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Un tema principal de este libro es que nuestro futuro depende de hacer elecciones sensatas acerca de retos sociales clave: energía, salud, alimentación, robótica, medio ambiente, espacio, etc. Estas elecciones implican ciencia. Pero las decisiones clave no las deben tomar solo los científicos; son importantes para nosotros y han de ser el resultado de un amplio debate público. Para que esto ocurra, todos necesitamos tener la suficiente «percepción» para las ideas clave de la ciencia, y entender de manera suficiente los números para evaluar peligros, probabilidades y riesgos, para que los expertos no nos desorienten y para no ser crédulos frente a las consignas populistas.

Aquellos que aspiran a una democracia más comprometida se lamentan de forma rutinaria de lo poco que el votante típico sabe de las cuestiones relevantes. Pero la ignorancia no es privativa de la ciencia. Es igualmente triste que los ciudadanos no conozcan la historia de su nación, no puedan hablar una segunda lengua y no puedan encontrar Corea del Norte o Siria en un mapa... y son muchos los que no pueden hacerlo. (En una encuesta, ¡solo un tercio de los estadounidenses pudieron encontrar Gran Bretaña en un mapa!) Esta es una crítica de nuestro sistema educativo y de la cultura en general; no creo que los científicos tengan un motivo especial para quejarse. De hecho, me satisface y me sorprende que tantas personas se interesen por

los dinosaurios, las lunas de Saturno y el bosón de Higgs (todos ellos temas absolutamente irrelevantes para nuestra vida cotidiana) y que estas cuestiones aparezcan con tanta frecuencia en los medios de comunicación populares.

Además, y dejando aparte su uso práctico, estas ideas deben formar parte de nuestra cultura común. Más que eso: la ciencia es la única cultura que es verdaderamente mundial: protones, proteínas y Pitágoras son los mismos desde la China hasta el Perú. La ciencia debería trascender todas las barreras de nacionalidad. Y también tendría que extenderse por todos los credos religiosos. Es una carencia intelectual no comprender nuestro ambiente natural y los principios que rigen la biosfera y el clima. Y ser ciego ante la maravillosa visión que ofrecen el darwinismo y la cosmología moderna: la cadena de complejidad emergente que conduce desde una «gran explosión» a las estrellas, los planetas, las biosferas y el cerebro humano, que hace que el cosmos sea consciente de sí mismo. Estas «leyes» o pautas son los grandes triunfos de la ciencia. Descubrirlas requirió talento entregado, incluso genio. Y las grandes invenciones requieren un talento equivalente. Pero entender las ideas clave no es tan difícil. La mayoría de nosotros apreciamos la música aunque no podamos componerla, o ni siquiera ejecutarla. Asimismo, casi todo el mundo puede acceder a las ideas clave de la ciencia, y disfrutarlas, si se transmiten utilizando términos no técnicos e imágenes simples. Los tecnicismos pueden ser abrumadores, pero pueden dejarse para los especialistas.

Los avances en la tecnología han llevado a un mundo en el que la mayoría de la gente goza de una vida más segura, más larga y más satisfactoria que las generaciones anteriores, y estas tendencias positivas pueden continuar. Por otra parte, la degradación medioambiental, el cambio climático desenfrenado y los aspectos negativos de la tecnología avanzada son resultados colaterales de estos avances. Un mundo con una mayor población más exigente de energía y recursos, y más empoderada por la tecnología, podría desencadenar contratiempos graves, incluso catastróficos, para nuestra sociedad.

La sociedad se niega todavía a aceptar dos tipos de amenazas: el daño que estamos causando colectivamente a la biosfera y las amenazas que proceden de la mayor vulnerabilidad de nuestro mundo interconectado ante el error o el terror inducido por individuos o grupos reducidos. Además, lo que es nuevo en este siglo es que una catástrofe tendrá repercusiones planetarias. En su libro Collapse,7 Jared Diamond describe cómo y por qué cinco sociedades diferentes entraron en decadencia o padecieron catástrofes, y ofrece pronósticos contrastados para algunas sociedades modernas. Pero estos acontecimientos no fueron globales; por ejemplo, la peste negra no llegó a Australia. Pero en nuestro mundo conectado en red, no habría ningún lugar en el que esconderse de las consecuencias del colapso económico, una pandemia o una gran reducción de los recursos alimentarios mundiales. Y existen otras amenazas mundiales; por ejemplo, los incendios intensos posteriores a un intercambio nuclear podrían crear un «invierno nuclear» persistente, que impediría, en las peores situaciones hipotéticas, el crecimiento de los cultivos convencionales durante varios años (como podría ocurrir después del impacto de un asteroide o de la erupción de un supervolcán).

Ante tal aprieto, la inteligencia colectiva sería crucial. Ninguna persona concreta comprende totalmente el teléfono inteligente, una síntesis de varias tecnologías. De hecho, si nos encontráramos abandonados y solos después de un «apocalipsis», como en las películas de supervivencia extrema, incluso las tecnologías básicas de la Edad de Hierro y la agricultura se hallarían fuera de la capacidad de casi todos nosotros. A propósito de esto, esta es la razón por la que James Lovelock, el erudito que introdujo la hipótesis de Gaia (la ecología planetaria que se autorregula), ha animado a que se preparen «manuales de supervivencia» que codifiquen la tecnología básica, y que se distribuyan ampliamente y se almacenen con seguridad. Este reto lo ha aceptado, por ejemplo, el astrónomo británico Lewis Dartnell en su excelente libro The Knowledge: How to Rebuild Our World from Scratch.8

Deberían hacerse más cosas para evaluar, y después minimizar, la probabilidad de amenazas globales. Vivimos a su sombra, y aumentan los riesgos para la humanidad. La amenaza emergente de disidentes empoderados técnicamente está aumentando. Los problemas nos impelen a planificar a escala internacional (por ejemplo, el que una pandemia alcance o no un ámbito mundial puede depender de lo rápido que un avicultor vietnamita pueda informar de una enfermedad rara). Y muchos de los retos (por ejemplo, planificar cómo enfrentarse a las necesidades energéticas mundiales al tiempo que se evita el peligroso cambio climático, y garantizar la seguridad alimentaria para nueve mil millones de personas sin poner en peligro un medio ambiente sostenible) implican escalas temporales de muchas décadas, las cuales es evidente que quedan muy lejos de la «zona de confort» de la mayoría de los políticos. La planificación a largo plazo y la planificación global son un fracaso institucional.

No puede negarse que las tecnologías futuristas, si se aplican mal, pueden conducir a peligros, incluso a catástrofes. Es importante sacar partido de la mejor experiencia para evaluar qué riesgos son creíbles, y cuáles pueden descartarse como ciencia ficción, y centrar las medidas precautorias en los primeros. ¿Cómo puede hacerse esto? No es factible controlar el ritmo de avance, menos todavía dejar totalmente de lado actividades potencialmente peligrosas, a menos que una única organización administre el dinero, y esto es por completo poco realista en un mundo globalizado con una mezcla de financiación comercial, filantrópica y gubernamental. Pero aunque las normativas no pueden ser ni mucho menos efectivas en un 100 % (y pueden proporcionar poco más que un «empujoncito»), es importante que la comunidad científica haga todo lo que pueda para promover la «innovación responsable». En particular, puede ser crucial influir en el orden en que diversas innovaciones dan resultados. Por ejemplo, si una IA superpotente se volviera malvada, entonces sería demasiado tarde para controlar otras situaciones; en cambio, una IA firmemente bajo control humano pero muy

dotada podría ayudar a reducir el riesgo procedente de la biotecnología o la nanotecnología.

Puede ser necesario que las naciones cedan más soberanía a nuevas organizaciones mundiales, según lo que se ha hecho con la Agencia Internacional de Energía Atómica, la Organización Mundial de la Salud, etc. Ya existen entidades internacionales que regulan los viajes en avión, la adjudicación de frecuencias de radio, etc. Y existen protocolos como el acuerdo posterior a la Conferencia de París sobre Cambio Climático. Pueden necesitarse más de este tipo de organizaciones para planificar la generación de energía, para asegurar el reparto de los recursos hídricos y para la explotación responsable de la IA y de la tecnología espacial. Hoy en día se están erosionando las fronteras nacionales, y no en menor medida por los cuasimonopolios como Google y Facebook. Las nuevas organizaciones han de conservar la rendición de cuentas a los gobiernos, pero necesitarán usar las redes sociales (tal como lo hacen ahora y lo harán en las décadas futuras) e implicar al público. Las redes sociales involucran a un enorme número de personas en las campañas, pero la barrera para su implicación es tan baja que la mayoría carece del compromiso de los participantes en los movimientos de masas del pasado. Además, los medios de comunicación facilitan organizar una protesta, así como amplificar a todas las minorías disidentes, lo que se suma al reto de la gobernanza.

Pero ¿podrán las naciones-estado gobernar el mundo? Dos tendencias reducen la confianza interpersonal: en primer lugar, la lejanía y la globalización de aquellos con los que hemos de tratar de forma rutinaria; y en segundo lugar, la creciente vulnerabilidad de la vida moderna a la perturbación: el darnos cuenta de que hackers o disidentes pueden desencadenar incidentes que se diseminan en cascada a nivel mundial. Tales tendencias necesitan medidas de seguridad crecientes. Estas ya son irritantes en nuestra vida cotidiana (guardias de seguridad, contraseñas complicadas, cacheos en los aeropuertos, etc.), pero es probable que se hagan todavía más

fastidiosas. Las innovaciones como la cadena de bloques, el libro de cuentas distribuido públicamente que combina el acceso abierto con la seguridad, pueden ofrecer protocolos que hagan que todo internet sea más seguro. Pero sus aplicaciones actuales (que permiten una economía basada en criptomonedas para funcionar de manera independiente de las instituciones financieras tradicionales) parecen lesivas en lugar de ser benignas. Es a la vez salutífero y deprimente darse cuenta de qué gran parte de la economía se dedica a actividades y productos que serían superfluos si consideráramos que podemos confiar unos en otros.

Las brechas en los niveles de salud y bienestar entre países muestran pocas señales de reducirse. Pero si persisten, el riesgo de trastornos permanentes aumentará. Ello es debido a que los necesitados son conscientes de la injusticia de su situación apurada; los viajes son más fáciles, y por lo tanto se necesitarán medidas más agresivas con el fin de controlar las presiones migratorias si estas aumentan. Pero aparte de las transferencias directas de fondos de la manera tradicional, internet y sus sucesores habrán de hacer más fácil que se proporcionen servicios en cualquier rincón del mundo, y que se difundan más ampliamente los beneficios educativos y sanitarios. Está en el interés del mundo rico invertir de forma masiva en mejorar la calidad de la vida y las oportunidades laborales en los países más pobres: minimizar las injusticias y «subir el nivel» del mundo.