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MATERIALS AND METHODS Sample collection

2. Complementary Surveillance

C

omparto con Woody Allen la frase de que la felicidad no existe, sólo los momentos gratos y las distracciones. Algo similar acontece en el mundo de pareja. Es frecuente apostarle a una relación con la fantasía infantilizada de que el otro(a) sea el portador de ésta o sea el responsable de la misma. Mucha de la literatura, la poesía y la música están centradas en ello. Es interesante ver esa posición idealizada y angelical, poco terrenal, como ya lo expresamos al hablar de la sombra de la pareja, en que los seres humanos mitológicamente encarnamos y deseamos al ser amado.

Quizá lo más grave es la falta de percepción de cotidianidad y conflicto que hace que se considere al vínculo como un idilio permanente, olvidando que se trata de una relación entre humanos1. Por ello, la puerta de la separación estará siempre abierta, lista para escapar, para retornar a la libertad y seguir esperando a quien será el amor de la vida. Así, esta rueda sin fin se repite, inicia y termina. La luna de miel acaba y aparece la sensación de pérdida de libertad que hace que la relación se convierta en una cadena dolorosa de llevar2.

El acompañamiento a parejas en terapia, durante muchos años, y mi participación en numerosos seminarios, me han permitido sistematizar aquellas características que conforman una pareja sana. Éstas dan cuenta de la cotidianidad de ese vínculo que en su complejidad incluye la compañía y el disfrute, también la dificultad y la soledad, lo cual pone en evidencia nuestra luz y nuestra sombra, quizá invitándonos a trabajar en esta última, lo que nos permitirá ser mejores seres humanos.

Los elementos que presento a continuación no están desarrollados en orden de importancia y no tengo la pretensión de ser exhaustiva al respecto; seguramente, al leerlos, cada uno encontrará algunos más cercanos a su vivencia personal. Es también un pretexto para que cada pareja pueda hacer el ejercicio y explicitar lo que significa una pareja sana.

Ésta se construye en democracia, lo que significa igualdad y equidad de género, sexo, ideologías y decisiones. Esto da cuenta de la posibilidad de opinar, actuar, decidir y, especialmente, conservar la identidad y la personalidad después de contraer el vínculo. La democracia es dialógica, consultiva, amorosa, no significa silencio para que el(la) otro(a) esté bien; significa que los dos pueden tener diferencias y puntos de vista, incluso opuestos, pero que seguramente se podrán concertar. La mayor amenaza a la democracia aparece cuando alguno de los dos inicia la conversación terapéutica diciendo: “Es mejor no decir nada para no tener problemas”, “yo sé que él o ella jamás permitirán esta situación”, “mejor será no decir, no hacer, no ser”. Amar en democracia es una

experiencia de libertad y crecimiento, es una posibilidad de aprendizaje en la diferencia, que seguramente podrá hacerse extensiva a otros ámbitos de la vida. Si amas así será difícil ser un persona maltratadora en el trabajo. Eso es maravilloso.

Se es pareja cuando se tienen búsquedas internas compartidas, cuando lo convocante de la relación está en el interior y no, como suele suceder, en lo exterior: lo económico o los hijos. Es frecuente en la argumentación de permanencia escuchar decir: “Yo no me separo porque tenemos muchas deudas”, “cuando los hijos crezcan, tomaré decisiones”, “hace tanto tiempo que vivimos juntos, que ya me acostumbré”. Es diferente cuando las razones de permanencia son: “Con ella sueño compartirlo todo”, “es maravilloso poder contar con su apoyo y solidaridad”, “me fascina su compañía y que esté en mi vida” o “aprendemos juntos”. Todo ello sugiere conocerse desde el interior.

El pasaporte para una pareja sana será la intimidad no saqueada; con ello expresamos que el pasado afectivo de cada persona es íntimo, personal y no debe ser cuestionado, lo que sugiere que además no tenga que ser compartido. Se cree erróneamente que al ser pareja se debe saber y contar todo y no dejar nada en el inventario de las propias emociones. Quizá, la inseguridad es la que moviliza esta urgencia de conocer y saber hasta el más mínimo detalle de las anteriores relaciones, esa inseguridad se convierte en información y luego en mecanismo de control y comparación.

Una pareja sana vive su relación deseante en lo cotidiano y en lo íntimo, lo cual quiere decir que los dos disfrutan estando juntos y compartiendo pequeños momentos del mundo cotidiano, sin obligatoriedad, sino por el simple hecho de compartir, por ejemplo, de planear las vacaciones y disfrutarlas. Una pareja sana disfruta hechos cotidianos como ir al supermercado o hacer las compras de fin de año, pero también tiene espacios para los hijos, los amigos y las familias de origen. Ya lo dijimos, todo el tiempo juntos produce intoxicación por presencia; es necesario pasar algunas temporadas solo, para poder extrañar al otro, y contarle la vida allá afuera (que el otro descanse de mí).

Se es pareja por tener una vivencia erótica, sexual e íntima, casi siempre de exclusividad. Es lo implícito de nuestros vínculos. Seguramente, con el tiempo, la experiencia sexual pueda sufrir algunas variaciones, especialmente, en la frecuencia, pero si alguna vez desaparece, la relación está en problemas, porque el vínculo cambia a compañeros solidarios. Aparece, entonces, fácilmente un tercero que da equilibrio a la relación (triangulación). La experiencia sexual deberá ser negociada, gratificante para los dos, no prestarse para chantajes y menos para maltrato. Hacer el amor es parte vital de reafirmar el vínculo y de construir en cercanía los sueños.

Si la pareja es sana, es acompañante, solidaria y, especialmente, preocupada por el bienestar del compañero. Recuerdo a Camilo, al narrarme lo mucho que extrañaba a su novia que había viajado al exterior: “Lo que realmente extraño es su infinita compañía y solidaridad, esa sensación de contar con ella en forma incondicional. Me hace mucha falta, ahora el vacío está dentro de mí y no sé qué hacer”. La solidaridad es el complemento perfecto para la argumentación de permanencia de la relación. Con preocupación veo cómo algunas personas, ante una dificultad, recurren primero a sus familiares o amigos y la razón para ello es el temor y la angustia a ser cuestionadas.

Expresiones tales como: “Si le digo me mata o se pone furioso(a)”, “mejor no le cuento porque después es para problemas”, exigen una profunda reflexión.

La pareja no puede ser asumida ni vivida como un gran peso que se hace evidente cartográficamente cuando, al presentarse la ruptura, uno u otro de sus miembros, siente como si se hubiera quitado un peso de encima. Una compañera de la universidad, por demás psicóloga, me contó en una conversación informal, compartiendo un café, que su vínculo era tan difícil, que luego de su reciente separación había logrado conciliar el sueño. Ahora ve su futuro con claridad y su espalda se salvó. Hace varios meses que su compañero se fue de casa y, desde entonces, ella no visita a su fisioterapeuta tres veces por semana como solía hacerlo. “Yo me cargaba con todo, y mi espalda lo sentía”, afirmaba.

Lo mejor que nos puede pasar es que logremos vivir un vínculo con la sensación de estar livianos, con la menor cantidad de temores y angustias posibles. Cuando nos silenciamos por temor, nos estamos yendo de la relación.

Una pareja sana tiene una comunicación tranquila que supera la lista informativa cotidiana: “¿Fuiste al médico?”, “¿qué pasó con los niños?”, “¿cómo te fue en la reunión?”, “¿pagaste el recibo de la luz?”. La idea es que logre trascender a los sentimientos, por ejemplo: “¿Cómo te sentiste hoy?”.

La comunicación no debe asumir la forma de saqueo y control, con frases como, por ejemplo: “Yo sabía que te fuiste a cine” o “¿por qué me ocultas información?”. Por el contrario, comunicarse en pareja ha de propiciar un espacio de autonomía; contar lo que deseamos es también un ejercicio de libertad que no debemos perder pues lo echaremos de menos.

La mayor sanidad comunicacional es también el silencio en compañía, lo cual significa que así se conozcan muchas cosas del pasado o del presente del compañero, cada cual debe reservarse la opinión, a menos que ésta sea solicitada. Lo sugiero, especialmente, en el terreno de las familias de origen y de los vínculos anteriores. Este silencio no es abandono, es respeto.

Decíamos que quizá la mayor dificultad es la presencia de contaminantes del vínculo, terceros que pueden ser amigos, compañeros de oficina, familiares que hacen mucho daño al opinar en forma parcializada. En tal sentido, una pareja será sana cuando tenga los menos contaminantes posibles y logre dilucidar su dinámica, reflexionar sobre su problemática y decidir si requiere la ayuda o la opinión de terceros. Para esto último habrá de tener presente que de no ser una opinión profesional, cualquier intervención estará mediada por las experiencias de quien emite un criterio y ligada a cómo han sido sus propios vínculos. En términos populares: “Uno habla de la fiesta según como la ha vivido”.

Vivir en pareja exige capacidad de concertación, conciliación y negociación, asumir una afectividad con sentido, no ceder espacios por angustia de conflicto y no perder poder de disentir por temor al maltrato. El ejercicio de conciliar es cotidiano, negociar con argumentos, sin estructuras de poder que, en algunos casos, son validadas socialmente, “el que tiene la plata manda” es un buen “negocio” en la salud mental de la

pareja.

En mi sentir, uno de los factores que más salud brinda al vínculo lo denomino: tu plata, la mía, la nuestra. Este aspecto, tan álgido en las relaciones, es la causa de muchos de los conflictos y de mu chas de las rupturas. Las personas no deben perder la autonomía en su manejo del dinero, éste no debe estar en un solo fondo porque generará cuestionamientos profundos, en cuanto a la forma como se invierte. La mayoría de los conflictos estarán dados por la manera como se priorizan los gastos, por eso, este tema debe ser negociado, hablado y decidido en forma conjunta.

No puedo negar que algunas personas tienen poca competencia para el manejo del dinero, pero ello no las imposibilita para tomar decisiones autónomas. Así, lo sano será que el fondo común de la pareja lo maneje quien tenga más competencias para ello, pero el manejo del dinero personal no debe ser cuestionado. En algunos casos, y por las razones que sean, es probable que alguno de los miembros de la pareja no trabaje, por lo cual se requiere mayor sanidad, pues la sensación de minusvalía emocional que produce no tener dinero se verá reflejada como pérdida de libertad en las decisiones y en la movilidad y, en algunos casos, puede volverse un factor que obligue a la permanencia: “Yo no me separo, porque nunca he trabajado y de qué voy a vivir”. La libertad y movilidad económicas brindan libertad en todo tipo de vínculos. Es una realidad que no podemos perder de vista cuando de reflexionar sobre la pareja se trata.

La pareja cambia, es mutante; cotidianamente vemos y presenciamos esos cambios que, si se asumen con naturalidad y grandeza, son un bálsamo para el alma. Ésta se cualifica, se tranquiliza, y eso dará como resultado una fase de madurez y construcción, en la cual cada uno puede tener su proyecto de vida y entre los dos construir y vivir el que comparten en su relación. Esta posibilidad de realizar el proyecto vital y personal de la existencia es innegociable e intransferible. Por ello, me da tanta tristeza cuando en terapia alguien manifiesta: “Yo no estudié porque él no me dejó”; “no alcanzó el dinero sino para la universidad de… ahora ya no está y yo no hice nada con mi vida”; “me casé muy joven y se me olvidó que mi sueño era ser enfermera, ahora, a los 50 años, ya no se puede”. Es lo que llamo pareja tranca, que pierde la dimensión de crecimiento y de hacer posibilidad los sueños del otro, en cambio, los transforma en frustración, rabia y cuentas de cobro.

Mi amado hermano, Leo, hablando de su compañera de vida, me decía: “Lo mejor de ella es que a su lado mis sueños se transforman mágicamente en realidad”; especialmente, se refería a su sueño de ser escritor.

La pareja sana no es idealizada, no carece de conflictos ni distancias o cuestionamientos. La diferencia radica en que en ella las distancias y discrepancias son pasaportes de crecimiento y un camino en la construcción cotidiana. Una relación sana no es portadora de la felicidad ni nada por el estilo, pero en ella se comparten momentos que nos dan felicidad. No debemos temer al conflicto, tampoco propiciarlo, pero si aparece que sea bienvenido como una opción de evolución.

Decidir tener pareja es un ejercicio de libertad, quizá el más bello. El elegir a alguien para amarlo y permitirle amarnos, y regresar cada noche a casa, es libertad en acción.

Ésta es mi apuesta personal.

Aunque el énfasis de este capítulo es terapéutico, no está dirigido exclusivamente a los terapeutas o psicólogos, pues leerlo ayudará a entender las fases que se viven en la terapia y, con ellas, las dinámicas emocionales que se van dando cuando la pareja decide este paso vital en el análisis de su vínculo. La reflexión se hace de la mano de la escuela psicológica humanista, con énfasis en los postulados centrales de Carl Rogers. Al comienzo, aparece una breve ubicación teórica, el objetivo de la misma es comprender mejor la propuesta que se realiza.

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1 Los invito a releer la parte de la definición del primer capítulo escrito por León Sierra Uribe y retomar el Elogio de la dificultad de Estanislao Zuleta.

2 Un día le pregunté a uno de mis sobrinos por qué había terminado su relación de noviazgo y me contestó: “Tía, lo que pasó era que en esa relación, yo, no era yo”, lo que significaba perder su libertad, su movilidad y su intimidad.

Capítulo X