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Comparative evaluations within methods for the different populations

3.4. Discussion

4.2.3.4. Comparative evaluations within methods for the different populations

Alejandro Bosack El poema que podría escribir sobre una jornada escolar comienza así: “Un día como tantos otros, igual, con su misma rutina, las mismas voces, el mismo ir y venir por los pasillos y las aulas”.

Seguramente, el colega de Matemática cuestionaría la idea de que las jornadas educativas son rutinarias. En tal sentido, la literatura pedagógica proclama que las situaciones escolares están caracterizadas por la inmediatez, la imprevisibilidad, la simultaneidad, la pluridimensionalidad y –creo que la más significativa- la fuerte implicación personal de todos y cada uno de los actores.

Un buen día lunes estaba caminando a las 7:20 h de la mañana en dirección a la escuela para hacerme cargo de mi labor cotidiana: ejercer, precisamente, la dirección de la secundaria.

Mis elucubraciones previas al ingreso al “santuario” del saber y “purgatorio” de la adolescencia, giraban en torno al primer acto oficial escolar cotidiano: el izamiento de la bandera, ritual un tanto devaluado en su sentido y dimensión, por razones que sí, vienen al caso, pero ralentizarían este relato. El lunes, se sabe, es el día de los adormilados (docentes y alumnos), por ello mi obsesionado diálogo interior giraba acerca de cómo incentivar a los remolones a participar del saludo a la enseña patria. Con el poder que me otorgan el micrófono y los dos parlantes estratégicamente ubicados en esquinas opuestas (por el vértice) del patio central, imaginé que -en lugar de reprochar a los ausentes- felicitaría a los presentes por el digno aporte de cantar una parte del “Sube, sube, bandera del amor…”.

Y así fue. La escuela comenzó su jornada a las 7:40 h, puntualmente, con el izamiento de la bandera y el cálido reconocimiento del director del establecimiento a los concurrentes al patio esa mañana otoñal, fresca pero poco ventosa.

Los chicos ya estaban en las aulas y Ofelia –la secretaria- no se había acercado a la dirección, señal inequívoca de que teníamos el plantel docente completo, sin llamados telefónicos anunciando carpetas médicas ni atascamientos de tránsito o pinchaduras sorpresivas de neumáticos.

A continuación, y como todas las mañanas, nos juntamos con mi compañera de equipo, Blanquita, para revisar nuestra agenda y organizar el trabajo cotidiano. Como buena profesora de Sistemas de Información Contable, la vice tenía las tareas programadas registradas y encolumnadas en su agenda, que pasó a describir una por una:

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- Tenemos que llamar al encargado de mantenimiento, ya que -el viernes- el ayudante de laboratorio nos informó que hay una canilla que pierde luego, a la bibliotecaria, para ver cómo hacemos para conseguir los libros que pidió la profe de Literatura.

- En el segundo módulo te toca observar la clase de la profesora nueva de Química, tan jovencita ella… (Esa tarea me estaba encomendada, por ser profesor de esa “casquivana” asignatura).

- Bueno Blanca–respondí- Y en los recreos– continuó ella- turnémonos para ir de visita a la sala de profesores, para charlar con ellos, conocerlos más y, de paso, que cuando toque el timbre algunos “remolones” salgan rápido hacia sus aulas. - Y no olvides, por favor, enseguida, de hablar con la preceptora de primer año, ya

que los chicos el viernes a última hora dejaron el aula bastante sucia y, por orden mía, la señora no hizo la limpieza en ese salón.

- Recordá, Ale, que los padres de Julieta P., de cuarto A, te pidieron una cita para las diez y media.

La mañana siguió transcurriendo apaciblemente, casi podría decir que con la misma rutina y las mismas voces: los profes empoderados con los recursos históricos y eficaces de sus saberes disciplinares y pedagógicos, sus cuerdas vocales, la tiza y el pizarrón, los estudiantes discurriendo felices en los recreos los preceptores atentos a los partes de inasistencias y las huidas a los baños, la zona de dirección y secretaría con nuestros cotilleos habituales.

A las diez y media en punto, avisa Ofelia: Llegaron los padres de Julieta P. Confieso que sentía un poco de intriga por el tema que los convocaba a la escuela en primer término, porque Juli era excelente como alumna y persona y, en segundo lugar, porque jamás había visto antes a sus progenitores.

- Adelante, por favor tomen asiento y pónganse cómodos.

- Gracias, no queremos quitarle mucho tiempo ya que sabemos que está ocupado (frase típica de un papá).

- Le venimos a decir… (La mamá fue mucho más directa) que nuestra hija está embarazada.

(Ustedes lectores ¿esperan puntos suspensivos que señalen que se produjo un silencio o un corte en la conversación? Les aclaro que nada de eso ocurrió).

-¡Entonces… vamos a ser abuelos! (Y lo dije así, enfáticamente, como si realmente mi propia hija Florencia, por entonces de los mismos quince años que Julieta, estuviera embarazada).

Sucedió a continuación un momento mágico, de felicitaciones y alegría por la próxima llegada de un nuevo ser a este mundo. Allí pude apreciar que se aflojó el rictus que portaban los futuros abuelos en cada uno de sus rostros,

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supongo que por la preocupación acerca de la reacción de las autoridades de la escuela ante tan magna noticia.

Luego, la charla transcurrió por los carriles naturales que corresponden al abordaje de la situación de embarazo adolescente en la escuela: la comunicación a los profesores y compañeros, cómo transcurrirán los meses de gestación, cómo la cuidaríamos, la garantía de la escuela hacia Julieta de poder continuar estudiando embarazada y luego como mamá, etc.

Por suerte estamos en el siglo XXI y en la Argentina –pensé- y este acontecimiento – el primero en nuestra escuela en muchos años- debe resultar formativo, fundamentalmente en valores, para todos y cada uno de los integrantes de la comunidad educativa.

Llamamos a Julieta a la dirección, felicitamos a ella y al futuro padre (¡quien otro podría ser sino el propio presidente del Centro de Estudiantes!), nos abrazamos, emocionamos y un poco también lloramos, los adolescentes y los adultos en comunión.

Un poco de razón le asiste al profe del Álgebra y la Geometría pero el comienzo del poema ya estaba escrito, sólo falta que lo complete:

“Un día como tantos otros, igual, con su misma rutina,

las mismas voces, el mismo ir y venir por los pasillos y las aulas. El Sol asoma por las ventanas orientales,

la bandera flamea orgullosa en el patio de los encuentros y las sonrisas. Estudiantes sin uniformes mentales,

docentes con dignidad profesional, y preceptores acompañando,

construyen la identidad y el sentido de la escuela. Un día como tantos otros,

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