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RESULTS AND DISCUSSION

4.3.4 Comparisons of the fire-behaviour variables in the two trials

Es útil reflexionar acerca de lo extrañas que resultan algunas de las creencias planteadas en la segunda lista. Elevan al yo por encima de todo cuanto parece darle alguna identidad, sea el cuerpo, la historia, la memoria o incluso la mente. ¿Tiene esto algún sentido? Para acercarnos a esta cuestión, comencemos por apartar la atención de nosotros mismos y examinemos la identidad de otros objetos. Podemos acudir de nuevo a John Locke, quien hizo una observación interesante a propósito de las plantas:

Siendo, pues, lo que constituye la unidad de la planta esa organización de sus partes en un cuerpo coherente que participa en una vida común, una planta continúa siendo la misma mientras siga participando de la misma vida, aun cuando esa vida sea comunicada a nuevas partículas de materia, unidas vitalmente a la planta viva, en virtud de una semejante organización continuada, que sea la conveniente a esa especie de planta.3

Locke señala el hecho de que un roble, por ejemplo, sigue siendo el mismo a lo largo de un determinado período de

tiempo, a pesar de que cambien los «átomos» constituyentes (las células o las moléculas). La condición que se requiere es «participar de la misma vida» o, en otras palabras, lo que podríamos considerar una unidad organizativa o funcional. No importa si las partes son las mismas, mientras se mantenga esta unidad de función. Y en la medida en que sea así, podemos decir con propiedad que se trata del mismo roble, de modo que el roble es el mismo cuando es un primer brote, cuando es un árbol maduro, cuando se le caen algunas ramas, y así sucesivamente.

Esta intuición le sirve a Locke para explicar por qué identificamos al mismo ser humano a lo largo de los cambios normales de la vida. A estos efectos, no hay diferencia entre decir «el mismo hombre o mujer», «el mismo árbol» o «el mismo mono». El crecimiento y el cambio son integrados en la medida en que existe una continuidad de función o de vida organizada. Hasta aquí no hay problema. Locke tiene bien identificado aquello que nos permite reconocer al mismo ser humano (tomado como un mamífero de gran tamaño: lo que vemos cuando nos miramos en el espejo) o a la misma planta a lo largo del tiempo. ¿Por qué habría de ser distinto en el caso del yo?

Si examinamos las ideas de la segunda lista que he presentado al comienzo de este capítulo, nos daremos cuenta de que no podemos aplicarlas a los animales y a las plantas. No tienen ningún sentido. Nunca se nos ocurriría pensar, a propósito de cierto roble: «Mira, este árbol podría haber sido un arce», a menos que nos estemos refiriendo a

que allí donde plantamos un roble podríamos haber plantado otro árbol, por ejemplo un arce. Pero en ese caso estaríamos hablando de un árbol distinto. No sería aquel mismo roble disfrazado, por así decirlo, de arce. Asimismo, no se nos ocurre pensar que los árboles sobrevivan a la muerte orgánica, de modo que aquel mismo árbol pudiera regresar, por ejemplo, en la forma de un narciso. Así pues, si no hay diferencia entre ser «el mismo yo» y ser «el mismo ser humano», y si establecemos la identidad de los seres humanos a través del tiempo de modo parecido a como la establecemos en el caso de los animales, entonces parece que ninguna de las ideas de la lista 2 debería tener sentido.

Un mismo roble no tiene por qué ser un agregado de idénticas moléculas en dos momentos distintos. Se puede decir lo mismo incluso de los objetos inorgánicos. Pensemos en una nube que resbala sobre la cima del Everest. Al montañista le parece que la misma nube tarda horas o días en alejarse de la cima. Y sin embargo está cambiando de composición a cada momento, a medida que el viento desplaza las moléculas de agua a más de cien kilómetros por hora. A pesar de ello, sigue siendo la misma nube. Toleramos las diferencias de composición, por lo menos hasta cierto punto. Pensamos del mismo modo cuando nos referimos a grupos humanos, como clubes o equipos. Nos parece que animamos al mismo equipo año tras año, a pesar de que cambian los integrantes del equipo, y posiblemente su directiva y su campo. La gloriosa historia del regimiento no sería la mitad de gloriosa si no fuéramos

capaces de identificar al regimiento más allá de sus miembros actuales. Pensamos del mismo modo también cuando se trata de objetos inanimados que poseen cierta función. Sigue siendo el mismo ordenador, por más que yo grabe otras cosas en su memoria, cambie la pantalla, actualice el sistema y otras cosas por el estilo.

A menudo nos importa bien poco si un objeto sufre más o menos cambios a la hora de seguir considerando que es el mismo «objeto»: valga como ejemplo aquel chiste sobre un hacha irlandesa que la familia conservó durante generaciones, aunque tuvo tres hojas y cinco mangos distintos. A veces se dan casos dudosos: buena ilustración de ello es el caso del «barco de Teseo». Teseo parte hacia un largo viaje, en el curso del cual varias partes de su barco deben ser reemplazadas. En realidad, hacia el final del viaje ha lanzado por la borda velas, mástiles, aparejos y tablas, y los ha reemplazado por otros nuevos. ¿Podemos decir que vuelve con el mismo barco? Probablemente nuestra respuesta sería que sí. Pero supongamos que algún oportunista le va siguiendo, recoge las piezas descartadas y las vuelve a ensamblar. ¿Acaso no puede reclamar que posee el barco original? Pero ¿acaso puede haber dos barcos distintos, cada uno de los cuales sea idéntico al original?

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