Por fortuna, algunos autores de temas de educación intercultural están en sintonía con el modo de conceptualizar la cultura que hemos acabado de exponer. En esta perspectiva dinámica y constructivista de la cultura y su relación con la institución escolar, ésta es vista como una organización de la diversidad o como una sistematización de la heterogeneidad intragrupal inherente a toda realidad humana (Poblete, 2006: 9). Veamos otro planteamiento similar:
…Lo que propiamente constituye la cultura no es una homogeneidad interna sino la organización de las diferencias internas […] y que las culturas tienen una uniformidad hablada más que una unidad real […] no quedando completa la tarea del antropólogo si concluyera su trabajo con la exposición de la «uniformidad hablada». La tarea del antropólogo se «completaría» cuando fuera capaz de exponer las explicaciones de la organización de la diversidad como la cultura del grupo humano estudiado (García Castaño et al, 2002: 55).
Podemos entonces proponer como primera condición para un concepto de cultura acorde y consecuente con los propósitos y necesidades de la educación intercultural, que la considere como un sistema “estable pero también dinámico [y] manifestando cambio constante” (Poblete, 2006: 36). No hay sociedades simples o monoculturales por la misma razón que no hay sociedades estáticas o detenidas en el tiempo. Las sociedades y el contenido de sus relaciones –la cultura-, son elaboraciones colectivas en constante transformación. Luego, no puede hablarse de culturas definidas, cerradas o estáticas.
Es cierto que las culturas tienen una tendencia conservadora y es muy general la resistencia al cambio; pero lo que se subraya es que a la postre éste es inevitable. Por eso, una visión de cultura que privilegia lo estático y lo constante, negándole
su atributo de cambio y transformación debe ser rechazada ya que lo hace negando las realidades fenoménicas sobre la débil base de un fuerte etnocentrismo. Y es en ella que se sustentan los mecanismos de desvalorización y exclusión de las culturas minoritarias, tal como veremos en el próximo capítulo. Insistimos en que no se pretende desconocer que exista cierta homogenización cultural en variados aspectos y momentos. Lo que se subrayamos es que de todos modos las personas fabrican su versión subjetiva de la cultura que le es atribuida, mostrándose coincidencias, divergencias, oposiciones y reelaboraciones respecto al patrón homogenizador.
Una segunda condición que proponemos para guiar la educación intercultural a partir de un concepto más operativo de cultura, y que se deriva de todas las consideraciones anteriores, es que ésta debe ser considerada como universal en su diversidad, con manifestaciones locales únicas, pero no tajantemente separables de otras.
Hay que considerar que la diversidad humana no sólo se da entre grupos históricamente específicos y adscritos a áreas geográficas delimitables, sino que cada grupo cultural se diferencia también al interior en sistemas de castas, clases, gremios, edades, géneros, aficiones, entre otros. Al mismo tiempo, las culturas y los grupos sociales interactuando generan nuevas manifestaciones y transforman otras. Éstas son consideraciones de primer orden para dar bases a la educación intercultural, ya que
…Es necesario reconocer que toda cultura es una realidad multicultural que nace, precisamente, de la diversidad manifiesta al interior de ella, de acuerdo a las formas particulares en que cada miembro hace suya la estructuración total que la cultura lleva a cabo. En rigor, aquella es más bien una organización de la diversidad, de la heterogeneidad intragrupal inherente a toda realidad humana […]
Así, al definir la cultura se debiera aceptar que ésta es un todo regulador de la diversidad inherente a ella, que remite a diferentes formas de interpretación de las significaciones y a diferentes maneras de hacerse con esas significaciones específicas, en el sentido que todos los sujetos que pertenecen a una cultura realizan una interpretación de ella … (García Castaño et al, 2002: 41).
Y una tercera condición –last but no least- para una conceptualización consecuente y operativa para los ideales de la educación intercultural es la de vincular siempre los fenómenos culturales con los hechos históricos, políticos y económicos que determinan el devenir de las sociedades. Es necesario entender que la cultura
… No se limita a las creencias religiosas, los rituales comunales o las tradiciones compartidas. Por el contrario, comienza con la forma en que tales fenómenos manifiestos son producidos a través de estructuras de poder y a través de las instituciones en las que unos y otras se despliegan […] Desde este punto de vista, la cultura deja de entenderse como aquello que expresa la identidad de una comunidad. Antes bien, se refiere a los procesos, categorías y conocimientos a través de los cuales las comunidades son definidas como tales: es decir, cómo se las representa específicas y diferenciadas (García Castaño et al, 2002: 53).
Lo anterior es consecuente con el hecho de que las concepciones estáticas y cerradas de cultura, cuando se enfrentan al tema de las igualdades y los derechos humanos, construyen discursos de igualdad sólo aparentes que terminan siendo al modelo y uso de la cultura dominante, circunstancia de la que no ha estado alejada la educación en general y la educación intercultural en particular.
Como dijimos al principio, estas consideraciones teóricas no pretendían ser exhaustivas, tomando en cuenta la complejidad del fenómeno estudiado. Pero consideramos que lo expuesto en este primer capítulo sobre el concepto de cultura es lo básico para enfrentar cualquier investigación o intervención en educación intercultural.
Debemos pasar ahora a examinar una serie de conceptos que pretenden denotar formas de articulación diferenciales de los sujetos dentro de las sociedades actuales, las cuales tienen su respectivo correlato en la escuela, siendo también conceptualizaciones decisivas a la hora de pensar o hacer educación intercultural.