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and any communication with other fire compartments is only at the lowest level of

Desde esta óptica, y asumiendo la tensión entre lo que puede ser una cosa y su contraria, podemos ahora postular, en lo que hace al espacio público/biográfi­ co, la articulación indisociable entre el yo y el nosotros, los modos en que las diversas narrativas pueden abrir, más allá del caso singular y la “pequeña histo­ ria”, caminos de autocreación, imágenes e identificaciones múltiples, desagre-

aderhás de las infinitas variables psico/psicoanalíticas, de autoayuda, dietéticas, corporales, etc., revistan también las variantes del talk show-. Por el otro, aparecen con fuerza criterios divergen­ tes y hasta dismjptivos sobre las vidas posibles. Al respecto, Laurent Berlant, en la introducción, señala la supervivencia de la interioridad como verdad, en tanto "tener una vida” es equivalente a ‘‘tener una vida íntima" (281-288).

gadas de los colectivos tradicionales, y afianzar así el juego de las diferencias como una acentuación cualitativa de la democracia. Nuevas narrativas, iden­ tificaciones, identidades -políticas, étnicas, culturales, religiosas, de género, sexuales, etc.-, nuevos modelos de vidas posibles, cuya manifestación a la luz de lo público supone la pugna y el conflicto, así como una revalorización de la idea misma de “minoría”, no necesariamente en clave de lo “menor” en núme­ ro o importancia sino precisamente, en el sentido de Deleuze, como diferen­ ciación de la norma -o la “normalidad”, siempre mayoritaria—, o de la hege­ monía,15 que es de ese modo desafiada. En esta pugna —ninguna “nueva” posi­ ción de enunciación adviene graciablemente al espacio discursivo social— el desafío es justamente el hallazgo de una voz autobiográfica en sus acentos colec­

tivos, que pueda dar razón de un mito de origen, una genealogía, un devenir, y

defender por lo tanto unas condiciones de existencia.

Este reconocimiento de una pluralidad de voces hace que, en rigor de ver­ dad, ya no sea posible pensar el binomio público/privado en singular: habrá varios espacios públicos y privados, coexistentes, divergentes, quizás antagóni­ cos. Lo cual es también una manera de dar cuenta de las diferencias —y des­ igualdades— que subsisten en la aparente homogeneidad de la globalización, aun cuando se haya debilitado la distinción de “clases sociales” en sus sentidos tradicionales, en pro de la complejidad de una combinatoria cultural —étnica, de género, religiosa, etc.-, que se le agrega aun sin reemplazarla. Pero esta percepción de la pluralidad puede ser también retrospectiva y poner en cues­ tión la partición inicial: el propio Habermas reconoce, en el nuevo prólogo a la edición inglesa que hemos mencionado, algunas críticas que le fueran for­ muladas aL respecto, y sobre todo, la influencia tardía de la obra de Bajtín, que descubriera con posterioridad a la escritura de su tesis,16 y que le permitió una iluminación “estereoscópica” para entender otras dinámicas, como las de la cultura popular, bullendo en el interior del orden dominante del mundo bur­ gués. La distinción acendrada entre ia esfera pública y la privada, aun en su

15 Tomamos et concepto en la definición, ampliamente conocida, que de él hicieran Laclau y Mouffe, como una articulación contingente por la cual un contenido “particular” pasa a investirse como “universal”, apareciendo así como eí nombre de una plenitud ausente, que es en verdad irreductible a la autorrepresentación. Esta relación hegemónica así entendida, que lleva la marca de una historicidad, es siempre antagónica, sujeta a pugna y enfrentamiento, susceptible de ser desa- fiada, de surgir (como contrahegemonía) a través de una lógica equivalencíal de diferencias que resignan en algún momento su carácter “particular*’ para asumir una valencia {un contenido) común. En este escenario móvil, donde es relevante el eje de la temporalidad, los dos términos en conflicto comprometen (es decir, aceptan el riesgo de verse transformados) recíprocamente, su propia "identidad”. Véase Laclau, [1995] 1996.

16 Habermas se refiere a La cultura popular en ¡a Edad Media y el Renacimiento. Eí contexto de Fran^oü Rafcelais, 19BB.

dialéctica, se difumina así más allá de sus límites originarios: “no es correcto hablar del público en singular —dirá Habermas— ni siquiera cuando se parte de una cierta homogeneidad de un público burgués [...] una imagen distinta surge si desde el comienzo se admite la coexistencia de publicidades en competencia” (Habermas, 1990: 5).

Asumir tal diversidad de registros nos permite, coextensivamente, realizar una evaluación contrastiva de las tendencias dominantes en el espacio biográ- fico. Tendencias de exaltación narcisística, donde prima la afirmación de los valores del individualismo y la competítividad, otras, de búsqueda de una ma­ yor autonomía, de auto indagación genealógica o de “invención de la tradi­ ción” (Hobsbawm), de autocreación o de restauración de las memorias colec­ tivas. Trazado no siempre coincidente con la especificidad de los géneros involucrados, sino que a menudo los excede y atraviesa: no habrá narcisismo sólo en la autobiografía o en la entrevista mediática, y obligada verdad de la memoria en el testimonio o la historia de vida -aunque haya por supuesto zonas o momentos de condensación—, no serán tan relevantes para el caso las formas tipológicas, lo que ellas conllevan en términos valorativos, como los usos, los caminos que sugieren a la lectura y la interpretación.

Entre los usos está por supuesto ese despliegue de lo íntimo/privado —a veces en desliz hacia lo obsceno^, que no perdona ningún espacio ni especialidad, se trate del político, la estrella, el científico o el hombre y la mujer comunes. Así, en la multiplicación al infinito de superficies y audiencias de la globalización, se impondrá como tematización recurrente el “asomarse” a la interioridad emocio­ nal, y de ese modo, contrariando una vez más el clásico decoro burgués, saldrá a la luz el mundo de la afectividad y las pasiones, no ya en virtud de los grandes asuntos sino en el detalle más nimio de su domesticidad.

Estos avatares mediáticos han influido además en la reconfiguración de los géneros auto-biográficos canónicos. El auge de las biografías suele ofrecer a menudo umbrales poco reconocibles entre ficción, obra documental, novela histórica, “caso” psicoanalítico o chismografía. El modelo de la entrevista -grá­ fica, radiofónica o televisiva— ha revitalizado el viejo diálogo socrático, dando impulso a los libros de “conversaciones” de tenor literario, político, filosófico, vivencial, y de recopilaciones —diferentes entrevistas realizadas a uno o a va­ rios personajes—, que en los últimos tiempos se han convertido casi en un nue­ vo tipo de “best-seller”. Las autobiografías, aun de personajes relevantes, pare­ cen responder más a la creciente demanda del mercado, o a las tendencias autoneferentes en boga, que al imperativo clásico. Se han popularizado las biografías o autobiografías de personajes del jet set, de la política o de las reale­ zas —cuya distinción es a menudo improcedente—, funcionales a coyunturas políticas o escandalosas, o ambas a la vez. Los diarios íntimos, como veíamos

en el caso de Wittgenstein, con frecuencia se editan más por sus detalles pi- cantes que por una cotidianidad supuestamente iluminadora de teorías o posi­ ciones. Las memorias, por su parte, parecen haber perdido su especificidad al difuminarse en algunos de estos géneros o haber sido absorbidas por el registro puntilloso de la actualidad mediática. En retomo, la programación televisiva, local y satelital, consagra un espacio nada desdeñable a rubros tales como “biografías”, “vidas”, “perfiles”, “historias de vida”, “testimonios”, etcérera.

Por otra parte, ía obsesión biográfica en los medios incluye cada vez más la peripecia del hombre y la mujer comunes. N o se tratará entonces solamente de convocar su voz para satisfacción de la curiosidad ante hechos insólitos o acontecimientos de importancia —como ejemplos singulares, “casos”, testigos, víctimas, victimarios-, ni de la habitual delectación pseudo-antropológica so­ bre historias de vida del otro, el diferente, sino de una presencia doblemente inquietante, ni testimonio ni ficción, o más bien, ambos a la vez. En efecto, el nuevo género —o quizá, “fuera de género” (Robin, 1996)— el reality show, ofrece la posibilidad de saltar la valla que va de la narración de un suceso de la propia vida a su actuación directa en la pantalla. Al reconstruir la peripecia vivida por y con sus “propios protagonistas” bajo la cámara, la “tevé real” nos coloca en el centro de lo particular de un modo aun más radical que la cámara secre­ ta, en tanto no está en juego ya la captura imprevista de una imagen verídica, sino la hipótesis misma de la desaparición de toda mediación en aras del aconte­ cimiento en estado “puro”.17

En su más reciente versión giobalizada —las diversas réplicas y variantes de Big Brother— el reality show nos confronta al experimento de cámara “perpetua” sobre la conducta de un grupo de seres humanos transformados en conejos de Indias, encerrados en casas o en islas “solitarias”, llevados al límite del tedio —propio y ajeno—, a la minucia de la irrelevancia, a la pelea por la “superviven-

17 Esta estrategia de veridicción adopta en su inicio múltiples modalidades: reconstrucción de los hechos “tal como sucedieron” con sus protagonistas o con actores* narración ficciona! pero con nombres y sucesos reales, presentación del propio caso en entrevistas ante cámaras o micrófono, combinación entre testimonio y sketch, entre dramatización e imágenes documentales, etc. La di­ versidad de los temas y personajes tiene sin embargo denominadores comunes: situaciones límites, desaveniencías familiares o vecinales, crisis, accidentes, crímenes, desapariciones, cuyos protago­ nistas orillan la franja incierta enere “normalidad” y exclusión. (En la Argentina, el género aparece en 1993, con dos programas: Ocurrió así y Amanecer/Anochecer.) Más carde adquiere popularidad otra variante, el talíc-show, del cual participan, según los programas, tanto famosos como desconoci­ dos. U n porcentaje enorme de la programación televisiva en el país (y también en otros) transita hoy, en mayor o menor medida, por estos carriles. El tema fue abordado por Vincent Amieí, Fierre Chambat, Alain Ehrenberg y Gérard Leblanc en un dossiet de La revista Esprií, núm. 188,1993, “Les

reality shows, un nouvel age télévisuel?^ Sobre esre género mediático pueden consultarse mis dos

trabajos: L. Arfuch, “Políticas del cinismo”, en Orígenes, núm. 15,1994 y "Reality status, cynisme et politique", en Discours SociaJ/Socwí Discourse, vol. 8, núm. 1-2, 1996.

cía” y a la amenaza de la exclusión: cada semana alguien debe irse, por el voto de sus compañeros y también por el del espectador, perdiendo así la posibili­ dad de obtener la importante suma destinada al último, el “ganador”. De esta manera, y como suelen ser varias las pantallas invadidas simultáneamente de “vida real”, se crea un verdadero desorden de la vida en el fascinado especta­ dor, que es llevado a acechar devaneos nocturnos a altas horas o simples ritos de la -hasta hace poco- mayor intimidad. Pero además -o sobre todo- está en juego “su” propio lugar en la conversación social -e ! trabajo, el hogar, los ám­ bitos de pertenencia- donde estos programas se han transformado en tema recurrente y sintomático: nunca más apropiada la figura del control social y por ende, del autocontrol, que Elias colocara en relación directa con la “libe- talización" de las costumbres y ta exhibición pública de las conductas.

La escena de los diversos Big Brother es por cierto emblemática de una nueva y pretendida “subjetividad de la era global” que algunos celebran, aun­ que su advenimiento no tenga por fortuna -o todavía— fuerza de ley: la compe­ tencia entre pares, no ya en términos de excelencia sino de astucias, intrigas y cálculos sobre la debilidad del otro, la supervivencia individual opuesta al gru­ po, a la colectividad —que tampoco puede constituirse como tal porque conlle­ va su propio antídoto “antisocial”—, la vida misma, como prueba concentra- cionaria de resistencia, atada tanto a la banalidad de lo cotidiano como a la inevitabilidad de la exclusión, que no será ya obra de una exterioridad, cual­ quiera sea, sino el principio intrínseco, obligado, de toda relación.18 En tanto podemos reconocer nítidamente estos rasgos en la dinámica triunfal del mer­ cado -y más allá de toda idea intencional de “manipulación”— cabría pregun­ tarse justamente porqué aparece hoy, en el espacio del ocio, del entreteni­ miento, del “escape” de la rutina laboral, esta reviviscencia de la distopía orwelliana, que es la de la más absotuta sujeción.

A considerable distancia de esta estética, y sin identificarse totalmente con los usos canónicos de la antropología, la sociología o la historia, otras formas mediáticas intentan igualmente aproximarse a las vidas, célebres o co­ munes -esas “vidas oscuras” a las que aludía Lejeune- a partir de relatos o testimonios que, más allá de la peripecia personal, apuntan a ia reconstruc­ ción de ciertas dimensiones de la historia y la memoria colectivas. En una época fuertemente conmemorativa como la nuestra, que parece estimular la necesidad de balances y retomas, ha adquirido especial relevancia ¡a narra­ ción de experiencias extremas, como las del Holocausto y las guerras, u otras, más próximas y no menos trágicas, como las de nuestra historia reciente. Más

18 Modelo que, lejos de estimular el valor de la aventura -e n sus acentos de libertad y crea­ ción de sí- no hace sino llevar al límite la clausura de la domesticidad.

allá de la publicación de cantidad de libros de testimonios e investigación, la pantalla televisiva ha sido a menudo, en los últimos años, lugar de rememora­ ción, donde lo vivido por alguien en particular va naturalmente más allá de lo autobiográfico, para involucrar identidades colectivas y sentidos compartidos. Pero también tiene lugar, aquí y allí, una vuelta, a menudo nostálgica, sobre el tiempo cotidiano, las costumbres, el trazado de historias singulares, grupales, generacionales, la afirmación de nuevos mitos fundacionales y políticas de identidad. En este giro hay una notable revitalización de la historia oral, que, más allá de sus incumbencias académicas, interviene de manera creciente en la producción de relatos de vida en diversos enclaves de la comunidad —insti­ tuciones, colectividades, municipios, barrios-.

Así, de un modo elíptico, trasversal y hasta caprichoso, el espacio biográfi­ co —la narración de historias y experiencias, la captación de vivencias y re- cuerdos— opera, complementariamente, en ese “rescate” de lo propio, lo local, que es uno de los aspectos paradójicos de la duplicidad constitutiva de la glo- balización.