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5 Chapter Five: Discussions

5.4 Comparison with other studies:

En el mismo sentido que Rodigou (2011) entendemos que las definiciones y acuerdos acerca de lo qué se entiende por violencia, quiénes son los violentos, y violentados, o a quiénes se considera víctimas, así como cuáles son las sanciones sociales para la violencia, son “elaboraciones socio-históricas, que responden a interjuegos de poder” (Rodigou, 2011: 84).

La V.G. en tanto relación de poder restaura un orden de lógicas conocidas y funcionales a los diversos esquemas de desigualación en función del género y las sexualidades de los sujetos sociales, inscribiéndoles en posiciones de existencia

que son profundamente desiguales, injustificables y que garantizan su propia perpetuidad.

Esta operatoria de ubicación, justificación (naturalización) y continuidad, configura no sólo condiciones concretas de subjetivación social, sino condiciones materiales de existencia precaria y vulnerable para unos sujetos, en función de un esquema clasificatorio dependiente de su expresión, identidad y rol de género. Bien sabemos que el poder es un modo de relacionamiento social que opera desde la dominación, el control, la desigualación y la construcción de regímenes de diferenciación.

Gil Ambrona (2008) considera que en la violencia, el poder se presenta como una relación instrumental cuyo ejercicio persigue alcanzar, mantener y conservar la autoridad masculina. La autora se basa en el esquema teórico de los campos sociales y los capitales e intereses en juego de Bourdieu a través del célebre texto

La dominación Maculina (Bourdieu, 2000).

Esta posición nos habla de la violencia como relación de poder donde la V.G. tiene como fundamento una relación instrumental de autoridad masculina para la restauración de un orden simbólico de dominación, que asume diferentes expresiones. En el mismo sentido Segato (2013) plantea que “expresar que se tiene en las manos la voluntad del otro es el telos o finalidad de la violencia expresiva” (2013: 21).

Si bien comprendemos la masividad del fenómeno de la V.G. hacia las mujeres

hemos señalado también que nos interesa poder pensar en la V.G. hacia

Esto no implica que consideremos indistintamente la inscripción genérica de quienes ejercen violencia, sino que no clausuramos la identificación del ejercicio de poder a una identidad masculina. Nos proponemos, por el contrario, poder dar cuenta de sus réplicas en otras posiciones enunciativas que no se correspondan con un sujeto auto-identificado bajo los cánones de la masculinidad hegemónica (por ejemplo en las mismas mujeres, transexuales, travestis, transgéneros, etc). Sabemos que la definición anterior puede incomodar a quienes busquen en esta investigación las claves de lectura que confirmen evidencia de la dominación masculina en todos los órdenes de la vida social. Asumimos el riesgo de interpretar los desplazamientos de posiciones enunciativas que emergen del propio corpus, ya que son procesos muy ricos a ojos vista del analista que intente dar cuenta de la complejidad que implica la dimensión genérica de las prácticas discursivas.

En síntesis, cuando indagamos sobre la V.G. estamos pensando en cómo los regímenes de estatus femenino y masculino ponen en juego modos de vinculación social, y de qué maneras y a través de qué estrategias la mediatización (de estas relaciones) reinscribe sentidos dicotómicos sobre el género.

Creemos que este camino puede ayudar a pensar la V.G. como expresión del antagonismo político de la época, y el ejercicio del poder. Comprendiendo que la matriz de inteligibilidad es la malla simbólica donde se producen y reproducen las V.G., creemos importante avanzar en identificar algunas lógicas de funcionamiento hegemónicas que nos acerquen a las microdinámicas que asume el poder de manera situada, es decir, siempre en tensión entre las condiciones de producción y reconocimiento en su desfasaje constitutivo.

Así reconocemos tres modos en los que opera la V.G. en el plano de los lenguajes mediáticos: diferenciación, exacción, y desigualación. Presentaremos aquí sus principales conceptos.

Lógica de la diferencia

Pensando en categorías conceptuales que nos permitan abordar las desigualdades políticas (y no operen como su fundamento) retomamos el concepto de lógica de

la diferencia (Fernández, 2009) interpretándola desde sus estribaciones políticas y los efectos que produce en la discursividad mediática.

Desde un enfoque que considera al género como relaciones de poder, Fernández señala que un estudio de las diferencias debe prestar atención al riesgo de despolitizar el enfoque y circunscribirlo a estudios descriptivos (2009, 17).

En ese sentido Delfino (1999: 75) retoma de Williams el planteo de la producción de diferencias desde el lenguaje, para indicar que al relacionar esas diferencias con determinadas condiciones de existencia de los sujetos (en un mercado, en una hegemonía, en un sistema social y político, etc) buscamos ver los efectos de la jerarquización de las diferencias, pero olvidamos que nosotros mismos –desde el orden simbólico del lenguaje–, trazamos esas relaciones entre los términos que constituyen diferencia, y reinscribimos la jerarquía en este mismo movimiento intelectual.

Mientras los argumentos sociales van variando históricamente, Fernández indica que “permanece estable en su reproducción la lógica con la que se ordenan tales argumentos de las diferencias de los géneros sexuales” (Fernández, 2009: 43). La autora llamará a esta la lógica de la diferencia y la analizará teniendo presente la episteme de la complementariedad.

En el afán por reconstruir la dimensión política de las lógicas de género y por tanto, visibilizar las consecuencias de las asimetrías de poder, Fernández dirá que el problema de la diferencia es central para pensar “cómo hombres y mujeres instituyen prácticas laborales y amatorias en estilos diferentes y en ambos, la mujer es el complemento del hombre” (2009: 20).

La autora se preguntará entonces qué supone epistémicamente pensar el complemento como marco interpretativo para dar cuenta de la configuración de subjetividades y sus específicas y diferentes condiciones de objetivación- subjetivación (2009, 20).

En este sentido, cuando Cavana (1995) retoma el concepto de diferencia y construye una genealogía sobre las conceptualizaciones de los sexos en el período de fines del siglo XVIII y principios del XIX, explica que es precisamente allí donde manifiestan de manera contundente una idea central:

“La polaridad complementaria de dos tipos diferentes de seres humanos, cuyas características giran en torno a las categorías centrales actividad/conquista del mundo y pasividad/conservación del mundo, que definirá como teoría de la complementariedad sexual al momento de referirse, por ejemplo, a los aportes ilustrados de Jean Jacques Rousseau” (Cavana, 1995: 90-92).

Volviendo a Fernández diremos que la lógica de la diferencia realiza varias operaciones simultáneas:

 Identifica diferencias entre hombres y mujeres debidas a su condición sexuada.

 Remite las mismas a esencias inmodificables (debidas a la voluntad divina, a características biológicas, culturales, inconscientes, etc.).

 Inscribe las diferencias en un orden binario y jerárquico, donde siempre uno de los atributos diferenciales -el masculino- es tomado como criterio de medida, mientras que los atributos femeninos son defecto, falta, complemento, suplemento, etc.

 Legitima la desigualdad social de los así constituidos como «diferentes» (el otro); en este caso, las mujeres.

Esta lógica –en un mismo acto– esencializa la diferencia y legitima la desigualdad social. Al igual que Maffía (2005) cuando aborda el concepto de las dualidades, Fernández (2009) nos habla de aquel modo desde el cual interpretamos la diferencia. La autora indica un recorrido crítico deconstructivo de las lógicas aprendidas, un camino que nos lleve de la diferencia a la diversidad, donde la mirada heterosexual deje de ser la norma, y la heterosexualidad su desvío.

En este recorrido Fernández precisa también que la lógica de la diferencia se presenta como ordenador de sentido de lo femenino y lo masculino actualizando la

episteme de lo mismo (2009: 44-45). En esta episteme la diferencia de los géneros es pensada desde categorías que se estructuran a partir de una lógica atributiva, binaria y jerárquica:

“Atributiva, en tanto otorga y atribuye a los predicados del sexo masculino la propiedad del modelo humano (Hombre = hombre); el otro género, por lo tanto, se construye en términos de negatividad (…) Binaria, ya que alterna sólo dos valores de verdad, siendo necesariamente uno verdadero y el otro falso (no es A y B, sino A y no-A) (…) Jerárquica, en tanto transforma uno de los dos términos en inferior, complemento o suplemento. En tal lógica lo diferente será siempre lo negativo de aquello que lo hegemónico señala como lo Uno y, en tanto negativo, falso, versión incompleta de lo Uno y, por lo tanto, inferior” (2009: 45).

Asociada a la complementariedad, la diferencia esencializada evidencia la existencia de una episteme de lo mismo. Pensar la diferencia dentro del a prori de lo mismo implica:

“Organizar los instrumentos conceptuales desde las analogías, las comparaciones jerarquizadas y las oposiciones dicotómicas. El conjunto de estos procedimientos lógicos harán posible lo que Luce Irigaray llamó “ilusión de simetría” (…) Esta ilusión se construye sobre la base de determinadas operaciones y no de otras; su pensamiento opera por analogía; sus comparaciones son jerarquizadas y sus oposiciones, dicotómicas” (Fernández, 2009: 57).

Esta episteme de lo mismo proporciona soportes lógicos que a su vez, confirman soportes narrativos. Estos últimos -en tanto conjunto articulado de significaciones imaginarias instituidas-, “inventan lo que la mujer es en una época determinada (naturalismo, biologismo, esencialismo) y explican así desigualdades sociales por diferencias esenciales (sean estas, según las épocas o los focos estratégicos de producción de discursos, de orden biológico o cultural)” (Fernández, 2009: 56). Reparar en los modos en que se expresa la lógica de la diferencia no implica, sin embargo, su cristalización, sino la posibilidad de identificar en cada contexto enunciativo la emergencia de significantes que producen, reproducen y actualizan sentido bajo esta lógica.

Para concluir, diremos que las dos operatorias que componen la lógica de la diferencia, aportan así un marco para interpretar de manera situada las manifestaciones del sentido que configuran representaciones sobre las relaciones de género.

Lógica de la Mercancía

En este sub apartado nos interesa trabajar la lógica de la mercancía en relación al orden de la feminidad y corporalidad. Hace tiempo nos preguntamos por la erotización de la violencia y entendemos que la morbosidad, es decir, la exhibición y espectacularización de la crueldad, son condiciones de producción socioculturales mediatizadas que presentan tanto a la feminidad, como a sus vinculaciones con la masculinidad (a través de retóricas de la erotización de la violencia).

En esta lógica de la mercancía simbólica sobre la feminidad y la masculinidad aparece cierta expresión que entendemos como una de sus modalidades características: la objetualización femenina en los medios.

Mac Kinnon (1999) plantea que la erotización del dominio y de la sumisión crean al género porque es lo erótico lo que define al sexo como algo desigual y, por lo tanto, como una diferencia significativa que opera en dos sentidos: “es la objetivación sexual lo que define a la mujer como sexual y como mujer bajo la supremacía masculina” (1999: 77).

Esto nos acerca a la célebre noción respecto de que las mujeres se miran a sí mismas siendo vistas por una mirada masculinizada, y es entonces cuando ellas se transforman a sí mismas en objeto (Mac Kinnon, 1999).

De Lauretis nos explica que el punto que subraya Mac Kinnon es que la especificidad sexual misma se constituye como "diferencia" y como “erótica” por medio de la erotización de la dominación y la sumisión. En otras palabras, la objetivación o el acto de control definen la diferencia de la mujer (la mujer con un objeto/otro) y la erotización del acto de control define a la diferencia de la mujer como sexual (erótica), afirmando de una sola vez y al mismo tiempo "a la mujer como sexual y como mujer" (De lauretis, 1993).

De Lauretis retoma a Mac. Kinnon, en la célebre respuesta al planteo de Beauvoire respecto de ¿por qué la mujer acepta su status de objeto?, y ¿de dónde provienen su sumisión o complicidad que la conducen a "no poder demandar el status de sujeto". Mac. Kinnon señalará entonces que:

“El género es más una instancia de ese dominio (punto de vista masculino) que un problema de la diferencia (sexual); y la referencia a la biología como la determinante de la especificidad sexual de las mujeres es un producto ideológico de la forma más crítica del saber, cuya instancia epistemológica de objetividad refleja no sólo el hábito de los sujetos occidentales a controlar por medio de la objetivación (la “hostilidad” de la conciencia de Beauvoir) sino a erotizar al mismo acto de control” (1999: 77).

Este planteo respecto de la objetivación, retomado por De Laurteis, instala la sexualidad en el centro de la realidad material de las vidas de las mujeres, y no al revés (De Lauretis, 1993).

La V.M.G. se inscribe también en esta lógica porque excede la representación de la objetualización femenina para producir la naturalización de la violencia a través de su erotización.

Una modelo argentina hace tapa en la revista Noticias21 y se muestra desnuda y ensangrentada portando un corazón de alambres de púa y aludiendo a la relación pasional que tiene (en el momento de publicación de la nota) con el Ogro Fabiani. Tras haber denunciado por la T.V. en horario central ser víctima de violencia de género y haber sido ridiculizada (y sus declaraciones minimizadas), posa en la revista farandulera. La pose (Barthes., 1961) reinscribe a lo femenino en el imaginario cultural de la sumisión erotizada.

Erotizar la violencia es también reproducir patrones socioculturales donde las niñas y adolescentes son construidas bajo el canon publicitario y ficcional de la

hipersexualización (Walker, 2010), en contextos socioculturales donde esas mismas niñas son leidas como mujercitas sexualizadas. Culpabilizar a las niñas y

21 Edición 1.483 del 8 de junio de 2010. Título de la nota: "Victoria Vanucci: tengo el corazón herido".

adolescentes interpretando de manera provocativa sus prendas, gestualidades y hasta desplazamientos por el espacio público, no sólo las resitúa como objeto de violencias simbólicas, sino que habilita simbólicamente el mandato de la violación (Segato, 2003).

Erotizar la violencia es “embellecer” los discursos que construyen un imaginario femenino y en él sus mandatos de belleza, interpelando tempranamente a las audiencias infanto-juveniles con estereotipos corporales insalubres, como es el caso de las niñas de Somalía que exponen altos índices de desnutrición22. La influencia mediática ha producido tales desfasajes entre lo real y lo ficcional que las niñas argumentan no consumir el único fruto nutritivo disponible masivamente, aludiendo a que les engorda, y que ellas desean verse como en la telenovela.

Frente a esta lógica de la mercancía, se abre paso la necesidad de un “posicionamiento excéntrico” (De Lauretis, 1993: 86), un punto de vista, o una posición discursiva fuera del monopolio del poder/saber (hetero) sexual masculino, es decir un punto de vista que exceda a o que no sea contenido por la institución sociocultural de la heterosexualidad se vuelve prioritario.

Lógica de la Exacción

Cuando Segato (2003) presenta los dos regímenes o coordenadas normativas interconectadas, es decir, los ejes horizontal y vertical que dan lugar a la mecánica de la violencia, expone dos economías simbólicas articuladas en un único sistema. La representación gráfica de su interacción se ilustra en el cruce de ambos ejes.

22

En un informe reciente publicado por la Oficina de Información Diplomática del Ministerio de

Asuntos Exteriores y de Cooperación de España, se revela que: “La sucesión de crisis naturales y

bélicas han dejado a la población en una situación de dependencia de la ayuda internacional y de las remesas enviadas por la diáspora. Desde los años 80, el World Food Programme ejecuta extensos programas de alimentación general en las zonas a las que tiene acceso y que, aunque han tenido un significativo impacto para p aliar la hambruna y mantener a la población, no han contribuido al desarrollo de una actividad agrícola productora ni al desarrollo de mercados locales. Los productos de exportación principales son el ganado (cabras y ovejas) hacia la península arábiga, tras el levantamiento de las prohibiciones sanitarias en 2009, las bananas (el principal cultivo comercial del país) y el comercio ilegal de carbón vegetal, controlado por Al Shabaab y con un enorme impacto ambiental en el Sur, generalmente exportados a trav és de pequeños buques de cabotaje (dhows). El comercio de carbón vegetal está sometido a embargo por parte de

Naciones Unidas”. Disponible en

La autora explica que la capacidad de exacción en una economía simbólica de estatus es precisamente el requisito indispensable para formar parte del orden de pares.

“En los sistemas en que la economía simbólica de estatus tiene un peso predominante, todo sucede como si la plenitud del ser de los semejantes -aquellos que califican o a los que se considera acreditados para participar en el circuito de iguales- depende de un

ser-menos de los que participan como otros dentro del sistema. Ese

ser-menos - minusvalía- sólo puede ser resultado de una exacción o expropiación simbólica y material que reduce la plenitud de estos últimos a fin de alimentar la de aquéllos” (2003: 254).

Segato describe este proceso como una verdadera extracción de plus valía simbólica, donde “el estatus, a diferencia de una clase basada en una lógica

puramente económica, se fija en la cultura como categoría jerárquica y adquiere marcas percibidas como indelebles” (Segato, 2003: 254).

Martín Lucas (2010) trabaja el concepto de la agresión cotidiana de la violencia simbólica. Parte del supuesto de que “la exposición reiterada a la ideología patriarcal es de por sí una agresión violenta” (…) “que perpetúa y afianza representaciones misóginas (Martín Lucas, 2010: 11-12). En este mismo sentido Segato habla de la demanda de agresión como rutina:

“Lo que se obtuvo por conquista está destinado a ser reconquistado diariamente; lo que se obtuvo por exacción o usurpación, como rendición de tributo en especie o en servicios o de pleitesía en un juego de dignidades diferenciadas demandará la agresión como rutina, por más naturalizado que sea su aspecto” (2003: 258).

El esquema planteado por Martín Lucas parte de un marco simbólico de representaciones mediáticas sobre las mujeres, que se basa en la infravalorización del género femenino. Este marco se sostiene en sistemas culturales (sexistas y patriarcales), cuyas referencias culturales minimizan el significado mismo del sexismo y el patriarcado para integrarlo a la normalidad. En este sistema las

manifestaciones culturales se instituyen como factor de riesgo para las mujeres (Martín Lucas 2010, 10) ya que la exposición a modelos violentos conduce a la justificación misma de la violencia (2010, 9). La hipótesis que sostiene la autora plantea que:

“Tanto la violencia sexista como el orden simbólico de la representación invisibilizan a la mujer en el lenguaje, la infravaloran y cosifican; y es a través de estos tres mecanismos que anulan el autoestima (individual y colectivo) e interiorizan patrones de dominación y violencia” (Martín Lucas, 2010:11).

Esto vuelve a producir un diálogo con Segato cuando plantea que “la práctica de extracción de plusvalía económica se comporta también como extracción de

plusvalía simbólica, lo que equivale a decir que todo régimen de clases se comporta, en el plano sociocultural, como un régimen de estatus” (Segato, 2003: 255). En cualquiera de estos estratos y modalidades (donde claramente podríamos pensar la Violencia Mediática de Género hacia las mujeres), “la exacción de tributo moral o material para la constitución o retroalimentación del poder, o la disputa por poder –económico, político- forman parte del móvil en esta economía simbólica beligerante e inestable” (Segato, 2003: 258-259).

Entendiendo que los géneros sexuales son un grupo social (Fernández, 2009) basado en lógicas binarias, inequidades de género y políticas de la diferencia, y reconocemos que su configuración se basa en la apropiación de los bienes que produce cada grupo discriminado (potencias colectivas e individuales) garantizando su circulación y naturalización en “desigualdad de oportunidades” (2009: 17).

Entendemos que los efectos de la inferiorización, discriminación, fragilización, y demás manifestaciones de las Violencia Mediáticas de Género no son pausibles de