3 Object Constraint Programming
5.2 Comparison with Related Approaches
... el poder es un águila que vuela en el cielo de verano. CAYO CÉSAR AUGUSTO GERMÁNICO de las Epistulae (perdidas)
La villa de Miseno
El decimosexto lluvioso día de marzo, en la desolada penumbra de la villa de Miseno, un grupo de personas ansiosas -pero no por sentimientos de amor- oyó, anunciado por la voz solemne del arquíatra imperial, que aquella respiración agonizante al otro lado de la puerta entornada había sido el último suspiro de Tiberio después de veintitrés años al frente del imperio.
Cayo estaba en la antesala, de pie, desde que los médicos habían susurrado a Sertorio Macro que el emperador no llegaría a la noche. Había rechazado las inesperadas atenciones de algunos libertos y no se había asomado en ningún momento a la habitación imperial; se había limitado a contemplar la larga espera de Macro en aquel umbral, de pie también él.
Había apartado una cortina para mirar el exterior y había visto que aún era de día: cuchillas de luz atravesaban las hinchadas nubes marinas. Y después había visto, bajo el pórtico vigilado por aquellos pretorianos inesperadamente llegados a Miseno, que esperaba, sujeto por las riendas, el caballo preferido de Sertorio Marro: estaba inquieto, no soportaba el bocado, piafaba de vez en cuando con sus anchos cascos.
Y mientras Cayo miraba el caballo, que, sin saberlo, estaba esperando que muriese el emperador, de aquella habitación surgió una emocionada confusión de lamentos y exclamaciones. Entonces se volvió. Por encima de las numerosas voces, destacó de golpe la ruda y violenta de Sertorio Macro:
-Precinta los aposentos imperiales, monta guardia en la villa, impide la entrada y la salida de cualquiera -ordenaba sin vacilar al praepositus militum.
Con aquel muerto en la habitación, impartía órdenes gritando. Y nadie reaccionaba.
Cayo empezó a acercarse. El planetario poder de Tiberio se había hecho añicos como un cristal que cae al suelo. Macro ordenó al intendente de la familia Caesaris que se ocupara de las cuestiones funerarias.
-Llama a los libertos, viste de púrpura ese cadáver.
El intendente, que en un momento se había visto prisionero con toda la corte, asentía confuso. Cayo continuaba acercándose, y de pronto se percataron de su presencia y, por primera vez, todos le abrieron paso.
Macro también lo vio y se le encendieron los ojos. Lo saludó militarmente, con ostentación, y dijo en un tono de voz muy distinto:
-Si me lo permites, me voy.
Cayo asintió. En ese breve espacio de tiempo, los pretorianos ya se habían apostado en todos los accesos de la villa y habían ocupado la torre de señalización para interceptar los mensajes. Macro salió ruidosamente con sus guardaespaldas, mientras los cortesanos de Tiberio se hacían a un lado.
Cayo volvió la espalda a la habitación donde yacía el emperador muerto y, sin dirigirle una mirada, se alejó. Inmediatamente, otros pretorianos le abrieron paso y lo acompañaron. Tras años de inermes angustias y humillantes cautelas, recuperó la sensación más alta que ofrece el poder: la invulnerabilidad. Escoltado de esta forma, llegó a la terraza a tiempo para ver a Macro montar a caballo con considerable destreza y, flanqueado por los suyos, lanzarse por la pendiente hacia el mando de la base naval.
Allí, el prefecto y los oficiales de la Classis Pretoria Misenatis, adheridos desde hacía tiempo a su proyecto, reunieron en el acto a las tripulaciones.
En dos palabras, Sertorio Macro anunció el suceso:
-Tras un gobierno cuya duración es de todos conocida, Tiberio ha muerto.
Los hombres acogieron la noticia en un silencio sombrío y permanecieron a la espera.
Tomó entonces la palabra el prefecto, quien, inaugurando un procedimiento expeditivo -destinado a ser repetido con frecuencia en las elecciones de los futuros emperadores-, bruscamente y sin dedicar unas palabras al muerto, se declaró seguro de conocer el pensamiento de sus marineros.
-Esperan, desean -gritó- la elección de un hombre que reconozca por fin los méritos y las necesidades de las gloriosas fuerzas navales.
Los hombres respondieron con una ovación. Y él dejó caer impetuosamente el nombre de Cayo César Germánico, nieto del mítico Marco Agripa, el marino más grande que había servido a la República, el hombre sobre cuyas sienes, según el suntuoso latín de Virgilio, resplandecía la corona de los espolones arrancados al enemigo. «Cui tempora navali fulgent rostrata corona.»
La villa imperial, en la cima del promontorio de Miseno, dominaba el inmenso puerto, de modo que el súbito y larguísimo grito de miles de bocas aclamantes llegó a la terraza como un trueno bajo las nubes. Cayo entró lentamente en la sala de las audiencias y esperó.
Macro apareció, triunfal, con el prefecto y el grupo de oficiales entusiastas que se había incorporado por el camino. Invadieron la sala y todos juntos, con entusiasmo, lo aclamaron emperador y le brindaron el saludo que, en todo el imperio, durante veintitrés años solo había recibido Tiberio.
Por recuerdos familiares, por herencia de sangre, Cayo lo reconoció y sintió la emoción más intensa de toda su vida. Ese primer pronunciamiento entusiasta ponía de golpe en sus manos a decenas de miles de hombres armados, le daba las rutas del mar que unían Roma con sus provincias mediterráneas, el vital suministro de grano de Egipto. Era, en suma, el asalto al poder; podía convertirse en triunfo o en cruel derrota.
Pero ni por un instante sintió miedo; en sus veinticinco años, había caminado con frecuencia al lado de la muerte. Y por primera vez, su voz brotó libre.
-Os juro por la memoria de Augusto, de Agripa y de Germánico que daré la vida con tal de que vuestra fidelidad no se vea decepcionada.
Era una frase breve, pronunciada de un tirón, como todas las declaraciones pensadas para que los historiadores futuros las transcriban.
Los oficiales, que estaban jugándose la carrera, respondieron con un entusiasmo instintivo. «Los lobos reconocen el gruñido del jefe de la manada», había dicho decenios atrás Marco Antonio, que conocía bien el dominio físico sobre los hombres de sus legiones. Pero en el semblante de Macro la exultación se mezcló con la sorpresa. Y ninguno de ellos sabía de qué infierno estaba liberándose el que había hablado.
Cayo observó fugazmente los rostros ansiosos, las miradas y los movimientos desorientados de los antiguos cortesanos que, indiferentes, insolentes o sádicos hasta entonces, ahora temblaban visiblemente ante aquella repentina irrupción de fuerza militar.
E inmediatamente, en aquella atmósfera de golpe de Estado, Sertorio Macro anunció por segunda vez: -Me voy.
castrum en tierra bárbara, todos los ojos estaban constantemente encima de él. Si daba un paso, el movimiento se propagaba como una onda entre la escolta, los funcionarios, los libertos, los esclavos. Bajo las nubes cargadas de lluvia, miró a Macro ponerse en marcha con su escuadra de excelentes jinetes de toda confianza y devorar millas, pues al final de aquel trayecto se apoderaría del imperio.
La elección
Macro llegó a la ciudad en plena noche, tomó una copa de vino y arrancó precipitadamente del sueño a las cohortes pretorianas, tal como había hecho para liquidar a Sejano. Todavía estaba oscuro cuando despertó a los cónsules, los puso sobre aviso y llegó a un acuerdo con ellos antes de que la noticia de la muerte agitase la ciudad. Luego se dirigió a la Curia, adonde los senadores, despertados con sobresalto, acudían jadeando, topándose en todas las esquinas y delante de todos los edificios públicos con inesperados manípulos de pretorianos.
Muchos senadores estaban todavía en la puerta cuando Macro, antes de que nadie hablase, anunció que «tras una larga lucha con la enfermedad, el emperador Tiberio ha expirado ante mis ojos». Y presentó el testamento «que ha sido depositado en mis manos en la habitación imperial».
Verificaron los sellos, abrieron la plica y la leyeron solemnemente. Y nadie salía de su asombro al enterarse de que el emperador muerto declaraba herederos conjuntos de su inmenso patrimonio a Cayo César, el hijo del asesinado Germánico, y a un sobrino suyo adolescente llamado Tiberio Gemelo. Y todos, optimates y populares, comprendieron que era una indicación expresa.
«Un duumviratus de transición», susurraron los optimates, disimulando su entusiasmo: un gobierno débil y dividido, es decir, sometido al peso de su mayoría. Pero entre los populares, que eran minoría, se extendió en cambio una ira impotente. «Roma no soportará a un segundo Tiberio.» Todos sabían que a aquel patrimonio, incalculable de tan vasto, habían ido a parar poco a poco las grandiosas riquezas de Augusto, las pingües propiedades confiscadas a Marco Antonio y a sus partidarios derrotados, las inago- tables rentas de la provincia de Egipto. «Pero también han sido vergonzosamente absorbidas las propiedades de Julia, muerta en la miseria en Reggio, y las de sus amigos -gritaron-. Y han sido incluidos los bienes de los condenados por la ley De majestate, las confiscaciones sufridas por Agripina y por sus hijos ejecutados, o sea, incluso el patrimonio de Germánico.» Y el escarnio quizá dolía más que el expolio económico.
Mientras en la Curia bullían los comentarios y los líderes, rodeados por sus seguidores, intentaban preparar sus estrategias, un senador -que no se había sorprendido porque hablaba todos los días con Sertorio Macro- declaró, pensativo:
-Tiberio ha estado mucho tiempo enfermo. Es preciso saber en qué condiciones ha sido redactado ese testamento.
Todos comprendieron que esa duda era como una piedra arrojada contra un avispero. -El último que ha visto vivo al emperador es el prefecto Macro -añadió el senador.
Sertorio Macro -con sus hombres armados al otro lado de la puerta «como protección y defensa de los senadores»- declaró bajo juramento:
-He estado a su lado día y noche. Este testamento ha sido redactado en condiciones de incapacidad. Hablaba un latín tosco y plagado de incorrecciones, pero aquellas palabras, sugeridas por un fino jurista, eran exactas y estaban cargadas de consecuencias. En la Curia se extendió una alarmada agitación, y Macro vio que era el momento de presentar a aquel célebre y cotizado médico que había escuchado las balbuceantes palabras de Tiberio en Capri.
-Desde hacía tiempo -declaró este, con la autoridad que le otorgaba la ciencia-, en la gran mente del emperador se habían producido daños irreparables.
Ninguno de los presentes estaba en condiciones de rebatir la afirmación, pues no veían a Tiberio desde hacía años, y un senador intervino para pedir que ese testamento fuera declarado inválido.
movimientos de las cohortes pretorianas y a la multitud que, de todas las regiones de la ciudad, estaba acudiendo al Foro, confirmaron que el testamento era totalmente inválido. El inmenso patrimonio del sobrio e intransigente Tiberio pasó a formar parte de los bienes imperiales y, por lo tanto, destinado en su totalidad a pasar a manos del futuro emperador. El sobrino adolescente no heredaba nada y la escena política quedaba vacía.
A continuación, los seiscientos senadores, supremos guardianes de la República, debían elegir al que - como había sido el caso de Augusto y Tiberio- tendría en sus manos gran parte del delicado poder de gobierno: el princeps civitatis, el emperador. Pero la asamblea estaba desgarrada sin esperanza por los antiguos odios y las facciones contrapuestas: optimates y populares. Se había convertido en una trinchera que continuaría dividiendo durante mucho tiempo, y más o menos del mismo modo, todas las asambleas políticas del planeta.
-Seiscientos lobos -masculló entre dientes Sertorio Macro, mientras se retiraba para dejar que la asamblea celebrara la votación secreta. Aquella manada de lobos, como había dicho con acierto Tiberio «antes de que su mente se oscureciese», estaba agazapada en los escaños, y parecía la ceremonia de una solemne elección-. Pero en realidad es una trampa para arrancarse uno a otro la presa de entre los dientes, como los lobos marsos. -Y esperó al otro lado de la puerta, haciendo formar a sus cohortes.
Mientras tanto, una multitud cada vez más nutrida presionaba alrededor de la Curia, protestando. Tal como Macro había previsto, los senadores oían gritar el nombre del asesinado Germánico y el de su único hijo superviviente, el joven Cayo César.
-Y los pretorianos no intervienen -susurró uno con inquietud. La preocupación se extendía.
-Se está preparando una revuelta.
Por situaciones similares, en el pasado habían estallado guerras civiles en las que las facciones se habían enfrentado durante años.
Entonces alguien comentó en voz baja que la historia del testamento declarado inválido basándose en el testimonio de Macro -«testimonio armado», puntualizó- demostraba peligrosamente que las cohortes pretorianas, férreas, violentas dueñas de Roma, apoyaban a Cayo. Era el momento propicio para hacer correr de escaño en escaño la noticia de que:
-Mientras nosotros creíamos, por obra del zafio pero temible Sertorio Macro, que Tiberio seguía vivo, ese joven, Cayo, silenciosamente inmóvil en Miseno, ya controlaba la armada del Mediterráneo occidental, la poderosa Classis Praetoria Misenatis.
Y otros añadieron que, con el prestigio de tanta historia familiar, «ese joven» conseguiría fácilmente que las legiones se sublevaran en su favor.
-Es el único hombre en todo el imperio en el que viven juntas la sangre de Augusto y la de Marco Antonio.
La pesadilla de las antiguas matanzas, con los procesos y las listas de proscripciones que las habían seguido, todavía estaba viva, y la experiencia había hecho a los nietos menos sanguinarios que los abuelos. Por eso, en uno y otro partido, cuantos estaban deseosos de volver pacíficamente a casa buscaron un rápido acuerdo.
Desde el exterior, Sertorio Macro oyó que las voces se aplacaban y sonrió para sus adentros, con su cruel experiencia montañesa: así se apagaba el aullido de los lobos cansados cuando la presa escapaba. De hecho, en la Curia estaban diciendo, razonablemente, que la juventud prestigiosa pero inexperta, dócil y, según la opinión generalizada, un poco necia de Cayo César podía convenir a todos. Y, tras algunas inquietas reflexiones, todos se pusieron de acuerdo.
Un solo senador, Lucio Arruntio, perteneciente a una antigua y obstinada familia cremonesa, se levantó y, en el denso silencio de la sala, declaró:
-A vuestro candidato le falta edad para ese enorme poder. Sé que soy el único que tiene valor para decirlo -dijo, mirando alrededor.
Normalmente, sus intervenciones, calculadas y temibles, pillaban a todos por sorpresa. Su voz era un amasijo de sonidos cortantes, siempre grave, con frecuencia irónica. Pero ahora amigos y enemigos lo
escuchaban en medio de un silencio irritado, porque, aunque con muchos esfuerzos, por fin se habían puesto de acuerdo.
-La juventud de Cayo César, frente a nosotros, viejos senadores, es un privilegio. Significa que, con el gran nombre que lleva, tendrá muchas oportunidades en un futuro que me parece todavía lejano. Pero hoy por hoy pienso que todos estáis de acuerdo conmigo en que no ha podido adquirir una experiencia ade- cuada al lado de Tiberio, al que ahora muchos de los presentes declaran detestar tan profundamente. ¿0 acaso queremos -preguntó- un gobierno del estilo del que por fin ha terminado?
Los senadores lo miraban en silencio y él añadió que no quería decir que el joven no estuviera suficientemente capacitado.
-No lo conozco bastante -confesó con ironía-porque en la práctica hasta ahora no ha hecho nada. Pero el imperio -concluyó- no es un terreno para realizar semejantes experimentos. -Y con la misma voz sin matices, manifestó su voto firmemente contrario.
Sin embargo, en el lado opuesto se levantó otro senador, que declaró oportunamente con desprecio: -Este discurso sobre la edad ofende la sagrada memoria de Augusto, que fue elegido a los diecinueve años.
Todos los demás se sumaron a su indignación. Así pues, cuarenta y ocho horas después de la muerte de Tiberio, el 18 de marzo, como sabemos por los Acta Fratrum Arvalium, los senadores eligieron a Cayo César Germánico princeps civitatis, el primero de los senadores. Es decir -excelsa invención de Augusto-, el primero que manifestaba su intención de voto; en la práctica, la máxima influencia sobre la asamblea.
Era casi de noche en la villa de Miseno cuando Cayo se enteró. Lo informó la potente voz de un oficial que había descifrado en la oscuridad las señales luminosas de la torre de la mansio más cercana. Y antes de que en la base naval esa voz se convirtiera en un frenético fragor de gritos, toques de corneta, muchedumbre en las calles, aclamaciones, él, en su último instante de soledad, pensó que el mensaje se estaba difundiendo con la misma arrolladora progresión por todas las provincias del imperio.
Al cabo de un momento irrumpió en la sala el prefecto de la Classis Praetoria Misenatis con todos sus oficiales exultantes, y se cuadraron ante él con el saludo que esta vez le correspondía de verdad. Él respondió al saludo y al anuncio del prefecto con el rigor oficial, pero inmediatamente después, obedeciendo a un impetuoso impulso juvenil, lo abrazó. Y vio -máxima señal de absoluto dominio- que los ojos de aquellos combatientes implacables y decididos brillaban. Luego, la escolta imperial se congregó a su alrededor y lo separó del resto de los hombres.
Un lento y solemne cortejo se puso en camino hacia Roma con las cenizas de Tiberio, a quien los astros habían anunciado que no regresaría vivo a Roma. Cayo César, el princeps recién elegido, rodeado de los atléticos augustianos con sus corazas plateadas, lo escoltó, al igual que veintitrés años antes Tiberio había acompañado los restos de Augusto. Pero ahora, en las ciudades por las que pasaban, la población miraba como una señal de los dioses al único superviviente de la familia asesinada acompañar en su último viaje al asesino. Y la acogida del pueblo no fue la sombría y severa reservada a un difunto -en el que nadie pensaba-, sino el triunfo del joven vivo que lo seguía. En un rito austero, sin boato, la urna de Tiberio fue introducida en el mausoleo de Augusto mientras todos miraban en un riguroso silencio. «Un puñado de cenizas -pensaban-, y ya no atemoriza a nadie.» Era el vigésimo día de marzo.
Inmediatamente después, los senadores se reunieron en la Curia para determinar los títulos y los poderes del nuevo princeps. La lúcida sagacidad de Augusto había modificado y creado año tras año, mediante intrincadísimas leyes, una serie de antiguos y nuevos cargos para consolidar su poder personal, pero lo había enmascarado bajo el sutil engaño de frecuentes elecciones por parte de los senadores. Y muy pronto eso se había transformado, para él y para Tiberio, en una especie de monarquía.
Aquel día, las dos feroces facciones senatoriales -a espaldas la una de la otra- planearon la misma estrategia: conceder grandes poderes formales al «dócil e ingenuo» Cayo César, a fin de que, hábilmente manipulado, fuera posible conseguir que adoptara disposiciones que, de tener que ser discutidas entre los senadores, encontrarían una oposición insuperable.
Pese a su juventud, lo eligieron pater patriae y augustus, es decir, persona sagradamente protegida por