Measured I-NDVI Vegetation at the communal rangelands (Nabaos) had lower I-NDVI than vegetation at the research farm (Gellap) across all growth seasons (Figure 7) The lowest value of
2. Complex interactions between land use and vegetation dynamics By the help of an integrated ecological-economic modelling approach, I analyzed the relevance of
Elena Grau Biosca utiliza la misma cronología de M.A. Durán y M.T. Gallego27 para dividir en cuatro etapas las últimas décadas del siglo pasado, imposible de analizarse como un conjunto homogéneo.
La primera fase va del 1965 al 1975: como hemos visto, es el período de gestación del movimiento de mujeres caracterizado por el debate acerca de “la cuestión femenina”. El fin de la dictadura franquista, junto al proceso de industrialización y crecimiento económico, son las condiciones indispensables para el aumento de las reivindicaciones feministas. La crisis del modelo de la mujer propuesto durante el régimen tanto por el Estado cuanto por la Iglesia se debe no solo a la ampliación de la demanda laboral sino sobre todo al aumento de los niveles de escolarización: con la Ley General de Educación de 1970, que establece el derecho de todos los españoles a la educación, la escolarización entre la población femenina de la Enseñanza General Básica es prácticamente total aunque no se eliminan todas las diferencias educativas entre ambos sexos. Aumenta también el porcentaje de mujeres en la Eseñanza Media durante el período 1975-1988 y de la matriculación femenina en las universidades: 39,8% para el curso 1977-1978 frente a un 47,4% para el curso 1983-1984.28
El acceso a la esfera pública y a la educación fomentó un nuevo ideal de mujer que llevó, entre el 1975 y el 1979 a la eclosión de los movimientos feministas. Como hemos visto, los encuentros en Madrid y Barcelona (Jornadas por la Liberación de la Mujer y Jornades Catalanes de la Dona) constituyeron momentos importantísimos en el proceso de democratización de las reivindicaciones, dándole el carácter de fuerza social autónoma. Es en ese clima que se desarrolló la rama del feminismo radical, que se propuso como un movimiento de renovación de las reivindicaciones feministas a partir de las ideologías de la ola europea y americana. El feminismo radical elabora una nueva perspectiva en la que cambia, ante todo, el papel de las mujeres, definidas no simplemente como un grupo social oprimido que necesita protección, sino como un sexo diferente totalmente privado de existencia en el sistema social dominante.29 Por tanto, en este
27 M.A. Durán, M.T. Gallego: “The women’s movement ant the new Spanish democracy” en D. Dahlerup comp., The new women’s movement Feminism and political power in Europe and the USA, Sage Publications, 1986.
28 P. Folguera, p.115.
29 A.M. Rubio Castro: “El feminismo de la diferencia: los elementos de una igualdad compleja” en Revista
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colectivo contradictorio en que siempre prevalece el concepto de patriarcado, se acentúa la inadecuación de las políticas imperantes, tanto de izquierda como de derecha, porque no ofrecen ninguna solución a esta exclusión de la mujer.
Es importante aludir a esta sección del feminismo porque sus reclamaciones impregnaron los discursos feministas de la Transición, sobre todo inherentes al ámbito de la sexualidad. Si antes las luchas solo apuntaban a la necesidad de gestionar la natalidad a través del uso de anticonceptivos o del derecho al aborto, ahora las mujeres quieren obtener total control sobre su cuerpo.
A partir de la distinción entre sexualidad y reproducción y del rechazo de la maternidad como único destino de la mujer, han sido muchos los textos dedicados a la exploración del placer femenino ya no como dominación. El derecho a la libre disposición del propio cuerpo y, por tanto, a la educación sexual de las mujeres, junto a las peticiones ya mencionadas y a la denuncia de los modelos de la ideología patriarcal como la vinculación de la mujer a la familia, la virginidad, la maternidad, etc. fueron objeto de debate en todos los nuevos grupos que se constituyeron en esos años y unificaron el movimiento feminista hasta 1979.
Sin embargo, a partir de esa fecha empezó un momento de crisis que lleva a una fractura interna que provoca la pérdida de presencia en el espacio público en favor de una centralización del debate teórico. Contrariamente a toda expectativa, la aprobación de la Constitución en 1978 y las elecciones en 1979 dieron lugar a una ruptura en el interior del movimiento: la posibilidad de actuar a través de la aplicación del principio de igualdad establecido por la Constitución constituyó un revés sobre todo por las asociaciones conectadas directamente a los partidos. Esas mujeres se dieron cuenta de las limitaciones que se seguían encontrando en la actuación de las políticas propuestas en el Parlamento o en los ayuntamientos, lo que desencantó a las mujeres que confiaban en la representación parlamentaria por el logro de la deseada igualdad. Esta reacción provocó irremediablemente unas escisiones en los movimientos que, como ya visto, acaba en la concreción de la oposición entre feminismo de igualdad y diferencia.
Así, los últimos años de la Transición presentan, por una parte, la existencia de un “feminismo difuso” en que se constata la recepción del discurso feminista, quizás no de forma radical pero presente en la conciencia pública de todas las mujeres. Su presencia en todos los ámbitos de la esfera pública, aunque no se haya alcanzado una paridad total
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entre los sexos, y su mayor libertad en la esfera privada han producido un cambio notable en la vida diaria de las mujeres. Por otra parte, esas últimas se dan cuenta de sus limitaciones en cuanto al poder real conseguido y a las dificultades de aplicación de las transformaciones deseadas.
Muchas mujeres, de hecho, vivieron una fantasía de libertad y de igualdad respecto a los hombres que neutralizó las posibilidades de lucha en el interior del movimiento feminista. Las que creían, de manera general, en los principios feministas, dejaron durante el período de la Transición de luchar, pensando haber ganado la guerra de la desigualdad. Sin embargo, siguió habiendo brechas salariales y “techo de cristal”, es decir la limitación velada del ascenso laboral de las mujeres, junto a violencias machistas siempre presentes. Los derechos reconocidos en esa época no pueden, por tanto, considerarse suficientes para la igualdad de los sexos: es una libertad que se había alcanzado solo de manera teórica, una dependencia de los varones que seguía permaneciendo también en la sociedad. No obstante, el paso de un período rígido y de restricción como el del régimen a la etapa entusiástica de la Transición fue considerado sin comparación y dio lugar a profundas contradicciones. Efectivamente la efervescencia por esa “libertad” fue transmitida de madre a hija con muchas dificultades: las mujeres que vieron el pasaje de una época a otra tuvieron que adaptarse a un cambio fuerte, pasando de los estrechos patrones religiosos, educativos y sociales que recibieron durante el Franquismo a ser mujeres solas y libres, como las definidas y afirmadas, por lo menos teóricamente, durante el post-franquismo. Ellas tienen que afrontar el dilema entre la absoluta certidumbre del rechazo de los viejos modelos de la mujer como mero objeto sexual del varón y la difícil conquista del equilibrio personal y social que quieren alcanzar en este nuevo momento histórico, en una lucha perpetua entre el propio papel, la función que quieren desarrollar y la de segundo orden que sigue siéndole aplicada por el hombre o por el mismo sistema.
Por otro lado, algunos medios de comunicación fomentan ese desequilibrio: si de hecho la difusión del mensaje del feminismo permitió la visualización del movimiento y su reconocimiento social, por otra parte los métodos utilizados fueron, en algunos casos, incoherentes con su más básicos ideales.
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