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2.3 An overview of R software for graphical tests and two examples of func-

4.1.1 Comments

también sobre toda la actividad práctica, lo, que equivale a decir, que posee el cetro de toda la vida espiritual. "La operación más perfecta entre las operaciones. humanas, afirma Aristóteles y con él S. Tomás, es la contemplación de la verdad [...], como el

entendimiento es lo más perfecto de las cosas que hay en nosotros

[373].

Que la inteligencia especulativa sea superior a la inteligencia del obrar y hacer práctico es evidente. En el primer caso la inteligencia desenvuelve su actividad independientemente de toda otra facultad, conoce por conocer. La verdad no es un medio, sino un fin. No así en el orden práctico, en el que su actuación desempeña la función de medio, se conoce no por la verdad misma, sino para dirigir con ella la voluntad a su fin. De aquí que la inteligencia no descubra la verdad práctica, el medio que se ajusta al fin de la voluntad, sino de acuerdo y mirando a ésta, a sus disposiciones actuales (hábitos, pasiones, etc.). Sólo bajo esta influencia de la voluntad la

inteligencia descubre la verdad práctica de los medios, desarrolla su actividad práctica. La inteligencia en su actividad práctica queda, pues, sometida a las exigencias de la voluntad, a la que sirve. Pero hay más. La vida especulativa de la inteligencia es superior a toda la actividad práctica y significa el ápice de la vida del espíritu y el fin de toda la actividad del hombre y del universo. En efecto, la vida práctica desarrollada por la voluntad e inteligencia a ella

subordinada, en su doble manifestación de hacer y obrar -a su vez aquél sometido jerárquicamente a éste- se constituye como

actividad esencialmente de los medios, es una tendencia hacia el fin, una búsqueda del bien no poseído, implica por su concepto mismo un desenvolvimiento o perfeccionamiento hacia su plenitud, un

actividad transitoria, ordenada a aproximar al hombre hacia su bien supremo, propio de su estado vial -o de "viator", como dice S.

Tomás- de su vida temporal y terrena, destinada a desaparecer con

la consecución de su acto, de su plenitud [375]. En cambio, por la

vida especulativa el hombre alcanza la posesión de su fin [376], el

acto o plenitud de su ser. En el tiempo, toda la actividad práctica se encauza a hacer posible la vida de contemplación. Y ello no sólo dentro del mismo individuo. La vida activa ó práctica de la sociedad, en toda su complejidad, se ordena a hacer posible la vida de

contemplación de unos pocos. La contemplación es la que recoge

los frutos, el bien, de la práctica [377]. Y así, para no referirme sino

al grado superior de la práctica, al ejercicio de las virtudes morales, por éstas el hombre domina las tendencias opuestas a su fin -la posesión del bien espiritual poda contemplación- y se encuentra así ordenado a él por la inclinación natural de su voluntad. Pero toda esta ordenación habitual hacia el fin lograda por las virtudes no es sino una preparación para que ese fin se logre, ya imperfectamente en el tiempo y perfectamente en la eternidad, poda aprehensión de

ese bien como verdad por la inteligencia [378], como actualización

exhaustiva de nuestra capacidad potencial. La inteligencia es la que aprehende el bien al que tiende la práctica, es la que recoge sus frutos, imperfectamente, como un estado no definitivo, en el tiempo, y perfectamente, posesión plena de ese bien, en la eternidad.

Porque, observa profundamente S. Tomás, la voluntad u obra como tendencia, vale decir, como vida práctica, y entonces es movimiento hacia un bien no poseído, o se goza en el bien presente, es fruición, y entonces ya supone la posesión del bien. En ningún caso, pues, posee aptitud para aprehender el bien. La inteligencia -en el orden espiritual, específico y supremo del hombre- es la sola capaz de

posesionarse de él como verdad [379]. Y entonces se ve cómo la

vida práctica -de tendencia de la voluntad bajo la dirección de la

inteligencia- es transitoria [380] y ordenada a la contemplación de la

verdad, por la que se alcanza plenamente el bien supremo del hombre.

Una vez alcanzado ese bien definitivo, la actividad práctica o de los

medios, carece de sentido y cesa para siempre [381]. Entonces

permanece en toda su fuerza y actuación la actividad contemplativa en la posesión plena y eterna del bien en sí, infinito, de Dios, como

suprema Verdad, en que consiste esencialmente la felicidad [382]. La

vida de la voluntad permanece, pero, sólo en su segundo aspecto, no práctico, sino de fruición del bien poseído, y como efecto

secundario y consiguiente a la vida de contemplación [383]. La

voluntad que en su actividad práctica de la vida del tiempo servía de medio a la inteligencia especulativa, una vez ésta en posesión del Bien en sí, como Verdad -esencia de la felicidad sólo actúa como el goce del bien que dimana de aquella posesión intelectiva del Bien. Camino hacia el bien en sí -actividad práctica transitoria y previa a su consecución- o goce definitivo consiguiente a su posesión, en ambos casos, la vida volitiva está ordenada a ella como a su fin, o depende de ella como de su causa; de la contemplación de la verdad, por donde el hombre queda totalmente actualizado en su potencia, en la paz de su alcanzada plenitud.

En la vida perfectamente lograda y definitiva del espíritu, la plenitud de la contemplación, la vida propia de la inteligencia suplanta y suprime para siempre la vida de la práctica. Para la vida de

entonces, la vida definitiva del espíritu, vale aquello de Aristóteles

de que "el acto de la inteligencia es vida" [384] y "la contemplación

es lo más perfecto y deleitable" [385], admirablemente retomado con

todo el vigor y acento cristiano por el contemplativo Tomás [386],

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