Las relaciones de género y la forma en cómo se transforman es uno de los pilares de la formulación de mi hipótesis. De ahí que crea necesario hacer algunas aclaraciones de qué entiendo por género, qué papel juega en la conformación de identidades y, por qué y en qué manera, el cambio en la relaciones de género es posible.
Partamos de que el significado de ser mujer y de ser hombre varía cultural e históricamente; de lo que se deriva que el género es una categoría social que debe ser abordada, siempre, desde su contexto histórico84 determinado (Moore 1991).
84 Hay un tema que no puedo evitar comentar y aprovecho la mención al contexto histórico de
referencia. En México, hay una línea de producción académica, que no sé muy bien cómo etiquetar, que trata de aplicar una perspectiva histórica sobre la construcción del género en la época prehispánica. En algunos casos, a partir de relatos como por ejemplo como el Popol Vuh (el libro sagrado de los mayas), se asegura que las relaciones entre hombres y mujeres eran más igualitarias (cultos a la fertilidad, papel central de la mujer como dadora de vida…, etc.). En lo personal tengo varios cuestionamientos con respecto a eso. Con todos mis respetos, pero autoras como Rosembaum, M. R. de Shadow o Noemí Quezada, ¡que llegan incluso a inferir teorías sobre el tema de los orgasmos, la sexualidad o el erotismo! Estoy de acuerdo en que puede que una reconstrucción histórica de la experiencia prehispánica y colonial de las indígenas nos daría más elementos para entender la manera en cómo se imaginaban las identidades colectivas y de género y cómo se caracterizan las imágenes de género hoy; pero me parece muy, pero que muy complicado reconstruir ideologías, sentimientos y erotismos… a esos niveles y con esa precisión. Posiblemente lo digo desde el desconocimiento, pero permítanme por lo menos la desconfianza.
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Pero, es obvio que a nivel académico, el enfoque de las relaciones de género, como instrumento conceptual de carácter interdisciplinario, no siempre ha estado ahí. No voy a repasar aquí el desarrollo de la teoría de género, pero sí me gustaría recoger algunas de las aportaciones esenciales a la disciplina. Para conseguirlo, el libro de Henrietta Moore (1991) es la herramienta perfecta. Entre otras cosas, explica cómo a principios de los 70 nace una nueva antropología de la mujer con el objetivo de abordar la forma en que se representa a la mujer en la producción antropológica. El resultado de esa revisión pasó por generar una autocrítica disciplinar e hizo que se plantease la remodelación urgente de una teoría antropológica que, tradicionalmente, había asimilado la visión masculina de las sociedades que estudiaba, equiparándola a la visión de toda la sociedad.
De pronto, empiezan a evidenciar que hombres y mujeres tienen visiones distintas del mundo y por tanto, diferentes modelos de realidad. “El androcentrismo que
caracterizó tanto a la antropología sociocultural clásica como al conocimiento científico en general está probado de sobra. Fue el movimiento feminista de posguerra que suscitó nuevas inquietudes y una nueva sensibilidad, sobre todo entre antropólogas, por la tradicional negligencia en la disciplina de los quehaceres específicos y las vidas de las mujeres, dando lugar a la antropología del género. A lo largo de los últimos veinte años la antropología feminista se dedicó a subsanar la visión distorsionada que la antropología clásica ofrecía de las circunstancias y experiencias de las mujeres mediante una amplia gama de estudios etnográficos en culturas diversas. Esta nueva visibilidad de las mujeres en su especificidad significó, al mismo tiempo, el desafío teórico, aunque variado, de las verdades establecidas en la disciplina respecto a las mujeres en la sociedad y en la historia” (Stolcke 1996:
336).
Pues bien, la antropología feminista contemporánea, como heredera de esa antropología de la mujer, empieza a plantearse el estudio del género, de la relación entre hombres y mujeres y de la función del género en la estructuración de las sociedades humanas. Y así, poco a poco, pasa de centrarse temáticamente en la mujer, a abordar primero las relaciones de género y después la interacción entre las diferencias de género, de clase y de raza en contextos históricos concretos. “El
género no se puede experimentar independientemente de las demás formas de diferencia. (…) en la sociedad humana, estas formas de diferenciación son estructuralmente simultáneas, es decir, la simultaneidad no depende de la experiencia personal de cada individuo, pues ya se encuentra sedimentada en las instituciones sociales” (Moore 1991: 227).
Y son precisamente esas feministas las que, a finales del siglo XX, reiteran la insuficiencia de los cuerpos teóricos existentes para explicar la obstinada desigualdad entre hombres y mujeres; y centran su interés en el género como categoría de análisis.
Como dice Joan W. Scott (1990) el género es una construcción cultural, una creación totalmente social de ideas sobre los roles apropiados para mujeres y hombres; “una forma primaria de relaciones significantes de poder. Podría decirse
mejor que el género es el campo primario dentro del cual o por medio del cual se articula el poder” (pág.47). Según ella, el género facilita un modo de decodificar
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significados y de comprender las complejas conexiones entre varias formas de interacción humana. Pese a que, con frecuencia, la atención al género no es explícita, es una parte crucial de la organización de la igualdad o de la desigualdad:
“las estructuras jerárquicas cuentan con la comprensión generalizada de la llamada relación natural entre varón y mujer” (Scott 1990: 53).
¿Y cómo se construye el género?
Parece una obviedad que hay muchas más similitudes que diferencias entre hombres y mujeres. Lo único que a priori diferencia a hombres de mujeres es lo que se conoce como dimorfismo sexual85. Pues resulta que se parte de esa mínima diferencia, nuestros órganos sexuales, para ordenar culturalmente la existencia social e individual y para construir modelos de relaciones sociales. Y como dice Bourdieu “la diferencia biológica entre los sexos, es decir, entre los cuerpos
masculino y femenino, y, muy especialmente, la diferencia anatómica entre los órganos sexuales, puede aparecer de ese modo como la justificación natural de la diferencia socialmente establecida entre los sexos, y en especial de la división sexual del trabajo” (Bourdieu 2000: 24).
Por consiguiente, los hombres y las mujeres existen como categorías distintas y, tal como hemos dicho antes, estructuran sus relaciones en base a esas diferencias; acaban fundamentando precisamente en ellas la disposición de los comportamientos sociales. Los contenidos de género y su oposición invaden todos los ámbitos de la vida social. Su interacción es compleja y constante. El mundo entero se organiza en base a la división de género. Strathern (1987) lo dice mejor que yo: no hay dominios libres de género.
Y es que el sistema de género se construye en base a esencias sociales jerarquizadas. Y tras un trabajo colectivo de socialización, las identidades de los individuos se encarnan en prácticas y experiencias claramente diferentes, sustentadas en ese principio de división dominante; y también con percepciones del mundo y cosmovisiones acordes con él. Todas las cosas del mundo y todas las prácticas se clasifican en base a la oposición entre lo masculino y femenino (Bourdieu 2000). O sea, la cuadratura del círculo: se “legitima una relación de
dominación inscribiéndola en una naturaleza biológica que es en sí misma una construcción social naturalizada” (Bourdieu 2000: 37).
Esto concluye, ni más ni menos, que en lo que se llama la universalidad de la subordinación femenina. Esa maldita verdad entre las verdades. Ese incuestionable y desesperante hecho pancultural (con sus heterogeneidades) que una, como mujer, descubre como el que topa con una pared y sólo atina a preguntarse por qué. De las diferentes posibles respuestas hablaremos en el siguiente apartado: subordinaciones, poderes y resistencias.
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Hay un libro magnífico y muy divertido sobre la definición social de los órganos sexuales: Laqueur, T. (1994) La construcción del sexo. Cuerpo y género desde los griegos hasta Freud. Madrid, Ediciones Cátedra-Universitat de València-Instituto de la mujer.
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González Río (2001) define también muy certeramente la situación. Dice que todas las sociedades están divididas por lo que ella llama una “imperfecta línea de género” que segrega a hombres y mujeres, como seres humanos distintos, cada uno de ellos con oportunidades, roles y responsabilidades propias. Y aquí es cuando, según yo, la imperfecta línea de género se convierte en perfecto compartimento:
“Todo comportamiento institucionalizado involucra “roles”, y éstos comparten así el carácter controlador de la institucionalización. Tan pronto como los actores se tipifican como desempeñando “roles”, su comportamiento se vuelve ipso facto susceptible de coacción. En el caso de normas para “roles” socialmente definidos, el acatarlas y el no acatarlas deja de ser optativo aunque, por supuesto, la severidad de las sanciones pueda variar de un caso a otro. Los “roles” representan el orden institucional” (Berger y Luckmann 1998: 98). Según estos autores, mientras se
desempeñan dichos roles, se participa del mundo social y, al internalizarlos, el mundo social cobra realidad para los individuos a nivel subjetivo. En pocas palabras, es aquello de que cuando una realidad se construye socialmente, sus consecuencias se viven como reales. En el caso de la subordinación de género, la internalización de esos roles definidos en base a criterios socialmente inventados, hace que sus restricciones sean vividas como reales. Lo que decía, la cuadratura del círculo, por eso es tan difícil que las mujeres cuestionen y modifiquen esa situación.
La esperanza es siempre que el rol se aprende y, como diría mi madre, todo lo que se aprende se puede desaprender. “Cuando los dominados aplican a lo que les
domina unos esquemas que son el producto de la dominación, o , en otras palabras, cuando sus pensamientos y sus percepciones están estructurados de acuerdo con las propias estructuras de la relación de dominación que se les ha impuesto, sus actos de “conocimiento” son inevitablemente, unos actos de “reconocimiento”, de sumisión”. (Bourdieu 2000: 26) Es más, las relaciones sociales somatizadas a través
de los hábitus incorporados, pueden sobrevivir más allá de las condiciones sociales objetivas que las producen. Como ejemplo, lo que Bourdieu llama “agorafobia socialmente impuesta” y que conduce a las mujeres a excluirse voluntariamente del ágora (Bourdieu 2000). En el caso de las comunidades indígenas chiapanecas es lo que las mujeres explican como “sentir pena” de hablar en público, de participar en las reuniones comunitarias, de dar su palabra, de salir de la comunidad.
“Bueno ahí... yo también cuando era primera vez que iba en reunión no podía yo hablar, quería yo hablar pero como que se me tapaba mi corazón... Yo no sé si de vergüenza o de miedo... No sé, no podía yo hablar. Pero desde cuando empezó pues... la organización, nos quitó el miedo y la pena y la vergüenza.
Y la primera vez como... mi esposo pué, no me daba permiso... regañaba!!!. Que qué cosa íbamos a hacer ahí?. A pasar tiempo, morí de hambre, enfermá los hijos,... que pasen hambre los hijos... Y así con pleitos... casi un año tuvimos pleitos... regañando cada día. Y pues… cuando me llegaba a regañá pues le decía yo: por pobre sufro y por pobre me están regañando. Fuera yo rica pues no sufro... me regaña mi esposo?... pues ya no voy. Pero ahorita como soy pobre, por eso mi esposo no me puede quitar mis ganas
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onde voy a ir a participá. Mi derecho que tengo pues... es mi derecho, tengo que ir a buscá. Tengo que ir... Y así le decía yo a mi esposo.
Y un día dice: si tanto es tu gana de ir en la Junta, que no sé qué van a ir a hacé allá, van a ir a perdé tiempo- dice- pues piénsalo muy bien si te ayudas con eso, o sea, si comes con eso. Bueno... piénsalo bien. De ahí ya no te puedo discutí- me dice. Tú también entiende... tu derecho es tu derecho, mi derecho es mi derecho, ahí onde yo me vaya, me voy. Así como tú estás libre, puedes ir onde tú quieras... pues así tengo que hacerle yo también- dice. Porque el hombre es el primero- dice- y la mujer es el segundo. Porque tú aquí saliste de mi costilla- dice- por eso tú no puedes mandá tú primero. Siempre el hombre manda siempre primero”. (Mujer tzeltal de Chilón.
Miembro del grupo de artesanas “Bordadoras de Semillas”, 32 años).
Continuando con la misma obra de Bourdieu, una de sus aportaciones, con cierto aire de sentencia, viene a decir que, al margen de la posición que una mujer ocupe en el espacio social, las mujeres aparecen siempre disociadas de los hombres por un “coeficiente simbólico negativo”, que igual que el color de la piel de un negro, determina negativamente todo lo que son y lo que hacen (Bourdieu 2000). Afortunadamente, la acción y el cambio son difíciles, pero posibles: “Sólo una acción
política que tome realmente en consideración todos los efectos de dominación que se ejercen a través de la complicidad objetiva entre las estructuras asimiladas (tanto en el caso de las mujeres como en el de los hombres) y las estructuras de las grandes instituciones en las que se realiza y se reproduce no sólo el orden masculino, sino también todo el orden social (comenzando por el Estado, (…) y la Escuela, responsable de la reproducción efectiva de todos los principios de visión y de división fundamentales, y organizada a su vez alrededor de oposiciones homólogas) podrá, sin duda a largo plazo, y amparándose en las contradicciones inherentes a los diferentes mecanismos o instituciones implicados, contribuir a la extinción progresiva de la dominación masculina” (Bourdieu 2000: 141).
Porque el género se construye y se transmite. En la infancia empieza todo un proceso de aprendizaje donde la mujer asimila los roles y comportamientos que sus agentes socializantes le transmiten, reproduciendo, a su vez, los principios sociales que a ellos les inculcaron. Es decir, un hábitus86 de género del que será muy difícil desentrañar prejuicios y estereotipos aunque se quiera. De este modo, por ejemplo, las mujeres indígenas enseñan a sus hijas, desde niñas, cómo se debe trabajar para que nadie las tache de “flojas”. Y como era de esperar, ese proceso de socialización inicial es absolutamente distinto para los niños. Las niñas se convierten en muchachas y en mujeres muy rápido. Cuando apenas ya saben realizar las tareas de preparación de alimentos (sobre todo cuando ya saben tortear) y las tareas del
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La definición de hábitus de Bourdieu aparece por ejemplo en (Bourdieu 1991: 88) como “esos
sistemas de disposiciones durables y transponibles, estructuras estructuradas predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes, es decir, en tanto que principios generadores y organizaciones de prácticas y de representación”. Siempre me ha parecido un tanto difícil de
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cuidado de la casa, cuando saben cuidar de los más pequeños, acarrear el agua, la leña, etc. Porque todo se le va enseñando “desde bien chiquita”. Los niños varones también realizan algunas tareas domésticas como traer la leña, pero a medida que crecen “el rigor de la división sexual del trabajo se impone” (Chávez Torres 1998: 233) y su padre se lo lleva a la milpa para que no esté todo el día con las mujeres.
“Y así fue mi historia lo que me estás preguntando... Y así, cuando yo tenía yo como ocho años, ya en ese entonces mi mamá ya me levanta pué, cuando se levanta de las tres de la mañana: “Ya levántate hija, vente ya, ayúdame a molé mi tortilla”,
Y cuando ya vamo creciendo, creciendo, poco a poco lo vamo ayudando a mi mamá, así, y así fue.
Cuando entro en la escuela, cuando tengo tiempo voy a trabajar, cuando no está mi maestro... tengo que ir, a cortá frijol, a cargá maíz, a limpiar maíz cuando ya está lista pué, a limpiá milpas pues. Cuando ya estoy creciendo. Así es, así es,… y cuando una no acepta el trabajo lo que lo dice nuestra mamá pues empieza a pelear, o cuando una quiere jugar nomás y no cuida su hermanita, su hermanito... me empieza a pelear mi mamá también,... me pega!. Sí, es que mi mamá es bien brava!. Sí, la verdad, así es mi mamá. La ves cuando yo tenía yo este... doce años, no como menos, más seguro como diez años, cuando estaba yo chiquita... yo no quiero trabajar!, no quiero hacer nada!, no quiero cuidar niños... más cuando se orinan, nadie quiere cuidar,... apestan pues!. No, no quiero a veces, es ahí donde me empieza a pegar mi mamá. Una vez estoy bien chiquita, ando cargando mi hermana, ando yo junto con mi hermana, este... lo llevé la niña a hacer una paseadita onde quiera pues,... y me caí, y se lastimó la niña (risas). Sí pué, como me caí pué, como hay piedras, muchas piedras... pues se sangró pues la niña y tiene como siete meses todavía (risas). Y me empezó a pegá mi mamá.
Sí pues, ni modos pues, como es nuestra mamá pues, tiene derecho. Si uno no hace caso pues... se siente mal pues, si no hace caso su hija, como es su hija y ya creció, ya la cuidó. “Y por qué no me acepta?”, así dice mi mamá. “Ustedes tienen que trabajar”, dice, “como yo te cuidé mucho cuando eres niña”, así dice. A veces cuando ya vamos entendiendo pué yo le digo: “No me cuidaste mamá, me llevaste al monte”, cuando yo era chiquita así yo le digo
(risas). Sí le digo, como mis tías también me cuentan... “tú no creciste aquí,
ustedes crecieron en el monte, como animalitos del monte” dicen, así dicen. Es ahí donde piensa uno pues… se siente mal ya, porque ya entiende pues uno como fue su vida, como fue su historia cuando era niña!. Como lo llevan cargando... (Mujer ch´ol de una comunidad divida en la Zona Norte, 32
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Responsable de Mujeres: “Dice que… se levanta a las cinco y empieza a
prepará su comida a su papá porque van a trabajar, también a sus hermanos dan alimento que coman pué. Ya después ya... cuando ya está clarito pué, van a buscar agua... despué se peina, se viste para ir a la escuela. Ya son las ocho y está hasta… las doce.
Mujer A: Doce pero... (se pasa al cho´l)
Responsable de Mujeres: Dice que hasta las tres. Las tres. Sí, las doce...
tienen un descanso. Dice que sale las doce y entra la una. A veces, nomás vienen y beben su pozol y comen su tortillita pué. Y si tienen gana de ir a buscá agua adonde agarran agua y ya... vuelven a la escuela otra vez. Despué se regresa en la escuela y ya salen a las tres. Llegan a la casa a hacé tortilla, a freír su frijol paque coman, a ayudá a su hermana, a ayudá a su mamá... Si no tienen tiempo, no pueden hacé su tarea de la escuela. Si tienen trabajo, si tienen algo que hacer, hacer tortilla... ya sólo cuando ya terminan de todo… al siguiente día lo hacen en la mañana su tarea de la escuela. Así dicen.
[…] Dice su papá que sí le gusta que vayan en la escuela paque aprenda algo, paque entiende algo, que no sea así como su papá que no sabe leer ni escribir, que no suben así de jodido. Porque es peor pues. Y más ahora que ya que hay maestro, pué mandan su hija a la escuela y también ella quiere pues aprender algo más. […] Dicen que cuando terminen su secundaria ya no va a dar permiso su papá para ir en otro lugar onde hay Prepa, o en la ciudad.