Enhancing the Software Inspection Process
7.1 Comparing Enhanced Tool-based and Paper-based Software Inspection
Po d e m o s idear una pequeña reformulación de la alegoría de la caverna de Platón. Sin duda, esta alegoría encierra una antropolo gía negativa, escéptica, misantrópica. Donde más claramente se expresa esto es en el siguiente rasgo narrativo: aquel de los prisio neros destinado a iniciar el camino hacia la iluminación y la con templación de las ideas debe ser llevado a ese camino a la fuerza y contra su resistencia. Sufre su proceso de conocimiento hasta el último peldaño, desde donde la alegoría, por otra parte, parece querer sugerir que el prisionero aprueba a posteriori la violencia que le han inferido, justificada por la verdad que ha alcanzado. Nada permite reconocer que los prisioneros restantes manifiesten interés, curiosidad, expectativa por ese acto de llevarse a su com pañero a la luz. Es algo que está comprendido en el plan de la alegoría: no puede haber expectativa y curiosidad si el concepto de realidad tiene un planteo tan estrecho que la realidad actual excluye hasta la posibilidad de otra realidad. La propia alegoría es de la naturaleza de la realidad imaginada en ella: ante la abun dancia de lo que parece contener, el asombro por lo que deja afuera o exige como sobreentendido no tiene lugar, muere al na cer. La chance de los sofistas que manejan la maquinaria en el tras fondo consiste en que aquellos a los que les suministran imágenes sólo tienen una necesidad exigua y finita; más allá de eso no tie nen curiosidad, carencia de objetos, porque todo su interés se con centra en las leyes que rigen la sucesión de los objetos, no en los objetos en sí. El futuro como regularidad del suministro y no, por lo tanto, como espacio de lo incierto que se aproxima: ése es el es tándar antropológico de la alegoría de la caverna de Platón.
Podemos preguntarnos una y otra vez dónde es posible hacer una modificación mínima del escenario para darle otro valor fun-
damental a la premisa antropológica. Por ejemplo: ¿qué sucedería si el primer enunciado de la metafísica de Aristóteles, que el ser humano aspira por naturaleza al conocimiento, hubiera sido ya la base de la alegoría platónica de la caverna? Yo supongo que lo es. Platón construyó la alegoría de tal modo que el afán de conoci miento tiene que concebirse como expectativa de acontecimientos futuros y procesamiento de su legalidad. Es decir que Platón ya tiene en sus presupuestos la cuota de espontaneidad que hay en el factor antropológico de la curiosidad; la situación de la caverna contempla ese factor. La caverna es un mundo de la vida en el sentido de que la periodicidad de los fenómenos que se producen no sólo es finita sino que además es tan exigua como para cumplir con la tipología del horizonte de expectativas de los prisioneros de la caverna y no desestabilizarla. Por lo tanto, ya no es un mundo de la vida biológico de lo que Merleau-Ponty llama/o¿ aní male. Si se quisiera decir que lo que ocurre es que Platón, en su antropología misantrópica, ha subestimado la voluntad de saber del ser humano, se podría replicar fácilmente que alcanza con au mentar la variedad de fenómenos y la extensión y complejidad de su periodicidad para dar cuenta de toda pulsión de saber.
Es incluso parte integrante de una antropología no precisa mente patética decir que en el escenario de la caverna sólo hay una posibilidad de quebrar el orden constante de las figuras y las funciones, que sería la posibilidad de alterar el mecanismo de su cesión. Sin introducir una alteración y sin presuponer la alterabili dad no se puede llegar a nada con un despliegue mínimo.
Supongamos, por lo tanto, que a espaldas de los prisioneros, entre los que manipulan las imágenes de la caverna, se produce una alteración: un desmayo, un ruido contrario a las reglas, mal mantenimiento del fuego necesario para producir las sombras, in cluso una pelea entre los hombres que manejan la maquinaria. Si bien los prisioneros de la caverna no podrían reaccionar inmedia tamente a esta alteración, comenzarían a dirigir su interés a lo que ocurre a sus espaldas, recién ahora repararían en la diferencia en tre adelante y atrás. Se despertaría el afán y derivaría en los acuer-
LA DELEGACIÓN COMO SALIDA DE LA CAVERNA
dos para esclarecer el origen de la alteración, para hacer una re quisa por primera vez en la otra dirección. Supongamos, además, que la atadura del cuello no es tan sofisticada como para que no se la pueda deshacer con algún esfuerzo. ¿Qué sucede? Creo que la conclusión tiene que ser que los prisioneros de la caverna se po nen de acuerdo para liberar a uno de ellos y enviarlo como explo rador a investigar el trasfondo de la caverna y posiblemente más aún. En otras palabras: el resultado de esta versión modificada de la alegoría sería muy similar al de la versión platónica. En un solo individuo se delega la curiosidad de los demás, ese individuo ten drá que confrontarse con lo desconocido e informar a su regreso.
La tesis es: si en los márgenes del mundo de la vida aparece algo inusual, una inseguridad, lo desconocido, un factor que ge nera temor, se pone en marcha un mecanismo de delegación de funciones. Antropológicamente, la salida del mundo de la vida se basa sobre todo en que el humano es un ser que delega. Biológica mente, la ventaja de esta facultad es fácil de entender: no se nece sita poner en juego de una vez a todo el grupo, la horda, la familia, la unidad de funcionamiento social, frente a lo desconocido. No niego que tales regulaciones de las tareas más arriesgadas para un individuo existan ya en la horda animal. Pero se basan en su regu lación instintiva interna, no en un proceso de delegación, no en la transferencia de una pregunta cuya respuesta debe comunicarse a los que delegan. Por supuesto que sé que estoy tocando aquí el tabú de la división del trabajo y el peculiar romanticismo que en cierra la representación límite de que el mundo de la vida es ideal por la totalidad de las relaciones de cada individuo con todos y con todas las tareas y productos. La añoranza de la superación de la división del trabajo es puro romanticismo porque su precio es el regreso a la caverna, para decirlo en el lenguaje de la alegoría pla tónica. Antropológicamente, la división del trabajo se basa en la capacidad de delegar, de no querer y tener que hacer todo uno mismo, y de no tener que emplear la totalidad de la propia per sona al hacer todo lo que uno hace. Lo diré crudamente: tener que vender la fuerza de trabajo sin duda no es la felicidad de la vida;
pero es una ventaja incomparable respecto del grado total de ese proceso; tener que venderse uno mismo para poder vivir, tener que entregarse uno mismo para pagar una indemnización o pur gar una pena. El dinero, para decirlo sólo al pasar en este lugar, está íntimamente relacionado como institución con la capacidad humana de delegar actividades propias y de aceptar actividades delegadas, y de no tener que involucrarse en cada una de estas operaciones de canje con la totalidad de sus capacidades, de sus intereses, de su riesgo. La institución de la multa, que todavía no lleva mucho tiempo de desarrollo en los derechos penales moder nos -surgida originalmente de la idea del resarcimiento abstracto-, ilustra con singular claridad la función delegatoria del dinero: ya no es necesario expiar con el propio cuerpo o partes del cuerpo si uno puede responder con el producto abstracto de su trabajo.
Si la forma temprana de la salida del mundo de la vida por delegación puede ejemplificarse, por caso, con el nombre del ex plorador, la forma tardía de esta posibilidad es el inventor, el in vestigador, cuyos costos de vida y materiales son solventados por los otros para correr todo lo que se pueda la frontera de la posible confrontación con lo desconocido y para medir el curso de esa frontera con la mayor precisión posible.
Para el fenómeno de la delegación no basta, por supuesto, con establecer una relación de confianza racional con el delegado. Por que no se trata solamente del cumplimiento de tareas cuya delega ción permite ganar margen de tiempo y energía para poder dedi carse a otra cosa. Atraer la delegación y detentarla no es solamente una cuestión de capacidad y de conocimiento. También es decisiva la conciencia de ser compensado con la delegación de derechos de una autonomía original. Lo que eso significa se puede ver en que la acción o decisión de un delegado también es aceptada por los que delegan como ejercicio de su propia competencia cuando es tán absolutamente claras la inadecuación objetiva o la falta de coincidencia con la voluntad parcial de los que delegan. El fenó meno no se explica con términos tan estimados como el de solida ridad o identificación. Si nos imaginamos al humano como un ser
sin mortalidad, es decir con un tiempo de vida sin fin, el fenómeno de la delegación probablemente sería imposible. Aun cuando este instituto haya surgido originalmente del temor de hacer uno mismo lo arriesgado, su función fue convirtiéndose cada vez más en dejar que otros hagan lo que uno tendría que hacer y también quisiera hacer en persona, pero no hace porque tiene que hacer algo más urgente o prefiere hacer otra cosa. La delegación es la posibilidad de ganar tiempo con una construcción que consiste en una renuncia lo más reducida posible a las atribuciones y la expre sión de la voluntad propias. La mayoría de los amantes de las dis cusiones sin fin se pueden encontrar, naturalmente, en etapas de la vida en las que todavía no se ha pensado jamás en lo escaso que es el tiempo y lo corta que es la vida. El correlato exacto es que en esa etapa de la vida, cuando hacer todo uno mismo parece ser la mejor garantía de hacerlo bien, es cuando menos se entienden los meca nismos de la delegación (como, por ejemplo, el mandato represen tativo parlamentario). Puesto que estar presente es una de las po sibilidades de felicidad de la vida, la posibilidad de estar ausente sin tener que renunciar por completo a estar presente tiene que ser el instrumento decisivo para provocar situaciones de felicidad. Tampoco se debe ignorar que el gran atractivo de las figuras y los sistemas autoritarios se basa en la ilusión de intensificar al ex tremo este principio para llevarlo a su plasmación absoluta: todo está delegado y por eso todo es posible para el ámbito central, di famado como privado. Sería cierto si la delegación total no se vol viera con demasiada facilidad a liquidar precisamente ese derecho residual de lo privado y no lo eliminara. Pero, variando las pala bras de Leszek Kolakowski, sin la facultad de delegar los huma nos estarían todavía hoy en sus cavernas, con la disposición a la delegación absoluta ya estarían de nuevo en sus cavernas.
Si partimos de que el lenguaje propio del mundo de la vida aún no conoce la forma del juicio modalizado o del juicio modaliza- ble (es decir, del lektón de los estoicos), que precisamente en la cons trucción de esa forma tiene lugar la salida del mundo de la vida, hay sin embargo otras dos formas que están muy relacionadas con
los fenómenos de la delegación: la orden y la pregunta. Ambas no en su forma pulida, naturalmente, que ya incluye el esbozo del jui cio, es decir del tipo: "¿Aquella cerca es verde?". Si poner nombres ya es una de las formas de desarrollar confianza y sobreentendido en el mundo de la vida, también una de sus formas de dominar los fenómenos de lo desconocido y de la identidad de la repetición, la forma primaria de la pregunta es probablemente la pregunta por el nombre. No preguntar por el nombre es un lujo sutil, tardío y mu cho más allá del mundo de la vida; saber el nombre y no revelarlo es, en el mundo de la vida, una de las ventajas que parece absoluta mente necesario conservar. Poder delegar su propio nombre vincu lándolo, por ejemplo, con el mandato dado a un abogado, sobre todo para no tener que comparecer en persona en un juicio, es una de las sutilezas tardías del procedimiento de delegación. Al mo mento de llamar a las partes litigantes por su nombre comparece otro que está autorizado a hacerse llamar por ese nombre. No sin razón en el derecho de familia y en los procesos casi permanentes que lo acompañan, llamados emancipación, las cuestiones del nom bre tienen una importancia sólo comparable a la del dinero. Dos instituciones de la delegación compiten entre sí.