CHAPTER 3: A HYBRID COMMUNICATION SOLUTION TO DISTRIBUTED
3.5 Data Structure and Query Processing
3.6.4 Comparison of Proposed Indexing Schemes
En virtud de la falta de unidad en la izquierda y del desgaste de la vieja clase dirigente, y como respuesta a las políticas de resistencia del movimiento popular, desde 1990 en Colombia se fue consolidando un proyecto de extrema derecha en función del diseño neocolonial imperante. Su composición orgánica representa los intereses de los sectores de la oligarquía agraria de derecha –enriquecidos, por medio del paramilitarismo, con el botín en tierras surgido de las disputas armadas por el control de los territorios– y de los sectores financieros ilegales que acumulan y lavan el dinero del narcotráfico. La cabeza de este bloque histórico en fase de conformación, de claros contenidos autoritarios y antidemocráticos, es el presidente Uribe, quien responde a esa ley histórica que establece que, en cada momento trascendente de la lucha de clases, la clase dominante busca o fabrica al individuo adecuado
Colombia: laboratorio de contradicciones antagónicas
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71 para que la represente. En este caso, él es el «Mesías» que, en representación del sentir colectivo, permitirá superar los miedos y decepciones provocados por un Congreso y un sistema de partidos políticos desacreditados, y un conflicto armado degradado, al que los círculos de poder achacan, de manera interesada, la responsabilidad por la erosión permanente de los mínimos de justicia social y vida digna. De hecho, la elección presidencial de mayo de 2006 no fue más que un plebiscito, que invitaba al ciudadano a pronunciarse a favor o en contra del presidente iluminado, con apego a las tradiciones dictatoriales y fascistas, en el cual la mayor presión sobre los electores era hacerlos sentir responsables del «caos que sobrevendrá si no mantenían al Mesías en el gobierno», unida al amedrentamiento armado directo. Por eso Uribe no quiso presentarse como candidato sometido al análisis crítico por parte de la sociedad, sino que basó su campaña en el apoyo a la continuidad de su gobierno.En Colombia, la impotencia y la confusión de las capas medias y populares se proyecta positivamente hacia la figura del líder «llamado a salvarlas»; y todos los partidos que decían defender al pueblo, como el Partido Liberal e incluso la propia izquierda, son considerados rémoras del pasado que hay que superar. Así, el «Mesías», que representa a una nueva capa emergente y mafiosa de la burguesía, busca «matar dos pájaros de un tiro»: por una parte, salir de la vieja oligarquía neoliberal representada por el ex presidente César Gaviria –a la cual obliga a subordinarse, como se expresa en el viraje postelectoral del también ex presidente López Michelsen– y, por otra, aplastar o subordinar a una izquierda que ya había dado un campanazo de alerta al ganar la Alcaldía de Bogotá. Esto configura el espacio para un proceso sistémico de regresión autoritaria, con rasgos bonapartistas en su superficie, donde el líder supuestamente representa, al mismo tiempo, los intereses de ricos y pobres, y critica a los ministros «incapaces» en sus meticulosamente manipulados «consejos comunitarios». Este «emperador» se pone por encima del propio Estado, y responde las quejas individualizadas. El «Estado es él», con el poder de terciar frente a las injusticias de la sociedad, pero siempre en apoyo de los mafiosos que pugnan por apersonarse como una nueva casta de la clase dirigente en proceso de conformación. Así, mediante el enmascaramiento de las contradicciones económicas y sociales, logra atravesar por un período tan crítico, y consigue aprobar, desde su cerrada cúpula, las políticas que preparan el ingreso al TLC: todo «por el bien del pueblo», pero siempre al servicio de la casta emergente, articulada con el sector financiero y el capital transnacional. La pretensión del gobierno de Uribe es de instalar una nueva conducción hegemónica en el bloque histórico de poder, con una oligarquía emergida sobre la base de la legalización de los botines de guerra: tierras y capitales; y, como contraparte, entregar lo que aun sobrevive de la soberanía nacional al capital transnacional y al gobierno de los Estados Unidos.
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Contexto LatinoamericanoEntre las fragilidades del nuevo gobierno de Uribe están las tensiones internas en los distintos sectores clientelistas y tradicionales del bipartidismo liberal y conservador, que junto con los jefes paramilitares «desmovilizados» hoy tienen mayor peso en el gabinete y en el Congreso, y le quitarán autonomía al mesianismo presidencial, cada vez más dependiente de los círculos de poder capitalistas. Pero si el régimen de Uribe puede llegar a manejar esas presiones, no es lo mismo con las crecientes resistencias sociales organizadas, que se fortalecen desde las regiones menos desarrolladas del país, porque las marchas indígenas en Cauca y Nariño, brutalmente reprimidas días antes de la elección presidencial, volverán a estallar, pero con un aumento de sus contenidos, sus formas de lucha y su legitimidad nacional. El mayor temor del régimen es que estas luchas se articulen con el proceso de ascenso político de los pueblos del continente. Por eso, para sostenerse social y políticamente, el gobierno necesita mejorar su imagen internacional, superar su aislamiento regional y conseguir recursos adicionales que, en forma asistencialista y clientelista, mantengan ilusionados a los sectores marginados de las grandes ciudades, los cuales, a su desorganización y desesperación, suman su vulnerabilidad frente al clientelismo y al terror del paramilitarismo reconvertido, de fuerza militar, en fuerza político-militar. Lo que ya resulta evidente es que el nuevo bloque de poder centralizado en la figura de Uribe es muy frágil internamente y que aumentan las contradicciones entre los cuatro partidos que lo apoyan, debido a disputas por tajadas del poder. A esto se suman las contradicciones sociales que lo rodean y estallarán gradualmente. Si algo ha impedido el estallido social, no es solo la desesperada migración, con remesas que permiten comer a unos en Colombia a costa de la explotación brutal de otros en el extranjero, sino las millonarias «ayudas» imperiales del Plan Colombia –que soportaron parte del aumento del gasto de guerra, pero que hoy están siendo reducidas como consecuencia de la crisis de Irak– junto con los nada clandestinos y tolerados lavados de divisas de paramilitares y narcotraficantes, que reanimaron temporalmente sectores de la construcción y la compra de propiedades de lujo en el período preelectoral.