1 THE GOVERNANCE OF MNCs, CORPORATE ENVIRONMENTALISM AND
1.3 Governance of corporate environmentalism
1.3.3 Community-driven environmental governance
El enfoque andocentrista en términos del discurso incluye precisamente establecer una práctica enunciativa sexista que transciende el mero control o subalternidad del género y la revitalización de todo lo que conecta a la masculinidad. Trasciende por que conlleva a la posibilidad de establecer el control. El poder y la dominación en dispositivos que se diluyen más allá de la desigualdad de género y se conecta en puntos tales como la homogenización, la dependencia, la repetición, etc.
Los discursos y las prácticas androcéntricos no son siempre fáciles de identificar, ya que se mantienen a base de comisiones y omisiones. No basta con decir que el androcentrismo existe cuando el hombre, lo masculino o la masculinidad son considerados la medida de todas las cosas; cuando las acciones individuales reflejan perspectivas, intereses o valores masculinos; cuando el hombre, lo masculino y la masculinidad son considerados fuente única o primordial de sabiduría y autoridad, o cuando las experiencias masculinas son las preeminentes, las normativas, las imitables, las deseables, etc. (González, 2014, p. 45). De ahí, que los discursos y las prácticas adquieran mayor atención, -la masculinidad como elemento de medición- pero también invisibiliza mediante formas contundentes de enunciación y categorización hacia prácticas concretas y hacia el desequilibrio sexista. La sistematización de los discursos de los estudiantes muestra cómo
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la reproducción de estas condiciones son adjudicadas al contexto formativo y educativo, a unos planteamientos inmóviles porque están regulados por la interiorización de la desigualdad. “A los hombres no se nos enseña a ser buenos padres/ Mi mama no deja que mi hermano haga nada porque esas son cosas de niña /Por ejemplo mi papá no hace nada, pero la culpa es de mi mamá porque ella fue la que lo enseñó así / A los hombres poco les importa que piense una mujer / Cuando un hombre habla genera más respeto y credibilidad que una mujer”
La legitimidad que estas formas generan en la identificación de situaciones, los hechos y espacios en los cuales, la masculinidad constituye formas globalizantes de enunciar esencias más que procesos, roles más que subjetividades o transformaciones, conlleva precisamente a la vinculación de un discurso sexista con la ubicación de autoridad que legitima los posicionamientos de los sexos en los diferentes universos sociales, pero sobre todo el carácter de esencia, naturaleza, cualidad e inherencia en el binomio de género. Los estudiantes al respecto legitiman esta relación de binomio, no sólo como separación y división de cuerpos, sino la relación explícita que hay en virtud del poder de dominio. “El hombre es inútil en el hogar y por ello siempre llama a su esposa para que le ayude/ son las mismas mujeres las que nos volvieron así/ Los hombres no son nadie sin la mujer porque siempre están acostumbrados a que nosotros les hagamos todo / Hay hombres que se creen superiores de la mujeres y hay mujeres que aceptan que el hombre es superior”
Al parecer, la separación que constituye el binomio, los límites, la jerarquía y la relación de binomios en el lenguaje y los discursos de los jóvenes, tienen un sentido de entender la relación de poder entre hombres y mujeres desde una perspectiva meramente de dominio, es decir, un poder sobre. Esta tendencia ya había sido tratada largamente por el psicoanálisis lacaniano el cual contemplaba la relación existente entre el inconsciente, su estructuración como lenguaje y por ende los efectos de este sobre el cuerpo y sus acciones (De la Fuente, 2013, p. 86). De esta manera, los estudiantes evidencian la forma
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directa de agenciamiento del lenguaje de sus símbolos pero también de las prácticas específicas que estos conlleva, que en términos de un lenguaje sexista, somete y funciona como legitimador incluso de la violencia que se efectúa sobre ellas. Al respecto los estudiantes afirman: ―Si a las mujeres las matan, las violan, les pegan es porque ellas algo hicieron para que le hicieran eso, ellas son jodidas, son chismosas, envidiosas, les gusta hacer que los hombres se peleen por ellas, pero no importa uno las quiere así /A la mujer entre más mal las tratan ellas más se pegan a uno / Mi mamá cuando mi hermana va a salir es más estricta y le exige más que a nosotros los hombres / La mujer siempre está esperando que la saquen o que la inviten ella nunca da el primer paso /A nosotros los hombres nos fascina dos cosas las mujeres y el trago”
Esta legitimación de la violencia sobre la mujer incluye examinar en la relación del lenguaje, la designación de la mujer como objeto, como propiedad, como cuerpo físico carente de habilidades y capacidades, imposibilitada por sus condiciones biológicas y sociales en la consecución de formas igualitarias y por lo tanto el surgimiento metafórico, semántico, semiótico y simbólico que en la cultura occidental, hizo de la mujer un elemento de exclusión.
Esta construcción metafórica, la «mujer inferior y no del todo completa», se introduce en cualquier gran sistema explicativo hasta cobrar el vigor y la fuerza de una verdad. Bajo el presupuesto no verificado de que este estereotipo representaba la realidad, las instituciones denegaron a las mujeres la igualdad de derechos y el acceso a privilegios, quedó justificada la privación de la educación y, dada la santidad de la tradición y de la dominación patriarcal durante milenios, pareció algo justo y natural. Para la sociedad organizada patriarcalmente esta construcción simbólica fue el ingrediente básico en el orden y la estructura de la civilización (Lerner, 1990, p. 300).
Atendiendo a esto, una construcción discursiva surge en virtud de relacionar la mujer en un sistema de cosificación total, empleando conceptos que la asemejan a objetos, cosas, propiedades tenencias y bienes. Esta forma de enunciar implica la necesidad de
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eliminar vectores básicos de la dignidad humana y condicionar la existencia femenina en relación a la supeditación del deseo, al poder y la dominación masculina. Este tipo de relaciones en las cuales la mujer y su subjetividad es condicionada hacía proceso de subjetivación del discurso, ya era una práctica documentada en torno al surgimiento de la propiedad privada y la mujer como elemento parte de la apropiación del territorio, – nacimiento de la propiedad privada y monogamia - (Bernal, 2010), por lo cual, la sistematización hace visible cómo las mujeres además de estar capturadas por los sistemas de dominio culturales, agenciadas de manera histórica, articulan enclaves de la dominación a las maquinarias actuales de consumo, de allí que los estudiantes enuncien la mujer como objeto de los elementos publicitarios, del consumo, susceptible de ser comercializada, vendida, comprada, en efecto referenciada también como mercancía. “El que no llora no mama” digamos si una mujer quiere que la atiendan pues tiene que hacerse desear/ Los hombres deben de luchar por las mujeres y todo ya que ellas son el premio /La mujer es la mercancía o el objeto y el hombre es el consumidor de esa mercancía / Mientras que por un lado las mujeres defienden su honor y dignidad por otro lado está que no hay dignidad /La mujer se presta para que la utilicen como objeto de compra y consumo de los hombres, esto la lleva a ser un producto más llamativo para nosotros los hombres” /siempre espero que los hombres tengan esa iniciativa de gastar”
Ciertamente en este proceso histórico y discursivo, el lugar de la mujer ha estado precedido por ser signos de intercambios en un lenguaje que solo enuncia la subyugación de sí mismas en un sistema cultural. El uso, la utilización y la interpretación histórica que atiende al tema del papel de la mujer, es dentro de estas formas discursivas el de la
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supeditación a cada aspecto de la vida social, como se observa en el siguiente fragmento de los discursos y la sistematización ya no solo es una relación íntima que se produce y se reproduce en el ambiente doméstico sino que se difumina, se desplaza y muta a nuevos campos y universos como el laboral, el educativo, el de la ciudadanía y sobre todo en el aspecto de lo infraindividual; sus sentimientos, emociones y dimensiones de los más íntimos, condicionadas al lenguaje intrínseco de la subordinación, de su desplazamiento de las esferas de participación y del empoderamiento. “La mujer hace lo que se le dé la gana; el trabajado en casa debe ser más llamativo estar ahí que trabajando en la calle; como se dice vulgarmente la mujer no hizo sola al hijo / Los hombres son más seguros las mujeres son más sumisas y son más nerviosas por eso no me gusta que manejarán mi carro /Las mujeres no aceptan nunca sus errores y no reconocen cuando la embarran en cambio un hombre es más noble”
Llama la atención, cómo en los discursos de la población sujeto de investigación, intervienen y suscitan nuevos componentes analíticos, que se relacionan a la culpabilización y la coacción moral. Como se ha señalado, el patriarcado y el lenguaje sexista ha sido una contracción histórica y social, en la cual, ha quedado evidenciado como las estructuras de poder crean especificidades y dispositivos de sometimiento, que van desde los esencialismos entre lo femenino y lo masculino, entre la relación masculina con los componentes religiosos o deístas, pero también el nacimiento de la propiedad privada y el intercambio femenino como disposición del manejo de poder de los clanes en las primeras civilizaciones (Lozano, 2012). Lo anterior comporta precisamente a los análisis sociológicos, históricos, antropológicos e incluso filosóficos, pero en efecto, el
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lenguaje subyace a la integralidad de las actividades humanas. Lo que se percibe en estos discursos producto de la sistematización, es un movimiento estratégico del uso del lenguaje que no solo continúa en el ejercicio de justificación y legitimación de la dominación patriarcal, sino que su uso implica también fuertes dispositivos de culpabilización que hacen de la perpetuación un instrumento argumentativo de la desigualdad y que son funcionales en los discursos de los estudiantes cómo manera explícita de sustentar cual es la moral del patriarcado. Al respecto los estudiantes opinan: “Es una bobada cambiar la tradición: “yo no hago esto porque esto lo hacen los hombres” / Las mismas mujeres se encargan que continúe el machismo /El machismo se mantiene porque la mujer lo permite / El hombre siempre necesita de la mujer, se siente impotente y desvalido frente a cualquier adversidad si está solo /Es evidente que las mujeres tienen una marcada preferencia por la ropa y los hombres por la cerveza”
Es evidente que las formas de dominación del patriarcado se han sostenido históricamente por la fuerza y la sedimentación e institucionalización en las prácticas sociales a lo largo del tiempo. Los dispositivos de culpabilización de la situación de la mujer no solo se reducen a su fatal reproducción del sistema, sino que las posiciona dentro de un sistema cerrado e imposible de ser modificado. Se trata por tanto del uso de la fuerza de la cultura y sus mecanismos pre-existentes (religiosos, políticos, semióticos) y las respectivas mutaciones que han movilizado nuevas formas de su utilización.
Esta dominación se impuso siempre por la fuerza, la cual se ha justificado históricamente a través de diferentes discursos y saberes. Esta fuerza adquirió, también, diversos modos: desde la antigua tortura y la hoguera medieval se pasó, en la modernidad, a la regulación de las
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prácticas subjetivas a partir del derecho y otras disciplinas y discursos culturales (religiosos, científicos, psicológicos, filosóficos, morales, literarios, etc.) (Aczel, 2012, p. 35).
Lo anterior se refleja en la fuerza propia de los discursos y el lenguaje, en la capacidad de articular los conceptos que dan legitimidad al uso o no de ciertos mecanismos. En el aspecto jurídico incluso la movilidad legislativa, normativa y jurisprudencial no logra minimizar de entrada los lenguajes de poder que se establece en detrimento de la mujer, a pesar del esfuerzo con que estos intentan proponer rupturas y aperturas. En Colombia por ejemplo, la posibilidad de modificación del orden de apellido de los hijos (primero era el apellido del padre y luego de la madre), a pesar que posibilite un punto de apertura que logra ser significativo en sociedades conservadoras, no necesariamente se articulan a modificaciones de los discursos que posibiliten el uso de este tipo de herramientas. Lo anterior queda demostrado en cómo, el apellido como símbolo de poder masculino, sigue imperando en los discursos de los estudiantes: “Yo solo le dejaría que mi pareja le pusiera el apellido a mi hijo si es mujer si es hombre no lo permitiría / Personalmente yo a mi pareja jamás le permitirá que pusiera el apellido primero sobre el mío / Solo si mi apellido es horrible dejaría que mi pareja mujer le pusiera el apellido a mi hijo; siempre va el apellido del hombre al comienzo y a mí me enseñaron eso, tradición que el apellido del hombre vaya de primero”
Del binomio de género, de la propiedad privada a la apropiación de los cuerpos femeninos, de la jerarquía piramidal a la jerarquía circular donde se centralizan las formas de dominio, hasta las actuales prácticas discursivas, han constituido lenguajes que desde el machismo y la estructura patriarcal establecen el imaginario social cargado de prejuicios y creencias sobre las mujeres. En efecto, estas reproducciones discursivas y pragmáticas son claras en el siguiente fragmento de la sistematización y cómo estos han incursionado en varios campos que oscilan desde las capacidades cognitivas de la mujer (habilidades cerebrales inferiores respecto del hombre) hasta capacidades de discernimiento moral (mantenimiento de estructuras rígidas de culpabilización), generando presupuestos implícitos acuñados y fortalecidos por propuestas publicitarias y
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de consumo. “La verdad nosotros los hombres nos fascina es el licor y es algo que nos hace entrar en ambiente / Si es una conquista es el hombre el que debe invitar primero nunca la mujer porque eso demuestra que uno es un mantenido de las mujeres”, de resto no porque entonces se pierde la tradición / Cuando uno deja de dar en la casa se vuelve uno un mantenido de una mujer; a la mujer se le vende por su cuerpo”
Estos presupuestos implícitos contienen como se ha observado, fuertes sedimentaciones históricas, que van desde formas de estigmatización y exclusión milenaria (prostitución, esclavitud sexual, brujería), pero a su vez, también implicó una subvaloración de sus saberes, es decir, una epistemología subyugada por los saberes institucionales predominantemente patriarcales, de allí también la importancia del discurso como efecto práctico y como posibilidad de transformación.
El Movimiento Feminista no sólo adopta un enfoque netamente fenomenológico, sino que defiende, además, una orientación epistemológica y metodológica propias. Se opone a una epistemología histórica y clásica que considera androcéntrica y
reivindica igual derecho a constituir una
epistemología ginecocéntrica, ya que considera que toda experiencia vivida no sólo constituye ya una interpretación de la realidad, sino que necesita, además, una interpretación propia (Martínez, 2003, p. 14).
Lo anterior indica precisamente la búsqueda de nuevas formas de relacionar el discurso y las prácticas, de establecer nuevas dialécticas entre el saber y el poder. Es vital indicar en estas formas de construcción epistemológica que dicha relación de dominio que fundamenta el patriarcado y reproducida a través del lenguaje permiten una relación unívoca y unidireccional del hombre sobre la mujer. Efectivamente el androcentrismo como se estableció con anterioridad sí desequilibra los aspectos en virtud de lo masculino, pero es el hombre un reducto igualmente de este tipo de interpretación de la realidad. Al respecto, los estudiantes también evidencian el sentido otorgado a la masculinidad como
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rol histórico y como dependencia del entramado patriarcal. Al respecto opinan: “Las mujeres nos las muestran como un objeto de exhibición y llamativo, para nosotros provocativo /A las mujeres les encanta que los hombres las piropeen y hacen lo posible por que uno les tiré flores /A las mujeres es fácil convencerlas siendo tiernos, románticos y amables con ellas”
Es por ende que la generación de los límites y los esencialismos contribuyen de manera adecuada a la perpetuación de estas formas discursivas, ya que por un lado establece la sujeción femenina, pero por el otro, determinar las formas de normalización de la masculinidad, sus comportamientos, sus virtudes, lo aceptable dentro del patriarcado para un hombre.41 Este proceso tiene su raíz histórica y constituye la dinámica del hombre más allá de clase, sino los sitúa en un margen sobre el cual, sus diferentes formas de clasificación, incluso de segmentaridad, son funcionales en los niveles de subyugación anclados en los marcos culturales de la modernidad. En efecto en el siguiente apartado de la sistematización tanto el hombre como la mujer sufren los efectos del patriarcado. “Pero a veces es mejor el hombre que pague por caballerosidad ya que eso es lo que se ha impuesto /Es algo muy arraigado que las mujeres tienen que aguantarse si su pareja
41 En adelante los hombres se situarán en el nuevo sistema social vertebrado en torno a los nuevos estados, en relación con su posición de clase, entendida como la situación del grupo al que pertenecen dentro de las nuevas relaciones sociales de producción, mientras que las mujeres obtendrán su estatus a partir de la relación con los hombres que les prestan protección, estableciéndose un nuevo sistema doble de clasificación en el que los hombres son sacerdotes, guerreros, propietarios, esclavos mientras que las mujeres son esposas, concubinas, prostitutas. (Aliaga, 2013, p. 23).
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es infiel /El feminismo es la ternura que caracteriza a una mujer / un hombre la embarra en infidelidad y no pasa nada / El hombre es muy dependiente de la mujer en cierta forma /La mujer debe sentir más tranquilidad y confort estar en la casa.”
En virtud de lo anterior, estas relaciones de subyugación son porosas, no son simplemente relaciones y segmentaridades duras, sino se flexibilizan, mutan, se desplazan por los centros y los agujeros sociales, oscilan entre los poderes de centro del patriarcado más directo y violento, pero también establece redes de conexión entre los poderes periféricos y emergentes.
La liberación sexual y la utilización de una nueva generación de anticonceptivos suponen en la práctica un cambio en la forma de utilización de sus cuerpos por los hombres. Las nuevas costumbres sexuales y la utilización de nuevas tecnologías suponen una mejora para las mujeres pero sobre todo para los hombres, pues al no romper el marco de relaciones patriarcales consolidan la discriminación. En las reuniones políticas y en las comunas se pone de manifiesto la continuidad de las situaciones machistas. La sujeción al padre y al marido se ve sustituida por la subordinación al líder revolucionario o a la estrella del rock, hombres que repudian la familia tradicional pero que adoptan formas fuertemente machistas (Aliaga, 2013, p. 23).
La facilidad que subyace en la porosidad de las relaciones patriarcales, se debe en gran medida al cuenco con el que se establece la cultura, y esta última como efecto de la necesidad del sostenimiento de la vida y de la especie humana (Martínez, 2012). El surgimiento por ejemplo de los estereotipos en el siguiente fragmento discursivo de los estudiantes, surge como elemento de juicio simple pero sobre todo como estructura y sistema de clasificación rápida, ha facilitado este proceso de porosidad del patriarcado, que incluye formas reduccionistas: “A los hombres poco les importa que piense una mujer les interesa es su presentación/ y las damitas les gusta los lujos y entre ellas mismas envidiarse / pero en verdad no es raro y la mujer hace que nosotros busquemos en ellas eso porque ellas les gusta verse lindas; es preponderado verse lindas y verse