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Logistic regression

5 EVALUATION

5.3 Com paris on to other’s work

Prostitución y trata de personas

La prostitución es una institución enormemente compleja. Está relacionada con prácticamente todo lo que podamos imaginar: la economía, el patriarcado, la cultura, lo simbólico, el ocio, el consumo, la desigualdad, la sexualidad por supuesto, las religiones… Si a la institución de la prostitución le sumamos la trata o el tráfi co de personas, añadimos el neoliberalismo, la feminización de la pobreza, la globalización neoliberal, las migraciones, nos dará como resul- tado una de las cuestiones más complicadas de la actualidad. A pesar de esto,

las aproximaciones que se hacen al problema suelen proponer soluciones de trazo grueso, pasando por alto que no hay soluciones simples para problemas complejos. Tampoco es fácil escribir una ponencia integrando tantas y tan diferentes variables por lo que me limito aquí a hacer una aproximación nece- sariamente parcial a cuestiones que exigen, desde mi punto de vista, aproxi- maciones necesariamente más elaboradas.

No soy especialista en la cuestión del tráfi co o la trata de personas sino que mi trabajo se centra en la institución de la prostitución como tal y, especialmente, en la ideología prostitucional, que es lo que subyace a la institución y al uso de la misma. Creo que el debate sobre esa ideología es lo que muchas veces falta cuando se aborda la cuestión. Mi empeño es abordar el debate desde otra perspectiva porque me preocupa que las abolicionistas podemos estar en ries- go de perder el debate social; quizá porque a veces nos limitamos a discutir sobre cuestiones técnicas, jurídicas, o a ofrecer soluciones rápidas para mini- mizar los efectos de la prostitución, especialmente –vamos a reconocerlo- su visibilidad. Pero si nos limitamos a las cuestiones técnicas, puede ocurrir que nos encontremos con que el sector regulacionista proponga soluciones técni- cas que parezcan más factibles, más aplicables, más ajustadas a la realidad e incluso más justas. Soy de la opinión de que el abolicionismo no debe entrar en ese campo porque ahí puede salir derrotado. Debemos mantenernos en el presupuesto de que la prostitución es una institución basada en determinados presupuestos ideológicos y simbólicos que hay que desmontar y combatir por- que esa ideología es una de las patas que sostiene la desigualdad patriarcal. Ese es el campo en el que el abolicionismo tiene que moverse. Es verdad que además de este terreno, puramente ideológico, hay también problemas muy concretos a los que hay que dar soluciones concretas y rápidas y ahí yo difi ero del discurso abolicionista clásico. En ese sentido mi posición es un poco hete- rodoxa y es lo que voy a tratar de abordar en esta ponencia.

En el asunto de la trata o el tráfi co el debate eterno, crispado, entre abolicio- nistas y regulacionistas se reproduce exactamente igual, sólo que en este caso se amplía el espacio del mismo y se traslada, además de a las instituciones

Encuentros Beatriz Gimeno Topaketak Beatriz Gimeno

nacionales, a los organismos y a las agencias internacionales. La distinción entre prostitución forzada y voluntaria,que es el centro de cualquier debate, se reproduce exactamente igual en lo que se refi ere a la trata y el tráfi co. Las abo- licionistas, siguiendo con su discurso clásico en el que la prostitución siempre es forzada y el consentimiento nunca es válido, por lo que la prostitución siempre es violencia, se niegan a distinguir entre tráfi co y trata. Su propuesta fundamental es combatir la demanda, porque sin demanda se supone que no habría prostitución ni, por tanto, tráfi co de mujeres para este fi n. Por su parte las regulacionistas distinguen entre tráfi co y trata y sostienen que lo que so- mete a muchas mujeres a redes de trata son las restrictivas leyes migratorias. Por eso, la mejor manera de combatirla es regular la prostitución y aplicar a las mujeres que la practican la legislación laboral. En cuanto a la demanda, afi rman que la relación entre ésta y la trata o el tráfi co no es lineal ni simple. Mi opinión es que tráfi co de mujeres y trata no son la misma cosa y que no siempre es sencillo distinguir una de otra porque no son situaciones que se presenten “puras”; así mismo es importante separar la prostitución como ins- titución del problema del tráfi co de personas. Es importante separar ambas cosas para poder combatirlas adecuadamente y para poder hacer frente tam- bién a las situaciones más sangrantes. Si nos empeñamos en defender siempre posiciones maximalistas puede parecer que no somos capaces de jerarquizar el sufrimiento real que padecen estas mujeres y eso provoca que las feministas abolicionistas en ocasiones parezcamos fundamentalistas alejadas de los pro- blemas reales. Hace que en ocasiones parezcamos fundamentalistas.

Es obvio que sin prostitución no habría tráfi co ni trata de mujeres para prostitu- ción pero lo habría, y de hecho lo hay, para otras cosas (hay tráfi co y trata para servicio doméstico, trabajos agrícolas, trabajo textil, economía sumergida y otros trabajos que tienen que ver con el negocio del sexo pero que no son di- rectamente prostitución); por otra parte, podría no haber trata ni tráfi co aunque siguiera habiendo prostitución (si por ejemplo no hubiera deseos de migrar o no existieran las fronteras). Aunque están muy relacionadas prostitución y tráfi co de mujeres para prostitución no son la misma cosa, no se combaten de la misma manera, ni necesariamente la desaparición de una signifi caría la desaparición de la otra, y al revés. La relación entre trata y prostitución podría compararse con la que existe entre patriarcado y capitalismo, funcionan muy bien juntos, se pegan como dos parásitos, se engordan mutuamente, pero po- drían darse por separado y, de hecho, históricamente se han dado por separado. La trata, el tráfi co, son fenómenos relacionados con la globalización neoli- beral, con el aumento de la pobreza, la feminización de la misma, las migra- ciones globales. La prostitución, a su vez, tiene que ver con la desigualdad

entre mujeres y hombres y es una práctica basada en una ideología sexual determinada, lo que yo llamo ideología prostitucional y que ha sido desde siempre una opción “laboral” para las mujeres pobres; sin embargo, la pros- titución tenía antes de la globalización neoliberal unas características muy distintas a las que tiene ahora. En el momento en que aparece la necesidad de migrar hacia los países ricos, la prostitución cambia radicalmente de aspecto. En todo caso, no es la primera vez que lo hace porque la prostitución es una institución cambiante que se ha sabido adaptar a cada sociedad en la que exis- te. Podríamos decir que es la manifestación máxima de la ideología sexual de la desigualdad adaptada a cada sociedad.Saber qué función cumple en cada momento histórico y en cada sociedad es muy importante para poder comba- tirla adecuadamente.

Sin embargo, una parte del abolicionismo se empeña en seguir considerando la prostitución como un fenómeno único y ahistórico. Sigue centrándose en la cuestión del consentimiento como la base de todo y a menudo se enreda en disquisiciones fi losófi cas eternas acerca de la validez o no del consentimiento, así como en estudios sobre las mujeres que ejercen la prostitución con el ob- jeto de demostrar que provienen de la pobreza más absoluta, que han sufrido abusos sexuales en la infancia etc. Mi postura es la de que hay que mover el foco de sitio, sacar a las prostitutas de la explicación de lo que signifi ca la prostitución y ponerlo en el cliente.

¿Qué función cumple hoy la prostitución?

En los años 50 los sexólogos e investigadores sociales sostenían que esta ins- titución tenía los días contados a causa de la aparición del feminismo, de las nuevas libertades sexuales, de la aparición de la píldora anticonceptiva, de la desaparición (en parte) del estigma sobre las mujeres sexualmente activas… Efectivamente, si se estudian las estadísticas de uso de prostitución en los 50, 60, y 70 se aprecia que son claramente descendentes. Pero, de repente, a partir de los primeros 80, el uso de la prostitución aumenta espectacularmente y no ha dejado de aumentar. La prostitución de antes del feminismo tenía que ver basicamente con la combinación entre la ideología sexual patriarcal (el hom- bre tiene determinadas necesidades sexuales que tiene que satisfacer) y la represión sexual de las mujeres (las mujeres decentes no sirven para satisfacer esas supuestas necesidades, luego tiene que haber otras, las putas, destinadas a ello) Sin embargo, en la actualidad el panorama social/sexual ha cambiado completamente: no hay represión sexual, el estigma de las mujeres sexuales está muy debilitado, ha habido profundos cambios familiares, las mujeres son independientes económicamente, no hay miedo al embarazo, las mujeres se

reconocen sexuales…y sin embargo, el uso por parte de los varones de la prostitución, aumenta en un contexto en el que desaparecen todas las antiguas justifi caciones. ¿Por qué hay más prostitución que nunca? Los nuevos análisis sobre “globalización y relaciones de género” sugieren la conclusión de que después de un tiempo en el que parecía que las mujeres habían conquistado nuevos y amplios espacios de libertad dentro del sistema, las tendencias de la globalización han llevado a un embrutecimiento salvaje del patriarcado. Así, la prostitución es hoy uno de los pocos espacios que quedan libres de igualdad, libre de la sola idea de igualdad; libre, en realidad, de feminismo. Lo que compran ahora los clientes ya no es la posibilidad –negada en otros ámbitos- de una relación sexual, sino que lo que ahora buscan es un sentido de la propia masculinidad, masculinidad tradicional desigualitaria: plusvalía de género, en palabras de Donna Haraway. La función de la prostitución en cuanto generadora de esa plusvalía de género y su expansión viene a jugar un papel similar al fenómeno de expansión del feminicidio o de los malos tratos. Han existido siempre, pero nunca en la medida en la que existen hoy día. An- tes no eran necesarios porque la jerarquización sexual estaba perfectamente clara. En un mundo confuso y cambiante como este las nuevas posiciones de las mujeres amenazan directamente la subjetividad masculina hegemónica y tradicional, y los hombres reaccionan con extraordinaria agresividad. Se ha unido el cambio (o quizá la inestabilidad) en la jerarquización social con la irrupción del feminismo, con el cambio económico (la globalización, el neoli- beralismo), con un cambio en los patrones de consumo, en el ocio, en la con- sideración social del sexo vinculado al ocio masculino… todo esto interactúa de maneras muy complejas que no siempre es sencillo separar.

En el mismo sentido no siempre es sencillo distinguir entre tráfi co o tratadebi- do al número de personas implicadas y a la variedad de las situaciones perso- nales que pueden darse. Las personas implicadas van desdequienes informan a quienes reclutan; desde los que se encargan del viaje a quienes falsifi can, por ejemplo, un pasaporte, pasando por el policía de fronteras que hace la vista gorda. Por la misma razón, a menudo, la trata, de darse, no se produce desde el principio del proceso, sino que las mujeres que quieren migrar entran en un proceso muy complejo cuyo fi n es entrar en el país ilegalmente, y en el curso de ese proceso es muy posible que entren en situaciones de explotación que a veces serán controlables y a veces no.

Ahora la prostitución no es una práctica de los varones y una ocupación re- munerada para las mujeres, sino que es también una megaindustria mundial capaz de sostener el PIB de algunos países, de movilizar millones de dólares y a millones de mujeres. Y como megaindustria que es está también relacionada

con todo lo que conlleva el capitalismo globalizado: movimiento de capitales y personas, redes criminales internacionales, delincuencia, pobreza etc. Una megaindustria transnacional en las actuales condiciones capitalistas va a ne- cesitar trabajo barato, cada vez más barato y para esto está la pobreza, para garantizar este trabajo. La mercancía de la industria de la prostitución son las mujeres. En la prostitución antigua (antes del feminismo) las prostitutas no eran exactamente mercancía, eran mujeres caídas, pecadoras, estigmatizadas, devaluadas…pero mujeres, seres humanas. Ahora son mercancía porque todo puede serlo, porque las partes del cuerpo lo son: úteros (los niños), los óvulos, la sangre, los órganos, el semen y porque lo es el mismo cuerpo. La ideología prostitucional sigue mantiene que la sexualidad masculina es una necesidad y en el neoliberalismo cualquier necesidad se resuelve en el consumo y como un derecho; no hay un debate ético. El único derecho fundamental que aquí parece ponerse en juego es el derecho a consumir. En cuanto a la demanda, ésta funciona en un doble sentido. Debido a la particular construcción de la sexualidad masculina ya mencionada, cada varón es un cliente en potencia y así ha sido prácticamente desde que existe la prostitución. La novedad ahora es que al aparecer la industria de la prostitución aparece también la necesidad de incentivar la demanda todo lo posible y después en satisfacerla como sea, de maneras legales e ilegales.

Ante esta situación tan compleja, no se puede hacer como que todas las si- tuaciones son iguales. Se opine lo que se opine de la prostitución no es lo mismo tener 12 años, ser vendida por la familia y tener 40 clientes al día o estar encerrada en un burdel, que te arrebaten el pasaporte, te violen y te den palizas, a que salgas de tu pueblo y vengas a Europa con la idea de dedicarte a la prostitución y ahorrar lo sufi ciente como para volver a tu país y conseguir que tu hija, por ejemplo no se tenga que dedicar a lo mismo. Lo cierto es que si toda la prostitución es violencia y siempre la misma violencia, entonces pa- radójicamente al fi nal nada es violencia. Si no distinguimos tráfi co y trata nos quedaremos sin herramientas legales para castigar los casos de vulneración de derechos más graves, y eso es contrario a la percepción que tiene la mayoría de la gente de la justicia; además de ser injusto de hecho con la víctima de la situación más grave. Así que tenemos que movernos entre una posición en la que seamos capaces de desarrollar herramientas para combatir las viola- ciones de derechos más graves y seguir sosteniendo al mismo tiempo que la prostitución tiene que ser inaceptable porque toda ella se basa en la ideología prostitucional; porque en la prostitución se refugia la ideología de la desigual- dad y porque es una escuela de machismo, donde los hombres aprenden a ser hombres o donde actúan como tales, sin trabas, sin problemas, sin exigencias igualitarias.

Respecto a las mujeres, si asumimos las cifras de trata que da el abolicionis- mo, resulta como poco sorprendente el escaso número de víctimas que son identifi cadas como tales, lo poco que colaboran y cómo en cuanto son libera- das se empeñan en volver al mismo prostíbulo en el que se supone que eran esclavizadas. Con esto no quiero decir que no exista trata o que no existan mujeres esclavizadas, que la hay y en gran número. Lo que quiero decir es que hay que hacer un esfuerzo en distinguir entre situaciones muy diversas y que hay que dejar también en evidencia la enorme hipocresía social y política que a veces se esconde detrás de algunos discursos abolicionistas. Porque si no somos capaces de hacer eso seguirá pareciendo que el discurso regulacio- nista está más cerca del sufrimiento de las mujeres.

Lo cierto es que la mayoría de las mujeres implicadas en el tráfi co son mujeres que huyen de la pobreza y hay que reconocer que, en realidad, muchas de ellas de lo que quieren ser liberadas es de esa pobreza. La prostitución puede ser horrible y lo es, y puede ser una esclavitud y lo es, pero la pobreza y la falta de oportunidades también lo es. Para muchas mujeres la prostitución es la única salida y desde mi punto de vista no puede plantearse una “liberación” de esas mujeres y que dicha “liberación”pase por enviarlas de nuevo a los países de los que han tratado desesperadamente de escapar arriesgando sus vidas. En la prostitución hay explotación extrema pero en los países de origen los trabajos a los que pueden optar las mujeres se dan en situación de explotación extrema. Es cierto que la lucha contra la trata es muchas veces una lucha encubierta contra el derecho fundamental a migrar, y es también cierto que muchas de las víctimas de trata o tráfi co no terminan en la prostitución, sino en el servicio doméstico, en talleres clandestinos etc. Y entonces esas víctimas nos importan mucho menos. Imaginemos a una mujer de Bangla Desh que trabaje por 30 euros al mes, por ejemplo, en condiciones terribles o una maquiladora en Guatemala en las mismas condiciones. Imaginemos que estas mujeres no tienen futuro, que es- tán condenadas a ser pobres siempre, que sus hijos van a ser pobres también. Es posible, al mismo tiempo, que alguna de estas mujeres tome la decisión de venir a un país rico, dedicarse a la prostitución y así mejorar las vidas de sus hijos y liberarles de la pobreza extrema, mandarles al colegio o a la univer- sidad etc. Sacar a esta mujer de la prostitución y enviarla de vuelta a su país ignorando completamente su situación o siquiera su opinión no es justo. Decir que la prostitución es siempre una esclavitud moderna es ocultar que muchos trabajos lo son; insistir en que es imposible dar un consentimiento válido en la prostitución es ocultar que en el neoliberalismo la mayoría del consentimiento lo está porque nadie puede consentir en su propia explotación y, sin embargo, no cuestionamos todos los consentimientos. Como ha escrito Nancy Fraser el problema de la prostitución en las actuales circunstancias económicas no es el

consentimiento, sino el signifi cado de la institución para las mujeres. Si hay tantas mujeres en prostitución es porque en la mayoría de los casos las mujeres conservan cierta capacidad de agencia dentro de sus condiciones. Las pobres tienen mucha menos capacidad de agencia que lo ricos. Es irreal pensar que se pueda tener a cientos de miles de mujeres, a millones en condiciones de com- pleta esclavitud; lo que suelen estar es, en condiciones de completa pobreza. Es evidente que en la prostitución hay mucha violencia pero sostener que todo es violencia contribuye paradójicamente a invisibilizar la violencia extrema. Finalmente si las propias mujeres tienen más miedo a la policía o a las insti- tuciones que a sus supuestos verdugos entonces algo estamos haciendo mal. Por otra parte, si toda la prostitución es forzada y si toda inmigrante es víctima de trata entonces ¿por qué no entra la guardia civil en todos los burdeles? No se puede mantener ese discurso si no lo aplicas con todas sus consecuencias. ¿Si las inmigrantes objeto de tráfi co o trata son siempre victimas por qué no se las trata como tal? Si queremos luchar contra la prostitución hay que poner de

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