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Common language, shared narratives and articulation

In document Infrastructuring for cultural commons (Page 196-199)

Infrastructures for digital cultural heritage

5. Infrastructuring for cultural commons

5.2 Fostering and shaping a commons culture

5.2.2 Common language, shared narratives and articulation

J. Hiram Almeida

3 En el presente trabajo se pretende realizar una reflexión sobre la impor- tancia de la vinculación de las universidades públicas con los diversos grupos sociales, en particular los grupos indígenas, haciendo coincidir los objetivos de la universidad pública como garante de la generación de conocimiento y coadyuvando de la mejor manera en la resolución de los problemas que se generan en la sociedad. Para acercarnos a esta realidad es necesario meditar en torno a los procesos y sustentos del conocimiento científico, éste como resultado de la racionalidad instrumental positivista y compararlo con otras formas de abordar la generación y estructuración del pensamiento. Para ello es indispensable ahondar en la actual crisis de los paradigmas que sustentan el orden capitalista, crisis que suscita una “inseguridad profesional profunda” (Kuhn) y que obliga a la aparición de nuevos escenarios de discusión, donde temas tan relevantes como la forma en que se establecen las ciencias y se genera el conocimiento, adquieren una preeminencia fundamental.

Uno de los impactos más controvertidos del neoliberalismo es la ten- dencia a homogenizar en las diversas regiones del mundo aspectos tales como la cultura, la educación, incluso la moneda, etc. No escapa a esta tendencia el tratar de cambiar los objetivos del trabajo que realiza la uni- 1. Profesor-investigador del Departamento de Producción Económica de la UAM Xochimilco. 2. Jefa del Área de Economía Agraria, Desarrollo Rural y Campesinado, UAM Xochimilco. 3. Licenciado en Política y Gestión Social; alumno de la Maestría en Desarrollo Rural, UAM

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versidad pública, en especial la Universidad Autónoma Metropolitana. Cuando se plantea que el modelo económico predominante deja a las fuerzas del mercado la decisión de la resolución de diversos problemas y que todo se debe convertir en una mercancía, nos atrevemos a decir que la escuela no es una empresa, como lo plantea Christian Laval (2003).

Ambos problemas, homogenización y objetivización de la educación, nos hacen reflexionar sobre la necesidad de trabajar no sólo a nivel re- gional, dadas las características específicas de cada región, sino a nivel local. Lo cual nos lleva a replantear los objetivos y las nuevas formas de vinculación. La forma institucional no debe ser perdida de vista. La par- ticipación neutral y con una visión integral o de conjunto es fundamental. Pero sobre todo la visión social.

Así, es necesario en esta perspectiva ampliar el horizonte de nuestra reflexión al ámbito de la ciencia y los saberes locales, ya que más allá de la relación universidad-sociedad, mercado-sociedad, existe la inminente necesidad de analizar con mayor detenimiento, además de las relacio- nes de mercado en la educación, la visión positivista de la ciencia, que impide que interrelaciones como las de universidad y comunidades indí- genas lleguen a un fin constructivo, lo cual repercutiría en grandes avan- ces científico-tecnológicos y beneficios para la sociedad, lo cual de paso contribuiría al reconocimiento y reivindicación de lo que se ha nombrado “ciencia indígena”.

La ciencia y su papel en la sociedad

La ciencia es un elemento histórico fundamental en la construcción del mundo tal y como lo conocemos hoy en día; no podría haber tal avance tecnológico y explicación a fenómenos diferentes, si no fuera por la per- suasión y decisión del método científico. Desde el inicio de la humanidad existe un gran interés del hombre por explicar todas aquellas manifesta- ciones de la naturaleza por medio de: mitos, leyendas, creencias religio- sas, saberes locales, hasta las leyes de la física. De esta manera podemos observar que lo que hace distintos a los seres humanos de la animalidad son la conciencia y el conocimiento, así como la capacidad de decisión, asimilación e investigación metódica de los fenómenos que nos rodean. El hombre tiene la asombrosa necesidad no sólo de adaptarse a cier- tos entornos, además debe buscar el consenso y la comunicación con sus

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semejantes, la “vida en comunidad”, así como la constante generación de entornos propicios para la sobrevivencia de la vida humana en la Tierra.

Sin embargo, la ciencia positivista no es el único método de asimila- ción y aprendizaje de la realidad, existen un sinfín de visiones acerca del mundo y sus fenómenos; la teología, por ejemplo, nos lleva a un mundo idílico, creado por dioses y por manifestaciones divinas de entes asom- brosos, e incluso en esta visión confluyen un raudal de religiones y creen- cias que convergen en la fe en entidades superiores y verdades univer- sales, y divergen en cuanto a sus formas y manifestaciones en la Tierra. Existen también un buen número de interpretaciones de la realidad, que por medio de las costumbres, tradiciones rituales y la organización social diaria, forman parte de los pueblos originarios; hoy se cuentan además en la historia una gran cifra de vestigios de sociedades antiguas que con su tecnología y desarrollo lograron la mejora de su entorno.

Esto no deja de lado el mundo de la ciencia, el cual se ha desarrolla- do con grandes sacrificios; científicos que hoy en día son reconocidos y respetados, otrora fueron causa de calumnias, desprestigio y desconoci- miento. En estos tiempos no es tan distinto: la ciencia se discute entre las antiguas explicaciones científicas y los nuevos descubrimientos; qué decir de las teorías de Einstein que vinieron a transformar las visiones y nocio- nes físicas de la realidad, o de Nash, que revolucionó la teoría de juegos y la conectó en un gran número de probabilidades y juegos matemáticos: el “equilibrio de Nash”; o la gran descripción de T. Kunh de la ciencia por medio de paradigmas, lo que llamó “la revolución científica”.

Por otra parte, no es un hallazgo decir que gran parte de la huma- nidad ha preferido las explicaciones sencillas y prácticas para lograr sus fines. De esta forma, cualquier tipo de saber, y más en nuestros tiempos, está medido por la capacidad de generar utilidad y sobrevivencia; los dueños del dinero y del poder han convenido en explotar zonas geográ- ficas, “capital humano”, recursos naturales, todo ello en aras de la mo- dernidad, el libre mercado y el crecimiento de la economía. Qué decir de la continua utilización del petróleo y sus derivados para producir gran cantidad de materiales y gasolinas que han dañado profundamente la capa de ozono y contaminado mares y ríos. En la actualidad, países como Estados Unidos no han reconvenido en ratificar, a pesar de años de sin- razón, el Protocolo de Kyoto, el cual permitiría la reducción de emisión de gases. Qué pensar del gran daño a las culturas indígenas de México, a quienes hace unos años les fue prohibido el procesamiento de algunas plantas y hierbas por contener sustancias toxicas, nocivas para la salud,

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y que más tarde, “debido a su investigación”, fueron transformadas en medicamentos monopolizados por firmas farmacéuticas, por lo que a los pueblos originarios se les prohibió el uso y consumo de hierbas que han sido parte de sus tradiciones curativas por décadas, o qué decir de las semillas genéticamente modificadas de las compañías como Monsanto, que fueron vendidas por años a agricultores de la India, las cuales tenían un periodo de fecundidad de tan sólo un año, lo cual permitía que se volvieran a consumir semillas a los más altos precios, esto sin medir aún el impacto que tendrá a nivel genético el consumo de organismos genéti- camente modificados (OGM).

Así, parte de la ciencia se ha convertido en un engrane más, de un orden mundial que sólo busca el beneficio de unos cuantos, en detri- mento de la mayoría. El mal uso de tecnologías, guerras bacteriológicas, armamentos, transgénicos, se cuentan entre los experimentos de más ga- nancia.

Siendo un modelo global, la nueva racionalidad científica es también un modelo totalitario, en la medida en que niega el carácter racional a todas las formas de co- nocimiento que no se pautaran por sus principios epistemológicos y por sus reglas metodológicas (Santos, 2007: 21).

Todo este contexto ha traído una falta de capacidad de maravillarse, lo cual ha despertado en el género humano una serie de relaciones mecáni- cas, en donde se nos enseña que la ciencia debe ser fácil, y que por medio de ciertos pasos es posible entender la realidad, olvidando la compleji- dad del pensamiento y del espíritu humano. Ante esto, los viejos paradig- mas sustentados en el positivismo científico, y en la rendición a un orden mundial, ven delante de sí el constante ascenso de identidades conside- radas como “retrógradas e ignorantes”, comunidades que en su realidad construyen procesos de adaptación y desarrollo, que incluso en algunos ámbitos superan los hallazgos científicos, los cuales generalmente están acompañados de daños colaterales. Esto propicia que dichas percepcio- nes e interpretaciones de la realidad retomen procesos de reidentifica- ción y reinterpretación, lo cual se dilucida como una crisis de paradigmas. La crisis de paradigmas

Se ha discutido bastante y en muchos lugares acerca de cómo las cien- cias naturales no pueden observarse de la misma manera que las ciencias

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sociales; esto de igual forma cuando hablamos de conocimiento cientí- fico y saberes locales, es decir, aquellos que se estructuran en la expe- riencia comunitaria; en los saberes locales se encuentran respuestas a muchas interrogantes de acuerdo con el entorno en que se desenvuelven, lo cual es claro si entendemos que la respuesta sensible ante un cierto fenómeno es distinto en cada ser humano, lo que trasluce la diversidad de culturas y cómo ciertas concepciones o caracteres de unos, no aplican en otros, “cada cabeza es un mundo”, un mundo que se genera en un proceso de identificación, el cual se arraiga en el imaginario colectivo, y más tarde se manifiesta en la cotidianidad. Este proceso de identificación con cierta imagen del mundo genera cultura, instituciones e ideas, donde el individuo está en una constante asimilación y reinvención del mundo que lo rodea; en este proceso el conocimiento científico se enfrenta a la ineludible necesidad de seleccionar una parte de la realidad para inten- tar conocerla, ignorando el resto.

El propio universo científico tiene una identificación clara con una forma y un método de describir la realidad. De ahí que uno de los avan- ces más representativos del análisis de las ciencias, es el de los para- digmas, ya que en éste se encuentra la interpretación de la realidad de acuerdo con una comprobación y justificación, donde la explicación de los fenómenos se hace tal y como se les percibe en ese momento, y donde pueden surgir transformaciones posteriores o “crisis de paradigmas” que se traduzcan en una reconstrucción y deconstrucción de los fenómenos, Por ello los paradigmas surgen como respuesta ante las necesidades y preguntas de la humanidad, ya que éstos se acoplan en tiempo y espacio a la diversidad de comprobaciones y teorías que las subyacen, en donde las mayores interrogantes que han acompañado a la humanidad de “por qué el mundo es lo que es y por qué es cómo es”, propician una serie de interpretaciones y nuevos paradigmas que siempre están acompañados de un pensamiento creativo, logrando que anteriores perspectivas sean constantemente cuestionadas, lo que Kunh llamó “revolución científica”, y que tiene que ver con el enfrentamiento entre paradigmas.

Es éste el fundamento que Sousa utiliza para hablar de la actual crisis del paradigma dominante, el cual es

[…] resultado combinado de una pluralidad de condiciones. Distingo entre las con- diciones sociales y las condiciones teóricas [...] La primera observación, que no es tan trivial como parece, es que la identificación de los límites, de las insuficiencias estructurales del paradigma científico moderno es el resultado del gran avance en el

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conocimiento que él propició. La profundización del conocimiento permitió ver la fragilidad de los pilares en que se sostenía (Boaventura de Sousa, 2007: 53).

Pilares que hoy se derrumban y que están en un proceso de resignifica- ción; una clara prueba son las diversas crisis en las que nos encontramos, tales como la crisis alimentaria, la crisis ambiental, la crisis económica, en conjunto la crisis civilizatoria (llamada así por Armando Bartra); encontramos que Sousa Santos plantea:

[…] tal como en otros periodos de transición, difíciles de entender y de explorar, es necesario voltear a las cosas simples, a la capacidad de formular preguntas simples, preguntas que, como Einstein acostumbraba decir, sólo un niño puede hacer pero que, después de hechas, son capaces de trazar una luz nueva a nuestra perplejidad (Santos, 2007: 18).

Por ello es que debemos entender que la realidad está en constante transformación e inevitablemente tiende a trascender el aquí y ahora de la humanidad. La lucha entre paradigmas indudablemente buscará des- calificar las visiones distintas, sin ver que quizá las aportaciones diversas puedan generar una visión más general y profunda del problema, enten- diendo que la mayor parte de estas discusiones provienen del mismo núcleo del paradigma.

Lo que resulta complejo es que muchos paradigmas, como hemos mencionado con anterioridad al referirnos a las debilidades de la ciencia positivista y la ciencia que apoya al sistema hegemónico actual, descansan en conveniencias políticas, sociales y económicas, en donde los científi- cos y estudiosos son condecorados por apoyar, más bien, a una forma o estructura social presente, más que a la evolución constante del pensa- miento creativo y la ciencia, lo cual constituye un problema para el acer- camiento objetivo a los fenómenos. Por ejemplo, en las universidades se enseña el método científico como la forma fácil de adquirir conocimiento y desarrollarlo sin esfuerzo alguno. Lo importante en esta visión es justi- ficar la pertinencia del método científico en la elaboración o revisión de las diversas teorías ya establecidas en los paradigmas de la ciencia; para contrarrestar esta visión es necesario que el conocimiento atienda más al desarrollo creativo de potenciales y a la trascendencia en la explicación de distintos fenómenos, que ha necesidades mercantiles cimentadas en un sis- tema mundial que ha generado grandes deudas sociales. Trataremos este tema en las páginas siguientes de este artículo.

Educación científica vs. saberes locales: el reconocimiento de la ciencia indígena

Como podemos observar, uno de los grandes atavismos de la ciencia actual es su visión positivista, que busca reducir a la ciencia a un análisis unificado por medio del método científico. Visión que aleja cualquier noción y cosmovisión basada en la experiencia y la racionalidad cultural, la ciencia del positivismo busca analizar cualquier fenómeno natural y social por el mismo tipo de método, razón por la cual al momento de enfrentar, por ejemplo: los saberes locales con ciencia, nos encontramos en un tramposo laberinto de confusión, conjeturas, causa-efecto y com- probaciones, que alejan a cualquier otra noción o concepción del enten- dimiento científico.

Rousseau hizo las siguientes preguntas no menos elementales: ¿hay alguna relación entre la ciencia y la virtud? ¿Hay alguna razón de peso para que sustituyamos el conocimiento vulgar que tenemos de la naturaleza y de la vida y que compartimos con los hombres y las mujeres de nuestra sociedad, por el conocimiento científico producido por pocos e inaccesible a la mayoría? ¿Contribuirá la ciencia a disminuir el foso creciente en nuestra sociedad entre lo que es y lo que aparenta ser, el sa- ber decir y el saber hacer, entre la teoría y la práctica? Preguntas simples a las que Rousseau responde, de modo igualmente simple, con un rotundo no (Boaventura de Sousa, 2007: 18).

No es nuevo decir que detrás de la ciencia actual se encuentra un sinfín de historia; como lo expresaría el epistemólogo francés Edgar Morín: “mostrar que las teorías científicas, como los icebergs, tienen una enorme parte sumergida que no es científica, pero que es indispensable para el desarrollo de la ciencia” (Morín y UNESCO, 2006: 38). Una de estas partes es en la que pretendemos hacer hincapié en este artículo, y es precisa- mente todo aquello que proviene de las culturas, lo que algunos han lla- mado saberes locales.

Los saberes locales

Cuando hablamos de saberes locales, nos referimos a todo aquello que ha formado parte de la tradición, ya sea oral o escrita, de un pueblo o comunidad. En los saberes se encuentran formas de interrelación social, organización económica, uso de recursos naturales, educación, jerarqui- zación, formas de producción, métodos medicinales, patrones culturales, fiestas, tradiciones y un gran número de elementos que constituyen lo que también se ha llamado cosmovisión y ciencia indígena.

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Este conocimiento forma parte de un gran legado milenario de los pueblos originarios, que en otros tiempos desarrollaron su civilización por medio de una comprensión e interrelación con su entorno, que aún hoy en día tienen vigencia en diferentes ámbitos; tal es el caso en América de los calendarios azteca y maya, de la determinación de solsticios y equinoccios, de la tecnología aplicada en la construcción de las pirámides, de la medi- ción y aproximación de los movimientos del Sol y la Luna, de las formas agropecuarias de producción y fertilización de las tierras, de formas de organización económica y jerárquica, etcétera.

Los saberes locales forman parte de la gran reivindicación de los pue- blos indígenas; los continuos procesos sociales acaecidos en el seno de los pueblos y comunidades originarias han creado sin lugar a dudas una racio- nalidad cultural que exige mayor detenimiento y entendimiento de la cos- movisión indígena, lo que puede traducirse en una herencia “científica”4 y práctica que logre colaborar con los avances actuales de la ciencia y la tecnología. De ahí que deba reconocerse el derecho de los pueblos sobre sus territorios y espacios, sus costumbres e instituciones sociales, garanti- zándoles el derecho a mantener su patrimonio cultural.

Es insuficiente asimilar la reivindicación del derecho de los “olvidados” desde una mirada folclórica y meramente paternalista; es obligación que los marcos jurídicos reconozcan la capacidad de los pueblos a demandar la justa distribución de beneficios; por ejemplo: en usos de plantas medicina- les o tecnologías indígenas en la agricultura; no es permisible que grandes corporaciones y transnacionales utilicen el saber indígena para beneficio y utilidad propios. “El saber ya no es un bien que se deba adquirir para participar en una esencia humana universal […] sino una inversión más o menos rentable en individuos desigualmente dotados y capacitados” (Laval, 2003: 57). Al respecto, son conocidos los casos en todo el mundo, donde grandes corporaciones utilizan los recursos naturales de comunida- des, sin que éstas obtengan beneficio alguno; tal es el caso de decenas de poblaciones a nivel mundial a las que les es sustraído el vital liquido para la producción de refrescos (Coca-Cola y Pepsi), propiciando sequías en sembradíos y, en casos como los del norte de la India,5 enfermedades.

4. Nos referimos a la ciencia indígena, la cual ha sido antes nombrada en este artículo y tiene que ver explícitamente con toda aquella sabiduría, conocimientos, cultura, prácticas, etc. de las

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