Después de las últimas revueltas de Jerusalén en el primer siglo cristiano, las comunidades hebreas se habían extendido y afianzado en gran parte del mundo conocido. Incluso hay pruebas de que los judíos eran uno de los grupos sociales más fuertes en la península arábiga. Con la aparición del Islam luego de que Mahoma conquistara la Meca en el 630, la situación de los judíos en los nuevos territorios musulmanes tuvo facetas muy peculiares. En pocos años, el Islam se expandió a gran velocidad por el cercano Oriente, el Mediterráneo meridional y amplias extensiones de Asia.
Por un historiador hebreo de origen español, Benjamín de Tudela, que hacia el año 1168 visitó Constantinopla, podemos conocer algunos detalles sobre la vida de los judíos por aquella época. Según sus relatos[186], la capital del Imperio Bizantino contaba con un barrio judío, en el que la
mayoría de los pobladores eran artesanos y mercaderes. Aunque contaban con el respeto de los gobernantes, se los consideraba ciudadanos de segunda y tenían prohibido el acceso a ciertos privilegios.
Benjamín de Tudela realizó extensos viajes y escribió crónicas sobre la situación de las poblaciones de origen israelita del Cercano y Medio Oriente. En sus relatos cuenta que se encontró con que los judíos vivían abrumadoramente en centros urbanos. Durante la Alta Edad Media, se habían expandido también hacia el Báltico y las actuales Polonia y Ucrania, en búsqueda de mayor seguridad.
Los primeros años de la cristiandad habían sido nefastos para el Judaísmo y en pocos siglos se produjo una fuerte reducción del número de judíos. Desde la caída de Jerusalén, la población judía había descendido dramáticamente en esa ciudad a cerca de mil cuatrocientos a mediados del siglo XII, de acuerdo al censo realizado por el viajero Benjamín de Tudela en Palestina. Sin embargo, gracias a la dispersión geográfica que trajo la diáspora, la importancia social de los judíos fue cada vez mayor. Las comunidades judías animaban a sus pobladores a aprender un oficio, dado que eso los convertía en ciudadanos útiles para los gobiernos. Incluso los rabinos trabajaron como comerciantes metódicos y aprovecharon sus viajes religiosos para desarrollar rutas comerciales.
Con el advenimiento del Islam los judíos prosperaron en ciudades como Bagdad y Túnez, así como en otros territorios de mayoría musulmana. Los profesores norteamericanos Allan Harris Cutler y Helen Elmquist Cutler han elaborado una tesis que demuestra a fondo la profunda interacción y colaboración de judíos y musulmanes durante toda la Alta y Baja Edad Media e incluso durante el Renacimiento[187]
. Allí demuestran contundentemente a través de múltiples fuentes y hechos históricos que la tendencia de los cristianos medievales era ver al judío como un aliado del musulmán, sentimiento que fue uno de los factores que alimentó el antisemitismo.
La lógica de los Cutler dice: (1) Los cristianos medievales temían y odiaban a los musulmanes; (2) Los cristianos medievales vieron a los judíos como aliados de los musulmanes; (3) En consecuencia, “Los mismos cristianos asociaron judío con musulmán”. Una de las principales razones que fomentó el odio contra los judíos por parte de los cristianos fue que aquéllos, en numerosas ocasiones, ayudaban y auxiliaban a los ejércitos musulmanes contra los cristianos, como por ejemplo en la conquista inicial de la península ibérica a principios del siglo VIII.
Concluyen los Cutler diciendo: “Desde el surgimiento del Islam, los principales (aunque no los únicos) factores en la historia del antisemitismo han sido la asociación del judío con el musulmán, una larga tendencia europea que equiparaba al judío, de origen mesoriental, con el musulmán, también de origen mesoriental. Este intenso sentimiento de los cristianos sobre que el Judío era un aliado de su primo étnico-religioso, el musulmán, contra el Occidente, dio lugar a la idea de que el
judío era el enemigo semita interno que trabajaba y conspiraba mano a mano con el musulmán, el enemigo semita externo, y que ambos planeaban la eventual destrucción de la Cristiandad indo- europea”.
Diversos sabios judíos fueron destacados en prominentes cargos dentro de los reinos islámicos en guerra con los cristianos (particularmente en los casos de Al-Ándalus y el Imperio Otomano). Aunque los judíos generalmente no tomaron parte en las acciones bélicas “se regocijaban cuando los territorios cristianos caían en manos musulmanas”, señalan los Cutler.
Era en la península ibérica (o Al-Ándalus) donde los ciudadanos hebreos de toda Europa y Asia querían vivir entre los siglos VIII y XI. Antes de que los musulmanes invadieran ese territorio, los hebreos habían sido forzados a convertirse al Cristianismo por la monarquía visigoda. De modo que cuando el Islam comenzó a conquistar el sur de la península, los judíos colaboraron activamente con los invasores.
Los Califas que gobernaron el nuevo territorio eran liberales por lo que establecieron una buena relación con los judíos y se rodearon de ellos para muchas de las tareas de la Corte. Esto no implicaba que no hubiera riesgos. A veces, sectores reaccionarios y rigoristas del Islam como los almorávides y almohades perseguían a los librepensadores musulmanes. Y uno de los blancos preferidos por estos fundamentalistas eran también los hijos de Israel. Uno de los judíos que sería más conocido por la historia y que debió abandonar la península durante una de esas oleadas violentas fue Maimónides (1135-1204), el prototipo del erudito medieval judío. Junto a su familia se trasladó a Egipto y fue un servidor público además de un sabio. Dedicó su tiempo a estudiar, escribir obras religiosas y científicas y a ser el médico personal del último califa fatimí y del famoso sultán Saladino (1137-1193). Maimónides consideraba que el intelecto y la razón eran las mejores armas con que contaba un judío. Su propia vida de grandes privilegios era un reflejo de ello. De ahí que reclamaba que la religión de Abraham fuera reformada conservando sólo los elementos más racionales.
Según Maimónides, la verdadera sabiduría estaba dada por el conocimiento de la Torá y su aplicación a la vida comunitaria. Los más sabios eran los que estaban mejor preparados para gobernar al resto de los judíos. Su mensaje llegó en el momento oportuno en que la llamada “catedrocracia” gobernaba desde Babilonia el destino del mundo judío. Sólo aquellos que se dedicaban al estudio estaban en condiciones de ser maestros de sus hermanos.
El mensaje racionalista de Maimónides, en cuanto a que el intelecto y la razón representan las mejores armas del judío, fue bien aceptado especialmente por las clases más altas. Sin embargo, la mayoría de judíos comunes y corrientes que se dedicaban al comercio y las artesanías, quedaron excluidos de este mensaje. Las masas piadosas y trabajadoras optaron por refugiarse en una versión menos racionalista de la fe. Preferían los relatos de los milagros pasados y disfrutaban las promesas de una liberación futura. Especialmente en momentos en que se agravaba la persecución por parte de cristianos y musulmanes, era para ellos más fuerte la atracción hacia los relatos fantásticos de carácter sacro. En este contexto cobró importancia el misticismo judío. Aunque algunas corrientes llevaban siglos practicando la magia, haciendo conjuros y buscando trances espirituales, recién en el siglo XIII tomó forma la corriente mística del mundo hebreo. Se la conoció con el nombre de Cábala y su libro central era el Zohar, palabra que significa “esplendor”. Fue compuesto por el filósofo Moisés Ben Sen Tob de León (1240-1305). Originalmente ese término agrupaba a toda la doctrina recibida y la tradición. Pero poco a poco comenzó a significar el saber esotérico, el cual permitía a la minoría privilegiada mantener una comunión directa con Dios o adquirir el conocimiento de Dios por medios no racionales.
En esencia, la Cábala es una disciplina que busca en la Torá el significado del mundo y la verdad. Pretende interpretar los sentidos ocultos en los cinco libros del Pentateuco y en ellos busca la revelación. Los libros esotéricos que comenzaron a divulgarse en el siglo XII sostenían que las letras y los números de la Torá eran sagrados, y si se hallaba una clave se podía alcanzar el conocimiento secreto. A pesar de que se nutría de la revelación, la Cábala también incorporó elementos de origen gnóstico[188] que en muchos casos contradecían a los libros sagrados de Israel. “Las ideas místicas
atraían a las masas mucho más que las enseñanzas de los eruditos rabinos y filósofos que sostenían que sus interpretaciones podía entenderlas todo el mundo.”[189]
Los racionalistas como Maimónides, así como las clases altas, rechazaban los elementos irracionales de la Cábala. Sin embargo se sintieron atraídos por algunos aspectos y también practicaron el misticismo.
En el Medioevo, dada la dispersión de la comunidad judía, estas tendencias contradictorias pudieron coexistir con tranquilidad. Los sectores más pobres se volcaron a la superstición y la religión popular mientras que los ricos practicaron el racionalismo y la Cábala mística.
En general, los estados islámicos y cristianos no se mostraban como enemigos de los judíos. De hecho, en todos los lugares donde estaba debidamente constituido un gobierno, los judíos eran protegidos y tenían acceso a las autoridades. El problema se producía en tiempos de cambio político o cuando crecía el fervor religioso y las masas dirigían su odio hacia las minorías más desplazadas.
Además de dedicarse a profesiones que resultaban útiles para los gobernantes, las comunidades hebreas daban mucha importancia al mantenimiento de las relaciones con sus familiares, incluso lejanos. Las redes que tendían les permitían escapar y sobrevivir en épocas de persecución. Por eso, el matrimonio era obligatorio para todo judío ya que le permitía conservar fuerte y segura a una familia. Durante toda la Edad Media la vida de la comunidad giró en torno a la sinagoga y a las escuelas de formación. La solidaridad fue un principio irrenunciable y aquellos que tenían más recursos o gran capacidad intelectual debían aportar a la comunidad para asistir a los menos favorecidos. Según diversos relatos, era común que muchos judíos decidieran convertirse a alguna de las otras religiones, tanto por presión de la sociedad como por deseo personal de renunciar a la gran cantidad de leyes y previsiones que regían la vida de un judío. Algunos regímenes islámicos eran más hostiles que otros para los judíos. Documentos rescatados de la Genizá[190] de El Cairo (manuscritos judíos) aseguran que en el siglo XII en Marruecos reinaba el fanatismo, lo mismo que en el norte de Siria. Algo parecido ocurría en Bagdad, mientras que Egipto era relativamente seguro. De cualquier manera, en todas partes se producían episodios ocasionales de antisemitismo y violencia contra los judíos. Bajo el dominio bizantino el trato hacia el pueblo hebreo fue mayormente hostil. Al igual que en el Islam, los gobernantes tendieron a tratar bien y a otorgar beneficios a los judíos más prósperos y sabios. Se trataba de un pueblo respetuoso de las autoridades, con grandes redes comerciales y que tendía a prosperar rápido, por lo que podía ser gravado con facilidad.
Algunos miembros jerárquicos de la Iglesia los utilizaban para su beneficio. Muchos los protegían porque los consideraban un mal necesario para demostrar la culpabilidad de todo un pueblo en la muerte de Jesús. El argumento central sostenía que los judíos contemporáneos a Jesús habían visto sus milagros pero se negaban a reconocer su condición divina porque era de origen pobre. Según este punto de vista, el pecado de los israelitas consistía en negar lo evidente y en ocultar la verdad a lo largo de las generaciones.
Algunos de estos relatos antijudíos confluyeron durante el comienzo de las Cruzadas. El principal enemigo en este caso eran los musulmanes, a quienes se acusaba de maltratar a los cristianos que habitaban en Tierra Santa. Sin embargo, también se consideraba que los judíos eran villanos que
auxiliaban al Islam. Los pogromos, o ataques de la turba, fueron comunes hacia el año 1100 en muchas ciudades europeas, donde los peregrinos querían apropiarse de los bienes de los judíos para solventar las deudas que habían contraído preparando sus campañas militares. Los incidentes en los que los judíos perecieron o fueron obligados a convertirse al Cristianismo se repitieron a lo largo de todas las Cruzadas.
Para el Cristianismo, los principales enemigos fueron, en realidad, las herejías y los cismas internos que amenazaban la autoridad del papado. Sin embargo, todo ataque a aquello que fuera distinto al mensaje de Jesús resultaba popular y terminaba beneficiando a la Iglesia. Un ejemplo cruel de esta situación se produjo durante el Concilio de Letrán, celebrado en el año 1215, donde el papa Inocencio III sancionó una serie de decretos antijudíos. En ellos sostenía que este pueblo utilizaba sin escrúpulos el poder financiero y estaba trastocando el orden natural. Por eso, los gobernantes debían hacer lo que fuera necesario para reestablecer el orden.
Las teorías conspirativas respecto del robo de niños o la profanación de eucaristías por parte de judíos eran moneda corriente y motivaron sangrientos episodios. Detrás de todos estos hechos se podía encontrar muchas veces el trasfondo de los préstamos de dinero. Cuando algún cristiano o musulmán no podía enfrentar una deuda con un judío, no tenía más que calumniar o acusar a su prestamista. Durante las épocas de mayores tensiones sociales era más probable que estas infamias prosperaran.
A partir del siglo XII creció fuertemente la fundación de nuevas ciudades. Los judíos lentamente se volvieron menos imprescindibles para los gobernantes, dado que los cristianos estaban comenzando a involucrarse en actividades financieras y comerciales. Algunos gobiernos tomaron la costumbre de realizar expulsiones masivas de judíos para tranquilizar a las masas que periódicamente se enfurecían, generalmente incentivadas por algún predicador o grupo de fanáticos.
Con el nacimiento de las universidades, muchos judíos se convirtieron para poder tener acceso a los claustros, algo que le estaba prohibido a su pueblo. Su aporte a la intelectualidad de la época fue fundamental y con el correr de los siglos hicieron una gran contribución a dos fuerzas que finalmente quebraron el poder de la Iglesia: la Reforma y la Contrarreforma.
Los mitos y falsedades no dejaron de crecer y extenderse en la Europa Medieval. Con la aparición de la peste negra en el siglo XIV, por ejemplo, se inspiró la creencia de que se trataba de una peste creada por los hombres y extendida con propósitos concretos. Las miradas se dirigieron hacia los judíos luego de que algunos de ellos confesaron bajo tortura ser los autores del macabro plan. Como consecuencia de los hechos de violencia, el papa Clemente VI emitió una bula refutando la afirmación y sosteniendo que los judíos sufrían por la peste tanto como los demás. Pero muchos gobernantes no se mostraron firmes a la hora de reprimir los hechos de violencia y los ataques se repitieron.
Debido a la precaria situación, no quedaba claro si una generación de judíos heredaría algo de valor monetario de la generación previa. Así nació un género literario conocido como “testamentos éticos”. “En lugar de bienes, los padres dejaban a los hijos la sabiduría ética y moral que habían acumulado en un testamento formal”. [191]