Pero como resulta apenas predecible, desde luego que hay algunas diferencias entre el periodismo convencional y el periodismo na- rrativo o novelado, que es necesario sean com- prendidas por los redactores, pues su empleo no sólo es una cuestión de mecánica en los es- tilos de redacción, sino de los propósitos que se persigue con aquello que se quiere contar, para lo cual acudiremos a González Harbour (2013) como referente en éste propósito.
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La diferencia más notable en principioconsiste en que mientras en el periodis- mo tradicional es necesario destacar pri- mero el título, luego la entradilla o resu- men y después los datos secundarios, en el periodismo novelado ocurre todo lo contrario, puesto que el titular como re- sumen de los hechos nunca sería posible en el comienzo, pues para eso se juega con elementos como la intriga y la ten- sión narrativa.
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Si en el periodismo tradicional uno de loselementos fundamentales es el rigor en el manejo de los datos, de las cifras, de los lugares, de la identificación de las fuentes que suministran la información, etcétera, en el periodismo novelado es más impor- tante la verosimilitud; es decir que mien-
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tras en aquel importa más la realidad, en éste importa más la credibilidad.
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Los niveles de exigencia en las dos es-tructuras narrativas son distintos, pues en el periodismo el estilo está invariable- mente sometido a la descripción de los hechos, en tanto que en el periodismo novelado los hechos deben estar condi- cionados por los mecanismos de la narra- ción literaria.
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Por lo regular la estructura de la noticiaes lineal, lo cual significa que sigue un hilo narrativo, como ya lo vimos en el mó- dulo correspondiente a la noticia, donde el lector recibe la mayor cantidad posible de entrada, mientras que en el periodis- mo novelado se diseña una trama con trampas, callejones sin salida, subtramas, personajes con personalidades definidas y descripciones concretas, que constitu- yen un engranaje que al final debe resol- verse sin dejar cabos sueltos.
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El periodismo que se hace a diario impo-ne un tono de urgencias, con un ritmo exigente resultante de acontecimientos de última hora que no paran de suceder, en tanto que en el periodismo literario los hechos resultan más lentos, más tranqui- los, más sensibles, y ofrecen lapsos más largos para su investigación y escritura. No es de olvidar que tanto el periodismo con- vencional como el periodismo novelado giran en torno a la posibilidad de construir retratos de la sociedad que nos rodea, el primero con el propósito de comprobar lo que no funcio- na, de denunciar la corrupción, de hacerle control a los restantes poderes, en tanto que en el segundo si bien puede recoger los fac- tores ya señalados, también alberga el obje- tivo de retratar elementos de la realidad que son familiares para los lectores.
Para mayor comprensión aquí una crónica de
Cristian Valencia (2013), tomada de: http:// cronicasperiodisticas.wordpress.com/cate- gory/cristian-valencia/
La última vez que se vio estaba en Car- tagena y contaba 34 años. Era Yamal un hombre grande y corpulento, apuesto como una estampa de turcos conquis- tadores, con un diente de tigre de Ben- gala colgado al cuello, de pelo largo y piel aceituna, descamisado, pantalones bombachos y cimitarra al cinto. Se pa- seaba por Cartagena como un persona- je de las mil y una noches, de esos que roban princesas y atesoran joyas. Llegó al Corralito de Piedra en un día soleado de 1995 procedente de Curazao. Parado en el bauprés de un velero azul de velas hinchadas, timoneado por alguien re- cién conocido en las Antillas. Un tal capi- tán Morgan, inglés que nada sabía sobre barcos y huía de sus familiares porque querían meterlo en un ancianato.
Morgan y Yamal, en un velero, llegando a Cartagena, con la mirada ansiosa de marinos viejos, fueron sin duda los per- sonajes más increíbles que hayan arri- bado a puerto alguno. Y esto, sabiendo que a los puertos pueden llegar cíclo- pes y se atienden con la misma natura- lidad que a un boticario recién desem- barcado de un trasatlántico. Pero no era posible que un piloto de la Real Fuerza Aérea de Inglaterra, setentón y curtido por el sol caribe, se acercara en compa- ñía de un antiguo traficante de chinos a Cartagena. Porque esa fue una de las profesiones de Yamal: llevaba chinos desde Macao hasta Port Essington, pe- queño puerto en el oeste canadiense, desde donde podrían llegar con relativa
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facilidad a Edmonton o Calgary. Cobra- ba por chino la suma de tres mil dólares con todo incluido: salida furtiva, aloja- miento en el barco, comida, y entrada directa en el país desarrollado. Eso hizo durante algún tiempo hasta que su san- gre turca le fue volteando el compás y su GPS (Geographical Position System) lo enviara directo hacia las huracanadas aguas del Caribe.
A continuación otra narración, ésta de Héctor
Abad Faciolince (2012), periodista y literato
colombiano, tomada de:
http://cronicasperiodisticas.wordpress.com/ category/hector-abad-faciolince/
Se dice que Marilyn Monroe, después de tomarse una sobredosis de barbi- túricos para matarse, cogió el teléfono para llamar a alguien. Hay un poema de Ernesto Cardenal que registra ese dolo- roso instante en que quizá la sex-sym- bol de los años cincuenta pudo haberse salvado. A esta muchacha que “como toda empleadita de tienda / soñó con ser estrella de cine / la hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono. / Y los detectives no supieron a quién iba a llamar. / Fue como alguien que ha marcado el número de una única voz amiga / y oye tan solo la voz de un dis- co que le dice: Wrong Number. / Señor: / quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar / y no llamó (y tal vez no era nadie / o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de Los Ángeles) / ¡contesta tú al teléfono!”.
Ahora en Bogotá y en Medellín hay va- rios números a los que se puede llamar si sentimos el impulso de matarnos, pero queremos hablar con alguien an-
tes de dar el salto. A veces la sola ilusión de sentir que nos oyen y que a alguien le importamos, puede ser suficiente para cambiar o al menos postergar la decisión de quitarnos la vida. Estas lla- madas también le pueden dar paso a una ayuda psiquiátrica especializada. En la capital el número es el 125, el mismo que se usa para todas las emer- gencias de salud; en Medellín, el 123, que también se usa para todo tipo de urgencias, pero de ahí, si se trata de un caso de salud mental, nos pasan a algu- no de los psicólogos disponibles en el “123 Social”. Además de estos números oficiales que dependen de las alcaldías, existe también en ambas ciudades el “Teléfono de la Esperanza”, 2846600 (en Medellín) y 3232425 (en Bogotá), patro- cinado por una ONG, y la Línea Amiga de Carisma, 4444448, donde respon- den orientadores, médicos, psicólogos y trabajadores sociales.
Como hemos apreciado, las posibilidades que nos ofrece el periodismo novelado son infini- tas, pues éste no depende de la inmediatez, de la urgencia de contar una noticia de última hora y del día a día detrás de acontecimientos que a veces no resultan tan atractivos como el redactor imagina.
En los relatos periodísticos que hemos toma- do como ejemplo, encontramos narraciones escritas en primera persona, tercera persona y con narradores omniscientes, así como dis- tintos estilos de construir historias.