las comunidades de piratas orecieron sin obstáculo mientras que las rivalidades entre los dos poderes que habrían podido frenar su mal impidió que colaboraran mutuamente en dicha labor. Atenas lo alentó para que dañara a su enemigo, mientras que ella misma se veía obligada a convoyar los barcos de trigo de los que su subsistencia dependía 47. Sus propios ciu-
dadanos cometieron el mismo crimen cuando ello sirvió a sus intereses; y sus generales extranjeros practicaron la piratería como norma habitual.
La piratería comenzó a adoptar nuevas formas durante el si- glo cuarto, presagiando así las condiciones que generaría el pos- terior desarrollo del sistema mercenario tras Alejandro. Ya en el año 380 a. C., Isócrates comparaba la conducta de los mercena- rios48 en tierra con l as actividades de los piratas en el mar. Grecia
comenzó a tener cada vez mayores problemas con estos hombres desposeídos cuya única posibilidad de supervivencia era com- batir como mercenarios o dedicarse al asalto49. Las dicultades
nancieras que acosaban a Atenas obligaron a sus generales a recurrir a toda clase de turbios recursos para poder pagar la soldada a sus tropas. Tenemos noticias de las «benevolencias» exigidas por los generales, cuya cantidad variaba en función del tamaño de su ejército. A cambio, los mercaderes extranjeros se libraban de ser atacados o eran escoltados por el ejército ate- niense. ¿De qué otras fuentes?, se pregunta Demóstenes, ¿po- dría, si no, haber logrado Diopites recaudar fondos para pagar a sus hombres50? Algunos de los más importantescondottieri de la
ratae del siglo siguiente. Siempre se hallaban dispuestos a pres- tar sus servicios al mejor postor, y, cuando estaban fuera del servicio ocial, no era difícil que también se dedicaran de cuan- do en cuando a la piratería por su cuenta. Caridemo comenzó su carrera de aventurero, según Demóstenes, como capitán de una nave pirata que dirigía sus ataques a los aliados atenienses. Más tarde, tras abandonarla, reunió a una compañía de mercenarios y se puso al servicio del ateniense Ifícrates. Pero, como hemos visto, no renunció a ayudar a sus antiguos camaradas en Alope- coneso cuando estos se vieron amenazados por los atenienses51.
La conducta del ateniense Cares, según sus rivales políticos, no fue mucho menos reprobable52. La incapacidad de Atenas in-
cluso para proteger a sus propios ciudadanos hacia el n de la guerra con Filipo aparece bien ilustrada por la resolución de la Boulé que proponía un voto de gracia a Cleomis de Lesbos para rescatar a los atenienses cautivos de los piratas53.
La confusión que predominaba en esta época se incrementó con la guerra naval de Alejandro en las costas de Asia Menor, donde la situación era muy similar a la que srcinaron las pri- meras guerras persas en su avance por el Egeo. Los pequeños tiranos que mantenía el gobierno persa en las ciudades griegas aprovecharon la ocasión para expoliar y maltratar a sus súb- ditos y aliarse con los piratas para atacar a los griegos. Uno de ellos, Aristónico de Metimna, cayó fácilmente en una trampa que le fue tendida en Quío. Ignorante de que la isla había pasado a otras manos, llegó con cinco galeras piratas54 y se le permitió
la entrada en el puerto, donde halló cerradas todas las salidas y a su ejército en poder de los almirantes de Alejandro. La sen- tencia dictada en el caso de los tiranos de Eresos nos ofrece un vivo retrato de la gravedad de sus acciones55. Tras la batalla del
gobernado la ciudad, pero, cuando Memnón, al año siguiente, recuperó la posesión de todas las islas Lesbos a excepción de Mitilene56, parece que los persas llevaron al poder a dos nuevos
tiranos, Agonippo y Eurisilao, entre cuyos crímenes se cuentan