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2.1 Rapid Prototyping Technology

2.1.3 Common Ground

Los longobardos (los hombres de longa, «larga», barba, según la inter- pretación tradicional del nombre) pertenecían a los germanos del este más que a los occidentales. Eran un pueblo demográficamente pequeño y probable- mente procedían de Escandinavia, tal vez de Gotlandia. Se hicieron sedenta- rios hacia la época que se señala como el paso de la Edad Antigua a la Edad Media, y emparentando así con los sajones, en el bajo Elba, donde permane- ció de forma constante parte de su pueblo y donde todavía en el siglo xx nom- bres como Bardengau y Bardo-wiek los recuerdan.

Durante siglos apenas si se menciona a los longobardos en la historia. Comprobada su presencia a la manera de estratos geológicos, los emigrantes siguieron primero el curso del Elba para extenderse desde el siglo iv, y duran- te doscientos años, por Bohemia, Moravia y una parte de la Baja Austria ac- tual, la «Rugilandia», que ocuparon hacia 488, tras la retirada de los rugios (otro pueblo germánico, oriundo asimismo de Escandinavia y que dejó allí el nombre de su isla, Rugen). A través de Hungría avanzaron hacia el sur, crean- do en la cuenca del Danubio un reino que se extendía hasta Belgrado.

Tropas auxiliares longobardas habían apoyado las guerras de Justi-niano contra los persas, así como en 552 a las órdenes de Narsés, en la batalla deci- siva contra los ostrogodos. Desengañado de Bizancio, su caudillo Alboín se alió con los avaros, en unión con los cuales aniquiló en otra batalla decisiva (567) el reino de los gépidos, otro pueblo germánico oriental. Fue tal la carni- cería por ambas partes —se habló de 60.000 muertos— «que de tan numerosa multitud apenas sobrevivió un mensajero que anunciase la destrucción» (Pau- lo el Diácono).

Alboín tomó por mujer a Rosamunda, hija de Kunimundo, el derrotado rey gépido. Los gépidos ya no continuaron su asentamiento entre longobardos y avaros, que irrumpieron de inmediato. Y en la primavera de 568 —según cuenta un cronista burgundio contemporáneo— «todo el ejército longobardo, tras haber pegado fuego a su asentamiento, abandonó Panonia, seguido de las mujeres y el resto de la población». Bajo la presión de la expansión avara y atraídos por el sur, a las órdenes

de su jefe Alboín irrumpieron por Emona (Laibach) y los desfiladeros de los Alpes Julios adentrándose en el norte de Italia por lo general desprotegido. Era el mismo camino, que en tiempos ya habían recorrido Alarico y Teodori- co.

Fue el último gran avance de la invasión de los pueblos nórdicos, una ex- presión que casi suena inocua pero tras la cual se esconden robos, asesinatos en masa, hambres y hambrunas, la venta de varones, mujeres y niños en los mercados de esclavos, «cual ganado de bajo precio» —en expresión de un testigo ocular—, que se prolongaron durante un siglo. Y dos siglos después los propios longobardos serían a su vez borrados y pulverizados por lo que se denomina simplemente la historia, y que apenas es otra cosa que el afán des- atado de poder y asesinato que alienta en el hombre.

Con los longobardos, que en conjunto tal vez pudieron formar un pueblo de 130.000 almas, llegaron otros grupos tribales, poblaciones de Panonia, Norikum, los Balcanes, numerosos sajones, restos de gépidos, turingios, sue- vos y sármatas eslavos. Y así como los longobardos estuvieron abiertos a la integración de otras gentes, también lo estuvieron a la tolerancia religiosa. Convertidos al cristianismo en buena parte desde aproximadamente el año 500, la mayoría de la población la constituían los arríanos. Pero entre ellos había también católicos —Alboín estuvo casado en primeras nupcias con Clo- dosinda, hija de Clotario I— y había sobre todo paganos, que en modo alguno fueron combatidos y que durante largo tiempo continuaron con sus sacrificos y banquetes sacrificiales, sin que al parecer el cambio de creencias de los dis- tintos reyes jugase ningún papel.2

La invasión

Instalándose en Italia como una delgada capa dominante en ciudades y burgos, los longobardos fundaron el último reino germánico en lo que había sido suelo del antiguo imperium romanum. Sólo una década antes, y a lo largo de una cruzada que había durado veinte años, los ostrogodos arríanos casi habían sido exterminados en una guerra cruel, convirtiendo el país en una ruina humeante y en un desierto. Fue la obra común del emperador y del papa, siendo éste el principal beneficiado. Pero los longobardos, a quienes la des- trucción de los ostrogodos había dejado el camino expedito, no llegaron como foederati sino cual conquistadores brutales a la región sometida al imperio romano de Oriente, armados con lanzas tan monstruosas que, como escribe todavía impresionado Montgomery, vizconde del Alamsin, «se podía levantar al adversario atravesado, cuando todavía se retorcía de dolor en la punta de

la lanza». Cuanto los bizantinos, depredadores de la peor ralea, habían robado a los ostrogodos, les volvían a robar pieza por pieza los longobardos, dejando una vez más la tierra quemada, las ciudades despobladas y arruinados los monasterios y las iglesias que los cristianos habían levantado sobre las ruinas de los templos paganos.

Casi sin esfuerzo cayó Italia en manos del rey Alboín. Estaba exhausta por la larga guerra de los godos y dividida por la Disputa de los tres capítulos. La peste dominante y el hambre hicieron el resto. Pero es evidente que a quie- nes más tomó por sorpresa el ataque fue a los bizantinos. Justino II, sobrino de Justiniano, no reaccionó (enloqueció en 574). Un ejército de mercenarios en- viado al año siguiente fue exterminado. Y los emperadores siguientes repri- mieron una serie de crisis en Oriente y en los Balcanes.

Los longobardos empezaron por conquistar varias ciudades venecianas y lombardas al norte del Po. En septiembre de 569 se establecieron en Milán, que se les rindió sin lucha armada. No hubo disturbios ni violencias, recla- mando simplemente los impuestos habituales. Hasta 571 conquistaron el valle del Po y avanzaron con nuevas molestias para el país y la gente hacia Umbría y Toscana. Sólo en 572, y tras un asedio de tres años, se adueñaron de Pavía, por la que se combatió con denuedo convirtiéndola en su capital. Sus gober- nantes residieron en el palacio real de los ostrogodos.

El victorioso Alboín fue envenenado aquel mismo verano por su escude- ro Helmiquio, influido por Rosamunda, esposa del rey y su supuesta amante. Al padre de ésta, Kunimundo, príncipe de los gépidos, lo había eliminado en combate el longobardo. Y en la muerte por envenenamiento tal vez jugó su papel el oro de los bizantinos. El asesino y la reina huyeron con el tesoro real al amparo de aquéllos a Ravenna, donde a su vez parece que fueron envene- nados.

Sólo dos años después también fue eliminado Klef, sucesor de Alboín (y como él probablemente también arriano), quien por su parte había liquidado a una serie de romanos prominentes. Diez años estuvieron entonces los longo- bardos sin rey. Según parece 36 duques (según las ciudades ya cobradas) ejer- cieron la tutoría sobre el hijo menor de Klef, el pequeño Authari, que en 584 fue proclamado rey y probablemente eliminado después. Los longobardos demostraron gran habilidad en ese terreno: ya en 512 había sido asesinado el rey Tato, y en 551 corrió la misma suerte el rey Hildiques.3

Ante la incursión de los nuevos depredadores, los antiguos se retiraron a la línea Padua-Mantua, con vistas a proteger Ravenna, residencia de su gober- nador. Por ello apenas si los invasores encontraron resistencia. Avanzaron desde el norte hacia la región de Suburbicaria fundando hacia 570 los podero- sos ducados de Spoleto y Benevento y haciendo

incursiones de castigo que llegaron hasta Calabria. Hacia 605 habían conquis- tado la mayor parte de Italia. Únicamente el ducado de Roma y los enclaves costeros de Venecia, Ravenna, Ñapóles, Reggio, Tarento y otros. Comunica- dos entre sí tan sólo por vía marítima, continuaban sometidos al emperador de oriente, Y de primeras también Sicilia, Cerdeña y Córcega se vieron libres de los longobardos, que nada sabían de navegación. Pero tras su «conquista del país» no cesaron las luchas realizando incursiones sobre los territorios que continuaban siendo bizantinos. Junto a la caza tal vez sus preferencias estaban en el robo, el botín y las incursiones depredadoras.

En su ofensiva ocasionalmente colgaron a algunos monjes, degollaron a algunos sacerdotes y saquearon algunas iglesias, siempre según el obispo Gregorio de Tours y según el papa Gregorio I, quien afirma que en una ma- tanza habían sido «eliminados 400 prisioneros, 40 campesinos en una segunda y un grupo de monjes Valerianos en una tercera». Pero en el fondo es muy poco lo que sabemos a ciencia cierta sobre dicha invasión. Un tercio del suelo fue expropiado, arrebatándoselo sobre todo a los odiados grandes terratenien- tes. Probablemente muchos de ellos fueron muertos o reducidos a la condición de semilibres económicamente dependientes y sujetos a tributación. Con lo cual los bienes cambiaron de dueño persistiendo el estado de servidumbre. Muchas personas fueron hechas prisioneras, reducidas a esclavitud, vendidas a mercaderes de esclavos francos y muchas fueron expulsadas. También se rebelaron los que estaban oprimidos de antes, pequeños artesanos autóctonos y campesinos, que denunciaron y ejercieron la justicia de linchamiento contra quienes les habían chupado la sangre. Fueron miles los que perdieron de la noche a la mañana cuanto poseían.

Por lo demás, los ricos frecuentemente se habían retirado, no pocas veces más allá de los Alpes, y entre ellos se contaron también los obispos más cono- cidos, que confiaban en la huida más que en los señores. Paulino, patriarca de Aquileya, huyó con todos sus tesoros a la isla de Grado; Honorato, arzobispo de Milán, asimismo con sus caudales y la mayor parte de su clérigos, se refu- gió en la ciudad fortificada de Genova; el obispo Fabio de Firmum escapó con el tesoro de la iglesia a la ciudad de Ancona, y Festo, obispo de Capua, buscó el amparo del papa, muriendo al poco tiempo.

También los monjes de Monte Cassino huyeron a Roma, y los clérigos de Venafrum a Ñapóles habiendo vendido los cálices y objetos sagrados de su iglesia a un judío; otros huyeron prefiriendo vivir en el exilio de forma deco- rosa. Sicilia era el refugio más seguro y allí desembarcaron especialmente grandes muchedumbres de sacerdotes y allí se vendieron a bajo precio mu- chos objetos sagrados. Desaparecieron obispados enteros de la Iglesia católica —42 al menos—, aunque no a

causa de la persecución, sino por la pérdida de sus bienes, por hambres y epi- demias.4

Colaboración y celo por las conversiones

El papa Gregorio I (590-604) hace esta descripción: «Pronto el pueblo fe- roz de los longobardos se arrancó de su lugar de residencia como se saca una espada de la vaina, cayendo sobre nuestra cerviz, y el pueblo que vivía en nuestra tierra como una cosecha apretada fue segado y se agostó. Las ciudades se despoblaron, las plazas fuertes fueron destruidas, las iglesias incendiadas, los monasterios de hombres y mujeres arrasados; se abandonaron los campos, y nadie se ocupa de ellos; las tierras llanas están baldías y desoladas pues ya no viven en ellas sus dueños, amontonándose los animales salvajes allí donde antes habitaba el pueblo».5

Ahora bien, eso podría llevar más agua a los molinos de la propaganda gregoriana y del sentimiento de ruina —o presunción de tal sentimiento— de la que debe de haber correspondido a la realidad de las cosas. En efecto, no fue tanto «el pueblo, el segado y agostado», cuanto los dueños de las tierras, los grandes terratenientes. Ni fueron todos los que huyeron, ni siquiera todos los sacerdotes. En Treviso el obispo Félix salió al encuentro del rey Alboín y le entregó el lugar; cosa que sólo redundó en su provecho.

Hubo casos diferentes. El obispo Catego de Amiternum sólo huyó a Ro- ma después de conquistada su ciudad de residencia. Pero regresó, probable- mente colaboró con los bizantinos, se vio implicado en una conjuración y acabó siendo ejecutado por orden del duque longobardo Umbolo. Y, sin em- bargo, también hubo contactos más amables con los enemigos del imperio, aunque no ciertamente para el santo padre, quien por «numerosos informes» tuvo que saber que los clérigos convivían con mujeres «extranjeras», longo- bardas sin duda."

Mas por mucho que Gregorio I se lamentase de los longobardos, por muy «salvajes» que fuesen para él, por «terribles y abominables» herejes que fue- sen, e incluso paganos que adoraban a dioses animales, no quiso aniquilarlos. De haberlo querido —según sus propias afirmaciones— «aquella nación no tendría hoy ni rey ni duques o condes, y habrían sido entregados a una ruina inevitable». ¿Fue sólo el temor a Dios de Gregorio, su cristianismo, lo que le alejó del genocidio, según escribe al emperador? En cualquier caso sus prede- cesores habían sostenido innumerables guerras, y algunos incluso habían alen- tado la aniquilación de vándalos y godos. Ni el propio Gregorio fue melindro- so, cuando se trataba de verter sangre.7

Pero no hay duda de que no quería aniquilar sino «convertir» a los lon- gobardos, porque esto sólo ventajas podría proporcionarle. Desempeñó por ello un papel ambiguo, y hasta su biógrafo Jeffrey Richards, que casi siempre toma partido en favor suyo, admite: «Su implicación cada vez mayor en todos los campos de este problema contribuyó notablemente al incremento del poder civil y de la influencia del papado».8

Poco a poco se establecieron acuerdos, por obra sobre todo —como habi- tualmente ocurre en los desbordamientos— de los círculos clericales. Some- terse y entrar por el aro es algo que les es propio: lo habían demostrado preci- samente con los godos y los bizantinos y lo demostrarían a lo largo de los siglos, bastante más allá de lo que afirmaba el primado alemán, el príncipe y arzobispo de Bresiau, cardenal Bertram, quien en 1933 justificaba el giro evi- dente del alto clero con frases tan descaradas como éstas: «Una vez más se ha demostrado que nuestra Iglesia no está atada a ningún sistema político, a nin- guna forma de gobierno profano, a ninguna formación partidista. La Iglesia tiene metas más altas...». Ciertamente que sí, y su meta suprema es el oportu- nismo de una forma u otra; su meta suprema es sobrevivir, alcanzar el poder y aumentarlo como hizo precisamente entonces. «Pues muchos obispos se apre- suraron a entenderse con los longobardos, consiguiendo mantener la sucesión regular y la continuidad en el ministerio episcopal en muchas diócesis del norte de Italia» (Richards).9

Los longobardos dejaron a los católicos sus catedrales, incluso en la ciu- dad residencial de Pavía, a cuyos habitantes no se les tocó un pelo después de un asedio de tres años; también en otras ciudades confirmaron sus posesiones a la Iglesia católica y hasta hicieron donaciones nada baladíes a los prelados hostiles. El rey Alboín envió al obispo Félix de Treviso un salvoconducto en favor de «todos los bienes de su iglesia» (Paulo el Diácono). Sin embargo, los católicos reaccionaron a veces como los monjes de Bobbio, quienes natural- mente aceptaron las pruebas de simpatía de los reyes arríanos, pero ni siquiera respondían al saludo de los «herejes». Y mientras que los longobardos no se preocuparon mínimamente por una conversión de los católicos, no ocurrió lo mismo a la inversa.

Cuando Alboín, el más famoso príncipe longobardo, desposó a la prince- sa franca Clodosvinta, que era católica, inmediatamente se dirigió a ella Nice- cio de Tréveris: «Me admiro de que Alboín no piense ni se preocupe del reino de Dios y de la salvación de su alma, sino que honra y se siente satisfecho con quienes llevan su alma al infierno en vez de conducirle por el camino de la salvación... Señora, yo os conjuro por ello con el temor al día del juicio final, a que leáis esta carta con discernimiento y la comentéis con él a menudo y de forma inteligente». El santo obispo no deja de convencer a la reina para que importune a su marido

con cuestiones dogmáticas. Condena para ello con todas sus fuerzas el arria- nismo y, aun siendo un varón «de grandes gestas maravillosas» (Gregorio de Tours), esgrime los «milagros» de los santos católicos en pro de la ortodoxia de su fe, así como la bendición que el catolicismo supuso para Clodoveo. «Y vos sabéis, en efecto, todo lo que después de su bautismo llevó a cabo contra los herejes Alarico y el rey Gundobad; ni tampoco ignoráis cuántos dones de la gracia de Dios pudieron obtener él y sus hijos en este mundo... Vigilad, vigilad, pues tenéis un Dios clemente. Yo os ruego que obréis de tal modo que fortalezcáis el pueblo de los longobardos contra sus enemigos y nosotros po- dremos alegrarnos por la salvación del alma de vuestro esposo y de la de vos misma.»"'

Nicecio no tuvo éxito. Y así, cuando en 584 una parte de los duques nombró rey al hijo de Klef, Authari, también él era arriano, ya el catolicismo avanzaba por doquier. Y, finalmente, los longobardos se hicieron católicos como los francos, entre los cuales tras la muerte de Clota-rio I (561), último hijo de Clodoveo, se abría la época de los nietos y los biznietos."

CAPÍTULO 5