NOTES TO CONSOLIDATED FINANCIAL STATEMENTS
11. COMMITMENTS AND CONTINGENCIES
Al plantearse los motivos que justifican los recursos y los esfuerzos que destinamos a la participación deliberativa, Gutmann y Thompson (2004) hacen referencia a cuatro factores que, en mi opinión, pueden interpretarse como una contribución a la capacidad de gobernar sociedades complejas. Dichos autores lo expresan de la siguiente forma:
• En primer lugar, como en nuestras sociedades los recursos son limitados y los objetivos múltiples, la deliberación ayuda a tomar decisiones dotadas de legitimidad y, por tanto, con posibilidades de ser llevadas a la práctica. Una de las dificultades para gobernar sociedades complejas y tensionadas por las diferencias se encuentra en el descrédito de las decisiones públicas, de manera que contribuir a reforzar su legitimidad —a través de la participación ciudadana— es primordial para poder construir sociedad.
• En segundo lugar, ya que en nuestras sociedades “la generosidad es limitada” (utilizando el mismo eufemismo que los autores), la deliberación pública nos permite pasar del simple conflicto de intereses particulares a la
búsqueda del interés público. Al participar entablamos un diálogo sobre lo que nos interesa a nosotros y no sólo a mí, de manera que abandonamos la esfera privada y nos trasladamos a la colectiva. Una vez más, esta es una condición indispensable para poder construir sociedad.
• En tercer lugar, dado que en nuestras sociedades complejas convergen, cada vez con más frecuencia, valores contradictorios entre sí (por ejemplo, la
conservación y el progreso), la participación deliberativa nos ayuda a entender los puntos de vista de los demás y, por tanto, a respetarlos sin necesidad de compartirlos. El debate quizá no genere acuerdo, pero sí puede favorecer relaciones, conocimientos mutuos y, en definitiva, confianza. Esta confianza es la arcilla, la base sobre la cual se puede construir sociedad.
• En cuarto lugar, ya que la realidad es cada vez más poliédrica e inestable, la participación deliberativa propicia la aparición de conocimiento, inteligencia colectiva o, si se prefiere usar un término más de moda, capacidad innovadora. Gobernar sociedades complejas exige capacidad para generar respuestas complejas y éstas, a su vez, exigen un conocimiento que siempre
es coral. Actualmente, frente a las competencias
especializadas de profesionales individuales, necesitamos esta sabiduría que se genera en plural. Nuevamente, las capacidades de dar respuestas y construir una sociedad con futuro dependen de la inteligencia que nos aporta la deliberación colectiva.
Las consideraciones planteadas en los puntos anteriores pueden parecer abstractas, pero es sólo una apariencia. En realidad, desde mi punto de vista, hacen referencia a necesidades muy concretas que condicionan los modelos sociales en los que convivimos. Podemos explicarlo con dos ejemplos: uno relacionado directamente con el mundo educativo y otro centrado en las políticas locales de inclusión.
Hasta hace poco, en los países adheridos al modelo de estado de bienestar occidental, la lógica profesional y tecnocrática dominaba todas las decisiones de política educativa. El currículo, el calendario y el horario escolar, por ejemplo, no eran objeto de ningún tipo de debate. Disponíamos de pedagogos expertos y de profesionales de la didáctica que nos indicaban qué y cómo debía ser el sistema educativo. A partir de sus criterios, todos los
Camargo Municipio Educativo: tejiendo lazos de complicidad entre los agentes educativos locales © Ayuntamiento de Camargo
estudiantes recibían una educación estándar con todas las garantías de eficiencia e igualdad; una educación dictada por profesionales que llegaba a todos en igualdad de condiciones.
Sin embargo, esta idea tecnocrática sólo es posible si se aplica en sociedades relativamente simples, donde la gran mayoría de estudiantes comparten referentes culturales y viven situaciones socioeconómicas similares. Cuando la complejidad es un rasgo característico y la sociedad es cada vez más diversa, tratar educativamente a todos por igual se convierte en una política injusta y destinada al fracaso. Los criterios técnicos sirven para sortear la homogeneidad, pero la diversidad exige la inteligencia que se obtiene a través de la deliberación.
Sobre estas premisas se desarrollaron los Proyectos Educativos de Ciudad (PEC); unos proyectos que conciben la ciudad como un espacio educativo. No se trata solamente de llevar a la práctica una educación técnicamente impecable y perfectamente equitativa, sino de diseñar proyectos educativos diversos y adaptados a las características de cada ciudad. Los PEC son proyectos educativos integrales, en la medida que sobrepasan la estricta arquitectura curricular. Son, ante todo, proyectos participativos, puesto que su carácter integrador depende de su capacidad de construirse a partir de perspectivas y aportaciones diferentes.
Este enfoque se justifica por las necesidades –reales y concretas– de ofrecer una educación adaptada a una sociedad diversa y compleja. La sociedad exige una participación deliberativa, porque solamente con la suma de las perspectivas de los diferentes actores (familias, asociaciones, gobierno, etc.) se puede generar la inteligencia imprescindible para diseñar una política educativa adecuada. Una política, insistimos, que no está monopolizada por expertos en educación, sino que se elabora en el marco de la interacción dentro de una red de actores.
Si queremos construir una sociedad inclusiva y cohesionada, la política educativa es un ingrediente indispensable. No obstante, esta política sólo tendrá sentido si se elabora en plural y supera las antiguas simplificaciones de los expertos en singular. Benjamin Barber lo expresaba con una frase extraordinaria:
“El autor del lenguaje, el pensamiento, la filosofía, la ciencia y el arte, además de la ley, los pactos, los derechos individuales, la autoridad y la libertad [y podríamos añadir la educación] no es el hombre, sino los hombres.”
Las sociedades, sobre todo si pretendemos que sigan criterios de cohesión, son el resultado de un esfuerzo colectivo y no la suma de iniciativas individuales. Este esfuerzo, al pasar de la teoría a la práctica, debe canalizarse a través de la participación ciudadana y del
diálogo entre los diferentes actores. “Las soluciones a las tensiones sociales –nos recuerda Monedero (2013)– se expresan en los valores que se enseñan en las escuelas, en los medios de comunicación, en las instituciones y en las leyes, en los debates de barrio y en los fórums sociales. No existe democracia sin un diálogo permanente.”
En esta misma línea, en Cataluña se han desarrollado los denominados Planes Locales de Inclusión Social (PLIS). No resulta fácil valorar los resultados, pero podemos afirmar con certeza que han aportado un nuevo enfoque en lo que se refiere a la manera de entender la cohesión social y las políticas que deben propiciarla. Los PLIS suponen la transición de un enfoque sectorial y tecnocrático a una visión transversal y participativa.
La participación, tanto del conjunto de la comunidad como de los diversos actores de la propia administración local, es la piedra angular de los PLIS. Para tratar los
problemas sociales, los PLIS rechazan la tradicional asignación de competencias y capacidades a un área de intervención y a sus profesionales. Los PLIS entienden la cohesión como un fenómeno complejo y multidimensional, de modo que sólo puede ser abordado desde la pluralidad de miradas que lo componen, entre las cuales, por cierto, cabe destacar la educativa.
Sin entrar en explicaciones más complejas sobre los dos ejemplos mencionados, queremos señalar que ambos comparten una grave dificultad operativa: ¿cómo dar voz a quienes –por edad o por situación socioeconómica– tienen poca fuerza, poca capacidad o gozan de poco reconocimiento? Es una pregunta sobre la cual no tenemos ninguna respuesta convincente, pero obliga a los responsables de las políticas públicas a efectuar un ejercicio proactivo sin precedentes. No se trata de invitar a los potenciales participantes, sino de conseguir que este potencial se haga efectivo. Ello implica adaptar lenguajes y formas de trabajar, hacerse transparente y digno de confianza y también hacer hincapié en la formación cívica de la ciudadanía. El currículo escolar y, especialmente, asignaturas como “Educación para la Ciudadanía” son, desde esta óptica, esenciales para garantizar que podamos contar con ciudadanas y ciudadanos, sin los cuales la voluntad de construir políticas complejas y participativas no pasará de ser una simple voluntad.