Lo que se pregunta en el último texto aquí seleccionado, o sea, el 28, es lo siguiente: si la verdad se encuentra en el conocimiento sensitivo; cuestión, desde luego, de indudable interés. Sin embargo, mayor es todavía el interés de este texto por otro motivo, porque en la resolución de aquel asunto, se desarrolla, mejor que en ningún otro lugar, un punto importantísimo de la doctrina tomista de la verdad, el de la reflexión implicada en el juicio intelectual, que hace posible el conocimiento mismo de la verdad.
La tesis general que se va a defender aquí es que la verdad se encuentra en los dos géneros de conocimiento que hay en nosotros, a saber, en el sensitivo y en el intelectual, pero no de la misma manera. Pues en el conocimiento sensitivo se encuentra la verdad como solamente tenida, y no como conocida, mientras que en el conocimiento intelectual no sólo se posee la verdad, sino que tam- bién se la conoce.
Pero se puede precisar todavía un poco más. La verdad del co- nocimiento sensitivo se parece, por un lado, a la verdad de las co- sas, y por otro, a la verdad de la simple aprehensión intelectual. Lo común a las tres es que se trata de una verdad simplemente tenida, pero no conocida; y las diferencias más notables son éstas: a) la verdad de las cosas es solamente “fundamento” de la verdad, pero
no propiamente verdad; b) la verdad del conocimiento sensitivo es ya la verdad de un conocimiento, aunque de muy bajo nivel, y c) la verdad de la simple aprehensión intelectual es la verdad de un conocimiento del más alto rango, pero sólo incoado, y que no ha llegado todavía a su culminación.
Por ello, siendo ya la verdad del conocimiento sensitivo la pe- culiar de todo conocimiento, o sea, la adecuación entre lo alcanza- do de inmediato en un acto de conocer y la realidad misma extra- mental, se puede decir que aquí, en el conocimiento sensitivo, se da, sin duda, la verdad propiamente dicha; pero una verdad sola- mente tenida, y no conocida; más aún, imposible de conocer en ese plano.
En el conocimiento intelectual, en cambio, y precisamente en el acto del juicio, se da la verdad en su sentido más propio y pleno: una verdad (adecuación de lo inmediatamente entendido con la realidad extramental), que no solamente es poseída, sino además conocida. Pero esto último ¿cómo es posible?
Tomás de Aquino contesta a esa pregunta señalando que dicha posibilidad estriba en la capacidad que tiene el intelecto de reflectir sobre sí mismo. El intelecto, en efecto, no sólo es apto para cono- cer las esencias de las cosas distintas de él, sino que puede también conocer sus propios actos, y no sólo la existencia de tales actos, sino también la esencia o naturaleza de los mismos, y, por último, es asimismo capaz de conocer la esencia o naturaleza de él mismo, de ese principio activo o facultad cognoscitiva que es él mismo. En suma, que el intelecto es capaz de retornar o volver completamente sobre sí mismo: primero, conoce una cosa cualquiera; después, conoce que conoce; después, conoce la naturaleza de ese conocer suyo, y finalmente conoce su propia naturaleza. Y así es como conoce la verdad. Pero naturalmente que esto requiere una explica- ción.
En efecto, como ya vimos más atrás, conocer la verdad supone conocer la adecuación entre lo entendido (la concepción formada por el intelecto) y la cosa extramental. Mas conocer dicha adecua- ción implica asimismo conocer simultáneamente los dos extremos de ella; lo que ocurre, desde luego, en el juicio, como quedó puesto de relieve anteriormente; pues no podríamos llevar a cabo en serio un acto de juzgar si no tuviéramos el convencimiento de que la identidad mental que afirmamos entre el sujeto y el predicado del
juicio coincide o se adecúa con la identidad real de lo significado por el sujeto y lo significado por el predicado. O en el caso del juicio negativo, no nos constase igualmente que la no identidad mental se corresponde con la no identidad real.
Volviendo al juicio afirmativo, (y excluyendo, por ahora, el jui- cio tautológico), es evidente que, por sí mismos, no se pueden identificar el sujeto y el predicado de tal juicio, ni como palabras, ni como nociones. Por ejemplo, en el juicio “el hombre es libre” es patente que ni las palabras “hombre” y “libre” se identifican, ni se identifican tampoco las nociones significadas por dichas palabras. Por consiguiente, si las identificamos, y no caprichosamente, sino en serio, es porque nos consta que en la realidad se hallan cierta- mente identificadas, o mejor, forman una identidad los dos aspec- tos reales expresados por ellas. Y esa constancia no puede provenir más que del conocimiento de la adecuación entre lo entendido por nosotros y la realidad misma.
Pues bien, suponiendo todo esto, Santo Tomás aclara que es en la reflexión que todo juicio comporta donde se logra el conoci- miento de esa adecuación. Así escribe: “la verdad es conocida por el intelecto en tanto que él reflecte sobre su propio acto (o sea, su propio juicio), y no sólo en tanto que conoce su acto, sino en tanto que conoce su adecuación a la cosa, adecuación que no puede ser conocida si no se conoce la naturaleza del mismo acto, y, por su parte, esta última tampoco puede ser conocida si no se conoce la naturaleza del principio activo, que es el mismo intelecto, a cuya naturaleza le compete el conformarse con las cosas”. Es un texto muy denso y difícil, que es necesario desentrañar.
Vamos por partes. Es indudable que nuestro intelecto emite jui- cios en los que asevera que las cosas son tal como él las juzga, ya sea afirmando, ya sea negando. Mas, para emitir en serio tales juicios, es necesario que los conozca, y no sólo que los conozca en cuanto a su existencia, o sea, que sepa que se dan en él o que exis- ten en él dichos juicios, sino también en cuanto a su esencia, es decir, que conozca su contenido concreto (el expresado por éste o el otro enunciado). Este contenido es, en efecto, el que se adecúa o no con la realidad, y, por consiguiente, sólo conociendo tal conte- nido se puede conocer su adecuación con la realidad. Pero llegado a este punto, ¿cómo comparar ese enunciado con la realidad, y cómo saber si hay un acuerdo? Sólo hay dos piedras de toque para
ello: la experiencia y la evidencia; la “experiencia” si se trata de juicios singulares de presente, cuyo sujeto tiene que ser dado en una percepción sensible o intelectual; y la “evidencia” (tanto inme- diata como mediata) si se trata de juicios universales, que, por serlo, son también intemporales. Sin embargo, profundizando algo más, esas dos piedras de toque, esos dos criterios de verdad, se reducen a una sola exigencia omnicomprensiva: la veracidad de las potencias cognoscitivas, o sea, que todas nuestras potencias cog- noscitivas están esencialmente ordenadas a captar con verdad sus respectivos objetos propios, y que acerca de ellos no pueden fallar.
Por lo demás, esa exigencia de veracidad se refiere en último término, y del modo más radical, al intelecto, porque el intelecto es como el tribunal de última instancia, ante el cual debe dilucidarse cualquier conflicto que puedan plantear las otras facultades. Ade- más, en sentido propio, sólo el intelecto es capaz de conocer la verdad, porque sólo él es capaz de conocer las esencias de las co- sas. De aquí que Tomás de Aquino haya puesto como la condición más radical para el conocimiento de la verdad, de cualquier verdad, que se conozca, con plena convicción, que corresponde a la natura- leza del intelecto el adecuarse con las cosas (in cuius natura est ut
rebus conformetur). En suma, que el conocimiento de la verdad
sólo es posible si damos por sabido, con plena convicción, que nuestro intelecto está esencialmente ordenado a conocer la verdad.
Y ahora sólo queda por decir que esa reflexión, inherente a todo juicio intelectual, que permite conocer la verdad en cada caso, y cuyo último estadio es nada menos que el conocimiento de “la naturaleza del propio intelecto” (su veracidad esencial), es, sin duda, una reflexión implícita, no explícita. Podría incluso decirse que se trata de un “conocimiento habitual” (el mismo “hábito de los primeros principios”), que se actualiza tantas cuantas veces haga falta, pero que no es objeto de una contemplación explícita y detenida de sus contenidos más que en muy raras ocasiones.
Después de todas estas consideraciones, volvemos ahora al co- nocimiento sensitivo para decir que en él puede darse, y se da de hecho, la verdad (en ese sentido menos propio, antes señalado), pero una verdad que es solamente tenida y no conocida. Y esto es así porque, si bien es cierto que algún sentido (concretamente el “sensorio común”) es capaz de conocer los actos de los otros senti- dos, es, sin embargo, incapaz de conocer la esencia de esos actos, e
incapaz también de conocer la esencia de las facultades de que proceden. En suma, que ningún sentido es capaz de conocer, ni de modo explícito, ni siquiera implícito, que él está esencialmente ordenado a captar con verdad su objeto propio. Y sin ese conoci- miento, es completamente imposible al sentido conocer la verdad que pueda llegar a poseer.